Disertaciones Latinas de Kant

Traducción:Juan David García Bacca

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SECCIÓN PRIMERA

 

DEL PRINCIPIO DE CONTRADICCIÓN

 

ADVERTENCIA

      Como ahora voy a intentar sobre todo ser breve, creo suficiente aceptar las definiciones y axiomas que poseemos como establecidas en el conocimiento vulgar y consonantes con la recta razón, y no repetirlas una vez más, y no seguir esa  costumbre de algunos que, adscritos servilmente a no se qué ley metodológica, les parece no haber procedido según vía y razón si no han hecho una recensión desde el huevo hasta todo lo malo que hallen en los mamotretos de los filósofos.

      Para que no se me achaque tal vicio, como voluntariamente cometido, he creído mi deber advertirlo antes al lector.

      Proposición I. No se da un principio único absolutamente católico de todas las verdades.      Un principio primero y verdaderamente único  ha de  ser necesariamente una proposición simple; si no, caso de comprender implícitamente muchas proposiciones, no haría sino falsificar su condición de principio único.

      Si  es,  pues,  proposición  verdaderamente simple es necesario el que sea o afirmativa o negativa. Mas sostengo que, sea de cualquiera de las dos clases, no puede ser universal, o comprehender bajo sí absolutamente todas las verdades.

A saber: si dices que es afirmativo, no puede ser principio absolutamente primero de las verdades negativas; si negativo, no puede conducir al ejército de las positivas.

      Supón, pues, que sea proposición negativa; porque esa relación de todas las verdades con sus principios, que es la de consecuencia, es o directa o indirecta, primero: que en la manera directa de concluir partiendo de un principio negativo no se puedan sacar sino consecuencias negativas, ¡quién hay que no lo vea?

      Después, si exiges que de tal principio fluyan indirectamente conclusiones afirmativas, confesarás  no  ser  esto  posible  sino  mediante  la proposición: es verdadero todo lo opuesto a falso.

Proposición esta que siendo ella misma afirmativa no puede fluir en argumentación directa de un principio  negativo;  menos  aún  indirectamente, porque necesitaría él mismo de su propia ayuda.

      De aquí que de ninguna manera dependerá de un principio enunciado negativamente. Y por ello no habiendo modo  de  que las proposiciones afirmativas procedan de un solo principio negativo, tal principio no podrá ser denominado católico.

      Parecidamente, si estableces que tu principio cardinal sea proposición afirmativa, las negativas no podrán ciertamente depender directamente de él; e indirectamente, hará falta la proposición:

si  algo  es  opuesto  a  verdadero,  es  ello  mismo falso. Esto es: si se afirma lo opuesto a algo, se lo niega;  siendo  lo  cual  proposición  negativa,  dé nuevo de ninguna manera, directa ni indirecta,como es patente podrá deducirse, sino por petición de lo mismo, de un principio afirmativo.

Establezcas pues, lo que establecieres no refutarás la proposición que en la proposición frontal hice: que no puede darse un principio único, último, católico para todas las verdades.

      Proposición II. Dos son los principios absolutamente primeros de todas las verdades; uno, de las verdades afirmativas; a saber,  la proposición: lo que es,  es; otro,  de las verdades negativas,  a saber, la proposición: lo que no es, no es. Ambas, a  la  vez,  se  llaman  comúnmente  principio  de identidad.

      Apelo, una vez más, a los dos géneros de demostrar verdades, a saber: directo e indirecto. La primera manera de concluir saca la verdad de la conveniencia de las nociones de sujeto y predicado; y siempre pone de fundamento esta regla: cuando el sujeto, considerado en sí o en nexo, pone todo lo incluido en la noción del predicado, o  bien excluye  lo  incluido  en la noción de predicado, hay que establecer que le conviene. Y más largamente explicado: cuando se halla identidad entre las nociones de sujeto y predicado, la proposición es verdadera; lo que expresado en términos generalísimos, cual conviene a principio primero, dice: lo que es, es; lo que no es, no es.

 Luego el principio de identidad presidirá ciertamente a toda argumentación directa, —lo que es ser "primero".

       Si investigas la manera indirecta de concluir, llegarás  al  final  a  lo  mismo:  que el principio gemelo es el fundamento. Porque tendrás siempre que apelar a estas dos proposiciones: 1) si lo opuesto a algo es falso, es ello verdadero, esto es: si se niega lo opuesto a algo, hay que afirmarlo; 2) si lo opuesto a algo es verdadero, es ello falso.

 De las cuales la primera proposición tiene por secuelas las proposiciones afirmativas; la otra, las negativas. Si expresas la primera proposición en términos simplicísimos, resultará: lo que no no es,  es  (ya  que  la  oposición  se  expresa  por  la partícula  no;  a  su  vez,  la  remoción,  por la partícula no). A la posterior proposición la reformarás así: lo que no es, no es (a saber: aquí, de nuevo, la palabra "opuesto" se expresa por la partícula no, y la palabra "falsedad", o sea: la de remoción, por la misma partícula). Si ahora, por exigirlo así una ley característica, realizas la fuerza de las palabras contenidas en la proposición primera, porque una partícula no indica que se ha de eliminar la otra, eliminadas ambas resultará la proposición lo que es, es. Mas por decir la otra: lo que no es, no es, queda patente el que, aun en la demostración indirecta, el principio gemelo de identidad posee primacía; y consecuentemente es fundamento absolutamente último de todo conocimiento.

