Por la misma razón, los milagros
comparativos, a saber:
intervenciones de espíritus
los evitamos cuidadosamente en la exposición de los fenómenos, porque,
siéndonos desconocida su naturaleza, nuestro intelecto se apartaría con gran
detrimento suyo de la luz de la
experiencia, solamente por la cual puede proporcionarse las leyes de juzgar,
para tratarse con sombras de especies y
causas desconocidas.
Segundo: es el en favor de la unidad, propio del
ingenio filosófico, del que proviene aquel canon ya vulgar: no hay que multiplicar los principios sin
necesidad suma; lo aprobamos, no porque percibamos —o por razón o por
experiencia— la unidad causal del mundo; la investigamos, más bien, por impulso
del intelecto que se ve aprovechar en la explicación de los fenómenos tanto
cuanto la permite, partiendo de ese mismo
principio, descender a muchísimos racionalizados.
El tercero de ese
género de principios es: absolutamente
nada de materia surge o perece, y todas las vicisitudes conciernen solamente
a la forma; postulado que se ha difundido por todas las escuelas de filósofos,
persuadiéndoselo el sentido común; no porque se los tenga como evidente o
demostrado por argumentos a priori, sino por que, en caso de admitir que la
materia misma sea fluyente y transeúnte, nada quedaría de estable y perdurable que sirviera para la explicación
de los fenómenos según leyes universales y perpetuas y, por tanto, tampoco para
el uso del intelecto.
Esto, en cuanto al método, respecto, sobre todo, de la
diferencia entre conocimiento sensitivo e intelectual, que si se la tratara
exactamente y con más cuidadosa indagación, aprovecharía, cual ciencia
propedéutica, en lo futuro e inmensamente a cuantos hayan de penetrar en las
reconditeces mismas de la metafísica.
Nota: Porque en esta
postrema sección la indagación de método ocupa la página entera, para que las
reglas preceptivas de la verdadera
forma de argumentar sobre lo sensible resplandezcan con luz propia —y no la
tomen prestada de ejemplos traídos para ilustración— introduje de ellos tan
sólo una mención, casi de paso.
Por lo cual no es de admirarse de que algunas cosas parezcan
a muchos estar afirmadas allí más audaz que verdaderamente; cuando llegue la
ocasión de más prolijo tratamiento requerirán argumentación de mayor fuerza.
Así, lo que en f 27 traje acerca de
la localización de lo inmaterial exige
una explicación que,
quien lo quisiera, búsquela en Euler l. c.,tom. 2, pp. 49-52. Pues el alma no está precisamente en
comercio con el
cuerpo porque se halle
detenida en algún lugar de él; sino que se le atribuye lugar determinado en el
universo porque está en comercio mutuo con un cierto cuerpo, suelta del cual
piérdese toda posición suya en el espacio. Así que su localización es derivada y contingentemente adquirida, no primitiva y adherente condición
necesaria de su existencia, por lo cual
todo lo que no pueda ser objeto propiamente de los sentidos extremos
(cuales son los del hombre)
—esto es: las
cosas inmateriales—, queda
eximido de plano de la condición
universal de lo sensible externamente,
a saber: espacio.
De aquí que se pueda negar al alma una localización absoluta
e inmediata y, sin embargo, pueda atribuírsele una hipotética y mediata.
PRINCIPIORUM PRIMORUM COGNITIONIS METAPHYSICAE
NOVA
DILUCIDATIO,
QÜAM
CONSENSU AMPLISSIMAE FACÜLTATIS PHILOSOPHICAE
DISSERTATIONE PUBLICA
IN AUDITORIO PHIL. DIE 27. SEPTEMBR. HORIS VIII-XII
HABENDA
PRO RECEPTIONE IN EANDEM
DBFBNDET
M. IMMANUEL KANT, REGIOM.
RESPONDENTE
CEEISTOPHOSO ABB.AHAMO
BORCHARD, HEILIGENB. BOI
S. S.THEOL. COLTORE,
OPPONENTIBUS
IOHANNE GODOFREDO MÜLLER,
REGIOM.
S. S. THEOL STUD.,
FRIDERICO HENRICO SAMÜELE LYSIO, REGIOM.
I.U.C
ET
IOHANNE REINHOLDO GRUBE,
REGIOM.
ANNO MDCCLV.
NUEVA DILUCIDACIÓN DE LOS
PRINCIPIOS PRIMEROS DEL
CONOCIMIENTO METAFISICO
(1755)
NOTAS
A la obra Nueva dilucidación de los principios
primeros del conocimiento metafísica.
I. 1) Notas del editor Kurd Lasswitz. (K.L.).
"Introducción
"El tratado presente
sirvió de base a la disertación pública del 27 de setiembre de 17S5, por la que
Kant
adquirió el derecho de dar
lecciones en la Facultad de Filosofía..." (K.L.).
RAZÓN DEL INTENTO
Esperando, como espero, aportar alguna luz a los principios
primeros de nuestro conocimiento, y habiéndome
propuesto exponer en unas pocas paginas lo que sobre este
punto he meditado, dejo de lado intencionalmente prolijas digresiones, ejercito
tan sólo nervios y articulaciones despojándome, cual de vestido, de gracias y belleza del lenguaje.
Si en este asunto
aconteciere apartarme de las
sentencias de ilustres
varones y a
veces creyera, nombrándoles, cual si estuvieran de mi parte, estoy tan
persuadido de las rectas razones de sus juicios que en nada creo les reste esto
algo del honor que a sus méritos se debe, y confío en que de modo alguno se lo
pueda echar a mala parte; ya que, en caso de diferencias de opinión cada uno
puede abundar en la suya propia y no esta vedado, descartadas acerbidad y
prurito de litigar, someterlas a modesto examen.
Ni por parte alguna advierto que
ecuánimes árbitros lo juzguen adverso a los deberes de la urbanidad y
disciplina.
Así que, primero, llevaré a la balanza de indagación
cuidadosa lo que se dice, vulgarmente, con mayor confianza que verdad acerca
del principado, supremo e indudable,
del principio de contradicción sobre todas las verdades.
Después trataré de exponer brevemente qué haya de
establecerse cual más correcto en este capítulo.
Respecto de la ley de razón suficiente corroboraré, en la
medida de la mediocridad de mi ingenio, con argumentos todo lo que convenga
para darle un sentido y demostración más estrictos; a la vez
que aduciré las dificultades que
parecen infestarlo; y, aducidas, las enfrentaré.
Finalmente, adelantando unos pasos más, estableceré dos
principios nuevos —de importancia no despreciable, me parece— del conocimiento
metafísico, que no
son, ciertamente, aquellos
otros, primitivos y simplicísimos; sino otros más acomodables al uso; y, aparte
de otras cosas, de grandísimo alcance. Por seguir este intento un no trillado
camino hay gran peligro de caer en algún error; mas estoy convencido
de que el lector benévolo lo echará todo a la mejor parte si lo juzgare
con ecuánime razón.
SECCIÓN PRIMERA
DEL PRINCIPIO DE
CONTRADICCIÓN
ADVERTENCIA
Como ahora voy a intentar sobre todo ser breve, creo
suficiente aceptar las definiciones y axiomas que poseemos como establecidas en
el conocimiento vulgar y consonantes con la recta razón, y no repetirlas una
vez más, y no seguir esa costumbre de
algunos que, adscritos servilmente a no se qué ley metodológica, les parece no
haber procedido según vía y razón si no han hecho una recensión desde el huevo
hasta todo lo malo que hallen en los mamotretos de los filósofos.
Para que no se me achaque tal vicio, como voluntariamente
cometido, he creído mi deber advertirlo antes al lector.
Proposición I. No
se da un principio único absolutamente
católico de todas las verdades. Un principio primero y verdaderamente
único ha de ser necesariamente una proposición simple; si no, caso de
comprender implícitamente muchas proposiciones, no haría sino falsificar su
condición de principio único.
Si es, pues,
proposición verdaderamente
simple es necesario el que sea o afirmativa o negativa. Mas sostengo que, sea
de cualquiera de las dos clases, no puede ser universal, o comprehender bajo sí
absolutamente todas las verdades.
A saber: si dices que es afirmativo, no puede ser principio
absolutamente primero de las verdades negativas; si negativo, no puede conducir al ejército de las positivas.
Supón, pues, que sea proposición negativa; porque esa
relación de todas las verdades con sus principios, que es la de consecuencia, es
o directa o indirecta, primero: que en la manera directa de concluir partiendo
de un principio negativo no se puedan sacar sino consecuencias negativas,
¡quién hay que no lo vea?
Después, si exiges que de tal principio fluyan indirectamente
conclusiones afirmativas, confesarás
no ser esto posible sino
mediante la proposición: es verdadero todo lo opuesto a falso.
Proposición esta que siendo
ella misma afirmativa no puede fluir en argumentación directa de un
principio negativo; menos
aún indirectamente, porque
necesitaría él mismo de su propia ayuda.
De aquí que de ninguna manera dependerá de un principio
enunciado negativamente. Y por ello no habiendo modo de que las proposiciones
afirmativas procedan de un solo principio negativo, tal principio no podrá ser
denominado católico.
Parecidamente, si estableces que tu principio cardinal sea
proposición afirmativa, las negativas no podrán ciertamente depender
directamente de él; e indirectamente, hará falta la proposición:
si algo es
opuesto a verdadero,
es ello mismo falso. Esto es: si se afirma lo
opuesto a algo, se lo niega;
siendo lo cual
proposición negativa, dé nuevo de ninguna manera, directa ni
indirecta,
como es patente podrá
deducirse, sino por petición de lo mismo, de un principio afirmativo.
Establezcas pues, lo que
establecieres no refutarás la proposición que en la proposición frontal hice:
que no puede darse un principio único, último, católico para todas las
verdades.
Proposición II. Dos son
los principios absolutamente primeros de todas las verdades; uno, de las
verdades afirmativas; a saber, la
proposición: lo que es, es; otro, de las verdades negativas, a saber, la proposición: lo que no es, no
es. Ambas, a la vez,
se llaman comúnmente
principio de identidad.
Apelo, una vez más, a los dos géneros de demostrar verdades,
a saber: directo e indirecto. La primera manera de concluir saca la verdad de
la conveniencia de las nociones de sujeto y predicado; y siempre pone de
fundamento esta regla: cuando el sujeto, considerado en sí o en nexo, pone todo
lo incluido en la noción del predicado, o
bien excluye lo incluido
en la noción de predicado, hay que establecer que le conviene. Y más
largamente explicado: cuando se halla identidad entre las nociones de sujeto y
predicado, la proposición es verdadera; lo que expresado en términos
generalísimos, cual conviene a principio primero, dice: lo que es, es; lo que no es, no es.
Luego el principio de identidad presidirá ciertamente a toda argumentación
directa, —lo que es ser "primero".
Si investigas la manera indirecta de concluir, llegarás al
final a lo
mismo: que el principio gemelo
es el fundamento. Porque tendrás siempre que apelar a estas dos proposiciones:
1) si lo opuesto a algo es falso, es ello verdadero, esto es: si se niega lo
opuesto a algo, hay que afirmarlo; 2) si lo opuesto a algo es verdadero, es
ello falso.
De las cuales la primera proposición tiene por secuelas las
proposiciones afirmativas; la otra, las negativas. Si expresas la primera
proposición en términos simplicísimos, resultará: lo que no no es, es (ya
que la oposición se expresa
por la partícula no; a
su vez, la
remoción, por la partícula no). A la posterior proposición la
reformarás así: lo que no es, no es (a
saber: aquí, de nuevo, la palabra "opuesto" se expresa por la
partícula no, y la palabra
"falsedad", o sea: la de remoción, por la misma partícula). Si ahora,
por exigirlo así una ley característica, realizas la fuerza de las palabras
contenidas en la proposición primera, porque una partícula no indica que se ha de eliminar la otra, eliminadas ambas resultará
la proposición lo que es, es. Mas por
decir la otra: lo que no es, no es,
queda patente el que, aun en la demostración indirecta, el principio gemelo de
identidad posee primacía; y consecuentemente es fundamento absolutamente último
de todo conocimiento.
