Ciencia, Técnica, Historia y Filosofía

en la atmósfera cultural de nuestro tiempo

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III

HISTORIA, COMO TERCER ELEMENTO

DE NUESTRA ATMÓSFERA CULTURAL

     ¡Libertad! ¡Cuántos crímenes se han cometido en tu nombre!: frase célebre, apóstrofe o insulto, si no inventado por un totalitario, tirano, dictador o dictadorzuelo con ínfulas de sabihondillo, sí digna de que se la ofrezcamos al dictadorzuelo siguiente que esté preparando ya su proclama o pronunciamiento.

     ¡Historia! ¡Cuantas definiciones se han cometido en tu nombre! Como son tantas y tantas, una más puede pasar desapercibida, o como se dice en la deliciosa jerga de economía del mercado de competencia libre, una más no va a alterar el precio: el concepto corriente de Historia.

      La manía de hacer historia o de hacerle a todo su historia no data de muchos siglos. La historia que hizo Dios en persona abarcó nada más seis días, y en el séptimo descansó. La historia divina del mundo se acabó el primer sábado de la primera semana del mundo. En seis días se hicieron a golpe de palabras, de "Hágase", cíelos, tierra, firmamento, plantas, animales y hombre. Lo que pasó después del Gran Sábado compone la historia divino-humana: el recuento de los desperfectos y destrozos causados por el hombre, remendados por Dios de cuando en cuando en el Antiguo Testamento, y remediados por Cristo en el Nuevo, aunque el remedio sea de multisecularmente lentos efectos. En total la historia divina del Mundo cabe holgadamente en unos milenios.

     Hagamos unos segundos de silencio para marcar reverentemente la distancia entre Dios y Gamow.

     Gamow, en la sugerente obra suya "La creación del universo" (1952), chispeante en ingenio, bien servido de matemáticas y física las más modernas, nos dice, resumiendo él mismo la historia de la creación natural-científica del mundo: "En menos  de una hora se hicieron los átomos; en unos pocos centenares de millones de años, las estrellas y planetas; pero han sido menester unos tres mil millones de años para que se hiciera el hombre". En cuanto al final del universo, y con él el de la historia humana, baste recordar  que nuestro Sol tiene aún por delante unos cinco mil millones de años, antes de que consuma en radiación su provisión de hidrógeno. Largo nos lo fían.  Aceptamos lo fiado, y confiémonos a la ciencia y técnica, que es cual fiarnos y confiar nuestros pulmones al aire.

     Dios no hizo el mundo de un golpe: todo de una vez. Lo hizo históricamente, con ritmo temporal y orden temporal de creaciones ascendentes desde cielo a hombre.

     La creación, y la historia, la detuvo Dios, y se terminó con el hombre. Hablando a nuestra manera: la humana, —y  yo no tengo otra—, tal fue su primera intención. La historia propiamente humana del mundo es producto, y se origina, del pecado de Adán y Eva, y de la serpiente, si queremos descargar un poco a nuestros primeros padres, de semejante descomunal responsabilidad que, aún, está trayendo cola.

     Pero el hombre aprendió de Dios cómo se hace historia o qué es historia.

     Historia se hace y es una serie temporal y ordenada de inventos que hagan estela coherente en los anteriores. O si me excusáis el tufillo popular de la frase: Historia es sarta de inventos que traen cola.

     Estelas en el mar hicieron ya las barcas y galeras antiguas; y estelas producen en el aire, bien visibles, los aviones de propulsión a chorro. Y estelas dejan, ostentosamente, los cohetes de cualquier feria.

     No nacen arcos ni flechas, ni anclas ni timones ni remos, ni aguja, hilo, ruecas y lana..., ni murallas ni plazas, ni teas ni fósforos... ni Cónsules, Tribunos,  Emperador, Papa,  Rey, Presidentes de República. . . Todo eso, e infinitamente más, son inventos, enmaterialización de ocurrencias geniales.

