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LA FILOSOFÍA: COMO CUARTO ELEMENTO DE NUESTRA ATMOSFERA CULTURAL |
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Los refranes no se han dicho siempre para que los tomemos por norma. Algunos provocan, ellos mismos, a quebrantarlos. De ellos tal vez uno sea el de "Quien parte y bien reparte se queda siempre con la mejor parte".
En
el reparto de "importancia" para la atmósfera cultural propia
de nuestra época se le ha dado aquí a la filosofía el cuarto lugar,
con un simbólico siete por ciento. Las mejores tajadas se las han llevado
ciencia, técnica e historia. No hemos dado a la filosofía la peor parte;
tales fueran, a lo mejor, los malos deseos de algunos científicos y
teólogos, y otras gentes de no muy buena voluntad para con los filósofos. Durante
los muchos siglos —del tercero al trece — en los que la teología partió
y repartió los elementos de la atmósfera cultural que debía, para salvarse,
respirar la humanidad, la teología se llevó o arrogó la parte del león:
la mejor y la mayor. A la filosofía le asignó la parte de Esclava; a las ciencias, la de esclavas de la Esclava. Es decir:
la filosofía fue el ama de llaves de las ciencias y técnicas. O en lenguaje más decoroso, pero no menos real,
las ciencias eran subalternas de la filosofía. La
historia —que es la vida misma del hombre íntegro, de la humanidad concreta—
ha invertido las tornas; y ahora —crecientemente desde el Renacimiento—
la filosofía es subalterna de ciencia, técnica e historia. Lo es, cada
día más, el filósofo respecto del científico, del técnico y del historiador.
Subalterno de todo eso lo será Ud. Don Juan— me parece oír a más de
uno de mis estimados colegas; no yo, ni yo, ni yo lo soy; ni lo seremos
jamás. De
nada le valieron a la teocracia sus derechos divinos inmediatos para no ser ya, y desde siglos, régimen político en ninguna
parte del mundo que se estime en algo; ni los derechos divinos mediatos de los reyes absolutos han impedido
su desaparición nada gloriosa del ámbito de la historia. Ni a la física
aristotélica, reina y señora durante quince largos siglos, le valieron
de nada la autoridad de Aristóteles y las bendiciones y consagraciones
eclesiásticas para haber quedado arrinconada cual venerable antigualla
en mamotretos de uso privado, casi clandestino; ni le valió a la geometría
de Euclides su indisputable reinado científico de más de dos mil años
para evadirse de pasar a ser una de tantas geometrías equiposibles,
y la más simple, respecto a la geometría axiomática general o fundamentación
diferencial moderna... A
la lógica aristotélica —la proclamada lógica natural del entendimiento humano— le ha sucedido lo que le hubiese
pasado a la mejor galera romana, caso de proclamarse navío natural. Bastará para refutar tal pretenciosidad la presencia de un
trasatlántico. Las lógicas artificiales modernas son tan potentes y
especializadas cual auto, avión, televisor... La lógica aristotélica
es, cuando más, lógica de párvulos o de primera enseñanza. Y ni aun
esto; que ya se enseña a nuestros niños comenzar matemáticas y lógica
con teoría de los conjuntos. ¿Y
creemos los filósofos gozar de excepcional, rarísima y superlativa inmunidad
en ontología, metafísica, ética... "naturales" o "esenciales"
al entendimiento humano? Puedo
creer, decía Osear Wilde, cualquier cosa mientras sea suficientemente
imposible. Procuremos,
con todo, no acumular imposibilidades, que terminaremos por no poder
creer. Pero
ante todo, ¿qué es filosofía
actual? o ¿a qué se ha reducido
en nuestro presente histórico la filosofía de tiempos pasados? ¿A qué función social o humana podemos aspirar los filósofos y con
qué dosis contribuir al futuro inmediato de la sociedad humana? Muchas,
graves y difíciles preguntas son éstas para que pueda responderlas aquí,
y ahora, caso de que supiera hacerlo.
Lo malo es que tan sólo sé preguntar, y, cuando más, aventurar
un inicio de comienzo de principio de respuesta. En
su Fenomenología del Espíritu,
y después de una mirada a la historia de la filosofía, Hegel pierde
la paciencia y suelta aquel desplante irreverente, mas verdaderísimo:
"ya es hora de que el filósofo deje de ser filósofo, o amante de
la sabiduría; y sea ya sofós o sabio". Van ya más de dos mil
años de filosofar, de aspirar y suspirar por la sabiduría. Basta
ya, parece decirnos Hegel, de definir la filosofía como "amor a
la sabiduría", dejando, con Platón, lo de ser sabio para los dioses,
y contentándonos nosotros, con esas sobras y migajas de ser aspirantes
eternos a sabios. Marx,
en 1848, increpó ruda y cruelmente a los filósofos con aquella su Tesis XI sobre Feuerbach: "Los filósofos
no han hecho hasta ahora sino interpretar
el mundo; ya es hora de que se pongan a transformarlo". Hegel
y Marx han perdido la paciencia; y según el retintín con que hubieran
pronunciado tales frases nos sonaran a irreverentes invectivas, a desaforados
insultos o a inaceptables conminaciones. La de Marx indisimuladamente
nos dice: ¡a trabajar, a trabajar de sociólogos!; la de Hegel: ¡a trabajar,
a trabajar de científicos! Hegel se puso, diciendo y haciendo, a trabajar
en su Ciencia de la Lógica (1812), movilizando
para ello lo que de ciencia matemática, física, química, biológica...
le ofrecían los sabios científicos de su presente histórico: Newton, Leibniz, Lagrange, Laplace,
Carnot, los que no sólo habían
sido "amantes de" la matemática, física o biología sino matemáticos,
físicos, biólogos: habían sido científicos —y— técnicos. Fuera de algunos
de la escuela neokantiana de Marburg, nadie ha empleado ni entonces
ni ahora en el cuerpo de la filosofía más matemáticas y física que Hegel.
