Disertaciones Latinas de Kant
Traducción:Juan David García Bacca
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SECCIÓN
QUINTA DEL
MÉTODO SOBRE LO SENSIBLE E
INTELIGIBLE EN LO METAFISICO
§
23 |
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En todas las ciencias, cuyos principios sean dados intuitivamente, bien por intuito sensible
(experiencia), o por intuito sensible ciertamente
mas puro (conceptos de espacio, tiempo y número),
esto es: en la ciencia natural y matemáticas
el uso da el método;
y, tanteando y encontrando: después
de que la ciencia haya llegado a alguna
amplitud y contextura, se echará de ver claramente por que camino
y razón haya que avanzar a fin de que se haga perfecta, limpia de manchas
tanto de errores como de pensamientos confusos a la manera como la gramática
después de amplio uso del lenguaje, y el
estilo, después de elegantes ejemplos proporcionaron
fundadamente reglas v disciplina. Mas el uso del intelecto en tales
ciencias, cuyos conceptos primitivos tanto como los axiomas están dados
en el intuito sensible, no es sino lógico, esto es: es uso por el que
subordinamos entre sí en cuanto a universalidad los conocimientos, conformándolos
al principio de contradicción; los fenómenos, a fenómenos más generales,
las secuelas de un intuito puro, a los axiomas
intuitivos.
Mas en filosofía pura, cual lo es la metafísica, en que el
uso del intelecto sobre los
principios es real, esto es: los conceptos primitivos de cosas y relaciones
y los axiomas
mismos son dados primitivamente
por el entendimiento puro —y que,
por no ser intuito, no están exentos de
errores- el método precede a toda ciencia, y todo lo que se intente antes de que sus preceptos
estén bien discutidos y firmemente establecidos
parece temerariamente concebido y a rechazar
cual los otros engendros vanos de la mente.
Porque constituyendo aquí el uso recto de la razón los principios mismos, tanto los objetos
como los axiomas, por los que se los ha de
pensar, se esclarecen primariamente por la sola
índole del mismo; así que la exposición de las
leyes de la razón pura es la génesis misma de la ciencia, y distinguirlas de las leyes putativas
es el criterio de verdad.
De aquí que, por no alabarse en estos tiempos el método de tal
ciencia, -fuera del método que a todas las demás ciencias impone la
lógica; mas se ignora completamente el método acomodado al genio peculiar de la
metafísica— no es de admirar el eme los estudiosos de esta indagación,
después de hacer rodar eternamente su roca de Sísifo, parezcan no haber progresado
casi nada hasta hoy.
Aunque, pues, no tenga ni ánimos ni material para disertar
de tan insigne
y amplísimo
argumento, a saber: del
contagio entre el conocimiento sensible y el intelectual, no sólo
en cuanto se insinúa en los incautos al aplicar los principios, sino
en dar a los mismos principios espurios apariencia de axiomas, trataré
de ello brevemente. §
24 Todo método de metafísica acerca de lo sensible e inteligible
se reduce a este precepto principalísimo: cuidarse solícitamente de
que los principios domésticos del conocimiento sensible no traspasen sus términos
y emigren y afecten a los intelectuales.
Porque ya que
en cualquier juicio, intelectualmente enunciado, el predicado es condición, sin la cual se
afirma no ser pensable el sujeto, así que
el predicado es principio de conocimiento, si es concepto sensible
no será sino condición de posible conocimiento sensible, y así cuadrará
exactamente con el sujeto del juicio, cuyo sujeto es, igualmente, sensible.
Mas, si se lo aplica a un concepto intelectual, tal juicio no será válido
sino según leyes subjetivas; de aquí el que no haya de predicarse de
la noción intelectual misma ni darlo por objetivo, sino solamente por condición sin la cual no hay lugar* para un conocimiento
sensible del concepto dado. Mas porque
los trampantojos del intelecto, causados por soborno del concepto sensible, cual si
fueran notas intelectuales,
se pueden llamar (según la analogía
del significado recibido) vicio
de subrepción, la permutación entre lo intelectual y lo
sensible será vicio metafísica
de subrepción (fenómeno intelectualizado, si se perdona lo bárbaro
de la palabra); y, por tanto, a tal axioma, híbrido por vender lo sensitivo
cual algo necesariamente adherente al concepto intelectual, lo llamo
axioma subrepticio. De estos axiomas ciertamente espurios salieron
esos principios de falacia intelectual
que desgraciadamente pululan por toda la metafísica.