Escolio. He aquí un
espécimen —leve, ciertamente, mas no- del todo despreciable— de la arte
característica combinatoria, porque los términos simplicísimos de que nos
servimos para declarar estos principios, en casi nada se diferencian de los
caracteres. Qué es lo que sienta de esta arte que, inventada por Leibniz, la
han recuperado todos los eruditos de enterrada que estaba con tan ilustre
varón, lo explicaré en esta ocasión; confieso
advertir en este gran
filósofo lo del testamento de aquel
padre de la fábula de Esopo, quien, a punto
de expirar declaró a sus hijos haber escondido un tesoro en el campo;
mas, antes de indicar el lugar, quedó de repente muerto; dio así a los hijos
ocasión de arar a fondo diligentísimamente el campo, y, cavándolo,
beneficiarlo, hasta que perdida la esperanza, resultaron sin duda más ricos por
la fecundidad del campo.
Tal es, ciertamente el fruto
único de trabajar con tan celebrado artificio que creo han de esperar los que,
si algunos hay, sean constantes en dedicarle sus esfuerzos. Mas si es lícito
confesar abiertamente la cosa tal cual es, temo que no le haya pasado también a
aquel varón incomparable lo que el agudísimo Boerhaavius sospechó, en cierto
lugar de su Chemia, de los artificios más famosos de los alquimistas, a
saber: que, después de descubrir muchos
y singulares arcanos, en definitiva pensaron que nada iban a poder sacar de
simplemente poner manos a la obra; y, adelantando las previsiones, narraron
cual hecho lo que se podía hacer; y hasta lo que debería hacerse daban por
hecho apenas se determinaron a realizarlo. Es cierto que, si se ha llegado a
principios absolutamente primeros, no voy a negar el que sea lícito algún uso
de la arte característica, pues se dispone ya de abundancia de nociones, y aun
de términos simplicísimos o signos. Mas cuando se trate de expresar un
conocimiento compuesto con el auxilio de letras, toda la perspicacia del
ingenio atascase de repente cual en escollo, impedida por inextricables
dificultades. Hallo además que un renombrado filósofo, el ilustre Daries
intentó explicar el principio
de contradicción con el auxilio de letras, designando con el
signo +A la noción afirmativa; y con
el signo -A, la negativa; de donde sale la ecuación: +A -A = 0, esto es afirmar y negar lo mismo es imposible, o sea:
nada. En este intento, sea dicho con la venia de tan ilustre varón, noto, sin
lugar a dudas una petición de
principio. Porque si al signo de la noción negativa le atribuyes la fuerza de
destruir la afirmativa, al juntarse, estás suponiendo patentemente el principio
de contradicción en que se estatuye el que nociones opuestas se destruyen entre
si mismas. Mas nuestra explicación de la proposición: si lo opuesto de algo es
falso es ello verdadero, está
inmune de tal falla. Ya que por decir, enunciado en términos simplicísimos lo que no no es es, no hacemos nada al
quitar las partículas no sino
ejecutar su significado sencillo; y
resulta, como era
necesario, el principio de identidad: lo que es es.
Proposición III. Ha de
establecerse además la preferencia
del principio de identidad sobre el principio
de contradicción para obtener el principio en la subordinación de las verdades.
La proposición que haya de arrogarse el nombre de principio
absolutamente supremo y generalísimo, enuncíesela primero con términos
simplicísimos; después, generalísimos; lo que me parece notar indudablemente en
el principio gemelo de identidad. Pues de todos los términos afirmativos el más
simple es la palabrita es; de los
negativos, la palabrita no es.
Después, no puede concebirse algo más universal que las nociones simplicísimas,
ya que las más compuestas reciben prestada su luz de las simples; y porque son
aquéllas más determinantes que éstas, por ello no pueden ser generales.
El principio de contradicción, expresado en la proposición:
es imposible el que lo mismo sea a la
vez y no sea, en
realidad no es sino la definición de imposible; ya que todo lo que se contradice, o sea:
lo que es concebido como simultáneamente siendo y no siendo, se llama
imposible. Pero ¿de qué manera puede afirmarse que se haya de llevar a todas
las verdades a esta definición, cual a piedra de Lydia? Pues no es necesario que defiendas a
cualquiera verdad de la imposibilidad de lo
opuesto, ni, para decir la verdad, esto basta de suyo; ya que de la imposibilidad
de lo opuesto no hay paso a la aserción de la verdad, sino mediante la
sentencia: si lo opuesto a algo es falso,
tal algo es verdadero, que divide su imperio con el principio de
contradicción, como quedó anteriormente demostrado.
Finalmente, exigir preeminencia para la proposición negativa
en la región sobre todo de las verdades y saludarla cual cabeza y firmamento de
todas, ¿quién es al que no parezca un tanto de duro y a veces algo peor que
paradójico? , por no estar patente por qué una verdad negativa ha de poseer tal
derecho sobre la afirmativa. Nosotros, mas bien, por ser dos los géneros de
verdades' estatuimos que hay también dos principios primeros, un afirmativo, otro negativo.
Escolio. Tal vez
parezca a alguien esta disquisición, además de sutil y laboriosa, sobrante y
carente de toda utilidad. Si consideras la fecundidad en corolarios, asiento
contigo. Porque la mente, aun la no instruida en tal principio, no puede menos
de servirse de ella siempre, espontáneamente y por una cierta necesidad
natural. Pero por esto mismo ¿no será materia digna de disquisición seguir la
cadena de las verdades hasta sus ultimas articulaciones? Y ciertamente no es de vilipendiar
adentrarse por esta razón en la consideración plenaria de la ley de las
argumentaciones de nuestra mente. Que, para aducir una sola cosa: el que toda nuestra raciocinación se
resuelva en descubrir la identidad de predicado con sujeto, o considerado en sí
o mediante un nexo, como es patente por la regla de verdades se saca
evidentemente de esto:
que Dios no necesita de raciocinio, porque por estar
patente clarísimamente ante su intuito respecto de todas las cosas
cuáles convengan o
no convengan el mismo acto de representación las detiene
ante el intelecto y no necesita de análisis, necesariamente requerido por nuestra
inteligencia oscurecida por la noche.
SECCIÓN SEGUNDA
DEL PRINCIPIO DE RAZÓN
DETERMINANTE
VULGARMENTE SUFICIENTE
Definición
Proposición IV.
Determinar es poner un predicado
con exclusión del opuesto. Lo que determina a un sujeto respecto de un cierto predicado se
llama razón. Razón se divide en determinante antecedente
y determinante consiguientemente. Es determinante antecedentemente aquella
cuya noción preceda a lo determinado, esto es: que, de no suponerla, lo
determinado no es inteligible.* Es determinante consecuentemente la noción que no se pondría si no estuviera ya
puesta por otra parte la noción que por él se determina. A la primera razón
podrás también llamarla razón porque, o
sea: razón de ser o de hacerse; a la segunda, razón que, o sea: razón de conocer.
* Se puede añadir
a ésta la razón idéntica en que la
noción del sujeto, a causa de su perfecta identidad con el predicado, lo
determina; por ejemplo, el triangulo
tiene tres lados; en que la noción del determinado ni sigue ni precede a
la noción del determinante.
Estructura real de
esta definición
La noción de razón hace, según el sentido común, que haya
algún nexo y ligadura entre sujeto
y predicado. Por ello exige siempre un sujeto y un
predicado que unir a él. Si pides por la razón de círculo no llego a entender
qué es lo que pides si no añades un predicado, por ejemplo: que sea de todas
las figuras isoperimétricas la de mayor capacidad. Preguntamos en otro caso por
la razón de que haya males en el mundo; tenemos, pues, la proposición: el mundo
contiene muchos males. La razón que, o
la de conocer, no es lo pedido,
porque la experiencia
hace sus veces; sino hay que
indicar la razón de por qué, o sea,
la de hacerse, esto es: una razón que, puesta, resulta inteligible el que,
antecedentemente respecto de este predicado, el mundo no estaba indeterminado;
sino por qué razón se pone ese predicado de "males" con exclusión del
opuesto.
Por tanto hácese la razón de indeterminada determinada. Y porque
toda verdad resulta de por determinar el predicado al sujeto, la razón
determinante de la verdad es no sólo criterio sino aun fuente, de la cual si te apartares se hallarán posibles cuantos se quiera, mas
absolutamente nada de verdadero. Así no resulta indeterminado si el planeta
Mercurio gira alrededor de su eje o no, ya que carecemos de una razón que ponga
una de las dos cosas con exclusión de la opuesta; mientras tanto ambos casos
son posibles, mas ninguno de ellos resulta verdadero respecto de nuestro
conocimiento.
Para ilustrar con un ejemplo la diferencia entre razones
determinantes antecedente y consecuentemente: menciono los eclipses
de los satélites de Júpiter;
digo que tales eclipses
proporcionan la razón de conocer la
propagación, sucesiva y hecha con velocidad asignable, de la luz. Mas esta
razón determina sólo consecuentemente esa verdad; pues aun en el caso de que no
hubiera ni un solo satélite de Júpiter, ni la ocultación de luz que ellos
hacen, sin embargo la luz se movería temporalmente, aunque tal vez nos fuera
desconocido; o para aplicarlo más de cerca a la definición dada, los fenómenos
de los satélites de Júpiter que prueban el movimiento de la luz suponen ese
mismo comportamiento de la luz, sin el que no podrían acontecer, y por ello
determinan sólo consecuentemente esta verdad. Mas la razón de hacerse, o sea:
por qué el movimiento de la luz va unido con un dispendio asignable de tiempo
depende (si aceptas la sentencia de Cartesio) de la elasticidad de los glóbulos
del aire que, según las leyes de la elasticidad, cediendo un poco al golpe
absorben, en cada glóbulo, un punto pequeñísimo de tiempo que, sumado a lo
largo de una serie inmensa concatenada lo hacen, al final, perceptible. Tal
fuera la razón determinante antecedentemente, o sea: que, no puesta la cual, no
habría en absoluto lugar a una determinación, pues si los glóbulos del éter
fueran perfectamente elásticos no se percibiría intervalo alguno entre la
emisión y llegada de la luz por inmensas que fueran las distancias.
La definición del ilustre Wolff, a pesar de su fama, me ha
parecido necesitar aquí enmienda, pues define "razón": "aquello por lo que se puede entender
por qué algo existe, más bien que no existe". Sin duda alguna, mezcla en
la definición a lo definido. Porque aunque la palabra porqué parezca lo bastante clara para la común inteligencia, de
manera que pueda admitírsela en una definición, no obstante implica
tácitamente, y una vez más, la noción de razón. Pues si lo examinas bien,
hallarás que indica lo mismo que razón
por la cual. Así que, hecha debidamente la
sustitución, la definición de Wolff suena: razón es aquello por lo que
puede entenderse la razón por la que
algo existe, más bien que no existe.
Parecidamente: la frase de razón suficiente he creído mejor reemplazarla con la de razón determinante, y el ilustre Crusius
asiente a ello. Que esa palabra suficiente
es ambigua, ella misma superabundantemente lo muestra, porque no se echa
inmediatamente de ver en cuánto sea suficiente. Ahora bien: puesto que
"determinar" es poner algo de manera que se excluya todo lo opuesto,
denota lo que sea ciertamente suficiente para concebir una cosa de esta manera,
y no de otra.
