Disertaciones Latinas de Kant
Traducción:Juan David García Bacca
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SECCIÓN SEGUNDA
DEL
PRINCIPIO DE RAZÓN DETERMINANTE VULGARMENTE
SUFICIENTE REFUTACION DE LAS OBJECIONES INVOCADAS |
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Proposición IV.
Determinar es poner un predicado
con exclusión del opuesto. Lo que determina a un sujeto respecto de un cierto predicado se llama
razón. Razón se divide en determinante antecedente
y determinante consiguientemente. Es determinante antecedentemente aquella cuya
noción preceda a lo determinado, esto es: que, de no suponerla, lo determinado
no es inteligible.* Es determinante consecuentemente la noción que no se pondría si no estuviera ya puesta
por otra parte la noción que por él se determina. A la primera razón
podrás también llamarla razón porque,
o sea: razón de ser o de hacerse; a la segunda, razón que, o sea: razón de conocer.
* Se puede añadir
a ésta la razón idéntica en
que la noción del sujeto, a causa de su perfecta identidad con el predicado,
lo determina; por ejemplo, el triangulo
tiene tres lados; en que la noción del determinado ni sigue ni
precede a la noción del determinante.
Estructura real
de esta definición La noción de razón hace, según el sentido común, que haya algún
nexo y ligadura entre sujeto y
predicado. Por ello exige siempre un sujeto y un predicado
que unir a él. Si pides por la razón de círculo no llego a entender
qué es lo que pides si no añades un predicado, por ejemplo: que sea
de todas las figuras isoperimétricas la de mayor capacidad. Preguntamos
en otro caso por la razón de que haya males en el mundo; tenemos, pues,
la proposición: el mundo contiene muchos males. La razón que,
o la de conocer, no es lo pedido, porque
la experiencia
hace sus veces; sino
hay que indicar la razón de por
qué, o sea, la de hacerse, esto es: una razón que, puesta, resulta
inteligible el que, antecedentemente respecto de este predicado, el
mundo no estaba indeterminado; sino por qué razón se pone ese predicado
de "males" con exclusión del opuesto. Por tanto hácese la razón de indeterminada determinada. Y porque
toda verdad resulta de por determinar el predicado al sujeto, la razón
determinante de la verdad es no sólo criterio sino aun fuente, de la cual si te apartares se hallarán posibles cuantos se quiera, mas absolutamente
nada de verdadero. Así no resulta indeterminado si el planeta Mercurio
gira alrededor de su eje o no, ya que carecemos de una razón que ponga
una de las dos cosas con exclusión de la opuesta; mientras tanto ambos
casos son posibles, mas ninguno de ellos resulta verdadero respecto
de nuestro conocimiento. Para ilustrar con un ejemplo la diferencia entre razones determinantes
antecedente y consecuentemente: menciono los eclipses
de los satélites de Júpiter; digo
que tales eclipses proporcionan la razón
de conocer la propagación, sucesiva y hecha con velocidad asignable,
de la luz. Mas esta razón determina sólo consecuentemente esa verdad;
pues aun en el caso de que no hubiera ni un solo satélite de Júpiter,
ni la ocultación de luz que ellos hacen, sin embargo la luz se movería
temporalmente, aunque tal vez nos fuera desconocido; o para aplicarlo
más de cerca a la definición dada, los fenómenos de los satélites de
Júpiter que prueban el movimiento de la luz suponen ese mismo comportamiento
de la luz, sin el que no podrían acontecer, y por ello determinan sólo
consecuentemente esta verdad. Mas la razón de hacerse, o sea: por qué
el movimiento de la luz va unido con un dispendio asignable de tiempo
depende (si aceptas la sentencia de Cartesio) de la elasticidad de los
glóbulos del aire que, según las leyes de la elasticidad, cediendo un
poco al golpe absorben, en cada glóbulo, un punto pequeñísimo de tiempo
que, sumado a lo largo de una serie inmensa concatenada lo hacen, al
final, perceptible. Tal fuera la razón determinante antecedentemente,
o sea: que, no puesta la cual, no habría en absoluto lugar a una determinación,
pues si los glóbulos del éter fueran perfectamente elásticos no se percibiría
intervalo alguno entre la emisión y llegada de la luz por inmensas que
fueran las distancias. La definición del ilustre Wolff, a pesar de su fama, me ha parecido
necesitar aquí enmienda, pues define "razón": "aquello por lo que se puede entender
por qué algo existe, más bien que no existe". Sin duda alguna,
mezcla en la definición a lo definido. Porque aunque la palabra porqué parezca lo bastante clara para la común inteligencia, de manera
que pueda admitírsela en una definición, no obstante implica tácitamente,
y una vez más, la noción de razón. Pues si lo examinas bien, hallarás
que indica lo mismo que razón
por la cual. Así que, hecha debidamente la
sustitución, la definición de Wolff suena: razón es aquello por
lo que puede entenderse la razón
por la que algo existe, más bien que no existe. Parecidamente: la frase de razón suficiente he creído mejor reemplazarla con la de razón determinante, y el ilustre Crusius
asiente a ello. Que esa palabra suficiente
es ambigua, ella misma superabundantemente lo muestra, porque no se
echa inmediatamente de ver en cuánto sea suficiente. Ahora bien: puesto
que "determinar" es poner algo de manera que se excluya todo
lo opuesto, denota lo que sea ciertamente suficiente para concebir una
cosa de esta manera, y no de otra. Proposición V.