*
Es fecundo y fácil el uso de este criterio para discernir los principios
que enuncian solamente leyes del conocimiento sensible de los que
mandan además algo. sobre los
objetos mismos. Porque si el predicado es un concepto intelectual, su
relación a sujeto del juicio, aun si está pensado sensiblemente
indica siempre que una nota que al objeto mismo
compete. Pero si el
predicado es un concepto
sensible,
dado que las leyes del conocimiento sensible no son condiciones de posibilidad
de las cosas mismas, no valdrá
de un sujeto de un juicio pensado intelectualmente; y por ello no se lo podrá enunciar objetivamente.
Así en el axioma vulgar todo o
que existe está en algún lugar; por contener el predicado de las
condiciones del conocimiento no se podrá enunciar de manera general
del sujeto del
juicio, a saber: de
un existente cualquiera. Y por
ello esta fórmula, objetivamente
preceptiva, es falsa. Mas si
se convierte la proposición de manera que el predicado sea un concepto
intelectual, resultará verdaderísima, --cual todito que esta en algún lugar, existe.
Para que, pues, tengamos algo a la mano y perfectamente cognoscible,
un criterio y cual piedra lídica para tales juicios, por la que discernamos
los malos de los genuinos, y, a la vez, si nos pareciere que están firmemente
adheridos al intelecto, tengamos algo así como una arte doméstica con
ayuda de la cual podamos hacer justa
estimación de cuánto
pertenece a lo sensible, cuánto a lo intelectual, creo que debemos profundizar
esta cuestión.
§
25
He aquí el Principio de
Reducción de cualquier axioma subrepticio: si de cualquier concepto intelectual se predica de modo general algo que
pertenezca a los aspectos de espacio y tiempo, no hay que enunciarlo
objetivamente; y no indica sino la condición sin la cual el concepto
dado no es cognoscible sensiblemente.
Que tal axioma sea espurio —y, si no falso, al menos temeraria
y precariamente afirmado— se saca de que porque cuando se conciba intelectualmente
al sujeto del juicio pertenece éste al objeto; mas como el predicado
contiene las determinaciones de espacio y tiempo, pertenece solamente
a las condiciones sensitivas del conocimiento humano que, por no adherirse
necesariamente a cualquier conocimiento del mismo
objeto, no
Pero el que el intelecto quede tan fácilmente sometido a este
vicio de subrepción proviene de que se le engaña bajo el patrocinio
de laguna regla verdaderísima. Pues suponemos correctamente: lo que
no puede ser conocido por absolutamente
ningún intuito, no es en modo alguno cognoscible; y, por tanto,
es imposible.
Mas porque no podemos alcanzar, por mucho que nos engañemos
y finjamos, con la mente otro intuito fuera del que se hace según la
forma de espacio y tiempo, nos acaece el que téngame
por imposible absolutamente cualquier otro
(un intuito intelectual puro, exento de las leyes de los sentidos, pasando por alto aquel
intuito divino al que Platón llama ideal que no esté regido por
estas leyes, y por ello, sometemos todo imposible a los axiomas sensibles
de espacio y tiempo) §
26
La misma condición sensible, únicamente bajo la cual resulta
posible el intuito de objeto,
es condición de posibilidad del
objeto mismo.
La misma condición sensible, únicamente bajo la cual
se pueden reunir los datos entre sí para formar
el concepto intelectual de objeto es también condición de posibilidad
del objeto mismo.
La misma condición sensible, únicamente bajo la cual resulta
posible la subsunción de un objeto cualquiera obvio bajo
un concepto intelectual dado, es también condición de posibilidad del objeto
mismo.
§
27 El axioma subrepticio de la primera clase es: todo lo que existe, está en algún lugar y en algún tiempo.*
Mas por este principio espurio, aun las cosas intelectualmente
conocidas quedan astreñidas en su existir a las condiciones, de espacio
y tiempo.