Proposición V. Nada es
verdadero sin razón determinante. Toda proposición verdadera indica que el
sujeto esta determinado por el predicado,esto es: puesto con exclusión del
opuesto; así que en toda proposición verdadera queda excluido necesariamente lo
opuesto al predicado competente. Mas se excluye un predicado, que repugne a
otra noción ya puesta, en virtud del principio de contradicción. Luego la
exclusión no tiene lugar donde no se halle aquella noción que repugne al
opuesto que ha de ser excluido. Así que en toda verdad hay algo que determina
la verdad de la proposición,
excluyendo el predicado opuesto. Por llamarse esto con el nombre de
razón determinante hay que establecer no haber nada que sea verdadero sin razón
determinante.
Lo mismo de otra
manera
Por la noción de razón se puede saber qué predicado de los
opuestos se ha de atribuir al sujeto y cuál quitarle. Pon que algo sea
verdadero sin razón determinante, no habría nada que hiciera aparecer
cuál de los opuestos se habría de atribuir al sujeto, cuál quitarle; así
que ninguno queda excluido, y queda el sujeto indeterminado respecto de ambos
predicados; por lo cual no hay lugar para verdad, pero- como se supuso haberla,
la repugnancia es patentemente manifiesta.
Escolio. Que el
conocimiento de la verdad se funde siempre en un intuito de la razón, ha
quedado establecido por consentimiento común de todos los mortales. Pero
nosotros solemos contentarnos frecuentemente con una razón determinante
consecuentemente, cuando se trata de certeza para nosotros; mas que se dé
siempre una razón determinante antecedentemente, o si prefieres, genética o al
menos idéntica, resulta fácilmente evidente en virtud del teorema traído y
definición, tomados conjuntamente, ya que una razón determinante
consecuentemente no da verdad si- no la explana. Pasemos a las razones que
determinan la existencia.
Proposición VI. Que
algo tenga en sí mismo la razón de su
existencia es absurdo. Si algo tiene en sí mismo la razón de la existencia
de alguna cosa, es causa de ella. Pon, pues, que haya algo que tuviera en sí
mismo la razón de su existencia; sería entonces causa de sí mismo. Mas por ser
la noción de causa anterior, por naturaleza, a la noción de causado; y ésta,
posterior a aquélla, la misma cosa sería simultáneamente anterior y posterior a
sí misma, lo que es absurdo.
Corolario. Luego, lo
que se afirma, existe de manera absolutamente necesaria, no existe por virtud
de alguna razón, sino porque no es pensable simplemente lo opuesto. Esta
imposibilidad de lo opuesto es la razón de conocer la existencia, mas carece
llanamente de razón antecedentemente determinante. Existe, pero es suficiente haber dicho y concebido
esto de él.
Escolio. Por cierto
que hallo en las sentencias aprobadas de los filósofos recientes reafirmada la
sentencia de que Dios tiene en sí mismo puesta la razón de su existencia. Mas
yo no querría darle mi asentimiento. Parece hacérseles a estos varones algún
tanto duro denegar a Dios, principio
último y perfectísimo de razones
y causas, ser razón de sí; y, por ello, por no poder reconocer para él alguna
externa, piensan la tiene recóndita en sí mismo. Ciertamente, casi no puede
hallarse algo más distante de la recta razón que esto. Pues cuando se llega
mediante cadena de razones al principio, es evidente de suyo que hay que
detener el paso y que toda pregunta queda abolida por tal respuesta consumada.
Sé ciertamente que los tales apelan a la noción misma de Dios
que exige su determinada existencia; mas es fácil de percibir que esto pasa
idealmente, no realmente. Te formas la noción de un cierto ente
en que se halla la omnitud de la realidad; hay que confesar que por tal
concepto tienes que conferirle existencia.
La argumentación procede así: si en un ente están unidas
todas las realidades sin limitación de grado, existirá; mas si solamente se las
concibe unidas, también la existencia del mismo consistirá tan sólo en idea.
Luego la sentencia habría de reformarse más bien así: al formamos la noción de un cierto ente al que llamamos
Dios la determinamos de manera que esté incluido en ella la existencia. Si,
pues, es verdadera la noción preconcebida, será también verdadero el que
exista. Y quedo esto dicho en gracia de los que dan su asentimiento al
argumento cartesiano.
Proposición VII. Se da
un ente cuya existencia precede a su propia posibilidad y a la de todas las
demás cosas, por lo cual se dice de él existir
de manera absolutamente necesaria. Se llama Dios.
Puesto que posibilidad se resuelve íntegra mente en no
repugnancia de algunas nociones
conjuntadas, y, por esto, la noción de posibilidad proviene de un cotejo; mas en todo cotejo
es necesario se proporcionen las cosas
a cotejar, y donde nada en absoluto se proporcione al cotejo, y que le corresponda, no hay lugar para la
noción de posibilidad; se sigue que
nada puede ser concebido como posible a no ser que lo que de real haya en toda posible noción exista, y
entonces (porque, si te apartas de
esto, nada sería absolutamente posible, esto es: sería imposible) existirá de
una manera absolutamente necesaria. Pues bien:
esta realidad omnímoda es necesario que esté unida en un ente único.
Pues pon que esas cosas
reales que son cual el material de
todos los conceptos
posibles, se hallen distribuidas
en muchas cosas existentes cada una de
tales cosas tendría una existencia limitada de alguna manera, esto es: unida a
no pocas privaciones; por no convenir a las cuales una necesidad absoluta, lo
mismo que a las realidades, pertenecen tales privaciones a la determinación
omnímoda de la cosa, determinación sin la
cual la cosa
no puede existir;
así que las realidades, limitadas
de esta manera, existirían
contingentemente. Se requiere, pues, para una necesidad absoluta, el que
existan sin limitación alguna, esto es: resulten ente infinito. Ente en el cual
si finges alguna pluralidad no harías sino repetirlo algunas veces; de lo que
se sigue, dado que la contingencia es opuesta a necesidad absoluta, que no puede existir —tiene que
afirmarse— sino un único ente
absolutamente necesario. Luego se da un Dios único, principio absolutamente necesario de toda posibilidad.
Escolio. He
aquí, en la
máxima medida posible, una
demostración esencial de la existencia divina y, aunque no haya propiamente
lugar a una genética, comprobada con un
documento máximamente primitivo, a saber: con la posibilidad misma de
las cosas. Por
lo cual resulta patente que si
quitas a Dios, queda abolida no
solamente la existencia de todas las cosas sino aun la posibilidad interna misma. Porque
aunque suela vulgarmente decirse que las esencias (que consisten en interna
posibilidad) son necesarias, sin embargo más correctamente se diría que competen a cosas de manera absolutamente
necesaria. Pues la esencia de triángulo —que consiste en la coinserción de
tres lados— no es, de suyo, necesaria. ¿Quién sano de mente se afirmaría en que
sea necesario en sí concebir el que
siempre se unan tres lados? Mas concedo
que esto es necesario al triángulo,
esto es: si piensas triángulo, piensas necesariamente
en tres lados, que es lo mismo que si dices: si algo es, es.
De dónde provenga el que con
el pensamiento de lados se armen las nociones de espacio, cerrar, etc.,
esto es: que triángulo entre en el genero de poder ser pensado, y después,
de dónde resulte —por combinación, limitación, determinación— el que todo lo
que hay en una noción de cosa pensable exista realmente, es algo sencillamente
imposible de concebir, fuera del caso de Dios, fuente de toda realidad.
Sabemos, por cierto, que
Cartesio dio un argumento de la existencia divina, sacado de su misma noción
interna; por qué se le frustró tal intento,
es de ver en el
escolio del párrafo anterior.
Dios es el único entre todos los entes en quien la existencia es anterior o, si
te place, idéntica con la posibilidad. Y de El no queda ni tan sólo noción en
el instante en que prescindas de su existencia.
Proposición VIII. Nada
de lo contingentemente existente carece de razón determinante antecedentemente
su existencia.
Pon que careciera. No
quedará para determinarlo en cuanto existente sino la existencia misma de la
cosa. Mas porque, no obstante, la existencia está determinada, esto es: está
puesta de manera que ha quedado excluida totalmente cualquier cosa opuesta a su
omnímoda determinación, no habrá más exclusión de lo opuesto que la proveniente
de la posición de la existencia. Mas por ser tal exclusión idéntica (ya que
nada más impide a una cosa el no existir, sino la eliminación de la no
existencia), lo opuesto a la existencia se habrá excluido por sí mismo, esto
es: será absolutamente imposible; esto es: la cosa existirá de manera
absolutamente necesaria, lo que repugna a la hipótesis.
Corolario.
Resulta, pues, de lo demostrado, que solamente la existencia de lo
contingente necesita fundarse en razón
determinante, y que el único absolutamente
necesario está exento de esta
ley. De aquí
que no se haya de admitir este principio de una manera tan general que abarque en su imperio la universidad de todos los
posibles.
Escolio.
He aquí la demostración del principio de razón determinante iluminada con la
luz de la certeza, y de manera
definitiva; tal es ciertamente mi
persuasión. Los filósofos más perspicaces de nuestro tiempo, entre ellos
nombro honoris causa, al ilustre
Crusius, se han quejado siempre, como
consta, de la demostración poco sólida
de este principio, que, en todos los escritos
de esta materia, lo hallamos empleado. Del remedio de tal mal desesperó
tanto ese gran varón que sostuvo en
serio ser esta proposición simplemente
incapaz de demostración, aun si se concede ser máximamente verdadera.
Mas de por qué no me resulto tan fácil
y expedita la demostración "de este principio que no la llevara
íntegramente a cabo, cual suele intentarse, con un argumento, sino fuera
necesario llegar a dominarla con una
certeza llena de anfractuosidades, a mí mismo me he de dar razón.
Primero pues, hube de
distinguir cuidadosamente entre las razones de verdad y existencia aunque
pudiera parecer evidente el que en región de las verdades, la universalidad del principio de razón suficiente
determinante se extienda tanto como la existencia. Porque si es verdadero que
nada hay sin razón determinante, esto es- si al sujeto no conviene el
predicado, se sigue que sin razón determinante sería predicado nulo el de existencia. Mas consta suficientemente que
para asegurar una verdad no hace falta una razón determinante antecedentemente, sino que
basta con la identidad que rige entre
predicado y sujeto.
Mas en las cosas existentes se trata de razón determinante antecedentemente que, si no la
hay, existe el ser absolutamente
necesario; mas si la existencia es
contingente di por decidido el que no puede ella preceder. Por lo cual esta
verdad, sacada de sus mismas fuentes,
salió, a mi juicio, más pura.
Cierto que el celebérrimo Crusius piensa que una cierta existencia
está tan determinada por sí misma que tiene por inútil exigir algo más. Titio
obra con volición libre. Pregunto: ¿por qué hizo esto, más bien que no
hacer? Responde: porque quiso. Pero
¿por qué quiso? Tiene por inepta tal
pregunta. Si preguntas: ¿por qué no hizo otra cosa? Responde: porque ya hizo
esto. Y por ello piensa que la volición
libre está determinada en acto por su existencia, y no antecedentemente por
razones priores a su existencia; y que por la sola posición de actualidad quedan excluidas todas las determinaciones
opuestas; de aquí que sostenga no hacer falta razón determinante.
Mas probaré, si te place, además con otro argumento que una
realidad contingente no está suficientemente determinada si prescindes de razón
antecedente, por tanto que no puede ser existente. Exista un acto de volición
libre, esta existencia excluye lo
opuesto a esta determinación, pues, por no haber existido alguna vez, y porque la existencia de suyo no determina el
que haya o no haya sido alguna vez por
virtud de la existencia de
esta volición, esta
cuestión: "si antes ya existió o no existió" queda
indeterminada. Mas porque dentro de determinación omnímoda esta determinación
"si el ser comenzó o no" es una
de tantas, el ser quedará indeterminado y no podrá ser determinado hasta que,
además de lo que le compete a su
existencia interna, se aduzcan nociones
que sean pensables independientemente de su existencia. Más porque lo que
determina la no existencia antecedente de un ente existente precede a la noción
de existencia; mas porque lo que determina que un ente existente no haya
existido anteriormente es lo mismo que a la vez lo ha determinado a pasar de no
existencia a existencia (porque las proposiciones: por qué lo que existe ya no
haya antes existido, y por qué lo que antes no existió, exista ya, son, en
realidad de verdad idénticas), a saber: la razón que antecedentemente determina
la existencia, queda más que suficientemente patente que sin esta determinación
omnímoda del ser que se concibe llega a ser, no puede haber lugar tampoco para
la existencia.