Nada es verdadero sin razón determinante. Toda proposición verdadera
indica que el sujeto esta determinado por el predicado,esto es: puesto
con exclusión del opuesto; así que en toda proposición verdadera queda
excluido necesariamente lo opuesto al predicado competente. Mas se excluye
un predicado, que repugne a otra noción ya puesta, en virtud del principio
de contradicción. Luego la exclusión no tiene lugar donde no se halle
aquella noción que repugne al opuesto que ha de ser excluido. Así que
en toda verdad hay algo que determina la verdad de la proposición,
excluyendo el predicado opuesto. Por llamarse esto con el nombre de
razón determinante hay que establecer no haber nada que sea verdadero
sin razón determinante. Lo mismo de otra
manera Por la noción de razón se puede saber qué predicado de los opuestos
se ha de atribuir al sujeto y cuál quitarle. Pon que algo sea verdadero
sin razón determinante, no habría nada que hiciera aparecer cuál
de los opuestos se habría de atribuir al sujeto, cuál quitarle; así
que ninguno queda excluido, y queda el sujeto indeterminado respecto
de ambos predicados; por lo cual no hay lugar para verdad, pero- como
se supuso haberla, la repugnancia es patentemente manifiesta. Escolio. Que
el conocimiento de la verdad se funde siempre en un intuito de la razón,
ha quedado establecido por consentimiento común de todos los mortales.
Pero nosotros solemos contentarnos frecuentemente con una razón determinante
consecuentemente, cuando se trata de certeza para nosotros; mas que
se dé siempre una razón determinante antecedentemente, o si prefieres,
genética o al menos idéntica, resulta fácilmente evidente en virtud
del teorema traído y definición, tomados conjuntamente, ya que una razón
determinante consecuentemente no da verdad si- no la explana. Pasemos
a las razones que determinan la existencia. Proposición VI.
Que algo tenga en sí mismo la
razón de su existencia es absurdo. Si algo tiene en sí mismo la
razón de la existencia de alguna cosa, es causa de ella. Pon, pues,
que haya algo que tuviera en sí mismo la razón de su existencia; sería
entonces causa de sí mismo. Mas por ser la noción de causa anterior,
por naturaleza, a la noción de causado; y ésta, posterior a aquélla,
la misma cosa sería simultáneamente anterior y posterior a sí misma,
lo que es absurdo. Corolario.
Luego, lo que se afirma, existe de manera absolutamente necesaria, no
existe por virtud de alguna razón, sino porque no es pensable simplemente
lo opuesto. Esta imposibilidad de lo opuesto es la razón de conocer
la existencia, mas carece llanamente de razón antecedentemente determinante. Existe, pero es suficiente haber dicho y concebido
esto de él. Escolio.
Por cierto que hallo en las sentencias aprobadas de los filósofos recientes
reafirmada la sentencia de que Dios tiene en sí mismo puesta la razón
de su existencia. Mas yo no querría darle mi asentimiento. Parece hacérseles a
estos varones algún tanto duro denegar a Dios, principio
último y perfectísimo
de razones y causas, ser razón de sí; y, por ello, por no poder reconocer
para él alguna externa, piensan la tiene recóndita en sí mismo. Ciertamente,
casi no puede hallarse algo más distante de la recta razón que esto.