Se concibe al espacio y al tiempo cual
si comprendieran en si, sin ninguna razón obvia, todo lo sensible Por ello no se da, según las. leyes de la mente
humana, intuito de ente alguno sino en cuanto contenido en espacio y tiempo. Con este prejuicio se
puede comparar aquel otro que no es propiamente axioma subrepticio sino
jugarreta de la fantasía, que puede ser expuesto con la siguiente formula
general: en todo lo existente
están espacio y tiempo, esto es: toda sustancia
es extensa y de continuo se
muda. Aunque, pues, aquellos
cuyos conceptos sean bien burdos queden constreñidos firmemente por
esta ley de la imaginación, sin embargo pueden fácilmente percibir que
esto pertenece a los intentos de la fantasía por aclarar para si los
aspectos de las cosas, y no a las condiciones de existir.
De aquí que plantéanse, acerca de las sustancias inmateriales
(de las que, por la misma causa, no se dan intuito sensitivo alguno
ni representación bajo tal forma)
cuestiones vacuas cual sobre lugares en el universo corpóreo, sede del
alma y otras de tal genero
y se las mezclen indebidamente; y
Pasa las mas veces que, entre los disputantes, parezca que “uno
está ordeñando un macho cabrío, y otro pone debajo una cría.
Empero la Presencia de lo inmaterial en el
mundo corpóreo es virtual, no local (aunque así
impropiamente, se la llame).
Mas el espacio no contiene las condiciones
de posibles acciones mutuas, sino de la materia.
Que constituya en las sustancias inmateriales las relaciones
externas de las fuerzas tanto entre si como respecto de los cuerpos, escápasele del todo al
entendimiento humano, -como el
perspicacísimo Euler, por lo demás gran indagador y arbitro de
los fenómenos, notó agudamente (en una carta enviada a un cierto príncipe
de Alemania).
Mas cuando se llega al concepto de ente sumo y extramundano no se puede decir cúan grande sea el Juego que se traen con tales
somos que hacia el intelecto vuelan. Fingen que ese local la presencio
a de Dios en el mundo; involucran a Dios en el mundo, cual comprehendido
a la vez por espacio infinito, compensándole de esta limitación, a saber,
local, concibiéndola eminencialmente,
esto es: infinita.
Pero estar a la vez en muchos lugares es absolutamente imposible porque los lugares
diversos están mutuamente unos fuera de otros, y por mismo eternamente -lo que implica contradicción. Mas en cuanto
al tiempo: después de haberlo
eximido no sólo de las leyes
del conocimiento sensible, y trasladándolo mas allá de los límites del
mundo al ente mismo extramundano, como condición de su existencia,
envuélvense a sí mismos en inextricable laberinto.
De aquí que atormenten sus ingenios con cuestiones absurdas, vrg. por qué no creó Dios el mundo muchos siglos atrás. Están convencidos
de poder fácilmente concebir el que Dios vea lo presente esto es: lo
actual en el tiempo en que esto es. Mas piensan
ser difícil de entender cómo puede prever lo futuro, esto es: lo actual
de un tiempo en que aún no es. (Cual si la
existencia del ser necesario descendiera sucesivamente a lo largo de
todos los momentos del tiempo imaginario
y, agotada ya
una parte de su duración
prevea que eternidad haya de vivir a la una con los sucesos simultáneos
del mundo). Todo lo cual visto correctamente
a la luz
de la noción de tiempo, se
desvanece cual humo. §
28 Los prejuicios de Segunda
especie son aún más recónditos porque se imponen sobre el intelecto
mediante las condiciones sensibles que constriñen a la mente cuando
quiere llegar, en ciertos casos,
a un concepto intelectual. De ellos uno
afecta a la cantidad, otro a la calidad del conocimiento en general.
El
primero es: toda multitud actual es dable en un
número y, por tanto, toda magnitud
es infinita. El posterior: todo lo que es imposible es en si
mismo contradictorio. En ambos casos el
concepto de tiempo no entra, ciertamente en la noción misma del predicado ni se toma cual si fuera nota del sujeto; mas sirve como medio
al concepto a informar por el
predicado; y por tanto, cual
condición, afecta al concepto intelectual del sujeto, en cuanto que,
sin su ayuda, no llegaremos a él.