     Pero quien tuvo la ocurrencia de hacer fuego, —y no sólo la paciencia de aguardar a que la naturaleza lo hiciera— y consiguió inventar un procedimiento fijo y disponible para hacerlo, e inventó, pongo por caso, ese complejo, ya simplejo para nosotros, de pedernal, hierro y yesca, desató una avalancha de inventos coherentes con los anteriores, una vez enmaterializados. Fósforos engloban desde hace poco en su estela a yesqueros primitivos, no tanto que los nacidos a primeros de este siglo no los hayamos visto usar por nuestros padres, y al englobar los fósforos a los yesqueros, los descalifican, los vuelven "obsoletos", "piezas de museo".

     En la estela de auto, están honrosamente jubiladas bigas, carrozas, diligencias; a la espera de que algún otro invento, dentro de la línea general de anular espacio y tiempo con velocidad, relegue a nuestros pretenciosos autos a "venerables jubilados".

     En la estela o cola de geometría axiomática se hallan englobadas ordenadamente la geometría del heleno Euclides... y las casi contemporáneas  muestras de  Gauss, Lobatschevski, Riemann; y a formar parte de la estela o cola de la teoría de la relatividad ha pasado la física de Newton, que a su vez, hizo pasar a la cola la física medieval y la griega.

     No creamos que esa forma política nuestra que llamamos democracia sea un engendro natural cual son limonero, ameba, vertebrado superior, hormiguero o avispero... Es un invento, producto o enmaterialización eficiente de una ocurrencia genial, de una aventura emprendida, como siempre, por unos pocos; empero, sobrevenida o emergida al mundo humano, relegó a su cola a esos otros "inventos" o "formas sociales inventadas" que son, o fueron, monarquía  constitucional,  monarquía absoluta, tiranía... y regímenes tribales.  Todos esos fueron, en su tiempo, inventos, consolidaciones de ocurrencias y aventuras.  Ahora son piezas de museo, o cuando más andan por nuestro mundo, a veces, cual decorosos jubilados.

     La historia se mueve a golpes o al compás de inventos. A veces un invento durará siglos y siglos, por no advenir otro que lo eche a la cola y lo desvalorice cual anticuado, antigualla, anacronismo... Que en las piezas musicales notas hay y acordes que duran los mismos por compases y más compases, sin peligro de caer en monotonía, gracias a la provisión  descomunal de la  inventiva musical.  Mas en la historia, inventos hay, —de formas políticas, sociales, religiosas, científicas, técnicas. ..—, que duran por siglos, que se obstinan en perdurar. .. Son los remansos, las marismas, los tradicionalismos de la historia.  Pero,  al primer "invento" que sobrevenga, pasan, sin remedio, a la cola, al museo; y les sucede instantáneamente lo que al retrato de Dorian Gray: les sale de golpe, la vejez a la cara;  sus defectos, parcialismos, provincialismos, anacronismos.

     El hombre, se viene diciendo y repitiendo desde hace sus buenos dos mil trescientos años, es "animal racional".  Eso pasó a la cola, a formar parte de la estela de un ser que inventó el hombre para sí, aburrido de ser animal racional natural. El ser que el hombre actual está inventando para sí es el de técnico.

     Hagamos el balance de lo que todavía tenemos en nivel y estado natural; en voluntad, entendimiento, sentidos, memoria... Y notaremos que tal haber natural decrece ahora no al ritmo de siglos o milenios, sino por años.

     Las plumas de ave han pasado a la cola o estela de nuestras estilográficas. El arte (inventado) de escribir tiene ya historia. Y no nos duele, de manera inconfesable, la presencia de los tinteros y plumas de nuestros abuelos. Pero nos duele, —hasta refrenar y reprimir, ocultar y soterrar con técnicas plusquamfreudianas— el tener que confesar y aceptar que tantas y tantas cosas queridas —eficientes, adoradas y vividas y víveres de otra época— pasen a piezas de museo, a jubiladas, a obsoletas, —en política, ciencia, religión, arte, técnica...