      Escolio. He aquí un espécimen —leve, ciertamente, mas no- del todo despreciable— de la arte característica combinatoria, porque los términos simplicísimos de que nos servimos para declarar estos principios, en casi nada se diferencian de los caracteres. Qué es lo que sienta de esta arte que, inventada por Leibniz, la han recuperado todos los eruditos de enterrada que estaba con tan ilustre varón, lo explicaré en esta ocasión; confieso  advertir en  este gran filósofo  lo del testamento de aquel padre de la fábula de Esopo, quien, a punto  de expirar declaró a sus hijos haber escondido un tesoro en el campo; mas, antes de indicar el lugar, quedó de repente muerto; dio así a los hijos ocasión de arar a fondo diligentísimamente el campo, y, cavándolo, beneficiarlo, hasta que perdida la esperanza, resultaron sin duda más ricos por la fecundidad del campo.

Tal es, ciertamente el fruto único de trabajar con tan celebrado artificio que creo han de esperar los que, si algunos hay, sean constantes en dedicarle sus esfuerzos. Mas si es lícito confesar abiertamente la cosa tal cual es, temo que no le haya pasado también a aquel varón incomparable lo que el agudísimo Boerhaavius sospechó, en cierto lugar de su Chemia, de los artificios más famosos de los alquimistas, a saber:  que, después de descubrir muchos y singulares arcanos, en definitiva pensaron que nada iban a poder sacar de simplemente poner manos a la obra; y, adelantando las previsiones, narraron cual hecho lo que se podía hacer; y hasta lo que debería hacerse daban por hecho apenas se determinaron a realizarlo. Es cierto que, si se ha llegado a principios absolutamente primeros, no voy a negar el que sea lícito algún uso de la arte característica, pues se dispone ya de abundancia de nociones, y aun de términos simplicísimos o signos. Mas cuando se trate de expresar un conocimiento compuesto con el auxilio de letras, toda la perspicacia del ingenio atascase de repente cual en escollo, impedida por inextricables dificultades. Hallo además que un renombrado filósofo, el ilustre Daries intentó explicar  el  principio  de  contradicción  con el auxilio de letras, designando con el signo +A la noción afirmativa; y con el signo -A, la negativa; de donde sale la ecuación: +A -A = 0, esto es afirmar y negar lo mismo es imposible, o sea: nada. En este intento, sea dicho con la venia de tan ilustre varón, noto, sin lugar a dudas  una petición de principio. Porque si al signo de la noción negativa le atribuyes la fuerza de destruir la afirmativa, al juntarse, estás suponiendo patentemente el principio de contradicción en que se estatuye el que nociones opuestas se destruyen entre si mismas. Mas nuestra explicación de la proposición:  si lo opuesto de algo es falso  es ello verdadero, está inmune de tal falla. Ya que por decir, enunciado en términos simplicísimos lo que no no es es, no hacemos nada al quitar las partículas no sino ejecutar su significado sencillo; y  resulta,  como  era  necesario, el principio de identidad: lo que es es.

      Proposición III. Ha de establecerse además la preferencia del principio de identidad sobre el principio de contradicción para obtener el principio en la subordinación de las verdades.

      La proposición que haya de arrogarse el nombre de principio absolutamente supremo y generalísimo, enuncíesela primero con términos simplicísimos; después, generalísimos; lo que me parece notar indudablemente en el principio gemelo de identidad. Pues de todos los términos afirmativos el más simple es la palabrita es; de los negativos, la palabrita no es. Después, no puede concebirse algo más universal que las nociones simplicísimas, ya que las más compuestas reciben prestada su luz de las simples; y porque son aquéllas más determinantes que éstas, por ello no pueden ser generales.

      El principio de contradicción, expresado en la proposición: es imposible el que lo mismo sea a  la  vez  y  no  sea,  en  realidad  no  es  sino  la definición de imposible; ya que todo lo que se contradice,  o sea:  lo que es concebido como simultáneamente siendo y no siendo, se llama imposible. Pero ¿de qué manera puede afirmarse que se haya de llevar a todas las verdades a esta definición, cual a piedra de Lydia?  Pues no es necesario que defiendas a cualquiera verdad de la imposibilidad de lo  opuesto, ni, para decir la verdad, esto basta de suyo; ya que de la imposibilidad de lo opuesto no hay paso a la aserción de la verdad, sino mediante la sentencia: si lo opuesto a algo es falso, tal algo es verdadero, que divide su imperio con el principio de contradicción, como quedó anteriormente demostrado.

       Finalmente, exigir preeminencia para la proposición negativa en la región sobre todo de las verdades y saludarla cual cabeza y firmamento de todas, ¿quién es al que no parezca un tanto de duro y a veces algo peor que paradójico? , por no estar patente por qué una verdad negativa ha de poseer tal derecho sobre la afirmativa. Nosotros, mas bien, por ser dos los géneros de verdades' estatuimos que hay también dos principios primeros, un afirmativo, otro negativo.

      Escolio. Tal vez parezca a alguien esta disquisición, además de sutil y laboriosa, sobrante y carente de toda utilidad. Si consideras la fecundidad en corolarios, asiento contigo. Porque la mente, aun la no instruida en tal principio, no puede menos de servirse de ella siempre, espontáneamente y por una cierta necesidad natural. Pero por esto mismo ¿no será materia digna de disquisición seguir la cadena de las verdades hasta sus ultimas articulaciones?  Y ciertamente no es de vilipendiar adentrarse por esta razón en la consideración plenaria de la ley de las argumentaciones de nuestra mente. Que, para aducir una sola cosa:  el que toda nuestra raciocinación se resuelva en descubrir la identidad de predicado con sujeto, o considerado en sí o mediante un nexo, como es patente por la regla de verdades se  saca  evidentemente  de  esto:  que  Dios  no necesita de raciocinio, porque por estar patente clarísimamente ante su intuito respecto de todas las  cosas  cuáles  convengan  o  no  convengan  el mismo acto de representación las detiene ante el intelecto y no necesita de análisis, necesariamente requerido por nuestra inteligencia oscurecida por la noche.

 

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