Por lo que se refiere al primero:
ya que toda magnitud, y cualquier
serie, no es distinta mente conocida sino por coordinación sucesiva,
el concepto intelectual de magnitud y multitud
surge tan sólo por la ayuda del concepto de tiempo, y nunca llega a
plenitud si no puede realizarse la síntesis en tiempo finito. De lo
cual procede el que una serie
infinita de cosas coordinadas no pueda ser comprendida distintamente,
dados los limites de nuestro intelecto; y, por ello, parezca imposible
por vicio de subrepción; pues según las leyes del entendimiento puro
cualquier serie de causados tiene principio propio, esto es: no se da regreso sin término en la serie
de causados; mas según las leyes sensibles cualquier serie de coordinados
tiene un inicio asignable. Proposiciones
—de las cuales la segunda incluye
la mensurabilidad de la serie,
la primera la dependencia
del Todo—, malamente se las tiene por idénticas.
De manera semejante: al argumento del intelecto por el
que se prueba que, dado el
compuesto sustancial, se dan principios de composición, esto es:
simples, se le adjunta algo supositicio, aportado subrepticiamente por el conocimiento sensible,
a saber: que en tal compuesto no se da, en la composición de partes,
un regreso al infinito, esto es: que se da un número definido de partes
en cualquier compuesto, —sentido que no es, ciertamente, gemelo del
primero; así que se le sustituye temerariamente. Que, pues, una magnitud
mundana sea limitada (no máxima); que no tenga principio propio; que
los cuerpos consten de simples, puede ser ciertamente conocido bajo
el signo de la razón. Mas que el universo, en cuanto mole, sea matemáticamente
finito, que su edad pasada sea dable en medida, que el número de simples,
constitutivos de cualquier cuerpo, sea en número definido, son proposiciones
que declaran abiertamente su procedencia de la naturaleza del conocimiento
sensible, y que, por lo demás, aun si se las pudiera tener por verdaderas,
se resentirían de la mancha, indudable, de su origen.
Por lo referente al segundo
axioma subrepticio; proviene de convertir temerariamente el principio
de contradicción. Se adhiere a este juicio primitivo el concepto de
tiempo de manera que, dadas al mismo tiempo y en el mismo sujeto las
cosas contradictoriamente opuestas, resalte patente la imposibilidad;
lo que se enuncia así: lo que
simultáneamente
es y no es implica una contra dicción, pues predicas de manera general
de un objeto de la razón algo
según conocimiento sensible, y por ello sometes el concepto intelectual
de posible o imposible a las condiciones del conocimiento
sensible, a saber: a relaciones de tiempo, lo cual es ciertamente verdaderísimo respecto
de las leyes que constriñen y limitan al entendimiento humano, mas objetiva
y generalmente no se puede en modo alguno conceder. Porque ciertamente
nuestro intelecto no advierte
imposibilidad sino donde pueda notar respecto de lo mismo una enunciación
simultánea lo opuesto, esto es: solamente donde ocurre contradicción.
Por tanto donde tal condición no se presente, allí sobra todo juicio
humano sobre imposibilidad. Mas no le
es lícito por
esto a ningún
entendimiento humano concluir: lo
que no encierra contradicción es, por sólo eso, posible; y se lo
concluye temerariamente, precisamente por tomar como objetivo a las
condiciones subjetivas de juzgar. De aquí tantas y tan vanas ficciones
de no sé qué fuerzas, arbitrariamente
inventadas, que, eliminando el obstáculo de la repugnancia, salen en
tropel de cualquier ingenio arquitectónico o, si lo quieres, proclive
a quimeras. Porque no siendo fuerza sino relación
de la sustancia A a otra cosa B (accidente), cual relación de razón
a raciocinado, la posibilidad de una fuerza cualquiera no
se basa en la identidad de
causa y causado, o sea: de sustancia y accidentes; y por tanto también
la imposibilidad de fuerzas, falsamente inventadas, no
depende de la sola contradicción. Así que no es lícito tomar como
posible a ninguna fuerza originaria
si no es dada por
la experiencia; y ninguna perspicacia del intelecto puede concebir
a priori su posibilidad.
