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II TÉCNICA, EN CUANTO SEGUNDO ELEMENTO DE NUESTRA ATMOSFERA CULTURAL |
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En
orden de importancia, la técnica
ocupa el segundo lugar entre los componentes de la atmósfera cultural
normal de nuestra época. Pero
aparte de la vaga resonancia conceptual que tintinea en términos cual
técnica, técnico, tecnocracia, tecnócratas, tecnólogos... es ineludible
tratar de definir qué es técnica
y técnica actual. Que
respiramos técnica, de mañana a noche, basta, para mostrarlo, con hacer
un somero recuento de lo que nos rodea, usamos y consumimos. Y tal vez,
fuera de unos esmirriados árboles, tolerados y pocos; de unos ríos, benévolamente así llamados por tradición, sin fundamento
ya, embaulados y malolientes; de un sol, cuidadosamente evitado; de
alguno que otro pájaro despistado; de un cielo apenas mirado, y de unos
montes defendidos heroicamente por nuestros paisajistas, no hallaremos
cosa que se presente y obre con su materia, forma y usos naturales.
¿Qué hacemos aún de natural con nuestro cuerpo y alma? ¿Quién camina
aún a pie, fuera de unos desgraciados y desgraciables seres llamados
peatones? ¿Quién va a ver las cosas mismas, y no prefiere verlas en
cine o televisión? Nuestra
atmósfera física, geográfica, anímica es artificial, crecientemente
artificial. Lo natural retrocede, cada vez más, al fondo, al trasfondo
del fondo; y tal vez no tarde muchos años el que cambien a nuestra alma
de cuerpo, como se lo han cambiado ya a nuestra voz: de salida de boca,
garganta y pecho a salida de discos o cinta magnetofónica; y se le están
ya sustituyendo a lógica y matemáticas las potencias naturales de que
ellas se servían en monopolio específico, cual el entendimiento, y ya
"discurren" y "calculan" máquinas.
Si no inventamos otras faenas al entendimiento, pronto no sabremos
qué hacer con él y se atrofiará cual ciertos órganos de nuestro cuerpo. Los
que inventaron sílice tallada o cuchillo de piedra, rueda, rueca, flecha,
cazuelas, bastón, timón, balsa, ladrillos. .. no supieron que desencadenaban
una reacción en cadena, una avalancha de novedades, de antinaturalidades,
de monstruos que, milenio a
milenio, al principio, siglo a siglo, después, y ahora día a día, amenaza
con, sorber la sustancia de lo natural y los naturales sesos del hombre,
y transustanciar todo en artefactos,
en ser artificial, en tecnemas... No
nos fiemos de la mansedumbre con que nos sirven la escoba o la pulidora,
de la docilidad normal y asegurada del auto; de la abnegación, no pretenciosa,
del altavoz; de la paciencia, admirable e inagotable, del papel...;
ni nos tranquilice esa otra servicialidad sutil de fórmulas, esquemas
de verdad, axiomáticas, sistemas de coordenadas, todo ello inventos, artefactos mentales, y no engendros de entendimiento natural. "Dichosa
edad y dichosos siglos aquellos" en que podía, con sencilla verdad,
decir Aristóteles: "si la naturaleza hiciera lechos los haría como
los que, por técnica, hacemos nosotros; si nosotros por técnica hiciéramos
plantas las haríamos como las que engendra la naturaleza", "que
la técnica no hace más que imitar a la naturaleza, cuando ésta es perfecta,
o ayudarla a que llegue a su perfección cuando, por un accidente, no
llegare ella de por sí y sola a la perfección propia". No
nos atreveríamos nosotros, ni siquiera los más beatos aristotélicos,
a ejemplificar diciendo: "si la naturaleza hiciera aviones los
haría como nosotros por técnica los hacemos; si nosotros hiciéramos
por técnica un cerebro nos resultaría como el natural, como el que nos
nace". Diríamos, más bien: "si la naturaleza se pusiera a
hacer aviones o submarinos le resultarían sin remedio, peces o pájaros;
si nosotros nos ponemos a hacer cerebros, nos resultaría, sin remedio,
un cerebro electrónico". Es que nuestro arte y técnica no imita
ya a la naturaleza; y la naturaleza, con toda su perfección a cuestas,
y con todas sus propiedades y potencias esenciales, no da para hacer
o engendrar un avión, una media de nylon, un submarino, un lápiz, un
televisor, una axiomática, un esquema lógico, unas coordenadas. . . Lo artificial, los artefactos o tecnemas, son de otro orden que lo natural; y lo natural, por muy formado que esté: oro, mármol, lino, uranio, petróleo, hierro... ha sido rebajado todo: materia, forma y propiedades al nivel de material en bruto; ha sido descalificado en su constitución óntica y ontológica, si se me excusa la altisonancia de estas palabras griegas castellanizadas. Entre
natural y artificial, entre naturaleza y técnica, entre hombre natural,
el más inteligente, y el técnico, se interponen un abismo sin fondo.