Pues cuando se llega mediante cadena de razones al principio, es evidente
de suyo que hay que detener el paso y que toda pregunta queda abolida
por tal respuesta consumada. Sé ciertamente
que los tales apelan a la noción misma de Dios
que exige su determinada existencia; mas es fácil de percibir que esto
pasa idealmente, no realmente. Te formas la noción de un cierto ente en
que se halla la omnitud de la realidad; hay que confesar que por tal
concepto tienes que conferirle existencia.
La argumentación procede así: si en un ente están unidas todas
las realidades sin limitación de grado, existirá; mas si solamente se
las concibe unidas, también la existencia del mismo consistirá tan sólo
en idea. Luego la sentencia habría de reformarse más bien así: al formamos la noción de un cierto ente al que llamamos
Dios la determinamos de manera que esté incluido en ella la existencia.
Si, pues, es verdadera la noción preconcebida, será también verdadero
el que exista. Y quedo esto dicho en gracia de los que dan su asentimiento
al argumento cartesiano. Proposición VII.
Se da un ente cuya existencia precede a su propia posibilidad y a la
de todas las demás cosas, por lo cual se dice de él existir
de manera absolutamente necesaria. Se llama Dios.
Puesto que posibilidad se resuelve íntegra mente en no repugnancia
de algunas nociones conjuntadas,
y, por esto, la noción de posibilidad proviene de un cotejo; mas en todo cotejo es
necesario se proporcionen las cosas a cotejar,
y donde nada en absoluto se proporcione al cotejo, y que le corresponda, no hay lugar para la
noción de posibilidad; se sigue
que nada puede ser concebido como posible a no ser que lo que de real haya en toda posible noción exista, y entonces
(porque, si te apartas de esto, nada sería absolutamente posible,
esto es: sería imposible) existirá de una manera absolutamente necesaria.
Pues bien: esta realidad omnímoda
es necesario que esté unida en un ente único.
Pues pon que esas cosas reales que son cual el
material de todos
los conceptos
posibles, se hallen distribuidas
en muchas cosas existentes cada
una de tales cosas tendría una existencia limitada de alguna manera,
esto es: unida a no pocas privaciones; por no convenir a las cuales
una necesidad absoluta, lo mismo que a las realidades, pertenecen tales
privaciones a la determinación omnímoda de la cosa, determinación sin
la cual
la cosa no
puede existir; así
que las realidades, limitadas
de esta manera, existirían
contingentemente. Se requiere, pues, para una necesidad absoluta, el
que existan sin limitación alguna, esto es: resulten ente infinito.
Ente en el cual si finges alguna pluralidad no harías sino repetirlo
algunas veces; de lo que se sigue, dado que la contingencia es opuesta
a necesidad absoluta, que no puede existir —tiene que afirmarse—
sino un único ente absolutamente necesario. Luego se da un Dios
único, principio absolutamente necesario de toda posibilidad.
Escolio. He aquí,
en la máxima
medida posible, una demostración
esencial de la existencia divina y, aunque no haya propiamente lugar
a una genética, comprobada con
un documento máximamente primitivo, a saber: con la posibilidad misma de las
cosas. Por lo
cual resulta patente que si
quitas a Dios, queda abolida no solamente
la existencia de todas las cosas sino aun la posibilidad interna misma. Porque aunque
suela vulgarmente decirse que las esencias (que consisten en interna
posibilidad) son necesarias, sin embargo más correctamente se diría
que competen a cosas de manera absolutamente necesaria.
Pues la esencia de triángulo —que consiste en la coinserción de
tres lados— no es, de suyo, necesaria. ¿Quién sano de mente se afirmaría
en que sea necesario en sí concebir
el que siempre se unan tres lados?
Mas concedo que esto es necesario al triángulo,
esto es: si piensas triángulo, piensas necesariamente
en tres lados, que es lo mismo que si dices: si algo es, es.
De dónde provenga el que con el pensamiento de lados se armen
las nociones de espacio, cerrar, etc., esto
es: que triángulo entre en el genero de poder ser pensado, y después,
de dónde resulte —por combinación, limitación, determinación— el que
todo lo que hay en una noción de cosa pensable exista realmente, es
algo sencillamente imposible de concebir, fuera del caso de Dios, fuente
de toda realidad.