§
29 Los axiomas subrepticios de la tercera especie —provenientes
de las condiciones subjetivas propias, temerariamente transferidas
a los objetos— no pululan tanto (como pasa en los de la segunda clase) que
la única vía hacia el concepto intelectual pase por los días sensibles; esto es porque tan sólo con
su ayuda pueden ser aplicados
al caso dado por la experiencia, esto es: se puede conocer si algo se
contiene o no bajo un determinado concepto intelectual. De esta clase
es aquello tan trivial en algunas escuelas: iodo lo
que existe contingentemente, alguna vez no existe.
Origínase este principio supositicio de penuria de un intelecto
que percibe las más de las veces las notas
nominales, mas raramente las
reales, de contingencia o
de necesidad.
De aquí que, por no percibir sino por notas aportadas a priori
si algo opuesto a una sustancia es posible, no se lo conozca sino porque
conste que alguna vez no existió. Las mudanzas
son más verídicos testimonios de la contingencia que lo contingente
lo es de la mutabilidad, de modo que, si nada de flujo y nada transitorio
sobreviniera en el mundo, difícilmente surgiría en nosotros alguna idea
de la contingencia. Y por esto, aun siendo verdaderísima la proposición
directa: lo que alguna vez no existió es contingente, su inversa no indica sino las condiciones,
únicamente bajo las cuales se pueda reconocer si algo existe necesaria
o contingentemente. Y por esto, caso de enunciarlo como ley subjetiva
(cual realmente lo es), habría de hacerse así: respecto
de lo que no consta el que alguna vez no haya existido, la inteligencia
común no da suficientes notas de su contingencia, lo que, en definitiva, pasa a ser tácitamente condición objetiva, cual si, sin tal anexo, no quedara lugar para la contingencia.
De tal hecho surge ese axioma adulterino y erróneo, porque malamente
se afirma que este mundo, aunque exista contingentemente, sea sempiterno, esto es: simultáneo con
todo el tiempo, de manera que haya habido algún tiempo en que no existió.
§
30
A los principios subrepticios añádense, por gran afinidad, algunos
otros que no aportan ciertamente al concepto intelectual dado mancha
alguna de conocimiento sensible, mas por los que el intelecto se deja engañar tanto que los tiene por argumentos sacados
del objeto, cuando se nos recomiendan tan sólo por su conveniencia con el uso libre y amplio
de intelecto, y en favor de su peculiar naturaleza. Y por esto, al igual
que los anteriormente enumerados
por nosotros, se basan en razones
subjetivas; mas no, en lugar del conocimiento
sensible, sino del intelectual mismo, a saber: en condiciones por las que le parece facilitarse y agilitarse
el uso de la propia perspicacia.
Séame permitido adelantar aquí, por modo
de contera, una mención de estos principios que
hasta ahora, según mi conocimiento, no han sido
distintamente expuestos.
Llamo, pues, principios de conveniencia aquellas reglas de juzgar a las que voluntariamente
nos sometemos y a las que, cual semiaxiomas, nos
adherimos, por esta sola razón: que, si
nos apartamos de ellas, no podría juzgar nuestro intelecto, casi
de ningún objeto dado.
En su censo entran los siguientes:
Primero: por el que
suponemos que todo lo del mundo
sucede según el orden de la naturaleza; principio que Epicuro sin restricción alguna —y los demás filósofos con excepciones
rarísimas y no admisibles sino por suma necesidad— unánimemente profesa.
Lo cual dejamos establecido no porque poseamos de los acontecimientos
mundanos un conocimiento tan amplio según las leyes comunes de la naturaleza
que o nos sea patente la imposibilidad de lo supernatural o su mínima
posibilidad hipotética, sino porque, si nos apartamos del orden de la
naturaleza, de nada nos serviría el intelecto, y porque esas citas temerarias
de. lo sobrenatural son la almohada del intelecto perezoso.
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