No hay puente lógico; hay que saltar, con ese tipo de salto, llamado
por Hegel unas veces dialéctico; otras, cualitativo. La
física moderna, la cuántica, perdió no hace mucho más de medio siglo,
el miedo a los saltos cuantitativos; "si la naturaleza no da saltos"
Natura non facit saltus —dicho sea en el
horrísono latín medieval — la técnica los hace, la física cuántica los
da; y es uno de sus axiomas típicos el de cuantificar, es decir: determinar
la magnitud del salto, la magnitud del quántum de energía que
dé para saltar de un nivel a otro. Los
filósofos todavía padecemos, —salvo honrosísimas y rarísimas excepciones—
de mieditis cuántica, de continuismo entitativo. Dicho en otra forma,
para que de una u otra se me entienda: padecemos de miedo a novedad,
de idolatría a la identidad, al ser, de quien se dice, desde Parménides,
ser la identidad su atributo esencial. Y todavía creemos, entre inocentes
e ignorantes de lo que pasa en ciencia, que pelearnos por qué
es el ser, qué es esencia...
es nada menos que gigantomaquia,—
lucha gigantesca entre gigantes. Santa
Teresa pudo decir con verdad aquello "de que entre los pucheros
también anda Dios", pues las cocinas de sus conventos eran casi
naturales cocinas, por todo: desde
material y forma de pucheros, por fuego, a manjares. Dios creó la naturaleza,
los cielos y tierra naturales, y lo que en ellos hay; nada, pues, más
consonante que el que entre tales pucheros, fuego y manjares anduviera
Dios, cual paseaba, así nos lo dice la Biblia, por el paraíso terrenal
al caer de la tarde para tomar la fresca, bien apetecible en el marasmo
tropical de Mesopotamia. Pero
en nuestras cocinas, verdaderos laboratorios, equipados de ollas de
presión, gas y electricidad, hornos graduables, lavadoras y secadoras,
neveras. . . ¿andará el Dios natural como se paseaba en las cocinas
de los trogloditas o en las no mucho más avanzadas de un sencillo convento
de monjitas en Avila, allá por los finales del siglo XVI? Lo
natural se ha ido al fondo de nuestros aparatos, de cocina o no; sus
formas, operaciones, usos ya no son naturales. Son y recalco en el verbo
ser, son inventos, creaciones, productos
del hombre; no del hombre natural, sino de un hombre que se ha improvisado
él por sí mismo eso de ser inventor, creador, productor de lo que jamás,
dejada, a sí misma, pudiera hacer la naturaleza ni la suya ni la externa.
Si unos pocos, que son ya miles, son los inventores, la humanidad ha
inventado las acciones y hábitos de servirse de los inventos, lo que
es un invento de segunda mano; todos los hombres, en todo, se van progresivamente
convirtiendo, improvisando, aprendiendo, a ser creadores de segunda mano, respecto de los creadores
de primera que son los inventores y productores de artefactos: inventores de nueva manera como el ser es.