Y eso que desde el 1812 a nuestros días, física, matemáticas, biología
y técnica han avanzado espectacularmente de manera asombrosa. Para la
inmensa mayoría de los filósofos actuales es como si no hubieran venido
al mundo Gauss, Riemann, Einstein,
Heisenberg, Fermi, Oppenheimer...
A lo más hablan de ellos de "oídas" o por citas; y, a veces,
por citas de citas.
A
mitad del siglo pasado nacía una nueva ciencia: la economía política.
O la economía —real y practicada desde siglos, explosivamente desarrollada
por la revolución industrial—, pujaba por darse forma científica, a
la vez y a la una economía y política, economía y vida social.
¡A trabajar, a trabajar
en sociología, bajo su forma concreta de economía política!, se dijo
a sí mismo Marx; y manos a la obra, durante unos cuarenta años, las
puso, y resultó "El Capital". Me
temo que no nos agrade a los hispanoamericanos oír de boca de Hegel
y Marx ni de ninguna otra, así
sea la del Papa, eso de "a trabajar, a trabajar"; y me temo
también que no nos suene particularmente seductor y reverente a los
filósofos esotro conexo de "a trabajar, a trabajar las ciencias
y en economía política". Pero, si no me equivoco, tal es la tarea
que define a la filosofía si quiere ser actual. En
otros tiempos, hace siglos, se decía pomposamente que el fin de las
leyes y del Gobierno, —regio o popular— era "el Bien común".
"Ley es una orden de la razón, dirigida al Bien común y promulgada
por el que tiene a su cuidado la Comunidad". Ahora, puestos a
trabajar en eso de Bien común, realmente común, hablamos de producto
nacional bruto, de producto nacional neto, de ingreso nacional, renta
nacional... y se proponen las autoridades con un presupuesto bien especificado
aumentarlo en un determinado tanto por ciento anual o quinquenal. El
abstracto filosófico clásico, límpido, alumbrador, orientador —e
inoperante, como la lucecita de la estrella polar—, ha sido sustituido
por esa tarea concreta, inmediata, un poco bruta, más eficiente, ordenada
por un Parlamento al votar un Presupuesto y encomendar su ejecución
al Gobierno. El cuidado de la Comunidad se llama ahora "presupuesto";
haberlo inventado e ir realizándolo dentro de y contra las fallas humanas,
es tarea de nuestra época. Verdad es el abstracto filosófico por excelencia y monopolio. Más
la ciencia y técnica, a la una, nos proporcionan "el producto socio-cultural
bruto de verdades, reales de verdad". Las verdades reales, provenientes de esos factores
de producción que son ciencia y técnica, componen lo que de verdades
reales produce la sociedad. La
sociedad real no progresa por la idea
de Bien; progresa realmente por buenos presupuestos que empleen
y fomenten el Producto social, bruto o neto. La filosofía no progresa
por la idea de Verdad. Progresa, realmente,
por las empresas exitosas de ciencia-y-técnica. La
filosofía no es, actualmente, algo así como "conocimiento universal
y necesario de las causas y principios supremos de todas las cosas".
La filosofía actual no tiene definición; tiene
tarea. Tuvo definición
en aquellas épocas en que no sabía muy bien el hombre, y a veces ni
bien ni mal, qué tenía que hacer el hombre real
en este mundo real. Tuvo definición
la filosofía en aquellas mismas épocas en que la estrella polar o la
luna servían tan sólo de vaga orientación o burdo calendario. Luna y
estrella polar eran de otro mundo; nosotros, lo éramos del sublunar,
por condenación esencial o natural. Ahora, de nuestro presente histórico,
luna va a servirnos de mina o de laboratorio o de lugar de turismo.
Y a la estrella polar se le conserva eso de polar por transitoria condescendencia;
nos sirve mejor un corriente piloto automático. La
filosofía actual no tiene definición; tiene una tarea impuesta: trabajar
en ciencia, técnica y economía política. Si llena bien su tarea, saldrá, a lo mejor, graduada de metaciencia,
de metatécnica, o de metaeconomía. . ., mas ya no de metafísica. No será ya amor de la sabiduría, sino sabiduría, y sabiduría
real, en carnada, enmaterializada, encorporalizada —cual en realidad
apropiada para ser real: actual
y actuante—, en carne, materia o en cuerpo de ciencia, de técnica. Por
algo Dios, para redimirnos en firme, de manera
real de verdad, se encarnó,
se enhumanizó en Cristo. Si
la filosofía no se encarna en nuestras ciencias reales por virtud de
las técnicas, si no corre la aventura de nuestras ciencias y técnicas,
si no se levanta a empresa de transformar el mundo natural,
la filosofía tendrá o conservará la definición: "conocimiento universal
y necesario de las causas y principios supremos de todas las
cosas". O la de "interpretación del sentido del mundo",
o la de "Concepción del universo y del hombre". Pero
nadie ya nos sacará de la carne a los filósofos actuales esa acomplejante frase-espina: "basta
ya de interpretar, —idealística,
realística, materialística, espiritualísticamente el mundo; a transformarlo,
a transformarlo; a trabajar, a trabajar, siguiendo el buen ejemplo de
nuestras ciencias y el de nuestras técnicas". |