Si esta demostración por el
análisis de nociones más profunda pareciera a alguien demasiado oscura, puede
contentarse con las precedentes.
Finalmente: por qué retiré mi asentimiento a la
demostración traída por
los secuaces del ilustre Wolff, lo explicaré brevemente. La demostración
de este ilustre varón tal cual se halla más detenidamente expuesta por el perspicacísimo Baumgarten se
reduce, para resumirla en pocas palabras, a esto: si algo no tuviere razón, la
nada sería su razón; luego nada sería algo, lo que es absurdo.
Por tal manera de argumentar habría de reformarse así mejor:
si un ente no tiene razón, la razón
del mismo es la nada, esto es: no es ente.
Empero esto es demasiado largo por ambas partes, porque si no hay razón alguna,
el concepto que le corresponde será el de no ser: de aquí que si al ente no se
puede asignar una razón sino esa a la que no corresponde absolutamente ningún
concepto, carecerá absolutamente de razón,
lo que revierte a lo supuesto. De esto no se sigue el absurdo que creían
fluir de aquello. Servirá de testimonio a mi sentencia un ejemplo. Me atreveré
a demostrar, según esta manera de concluir, que el primer hombre fue engendrado
por no padre. Pues supón que no fue engendrado. Nada habría que lo engendrara.
Luego fue engendrado por nada; lo que siendo contradictorio, habráse de
confesar que fue engendrado por alguien. No es difícil evadirse de la capciosidad
del argumento. Si no es engendrado, nada lo engendró. Esto es: quien se
reputara haberlo engendrado es nada o no ser, lo cual es ciertamente más cierto
que lo más cierto. Pero de una proposición mal convertida se saca un sentido
malísimamente torcido Proposición IX.
Enumerar y diluir las dificultades que parece oprimen al principio de razón
determinante, vulgarmente, suficiente.
Entre los impugnadores de este principio, ha de conducir el
ejército —y es el solo que, con derecho,
ha de ser reputado* cual, de
entre todos, su mantenedor— S.R. y agudísimo Crusius, a quien, de entre no diré
los filósofos de Alemania sino de entre los promotores de la filosofía, tengo
casi por no segundo respecto de nadie. Si resultare bien la discusión de las
dudas (lo que me parece prometerlo el patrocinio de una buena causa), creeré
haber superado todas las dificultades. En primer lugar achaca a la fórmula de
este principio ambigüedad e inestable sentido. Porque hace notar, y
correctamente, que tal principio se sirve
de razón de conocer; igualmente de razón moral y de otras ideales cual
de real y antecedentemente determinantes; de modo que muchas veces resulte
dificultoso entender cuál está sobreentendiendo. Flecha que por no herir
nuestros asertos, no tenemos por qué evitarla. Quien examinare cuáles son
nuestros asertos verá que distingo cuidadosamente entre razón de verdad y razón
de actualidad.
Aquí, en nada deseo .rebajar al ilustre Daries cuyos
argumentos, y aun los de otros no insignificantes, confieso han
sido de gran peso para agravar
lo referente al principio de razón determinante. Mas porque no parecen afines a
los alegados por el alabado D. Crusius, creo que puedo restringir la respuesta
a las dudas sobre todo a los de él, con perdón de los de otros varones, por lo
demás grandes.
En la primera se trata
solamente de esa posición del predicado
que se hace mediante
aquellas nociones que están
incluidas en el sujeto o absolutamente o conexamente considerado, casos en que
solamente se descubre identidad del sujeto con el predicado o no predicado que
está ya adherido al sujeto. En la segunda, respecto de lo que se pone como
existiendo-en, se examina no "si", sino "de dónde" proviene
el que su existencia está determinada. Si no hay nada que excluya lo opuesto,
fuera de la posición absoluta de tal cosa, habrá que sostener que existe
necesariamente, de por sí y absolutamente. Mas si se supone que exista
contingentemente, será necesario que haya otras cosas que determinándola de
ésta y no de otra manera excluyan ya antecedentemente lo opuesto a la
existencia. Y esto, respecto a nuestra demostración en general.
Para los defensores de este
principio, mayor peligro, sin duda, les viene de aquella objeción del clarísimo varón, según la cual hemos dado a
los estoicos el derecho de volver a casa trayendo la necesidad inmutable de
todas las cosas y el Hado; y la emprende contra nosotros, explícitamente y en
argumentos de no despreciable fuerza, en nombre de toda libertad y moralidad
elevada. Su argumento, por lo demás no enteramente nuevo —aunque expuesto por
él de más explicada y fuerte manera—, lo aduciré, en lo posible reducido a su
núcleo, mas intacta su fuerza.
Si todo lo que llega a ser no puede llegar a ser de otra manera sino teniendo razón antecedentemente
determinante, se sigue que lo que no llega a
ser no puede tampoco llegar a ser, porque, a saber, no hay
razón alguna sin la cual, no obstante,
no pueda absolutamente llegar a ser. Y porque esto .se ha de conceder, en orden
retrógrado, respecto de todas las razones de razones, de esto se sigue que todo
llega a ser según vinculación natural de tan conexa y entretejida manera que
quien opte por lo opuesto de cualquier evento y aun acción libre, hace votos
por lo imposible, ya que no se da la razón que se requeriría para producirlo.
Tal es, en resumen, la
cadena inevitable de los sucesos que,
como dice Crisipo,
una vez puesta se desarrolla a
lo largo de los eternos órdenes de consecuencia hasta llegar al final al estado
primero del mundo que exige cual autor inmediato a Dios; allí se detiene la
razón última y feraz en secuelas, de los eventos, puesta la cual, unos de otros
se derivan y se seguirán en adelante por siglos según ley para siempre
establecida. El esclarecido varón
impugna esa trivial distinción entre necesidad absoluta e hipotética por la
cual, como por rendija creen poder escabullirse los adversarios, que realmente
no es de valor alguno para romper la fuerza y eficiencia de la necesidad.
Pues ¿qué importa si
respecto de los eventos, predeterminados precisamente por las razones
antecedentes, considerados en sí mismos, resulta representable lo
opuesto, cuando, aun así, lo
opuesto no puede realmente llegar a ser, ya que no están dadas las razones que
le hicieran falta para existir, —más aun: se dan las para lo contrario? Dirás:
no obstante se puede ser pensado lo opuesto, tomados separadamente los
eventos, y por tanto es posible. Pero
aun así ¿qué? No puede llegar a ser,
porque de que jamás pase al acto, se
cuidan suficientemente las
razones ya existentes.
Acepta este ejemplo: Cayo hizo una impostura. A Cayo, por sus
determinaciones primitivas, a saber:
por las que es hombre, no le repugnó la
sinceridad. Concedido. Mas
en cuanto ya está determinado le repugna en realidad,
ya que están presentes en él las razones que ponen lo contrario, y
la sinceridad no
puede atribuírsele sin perturbar el orden íntegro de las
razones implicadas hasta llegar al estado primero del mundo. Oigamos ahora qué
es lo que de esto concluye el ilustre varón. La razón determinante no hace sin
más el que precisamente esta noción acontezca, sino el que, en lugar de ella,
no pueda acontecer otra. Luego todo lo que en nosotros acaece está previsto por
Dios en sus consecuencias de manera que no puede en modo alguno seguirse otra.
Luego la imputación de nuestros actos nos pertenece, mas de todo la única causa
es Dios quien nos ató con leyes tales que tenemos que cumplir en todo caso
nuestra suerte. ¿No resulta de esto el que ningún pecado pueda desagradar a
Dios? ; cuando se comete alguno, por el mero hecho queda probado el que la
serie de las cosas implicadas establecida por Dios no admite otra cosa. ¿Por
qué, pues, echa en cara Dios a los pecadores las acciones que desde la creación
y nacimiento del del mundo hasta ahora estaba ya asignado el que las hicieran?
Refutación de las dudas
Cuando distinguimos entre necesidad hipotética, en especial la
moral, y la absoluta, no se
trata en
este caso de
fuerza y eficacia de la necesidad,
a saber: de si una cosa es en un caso o en otro, mas o menos necesario, sino
que la cuestión versa acerca del principio necesitante, a saber: de dónde procede que la cosa sea
necesaria. Concedo ciertamente
con gusto que algunos de los
seguidores de la filosofía wolfiana se
apartan aquí del sentido verdadero porque lo que está puesto como determinado hipotéticamente por una
cadena de razones creen, convencidos, que está aún algún tanto remoto de
necesidad completa, porque carece de necesidad absoluta. Mas yo asiento con el
ilustre antagonista en esto: en que la tan por todos decantada distinción eleva
bien poco la fuerza de la necesidad y la certeza de la determinación. Así como
no hay nada más verdadero que lo verdadero, ni más cierto que lo cierto,
parecidamente no se puede concebir algo más
determinado que lo determinado.
Los acontecimientos mundanos
están determinados tan ciertamente que la presciencia divina no se engañe al
conocer con igual grado de certeza tanto los futuros como la imposibilidad de
lo opuesto en virtud del nexo de las razones. Mas aquí el quicio de la cuestión
está no en cuánto sino de dónde provenga la futurición necesaria
de lo contingente. Que el .acto de la creación no se quede ambiguo en Dios,
sino esté tan ciertamente determinado que lo opuesto sea indigno de Dios, esto
es: no pueda esto convenirle,
¿quién hay que
lo dude? Sin
embargo la acción es libre,
porque está determinada por unas razones que son las motoras intrínsecas de su
inteligencia infinita y
por cuanto inclinan de manera cierta, más que cierta,
su voluntad, no proceden de alguna eficacia ciega de la naturaleza.
Parecidamente
también respecto de
las acciones libres de los hombres; en cuanto se las considera como
determinadas, queda, ciertamente,
excluido lo opuesto; mas no queda excluido por razones colocadas fuera
del apetito del sujeto y de sus espontáneas inclinaciones, cual si el hombre
estuviera impelido, aun contra su voluntad, a realizar tales acciones por una
cierta e inevitable necesidad. Sino que, en la propensión misma de voliciones y
apetitos, por obedecerlas de grado en virtud de los alicientes de la
representación quedan determinadas las acciones por un nexo, de seguro
ciertísimo, mas voluntario y según una ley estable. Que entre acciones físicas
y las que gozan de libertad moral haya una diferencia no queda reducido a una
diferencia de nexo y certeza, algo así como si solamente éstas, por tener
futurición ambigua y estar eximidas del vínculo de razones, gozaran de una vaga
y ambigua razón de nacimiento; lo cual las hiciera, ciertamente, poco
recomendables como prerrogativas de seres inteligentes. Mas el modo como se
determina la certeza por sus razones, da amplio campo para defender el carácter
de la libertad, a saber: que no amarran sino por virtud de motivos del
intelecto aplicados a la voluntad, cuando, al contrario, en los brutos —o sea
en las acciones físico-mecánicas— todo procede necesariamente conforme a las
solicitaciones e impulsos externos, sin inclinación espontánea alguna de
albedrío.
Cierto que el poder de hacer una acción se ha
indiferentemente respecto de ambas partes; mas pasa por admitido el que
solamente se determina por una inclinación de beneplácito hacia los alicientes
ofrecidos en las representaciones. Cuanto con mayor certeza se vincule a esta
ley la naturaleza del hombre, de tanta mayor libertad gozará; que no es usar de
libertad el dejarse llevar por una vaga inclinación, y de aquí para allá, hacia los objetos.