Y perdonad este desliz fraseológico, premeditado, hacía metafísica
o filosofía primera y primaria, como la llamaba Aristóteles. Pero
inventos o artefactos no lo son tan sólo neveras, autos, televisor,
máquina de escribir, imprentas, aviones, máser
y láser. . .; inventos son, y artefactos, nuestras formas políticas
y sociales, religiones y artes. Que la democracia sea un invento y artefacto,
en nada la descalifica; al revés. Puestos a recorrer distancias sobre
la tierra, mejor lo hacemos en auto que con las piernas; y puestos a
excavar, mejor lo hace una excavadora mecánica que un natural picapedrero,
a pico y pala. Puestos y empeñados
en vivir un millón de hombres juntos, suerte tenemos del invento de
ciudad moderna, por deficientes que sean su urbanismo y organización.
Y bienvenida sea la invención de iglesias para no tener que hacer de
trogloditas religiosos en, catacumbas, —en canteras abandonadas, trocadas
en cementerios e iglesias. Nos quejamos, a veces, de lo artificial —ciudades, autos, teléfonos, gobierno.
. . —. Todo eso son hijos nuestros,
muchísimo más y mejor que los naturales, al modo que el creyente está
convencido de que es él, y lo natural, muchísimo más y mejor, más hondo
y decisivamente, hijo de Dios creador, que lo es de sus naturales padres. El
hombre actual es, todavía, un híbrido
de natural y artificial, de naturaleza (o esencia) y técnica. Si
a una vaca le diera de repente un ataque de entendimiento, pensaría,
al vemos pasar en moto, que éramos una especie de centauros. Algo semejante
piensan, tal vez, las águilas a la vista de los aviones. Ya
no pueden pensarlo tanto esos acicalados perros que nos ladran, un poco
despectivamente, a los peatones, desde las ventanillas de ciertos autos
de lujo. Realmente,
en realidad de verdad, el hombre actual es un híbrido de naturaleza y técnica. Y lo más grave del caso se concentra
en que lo es porque él se
ha inventado ese modo de ser híbridamente,
y se lo inventa e impone a la naturaleza. Nos
hallamos, pues, siendo todo: naturaleza y hombre en estado de híbridos. ¿Y nos extrañamos ante la magnitud
y novedad de los problemas de toda especie: de religiosos, políticos,
urbanísticos. .. hasta científicos y filosóficos que tal hibridismo,
en desarrollo, nos impone o nos hemos impuesto y propuesto cual aventura y empresa del hombre actual, y, por ello, del universo, y, de consiguiente,
del ser? Que
tal modo de sernos y hacer ser a todo sea una
aventura y una empresa no podemos ni perderlo un solo momento de
vista ni, visto, disimulárnoslo cobardemente. Contra
una aventura y empresa de tal calibre, —perdonad que lo califique de
ontológico—, no existe ni puede montarse
una Compañía de Seguros ontológicos. La
técnica no es un procedimiento para inventar y usar aparatos o hacer
edificios, pretenciosos rascacielos o modernas torres de Babel; la técnica
es la aventurada empresa inventada por el hombre de dar a todo un nuevo
tipo de ser: el artificial... ¿Terminará
tal empresa en bienaventuranza o en malaventura? No sabemos ni podemos
saberlo. Se trata de algo nuevo
en la historia de la humanidad; y lo nuevo no tiene ni vigilia ni octava. "Quien
no se aventura no pasa el mar", dice un refrán que debieron repetirse
hace unos siglos Colón y compañía. Quien
no se aventura a lo técnico no pasará el mar de lo natural. Lo malo
del caso consiste en que, como en parecido trance decía Pascal, estamos
embarcados ya: embarcados
en técnica.
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