     Allá, de párvulos, nos echaban a veces los maestros a la cola de la clase. ¿No aprenderemos todos, en todo, a irnos discreta y voluntariamente a la cola de la historia en el momento oportuno? Para ello hacen falta muchas cosas, acéptase la vaguedad del calificativo cuantificador de "muchas", pero entre ellas, una: sensibilidad a las auténticas novedades, a las novedades cuajadas o fraguadas en inventos. Novedad que no cuaja en invento es novelería. Y ocurrente que no llegue a inventor no pasará de novelero. Los noveleros y novelerías son peste típica de nuestra época, precisamente por ser, de manera espectacularmente destacada, época de inventos.

     Inventos, aventura y empresa forman el complejo categorial de la historia en cuanto historia.

     No hay ciencia, en nuestros días, que no lleve a cuestas su historia. Matemáticas, historia de las matemáticas; química, historia de la química; biología, historia de la biología; filosofía, historia de la filosofía; arte, historia del arte; religión, historia de las religiones; economía, historia de la economía; técnica, historia de la técnica y así de lo demás. En primera potencia; que en segunda surgen filosofía de la historia e Historia de las historias de la filosofía: Filosofía de la historia de las religiones, e Historia de las historias de los dogmas. . . De ordinario, por casi inevitable, una historia, digamos de la biología, es, realmente, historia de las historias que se han hecho de la biología. .. La historia, en primera o superiores potencias es una obsesión de nuestro tiempo. El loco que, en este punto, hizo ciento fue Hegel. Loco genial al afirmar e intentar probar que filosofía es historia  de la filosofía, que la filosofía es historia, Y recuérdese que en Filosofía entraba o metía Hegel todo lo divino y lo humano, para con esta clásica frase de resumen ahorramos larga, y siempre incompleta, enumeración.

     La filosofía es historia. Historia de la filosofía no es retahila y desfile de errores, incorrecciones, remiendos, atisbos o auroras de La Filosofía por antonomasia, única verdadera. Filosofía es historia en parecido sentido a como el hombre es niño, joven, mayor de edad y viejo. La esencia del hombre, —esa de "animal racional"— no es ni infante ni vieja; no tiene edades; pues por eso mismo, no es esencia real del hombre real. Es un abstracto que ni nace, ni crece, ni muere. Nadie querrá ser eso: nadie querría ser hombre  esencial.  El hombre real es historia biológica. Que nadie nos  venga por ello a decir  o acusar  de historicismo antropológico o de antropología historicista.  Que la filosofía es historia  equivale a decir que es viviente intelectivo, sentimental, emprendedor, aventurero.   Nada de eso es historicismo, por mucho que se diga y se lo enrostren a Hegel los de Filosofía eterna o perenne. A los detractores de la mutabilidad, decía Galileo, habría que condenarlos a ser estatuas. A los detractores de la historia habría que condenarlos a ser esencia.

     Historia es, pues, una manera eminente y total de ser viviente. Por ser la historia elemento de la atmósfera de nuestra época, es nuestra época la más viva, vivaz, viviente y repleta de víveres que haya existido jamás. Y por esa misma razón, sólo que inversa, jamás en ninguna época histórica ha habido tantos muertos de tan diversas y originales muertes, y tantas, tan variadas y nuevas maneras de asesinato como en nuestra época, de muertes y asesinatos de formas políticas, sociales, religiosas, teóricas, artísticas, económicas.

     No nos espantemos ya ante la cantidad y calidad de inventos que por todas partes nos invaden, y hacen de lo anterior muertes en esa sutil y no maloliente muerte que se llama obsolescencia o antigualla.

     No nos espantemos ni ante los nuevos inventos de formas de vida humana, social, política, económica, religiosa, artística, filosófica que vayan irrumpiendo en el ámbito de la vida, ni de los difuntos, —de muerte natural o artificial— que vaya lo nuevo haciendo. Llorémoslos moderadamente si son nuestros muertos; mas con lágrimas, o lagrimeo en los ojos, cumplamos lo del Evangelio: "dejad que los muertos entierren a sus muertos". Son palabras de Jesucristo.

     Que no las haya dicho, como tantas otras, en vano, y tomémoslas en serio los filósofos, sobre todo.

 

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