Dirás: no obra por otra razón sino sobre todo
porque le plació. Te tengo cogido por
tu misma confesión; Porque ¿qué es eso de "placerle" sino
haberse inclinado la voluntad, a una parte más bien que a la opuesta, por alicientes del
objeto? "Placerle", pues,
determina, según tu sentencia, la acción; mas no es sino la aquiescencia de la
voluntad al objeto por razón de sus alicientes con los que invita a la
voluntad. Luego es una determinación relativa en que, si se supone atraída
igualmente la voluntad por los alicientes, mas uno de ellos es más delicioso,
es lo mismo que placerle a la vez igual y desigualmente, —lo que implica repugnancia. Puede, no obstante,
presentarse un caso en que las razones que inclinan la voluntad a una de las
partes escapan plenamente de la conciencia; pero no por ello se elija una de
ellas. Pero entonces el caso pasa de una facultad superior de la mente a una
inferior, y la mente es dirigida por una de las partes de la representación
oscura hacia algo: hacia lo de paso preponderante (de lo que se tratará más
largamente a continuación).
Permítase ilustrar esta tan vulgarizada controversia con un
diálogo breve, y tal vez cómodo entre Cayo, defensor del equilibrio de
indiferencia; y Tito, patrón de la razón determinante.
Cayo. Durante el decurso
de mi vida anterior, un remordimiento
de conciencia me
atormenta, y no me queda otro solaz, si es lícito creer a tus opiniones,
que no recae en mí la culpa de los crímenes cometidos, porque, atado desde
la cuna del mundo hasta aquí por un nexo
de razones mutuamente determinantes, todo lo que he hecho no pude menos de hacerlo y quien quiera ahora
echarme en cara mis vicios y que debí emprender un género de vida diverso, nada
me increpa, obra ineptamente, casi como si me pidiera haber debido detener el
flujo del tiempo.
Tito. ¡Sea! ,
pero ¿cuál es
esa serie de razones de que te
lamentas haber estado atado? Que todo lo que hiciste, ¿no lo hiciste de grado?
Ya a punto de pecar ¿qué no te gritó calladamente una exhortación de la
conciencia y, en vano, te avisó interiormente el miedo a Dios? Y a pesar de
ello ¿no te atrajo más el beber, jugar, culto a Venus y otras cosas de ese
género? ¿Qué alguna vez te sentiste arrastrado, contra tu voluntad, a pecar?
Cayo. No
lo voy a negar. Bien siento que, sin
resistir y luchar
valerosamente contra los alicientes, me he dejado, cual quebrado
de cuello, arrastrar hacia lo perverso. A ciencia, conciencia y placer me hice
esclavo de los vicios. Pero esta inclinación de la voluntad hacia la parte peor
¿de dónde me vino? Ya antes de que me pasara, cuando las leyes divinas y
humanas me invitaban, dudoso aún, a estar de su parte, no estaba ya determinado
por un colmo de razones el que me
desviara a la parte mala más bien que a la buena?
Puesta ya una razón absolutamente
y omnímodamente perfecta, ¿impedir lo así razonado no
es lo mismo que deshacer lo
hecho? Mas, según tu sentencia,
cualquier inclinación de mi voluntad está perfectamente determinada por una razón antecedente, y
ésta, ciertamente en otra anterior y así hasta la cabeza de todas las cosas.
Tito. Pues voy a quitarte el tropiezo. La serie de
razones implicadas ofrece en el momento mismo de hacer una acción motivos
dirigibles a dos partes, a una de ellas tú mismo de grado te entregaste por la
razón de que era más deleitable obrar así que de otra manera. Pero dices, ya estaba determinado por un colmo de
razones el que me inclinara hacia la parte destinada. Mas querría pensaras si
para que la razón sea consumada no se requiera el que la propensión espontanea
de tu voluntad se vaya tras los alicientes del
objeto.
Cayo.
Cuidado con llamarla espontánea; no
pudo menos de propender hacia esa parte.
Tito. Esto,
lejos de destruir
la espontaneidad la vuelve
certísima, mientras se la tome en recto
sentido. Pues espontaneidad es una
acción que procede de un principio interno. Cuando está determinada, por conformarse a la
representación de lo óptimo, se llama libertad. Cuanto más
ciertamente se diga de alguien que obedece a tal ley, cuanto más determinado esté a querer,
puestos todos los motivos,
tanto más libre 'es un hombre. De tu argumentación no se sigue el que a la libertad le infrinja la fuerza de las
razones antecedentemente determinantes,
pues te la refuta tu confesión de que
obraste, no involuntariamente,
sino por placerte.
Así que tu acción no fue inevitable, como pareces estar sobreentendiendo, pues ni aun
trataste de evitarla; sino que fue infalible
dada la propensión de tu apetito hacia las
circunstancias así informadas.
Lo cual hace caer sobre ti una mayor culpa, pues tan
vehementemente lo apeteciste que no aguantaste el separarte de tu intento. Te
mataré con tu flecha. Pero basta; según tu opinión ¿de qué manera creerías ser
tu deber, y más cómodo, el aceptar la noción de libertad?
Cayo. Yo creo, por
cierto, que si descartaras eso de la concatenación de razones determinantes por
sí mismas de un evento fijo, si concedieras que un hombre se ha
indiferentemente en cualquier acción suya respecto de ambas partes; y que, aun
puestas todas las razones de algún modo determinantes que finjas, no obstante
pudiera elegir una cualquiera parte en vez de otra cualquiera, —entonces
confesarías que, por fin, se ha tratado bien a la libertad.
Tito. Deus
meliora! Si algún numen consintiera en
que se te cumpliera el voto ¡qué
infeliz serías todos los
días! Proponte en
tu ánimo seguir firmemente el camino de la virtud. Haz que esté tu
mente bien defendida
tanto con los preceptos de la religión como con todo
lo demás que sea eficaz para robustecer tu consejo. Preséntase ahora la ocasión
de obrar. Te dejarás llevar inmediatamente hacia la parte peor, pues no te
determinarán las razones que te invitan. Me parece estar oyendo quejas y más
quejas de tu parte: ¡Ah! , ¡qué hado siniestro me apartó súbitamente del
consejo saludable! ¿Qué
saca uno de empeñarse en cumplir los preceptos? Las
acciones se hacen al azar, no son determinadas por razones. Por cierto, dices,
no acuso al hado que contra mi voluntad, me arrastre y coaccione, sino abomino
de aquello, no sé qué es, que me hace caer, seduciéndome, en lo peor. ¡Qué
vergüenza! ¿Así que he de detestar aquel apetito que me inclina precisamente a
lo peor y que pudo con igual facilidad inclinarme a lo contrario?
Cayo. Luego todo esto
clama en favor de la libertad.
Tito. Ya
ves cómo he acorralado tus razones. No apeles a espectros de razones, pues te
sientes libre; pero no inventes una noción ficticia y poco cónsona con la recta razón, de esta
libertad. Obrar libremente
es obrar de manera conforme al propio apetito y además con conciencia. Y
esto no está excluido ciertamente, por la ley de la razón determinante.
Cayo. Aunque
casi casi no tengo cómo refutarte,
sin embargo el
sentido interior me parece hablar contra tu sentencia. Pues
tomemos un caso de no grande importancia: si estoy atento a mi mismo, advierto
que estoy libre de inclinarme a cualquiera de las partes, tanto que estoy
persuadido suficientemente de que la dirección de mi acción no ha sido determinada
por una serie de antecedente de razones.
Tito. Te descubriré la tácita impostura de tu
mente que hace de ti juguete del equilibrio de indiferencia. La fuerza natural
apetitiva, ínsita en la mente humana, es arrastrada no sólo hacia los objetos
sino también hacia las representaciones variadas del intelecto. En la medida,
pues, en que nos sentimos a nosotros mismos ser los autores de las representaciones que, en el
caso dado, son motivos de elección, de manera que nos
creamos perfectamente suficientes para aplicar a ellas nuestra atención,
suspenderla o dirigirla a otra parte, somos consecuentemente conscientes de
tender no sólo hacia los objetos.de manera conforme a nuestro apetito sino
además de poder alterar al arbitrio y variamente, las razones mismas
objetivas; en esa misma medida apenas si podemos refrenarnos de juzgar que
la aplicación de nuestra voluntad está eximida de toda ley y carente de
determinación fijada. Mas si nos esforzamos en sentir rectamente lo que hace
ésta, y, no otra, tendencia de la atención sobre la combinación de las
representaciones, que es
cuando las razones tiran hacia
una parte, para darle cuando menos una oportunidad a la libertad dirigimos la
atención hacia la parte opuesta, con la cual damos a ésta un sobrepeso por el
cual, de consiguiente, el apetito se dirigirá así y no de otra manera, nos
convenceremos fácilmente de que están ciertamente presentes las razones
determinantes.
Cayo.
Confieso que me has enredado en muchas dificultades; mas estoy cierto de que tú
mismo lo estás con no menores. ¿Cómo crees poder conciliar la futurición
determinada de los males, de los que Dios es, en definitiva, la última y
determinante causa, con su bondad y santidad?
Tito. Para no perder el tiempo en vanas
discusiones, solventaré brevemente las dudas que te tienen suspenso y desataré
los nudos. Por estar determinada la certeza de todos los acontecimientos tanto
físicos como de acciones libres, los consecuentes en los antecedentes, los
antecedentes en otros precedentes y así, cual por nexo y cadena, siempre en
ulteriores razones, hasta llegar al estado
primero del mundo que exige a
Dios por inmediato autor, cual fuente y manantial del que todo fluye según
insciente necesidad por cauce preparado, de aquí que pienses resulte Dios no
oscuramence señalado como maquinador del mal, y que no puede odiar a esa tela
que él mismo urdió y que va siendo tejida conforme a su ejemplar a lo largo de
los futuros siglos de los siglos, y parece que no pueda indignarse contra tantos y tantos pecados entretejidos
en su obra tanto como lo
exigiría la santidad, pues, en definitiva recaería la
culpa sobre él mismo por empresario
de todos los males. Tales son
las dudas que te oprimen; voy ahora a disipar las nieblas.
Dios, al producir los primordiales del universo de las cosas, inició la serie que incluye—según
nexo estable de razones, unidas bien tejida y entretejidamente— aun los males
morales y los físicos, a ellos correspondientes. Mas de aquí no se sigue que se
pueda acusar a Dios de autor de las acciones moralmente malas. Si, como pasa en
las cosas mecánicas, los seres inteligentes se hubieren de manera solamente
pasiva respecto de las que impelen a especiales determinaciones y mutaciones,
no niego que se habría de echar la culpa última de todo a Dios, artífice
de la máquina. Mas las que se hacen por voluntad de seres inteligentes y dotados de facultad de
determinarse por sí misma espontáneamente, provienen, ciertamente, según
libertad de albedrío, de un principio
propiamente interno, de apetitos
conscientes y de elección de una
de las dos partes.
Por lo cual, aunque el estado de la realidad se halle, previamente a los actos libres,
constituido según razón, y el ser inteligente esté él mismo implicado en un nexo tal de circunstancias
que de el, más que de cierto conste,
procedan los males morales y se podrán
prever, sin embargo esta futurición está
determinada por unas razones cu yo quicio es la dirección voluntaria de ello
hacia lo peor. Y, por
tanto, de lo
que, por más
delicioso hicieron los pecadores, hay que decir fueron ellos la causa, e imponer pena por
tal deleite ilícito cuadra
perfectísimamente con la equidad.
Mas en cuanto a esa objeción
de que es, sin duda, digno de la santidad de Dios, el que El aborrezca el
pecado, pero que parece incompatible esto con crear un mundo por un decreto que
incluye la realización futura de los males, esta dificultad, que
a la cuestión circunda, no
es invencible. Solvéntase así:
La bondad infinita de Dios
tiende a la perfección máxima de las cosas creadas, a tanta cuanta en ellas
quepa y a la felicidad del mundo espiritual. Mas llevado de su infinito empeño
por manifestarse, no. solamente se dedicó a las series mas perfectas de
acontecimientos que posterior mente se desarrollaran según el orden de razones,
sino que, para que no faltaran además algunos bienes de menor grado y de este
modo la universidad de las cosas se extendiera, por decirlo así, y abarcara en
su inmensidad desde el grado supremo de perfección posible a lo finito, hasta
todos los inferiores y aun hasta la nada, aceptó el que se deslizaran en su
plan cosas que, mezcladas con muchísimos males, sacara de ellas la sabiduría de
Dios algún bien y contribuyeran a la manifestación de la divina gloria
adornándola con infinita variedad.
Para que
dentro de este
ámbito no se echara a faltar la historia del género humano, lúgubre como
es, convino perfectamente a la sabiduría, potencia y bondad de
Dios el que llevara, en su mismo aluvión de males,
infinitos testimonios para celebrar la bondad divina. Mas no se ha de pensar
que, por ello, intentara entretejer los males
mismos en la obra recién incoada
y lo hiciera exprofeso, porque tuvo ante la vista bienes que sabía él, por
razones profundas, que, a pesar de todo, permanecerían, y que fuera indigno de la sabiduría suprema
erradicar juntamente con la cizaña.
Por lo demás, pecan los
mortales voluntariamente y por íntimo afecto de la mente; no, forzados por un
orden, urgente y arrebatador, de razones antecedentes, sino por un orden
aliciente que, aunque se previera el que obedeciesen a tales atractivos, por
residir el origen de los males en un interno
principio de determinación propia, es patente el que
han de imputarse a los mismos pecadores.
Ni por esto hay que pensar que el numen divino aborrezca menos los
pecados, porque permitiéndolos parezca, de alguna manera, consentirlos. Porque
esa misma licencia que se dio a los males, está compensada con una grande
colaboración para reducirlos a lo mejor, colaboración que se propuso conseguir
por avisos, amenazas, invitaciones, ayudas. Tal es el fin propio que tuvo ante
sus ojos el ^artífice divino; así que al cortar las ramas fructíferas en males
y reprimir, dentro de lo que puede hacerse salvando la libertad de los hombres,
se mostró, en eso mismo, enemigo de toda maldad, aunque amante de las
perfecciones que de ella pudieran, no obstante, sacarse.
Pero, vuelvo al camino, que
he divagado del intento más de lo debido.
ADITAMENTOS AL PROBLEMA IX
No hay presciencia divina respecto de las acciones libres, si no se admite una
futurición
determinada por sus razones
Quienes suscriben
nuestro principio, han cogido
siempre, y fuertemente, este argumento contra los que lo impugnan.
Dejando, pues, aparte este punto, trataré de responder solamente a lo que en
contra trae el perspicacísimo Crusius. A quienes así sienten, reprocha él que
es esa una sentencia indigna de Dios, cual si creyeran que El se sirve de
raciocinios. Si los hubiera quienes así pensaran, me pasaría de grado a la
parte del ilustre adversario. Porque concedo que las anfractuosidades de los
raciocinios son poco decorosas de la inmensidad del intelecto divino. Porque la
inteligencia infinita no necesita abstraer nociones. universales, combinarlas y compararlas para sacar de ellas
conclusiones. Mas aquí sostenemos que Dios no puede prever aquello cuya
futurición no esté antecedentemente determinada, no por falta de medios,
de los que concedemos no tener
necesidad; sino porque es de suyo imposible la precognición que es nada si la
existencia está absolutamente, de suyo, y antecedentemente indeterminada. Que
esté de por sí indeterminada se sigue
de su contingencia; los antagonistas sostienen que también está
antecedentemente indeterminada.
Luego, sencillamente, está falta
de determinación, esto es: de futurición, lo está en sí, y
así tiene que
estar representada en
el intelecto divino.
REFUTACION DE LAS OBJECIONES INVOCADAS
EN SU AYUDA POR LOS DEFENSORES DEL
EQUILIBRIO DE INDIFERENCIA
Los patronos de la parte
adversa nos provocan a que nos demos por satisfechos con los ejemplos que
parecen testimoniar tan abiertamente
en favor de
la indiferencia de
la voluntad humana respecto de cualesquiera acciones libres que
pareciera no poder haber algo más patente. Cuando se juega a par-impar y hay que ganarse conjeturando
algunas habas encerradas en la mano, nos pronunciamos sencillamente sin consejo
y sin razón alguna en la elección. Gemelo con este caso es el que se cuenta no
sé de qué príncipe a quien se dio a elegir libremente entre dos copas,
semejantes en todo: peso, figura, especie; de ellas una ocultaba plomo, la otra
oro, de modo que determinarse a coger una de las dos no podría caer sino más allá de la razón. Parecidamente hablan
de libertad de indiferencia respecto de mover el pie derecho o el izquierdo. A
todo ello responderé con una palabra y me parece más que suficiente.
Cuando en nuestro principio
se habla de razones determinantes, no se entiende aquí de un género u otro de
razones, por ejemplo: que en las acciones libres se ofrezcan al entendimiento
consciente razones; sino que, determinare como fuere la acción,
sea, no obstante, necesario el
que se determine por una determinada, si es que la acción ha de realizarse. En
la determinación del albedrío pueden faltar enteramente razones objetivas y el
equilibrio entre los motivos presentes ante la conciencia puede ser perfecto;
no obstante queda lugar aún para muchísimas razones que pueden determinar a la
mente.
De tal estado dudoso y
versátil no resulta sino que el asunto vuelva de una facultad superior
a una inferior, de una
representación con conciencia a otra oscura; no hace falta afirmar que, en
tales casos, todo es
perfectamente idéntico por las dos partes. La tendencia del apetito ínsito
hacia
ulteriores percepciones no
soporta el que la mente permanezca largo tiempo en el mismo estado.
Proposición X. Se exponen algunos corolarios genuinos del principio de razón
determinante.
1) Nada hay en el raciocinado que no esté en la razón. Porque nada hay
sin razón determinante, y por tanto, nada hay en el raciocinado que no arguya haber razón determinante de lo
suyo.
Se podría objetar el que,
por tener límites las cosas finitas, se seguiría de ello el que tales límites habrían
de hallarse parecidamente en Dios.
Respondo: los límites que se
hallan adheridos a las cosas finitas arguyen haber su razón limitada en la
acción de la creación divina, porque la acción de Dios resulta limitada por
razón de producir un ser limitado. Mas esta acción, por ser una
determinación relativa de
Dios —que necesariamente ha de
responder a las cosas producendas— no es inteligible en él de manera interna y
absoluta. Así que es patente no competer a Dios internamente tales
limitaciones.
2) Respecto de las
cosas que nada de común tienen, la razón de una no puede ser razón de otra.
Nos devuelve a la anterior proposición.
3) No hay más en el
raciocinado de lo que se halla en la razón.
Proviene de la misma regla.
Secuela. La
cuantidad de realidad absoluta en el mundo no se cambia naturalmente, ni por
aumento ni por disminución.
Explicación
La evidencia de esta regla se echa de ver clarísimamente en
las mutaciones corporales. Si, por ejemplo, el cuerpo A impele por golpe a otro
B, le adviene a éste una cierta fuerza, y por consiguiente realidad.* Mas al
cuerpo impelente se le resta una cantidad igual de movimiento; por tanto la
suma de las fuerzas en el efecto se
equipara a las fuerzas de la causa. Ciertamente que en choque de un cuerpo
elástico menor con otro mayor parece
incurrir en error la ley alegada.
Mas en ninguna manera es así, pues el cuerpo elástico menor, al chocar con el mayor, adquiere de él, por repercusión,
una cierta fuerza en dirección contraria que si se suma a la que transfiere al
mayor, da una suma mayor ciertamente que la de cuerpo impelente, como consta
por la mecánica; cantidad que aquí se llama vulgarmente absoluta; más verdadero
fuera llamar la relativa, pues estas fuerzas tiran en direcciones opuestas; y,
por ello, calculadas por los efectos que todas las máquinas aplicadas
conjuntamente —y sumadas, por tanto, en el universo—, pueden ejercer-, se
conoce la suma de las fuerzas, restando los movimientos en dirección contraria
que entonces quedan en definitiva destruidos entre sí, y permanece el
movimiento del centro de gravedad que, como se sabe por la estática, es,
después del choque, el mismo que anteriormente fue.
Mas en lo referente a toda destrucción del movimiento por
resistencia de la materia, tal
destrucción dista tanto de eliminar la regla dicha que más bien la
confirma. Porque la fuerza que se origina
del reposo por
concurso de causas, al
transformar tanto cuanto recibe en
resistencia contra los impedimentos, vuelve una vez más al reposo, y la cosa
permanece como antes. De aquí que sea imposible una perpetuidad inexhaustible
del movimiento mecánico, porque aun cediendo siempre a las resistencias la
fuerza alguna parte de lo suyo, si
permaneciera, a pesar de ello, incólume el poder de restaurarse a sí
mismo, se contradiría por igual a esta regla y a la sana razón.
Aquí, según el
sentido común, se puede concebir la
fuerza impresa cual realidad aportada, aunque propiamente no sea sino
una cierta limitación, o sea
dirección de la realidad ínsita.
Frecuentemente vemos que
grandes fuerzas parecen engendrarse de un principio infinitamente pequeño para
causa. Una chispita, dentro de pólvora, ¡qué inmensa fuerza expansiva produce!
O también, recibida otras veces en material ávido ¡cuántos incendios, ruinas de ciudades y largas devastaciones de
grandes selvas! ¡Qué grandes
contexturas de cuerpos disuelve una tan pequeña intromisión de una sola
chispita! Pero aquí la causa eficaz de
tales inmensas fuerzas, —escondidas en y favorecidas por la contextura interior
de los cuerpos— es la materia elástica o, respecto de la pólvora (según los experimentos de Halesi) es la
materia del aire o la materia ígnea, cual en cualquier cuerpo combustible, la que, con mínima acción,
se manifiesta, más bien que se produce.
La pimienta, comprimida, se
cuece interiormente y con bien pequeña acción desátanse fuerzas proporcionales
a la recíproca tensión de la atracción y repercusión.
Ciertamente que las fuerzas
de los espíritus y su progreso natural perenne hacia ulteriores perfecciones de
ellas parecen estar eximidas de esta ley. Pero estoy persuadido de que se
hallan sometidas a esa misma ley. Sin duda alguna, esa percepción infinita del
universo entero —que el alma tiene siempre disponible, aunque muy oscura—
contiene ya en sí misma todo lo que de realidad haya de haber más tarde con
mayor luz en los pensamientos.
Un poco más adelante, dando
la mente a algunas un mayor grado de atención, quitando el mismo grado a otras,
ilumina con luz más intensa a las primeras; gana día a día en mayor
conocimiento, que no se extiende, ciertamente, al ámbito de la realidad
absoluta (ya que el material de todas las ideas, que de su nexo con el universo
proviene, permanece el mismo); sino que es formal, y consiste en la combinación
de nociones, en la atención aplicada a su diversidad y conveniencia, mudándose
así sin duda de varias maneras.
De esta forma advertimos
cosas parecidas en la fuerza ínsita de los cuerpos, porque los movimientos,
bien examinados, no son realidades, sino fenómenos; mas la fuerza ínsita,
modificada por el impacto del
cuerpo externo, al resistir
a tal incursión por virtud
del principio interno de
eficacia tanto cuanto adquiera en la dirección de las fuerzas impelentes, todo
lo real de las fuerzas que se halle en el fenómeno del movimiento equivale a lo
que ya se hallaba ínsito en el cuerpo en reposo, aunque el poder interno —que,
en reposo, se hallaba indeterminado en
cuanto a dirección— esté tan sólo dirigido por el impulso externo.
Lo que hasta ahora se ha
alegado respecto de la impermutable cantidad de la realidad absoluta en el
universo, ha de ser entendido respecto de todo lo que suceda según el orden
natural.
Que, por obra de Dios, se
pueda instaurar una perfección más acabada del mundo material, y que, mediante
las inteligencias, se derrame por él una luz
celestial y más pura que la aportada por la naturaleza, que todo puede
ser elevado a más altas cumbres de perfección, ¿quién se atreverá a dudarlo?
Proposición XI. Algunos corolarios adulterinos,
deducidos de manera
poco legítima del principio de
razón determinante. Se alegan y se refutan.
1) Nada hay sin razonado. O sea: todo lo que es tiene consecuencias
propias. Llámase principio de consecuencia. Según mi conocimiento, reconoce por autor a
Baumgarten, corifeo de los
metafísicos. Y porque
se lo demostró por la misma
razón que al principio de razón, con la misma mina que éste perece.
Si se tratara tan sólo de
razones de conocimiento, la verdad quedaría a salvo, porque la noción de todo ente es o general o
individual. Si lo primero, hay que conceder el que todo lo que vale de una
noción genérica compete a todos los
inferiores sometidos a ella, y, que por tanto, ella contiene la razón de éstos.
Si lo segundo, se puede
concluir que han de competer siempre,
una vez establecidas las mismas razones a este sujeto, los predicados que le
convengan en un nexo determinado, y determinar, a partir del caso dado, la verdad
de los semejantes; por lo cual se conocen los razonados.
Mas si sobreentendemos aquí "razonados en cuanto a
existir", como se podrá ver en la sección postrera de este estudio, los
entes no son en esto feraces al infinito; en ella dejaremos establecido con
invictas razones que hay un estado en que experimenta toda clase de mutación
aun una sustancia cualquiera que esté exenta de nexo con otras.
2) Que dentro del universo integro ninguna sustancia es en todo semejante
a otra.
Se llama "principio de los indiscernibles"; tomado, como
se hace, en sentido latísimo dista muchísimo de ser verdad. Se demuestra sobre
todo por dos razones. La razón del primer argumento llega a su objeto con un
breve y pequeño salto, y por ello apenas si merece mención. Las argucias son así:
cosas que convengan perfectamente en todas sus notas, y no se les conozca
diferencia alguna, parecen deber ser tomadas por uno y el mismo ser. De aquí
que todas las cosas perfectamente semejantes no sean sino uno y el mismo ser,
al que se asignan diversos lugares; lo cual, por repugnar a la sana razón,
sostiénese el que tal sentencia pugna
consigo misma. Pero ¿quien hay que no
advierta los afeites de las
argucias? Para la perfecta
identidad de dos cosas en todas sus
notas, o sea: determinaciones, tanto internas
como externas, se requiere identidad. De
esta omnímoda determinación,
¡quién va a exceptuar el lugar? Luego no son uno y el mismo ser cosas que, aun conviniendo en todas las
notas internas, al menos se distingan
por el lugar. Mas hemos de discutir
aquí sobre todo la demostración de
esto, falsamente aceptada, a base del principio de razón suficiente.
Afirman que nada queda de
razón para que Dios pueda asignar diversos lugares a dos sustancias si
convienen perfectamente en todo lo demás
¡Qué estupidez! Me admira el que
gravísimos varones se deleitan en tales ruidos de razones.
Llama A a una sustancia; B,
a la otra. Haz que A ocupe el lugar de la B; entonces, ya que A no discrepa
absolutamente de B por las notas internas, al adquirir A el lugar de B será
idéntica con B; y habrá que llamar B a lo que antes se llamaba A. Y lo que
antes se llamaba B, ahora trasladado al lugar de A, habrá de llamarse A' Esta diferencia, pues, de caracteres denota
tan solo la diversidad de lugares. Concedo, pues ¿qué otra cosa
haría Dios, si,
según tu sentencia hubiera determinado los
lugares? Ambos casos son perfectamente idénticos. Y por tanto la
permutación fingida por ti es nula; y mi sentencia conviene perfectamente con
que para nada no hay razón alguna.
Esta ley adulterina queda
enteramente refutada por la universidad de las cosas y egregia- mente por
decoro hacia la sabiduría divina. Pues el
que los cuerpos
que se llaman
"similares" —agua, mercurio, oro, sales, etc.— convengan
perfectamente en sus partes por notas homogéneas e internas, va bien para la
identidad de su uso y función a los que están destinados; y puede verse por los
efectos el que de ellos procedan a ojos vistas
efectos siempre semejantes sin
diferencia alguna notable. Y no se puede decorosamente sospechar el que haya
alguna diversidad recóndita e inaprensible por los sentidos, cual si Dios se
reservara discernir las partes de su misma obra. Esto sería buscar nudos en el
junco.
Concedemos el que Leibniz, autor de este principio, haya
siempre advertido —en la fábrica de los cuerpos orgánicos o en la contextura de
otros, máximamente alejados de la simplicidad-
notable diversidad; y que puede rectamente presumirse en todos los del
mismo género. Y es patente el que cuando
es necesario, colaboren muchísimas
cosas, para componer algo no es posible que resulten siempre determinaciones
iguales.
Lo que aquí se repudia es
solamente la universalidad metafísica de este principio. Por lo demás no parece
pueda negarse que aun en las figuras de los cuerpos naturales se halle muchas
veces identidad de modelo. Vgr. en las cristalizaciones, ¿quién
se atrevería a
sostener el que, entre infinitos
diversos cristales, no se halle uno que
otro que reproduzca a alguno con perfecta
semejanza?
SECCIÓN TERCERA
EN QUE SE DECLARAN DOS
PRINCIPIOS
DEL CONOCIMIENTO METAFISICO,
FERACÍSIMOS EN CONSECUENCIAS
Y PROCEDENTES DEL PRINCIPIO
DE RAZÓN DETERMINANTE
Principio de
sucesión
Proposición XII.
Ninguna mutación puede acaecer a
las sustancias sino
en cuanto estén conexas con otras cuya dependencia
recíproca determine la mutación mutua de estado. De aquí que una sustancia simple esté exenta de
todo nexo externo,
y que, dejada a su soledad, sea
de por sí absolutamente inmutable.
Más aún: entretejida por
nexo con otras, si tal relación no
se muda, no
puede acaecerle tampoco mudanza
de su estado interno. Luego en un mundo, falto de todo movimiento (ya que
movimiento es un fenómeno de mudanza de
nexo) no se encontrará absolutamente nada de mutación en el estado mismo
interno de las sustancias.
De aquí que, abolido enteramente el nexo entre sustancias,
desaparezcan por igual sucesión y tiempo.
Demostración
Supon que exista a solas alguna
sustancia simple disuelto su nexo con otras. Digo: no puede acaecerle mudanza alguna de su
estado interno. Por estar ya puestas con razones internas excluyentes lo
opuesto las determinaciones internas que le competen a la sustancia, si quieres
que le advenga otra
determinación habrás de poner otra razón, y por haber en lo
interno lo opuesto a ella, y según lo supuesto, por no advenirle una razón
externa, es patente que no se la podrá introducir en tal ser.
Lo mismo de otra
manera
Todo lo que es puesto por
una razón determinante, tiene necesariamente que ponerse simultáneamente con
ella, pues es absurdo el que, puesta una razón determinante, no se ponga lo
razonado. Luego, todo lo que, en algún estado de una sustancia simple, es determinante,
ha de existir necesaria y simultáneamente con todo lo determinado por ello. Mas
porque una mutación es sucesión de determinaciones, o sea: es donde surge
alguna determinación que antes no existió, y,
por ello, el
ser queda determinado a algo
opuesto a lo que le compete, todo esto no puede acaecer por virtud de lo que se
halla intrínsecamente en la sustancia. Luego, si acaece, necesariamente
provendrá de un nexo externo a ella.
Aún de otra
parecida manera
Supon que, bajo las condiciones nombradas, surja alguna mutación. Porque comienza a
existir lo que antes no
existió, esto es:
cuando la sustancia estaba determinada contra lo
opuesto, y se supone que, fuera de lo
interno, nada adviene a la sustancia
que de otra parte la determine, se
determinará ella a lo opuesto por las mismas razones por las que ya estaba determinada, —lo que es absurdo.
Declaración
Aunque esta verdad dependa
de una cadena, tan sencilla y no falible, de razones, tan desapercibida se les pasó a quienes dan nombre a la
filosofía wolfiana, que, más bien, sostienen el que una sustancia simple está
expuesta a mutaciones continuas por virtud del principio interno de actividad.
Conozco por cierto bien sus argumentos; pero
no menos estoy convencido
de cuan flojos son.
Por haber dado
una definición de fuerza tal que
signifique "lo que
contiene la razón de mutaciones",
cuando había que establecer más bien que "contenía la razón de determinaciones", era ya de prever
que caerían en errores.
Si, pues,
alguno está ávido
de saber de dónde proceden, en definitiva, las
mutaciones cuyas vicisitudes tienen lugar en el universo, —ya que no fluyen de
lo interno de una sustancia, considerada solitariamente—. desearía advirtiera a
lo que se sigue del nexo entre sustancias, esto es: de su mutua dependencia en
las determinaciones.
Por lo demás explicar aquí
más larga y prolijamente el que no es posible de otra manera fuera rebasar los
límites de nuestra disertación; baste con lo sostenido en nuestra demostración.
Uso
1. De entre las aserciones
que, ante todo, proceden de nuestro principio, está la de la existencia real de
los cuerpos, —que, hasta ahora, ninguna filosofía más sana ha podido demostrar
contra los idealistas, sino por la vía de la probabilidad.
A saber: el alma está expuesta (por el sentido interno)
a mutaciones internas; que no pueden originarse de su naturaleza considerada
solitariamente y fuera de nexo con otras; queda demostrado ser necesario el que
haya muchas cosas fuera del alma en las que esté en mutua conexión.
Parecidamente: por ellas
resulta patente el que las alternancias de las percepciones acaecen también
conforme al movimiento externo; y porque de ello se sigue que no llegaríamos a
tener una representación variamente determinable de algún cuerpo, si no estuviera presente en realidad de verdad algo que introdujera, en su
comercio con el alma, una
representación conforme a sí, se puede deducir fácilmente de esto el que se da
ese compuesto que llamamos nuestro
cuerpo.
2. Derruye íntegramente los fundamentos de la
armonía preestablecida leibniziana, no, contra lo que suele hacerse, por
razones de finalidad —que se tengan por
desdorosas para Dios, y que
proporcionen una ayuda
inestable frecuentemente—, sino
por la imposibilidad interna de ello,
ya que de lo demostrado se sigue inmediatamente que el alma humana, eximida de nexo real con
las cosas externas, quedaría
absolutamente privada de la experiencia de mutaciones de su estado interno.
3. La sentencia
que atribuye a todos los espíritus finitos, sin excepción, un cierto cuerpo
orgánico, recibe grandemente documentada certeza.
4. Deduce la inmutabilidad esencial de Dios, no de
una razón de conocer -que se saque de su misma naturaleza infinita—, sino de su
genuino principio: porque, por estar el sumo numen exento
absolutamente de toda dependencia, y, por estar establecidas las
determinaciones que le competen sin ninguna relación exterior, se deduce
evidente y superabundantemente de lo afirmado el que está libre de toda
mutación de estado.
Escolio.
Pudiera tal vez parecerle a alguien que el principio aducido es,
sospechosamente, malo, porque, en virtud de un nexo indisoluble quedaría el alma
ligada a la materia en el ejercicio de las funciones internas del pensamiento;
lo que da la apariencia de no distar mucho de la perniciosa opinión de los
materialistas.
Mas no por ello eximo al
alma del estado de representaciones, —aunque confiese que es inmutable y
perennemente semejante a sí misma, si estuviera enteramente libre de nexo
externo. La disputa que tal vez alguien intentaría entablar conmigo, la
traspaso al partido de los modernos quienes, de común consenso y como por una
sola boca profesan darse una religación necesaria del alma con un cierto cuerpo
orgánico.
Para traer
un testigo, nombro al ilustre
Crusius; noto que sus pasos marchan con los míos en esta sentencia tanto
que sostiene claramente que el alma
está astreñida a esa ley por la que el
conato en las representaciones va siempre unido con un conato en su sustancia hacia un
cierto movimiento externo, tanto que,
quitado éste por un impedimento, quede
impedido el otro.
No obstante, no tiene por
tan necesaria esta ley que Dios, si lo quiere, no pueda dispensar de ella. Sin
embargo, por conceder
estar el alma astreñida a ella por su naturaleza, habría de confesar
también tener Dios que transcrearla.
II
Principio de
coexistencia
Proposición XIII. Las sustancias finitas no
están, por su sola existencia, en ninguna clase de
relaciones, ni sostienen intercambio alguno, sino en la medida en que las mantenga
correferidas
con mutuas relaciones el principio común de su existencia, a saber: el intelecto divino.
Demostración
Sustancias singulares, de
las que una no sea causa de la existencia de otra, tienen existencia separada,
esto es: enteramente inteligible sin todas las demás. Puesta, pues, simplemente
la existencia de cada una, nada hay en cualquiera que arguya la existencia de
las demás, diversas de ella. Mas porque
"relación" es una determinación respectiva, esto es: no inteligible
en un ser absolutamente considerado, no pueden ser inteligibles en ésta ni la
razón determinante puesta en sí por la existencia de la sustancia.
Si, pues, fuera de ésta no
adviene algo, no habría entre todas ni relación alguna ni comercio de ninguna
clase. Luego, por tener cada una de las
sustancias existencia independiente, no hay lugar a un nexo
mutuo; mas en una finita no cabe el que sea causa de otras sustancias; pero, no
obstante esto, se hallan todas coligadas en el universo por nexos mutuos, habrá
que confesar el que tal relación depende de una comunicación de una causa, a saber:
Dios, que sea principio general de lo existente.
Mas porque de aquí: de que
Dios haya establecido simplemente su existencia, no se sigue relación alguna
mutua entre ellas, a no ser que quien les da existencia: el esquema del
entendimiento divino que concibe sus existencias como correlacionadas asegure
sus relaciones, aparece evidentísimamente el que tal universal comercio de
todas las cosas proviene del solo concepto de tal idea divina.
Aclaración
Que la coexistencia de las
sustancias del universo no sea suficiente para establecer un nexo entre ellas,
sino que, además, se requiera "una
cierta comunión de
origen y una dependencia
armónica por virtud de él, me parece haber sido yo el primero en fundamentarlo en evidentísimas razones. Para
resumir brevemente el nervio de la demostración: si la sustancia A existe, y
además existe la B, no, por esto, se
puede admitir ponga algo en A.
Pues supon que B.determine en A algo, esto es: que A contenga la razón de la determinación C; por ser ésta un cierto predicado relativo
—no inteligible sino
si, además de
B, se da A, la sustancia B por virtud de lo que sea razón
de C, supondrá la existencia de la
sustancia A.
Mas porque si la sustancia B existe a solas, por su propia existencia está enteramente
indeterminado el que haga de existir o no algo, así como A, por la sola existencia de B no se puede entender el que ponga algo en otras,
diversas de ella. De aquí que no haya ni relación alguna ni ningún comercio.
Si, pues, Dios creó además
de la sustancia A otras: B, D, E al
infinito; dada su existencia no se seguirá sin más una dependencia mutua de
las mismas en sus determinaciones. Ni
porque, además de A, existan también B, D, E, y esté A de alguna manera determinada en sí misma, se
seguirá que B, D, E tengan en sus existencias determinaciones conformes a
A.
Luego en el modo de
dependencia común de Dios es necesario se halle la razón de dependencia mutua
entre ellas mismas. De qué manera
se realiza, es fácil de entender: El esquema del intelecto divino, origen de
las existencias, es un acto perdurable (llámaselo conservación) en el cual, si
las sustancias han sido concebidas por Dios cada una a solas de otra y sin relación en sus determinaciones, no surgirá
entre ellas nexo alguno ni referencia mutua alguna; mas si, en su inteligencia,
están ya concebidas como relacionadas, las determinaciones se correlacionarán,
esto es: obran y reobran, después siempre y entre sí, durante la continuación de
la existencia, de manera conforme a
tal idea; hay un estado interno de cada una. Si prescindes de este principio,
tal estado no
existiría, por la sola existencia de ellas.
Uso
1. Porque lugar,
sitio, espacio son
relaciones entre sustancias por las que cada una se correlaciona con
otras realmente distintas de ella con determinaciones mutuas, y, por esta
razón, están retenidas por un nexo externo; porque es patente por lo demostrado
el que la sola existencia de las sustancias no envuelve, de suyo, un nexo de
una con otra; es patente que, si admites existir muchas sustancias, no por ello
quedan a la vez determinados lugar y sitio, y el espacio que se compone de
todas estas relaciones y sus modos.
Mas porque el nexo mutuo de
las sustancias requiere una delineación
concebida relacionalmente en una
representación eficaz del intelecto divino; mas tal representación está
enteramente al arbitrio de Dios, —así que, según su beneplácito puede
admitirla- u omitirla—, se sigue que las sustancias pueden existir según la ley
de que no estén en ningún lugar, y en ninguna relación respecto de las cosas
de nuestro universo.
2. Porque tales • sustancias, independientes de nexo respecto de nuestro
universo, pueden ser
muchas, al arbitrio de Dios,
y, sin .embargo, están unidas entre sí por algún nexo de determinaciones,
haciendo por ello lugar, sitio y espacio, compondrán un mundo exento, esto es:
solitario respecto del mundo del que somos partes. Y por esta razón no es
absurdo el que pueda haber, aun
en sentido metafísico,
muchos mundos, si a Dios le place.
3. Por ser,
pues la simple
existencia de sustancias llanamente insuficiente para
establecer
un comercio mutuo y relaciones entre determinaciones, y, por ello,
arguye a una causa común a
todas para un nexo externo, —causa en la que este su existencia relacionadamente informada—,
y sin tal comunión con el principio no se pueda concebir un nexo universal, sácase de aquí
un testimonio evidentísimo en favor de
una causa suprema de todas las cosas,
esto es: de Dios, y de uno solo
ciertamente; testimonio que, según mi
opinión, paréceme muy más
excelente que la demostración por la contingencia.
4. Además: la insensata
opinión de los maniqueos quienes ponían presidir en el imperio del
mundo dos principios parigualmente primeros y no dependientes entre sí, queda derruida
entera-
mente por nuestro principio, porque una sustancia no puede
mantener comercio alguno con las
cosas de un universo si no es o causa común de ellas
o con ellas haya procedido
de la misma causa.
Si, pues, dijeres que uno de esos dos principios es la
causa de todas las sustancias, el otro
no podrá ya determinar en modo alguno nada en las mismas. Si uno de los dos es causa al
menos de alguna, éstas no pueden tener
comercio alguno con las demás.
O habrás de afirmar
que uno de estos principios depende del otro, o ambos de una
causa común, lo que va
igualmente contra la hipótesis.
5. Ahora bien: cuando las determinaciones de las sustancias
se correlacionan mutuamente,
esto es: obran entre sí
sustancias diversas (ya que una determina en algo a otra), la noción de
espacio se reduce a las
acciones complicadas de las sustancias,
con las cuales necesariamente va junta siempre una
reacción. El nombre de tal universal acción y reacción por todo el ámbito
del espacio dentro del cual
se correlacionan los cuerpos, en el caso de que el fenómeno externo
consista en
su mutuo acercamiento, es el
de atracción
que, por verificarse por la sola compresencia,
llega a cualesquiera distancias, y es la atracción
newtoniana, o sea: la gravitación
universal, que es probable resulte de
ese mismo nexo entre las sustancias que determinan el
espacio; de aquí que sea una ley natural sumamente primitiva a la que está
sujeta la materia, y que dura tan sólo por virtud de Dios su inmediato
fundador; tal es la sentencia de quienes profesan ser seguidores de Newton.
6. Habiendo entre todas las
sustancias, por contenerse en el mismo espacio, un mutuo comercio, —de ahí la
dependencia mutua en las determinaciones—, resulta inteligible la acción
universal
de los espíritus en los
cuerpos, y de los cuerpos en los espíritus.
Mas porque una sustancia
cualquiera no tiene poder, por lo que de interior posee, de
determinar a
otras diferentes de ellas (queda demostrado) sino tan sólo
por virtud de ese nexo
que las religa en la idea
del ser infinito, todas las mutaciones y determinaciones que en cualquiera
de ellas se hallara se refieren siempre a algo externo; mas el
influjo físico, propiamente dicho,
queda excluido, y resulta la armonía universal de las cosas.
Mas no resulta de ello
aquella preestablecida leibniziana que
aporta propiamente un consenso y
no introduce una dependencia mutua entre las sustancias. Ni se sirve Dios de medios
artificiosos
adaptados a la serie de razones concertadas para realizar tal conspiración; ni, por cierto,
un especial y continuo influjo de Dios, esto es: no se
defiende aquí un comercio entre las sustancias mediante las causas ocasionales de Malebranche; porque la misma acción individual que hace
y conserva existentes a las sustancias,
esa misma realiza su mutua
y universal dependencia, de modo que no le sea preciso a la acción divina determinarse de
una manera u otra según las circunstancias; sino que se ha hecho ya una real
acción de las sustancias entre
sí, o sea: un comercio por
causas eficientes verdaderamente, porque el mismo principio que estableció la existencia de las cosas, ese mismo las
presenta religadas por esta ley; de aquí que por las mismas determinaciones que
desde su origen están adheridas a su existencia, quede establecido su mutuo
comercio. Por lo cual, y con igual derecho, puede decirse que,
de este modo,
se produzcan las mutaciones externas por virtud de causas
eficientes; con ese mismo derecho por
el que las que pasan en el interior se las adscriben a la fuerza de la sustancia
interna, aunque tanto
esta natural eficacia no menos que
la base aquella de sus relaciones externas se asienten en la
sustentación divina.
Mientras tanto, aquel
sistema del comercio universal de 'las sustancias, así reformado, resulta
ciertamente algo más ajustado que el vulgarizado influjo físico, por declarar
el origen mismo del
mutuo nexo entre las cosas,
origen al que se debe buscar un principio de las distancias consideradas,
solitario y fuera de ellas, punto en que aquel sistema trillado de las
causas eficientes se apartó grandísimamente de la verdad.
Escolio.
He aquí, pues, benévolo lector, los dos principios de una más recóndita
metafísica,
con auxilio de los cuales es
lícito mandar en región, no despreciable, de verdades.
Si, de esta manera, se cultiva diligentemente tal ciencia
no parecerá tan estéril
su suelo ni
recaerá sobre ella ese
oprobio de sutileza, ociosa y umbrátil, que le achacan sus menospreciadores,
sino quedará refutado por la rica mies de más noble conocimiento.
Hay, ciertamente, quienes,
cazadores pertinaces de malas conciencias en los escritos, son
doctos en sacar siempre de las sentencias de los demás algún virus.
No voy a negar el que tal
vez en los nuestros no puedan torcer
algo en el peor sentido; no obstante creo que es de mi deber dejarles que abunden en su sentido; no porque no sea
tal vez licito juzgar mal de algo; cuidarse solamente de proseguir por el
camino recto de investigación
y doctrina, empeño en el
cual ruego me favorezcan, cuanto lo permita el rigor, todo los de buena
voluntad para con los
escritos sinceros.