Sabemos, por cierto, que Cartesio dio un argumento de la existencia
divina, sacado de su misma noción interna; por qué se le frustró tal
intento, es
de ver en el escolio
del párrafo anterior. Dios es el único entre todos los entes
en quien la existencia es anterior o, si te place, idéntica con la posibilidad.
Y de El no queda ni tan sólo noción en el instante en que prescindas
de su existencia. Proposición
VIII.
Nada de lo contingentemente existente carece de razón determinante antecedentemente
su existencia.
Pon que careciera. No quedará para determinarlo en cuanto existente
sino la existencia misma de la cosa. Mas porque, no obstante, la existencia
está determinada, esto es: está puesta de manera que ha quedado excluida
totalmente cualquier cosa opuesta a su omnímoda determinación, no habrá
más exclusión de lo opuesto que la proveniente de la posición de la
existencia. Mas por ser tal exclusión idéntica (ya que nada más impide
a una cosa el no existir, sino la eliminación de la no existencia),
lo opuesto a la existencia se habrá excluido por sí mismo, esto es:
será absolutamente imposible; esto es: la cosa existirá de manera absolutamente
necesaria, lo que repugna a la hipótesis.
Corolario.
Resulta, pues, de lo demostrado, que solamente la existencia de lo contingente
necesita fundarse en razón determinante, y que el
único absolutamente necesario está exento de esta
ley. De aquí que
no se haya de admitir este principio de una manera tan general que abarque en su imperio la universidad de todos los posibles.
Escolio.
He aquí la demostración del principio de razón determinante iluminada
con la luz de la certeza, y
de manera definitiva; tal es ciertamente
mi persuasión. Los filósofos más perspicaces de nuestro tiempo, entre
ellos nombro honoris causa,
al ilustre Crusius, se han quejado
siempre, como consta, de la demostración poco
sólida de este principio, que, en todos los escritos
de esta materia, lo hallamos empleado. Del remedio de tal mal
desesperó tanto ese gran varón que
sostuvo en serio ser esta proposición simplemente
incapaz de demostración, aun si se concede ser máximamente verdadera.
Mas de por qué no me resulto
tan fácil y expedita la demostración "de este principio que no
la llevara íntegramente a cabo, cual suele intentarse, con un argumento,
sino fuera necesario llegar a dominarla con una
certeza llena de anfractuosidades, a mí mismo me he de dar razón.
Primero pues, hube de distinguir cuidadosamente entre las razones
de verdad y existencia aunque pudiera parecer evidente el que en región
de las verdades, la universalidad del principio de razón suficiente determinante
se extienda tanto como la existencia. Porque si es verdadero que nada
hay sin razón determinante, esto es- si al sujeto no conviene el predicado,
se sigue que sin razón determinante sería predicado nulo el de existencia. Mas consta suficientemente que
para asegurar una verdad no hace falta una razón determinante antecedentemente, sino que basta
con la identidad que rige entre predicado y sujeto.
Mas en las cosas existentes se trata de razón determinante antecedentemente que, si no la
hay, existe el ser absolutamente
necesario; mas si la existencia
es contingente di por decidido el que no puede ella preceder. Por lo
cual esta verdad, sacada de
sus mismas fuentes, salió, a mi juicio, más pura.
Cierto que el celebérrimo Crusius piensa que una cierta existencia
está tan determinada por sí misma que tiene por inútil exigir algo más.
Titio obra con volición libre. Pregunto: ¿por qué hizo esto, más bien
que no hacer? Responde: porque
quiso. Pero ¿por qué quiso? Tiene por
inepta tal pregunta. Si preguntas: ¿por qué no hizo otra cosa?
Responde: porque ya hizo esto. Y
por ello piensa que la volición libre está determinada en acto por su
existencia, y no antecedentemente por razones priores a su existencia;
y que por la sola posición de actualidad quedan excluidas todas las determinaciones
opuestas; de aquí que sostenga no hacer falta razón determinante.
Mas probaré, si te place, además con otro argumento que una realidad
contingente no está suficientemente determinada si prescindes de razón
antecedente, por tanto que no puede ser existente. Exista un acto de
volición libre, esta existencia
excluye lo opuesto a esta determinación, pues, por no haber existido
alguna vez, y porque la existencia de suyo no determina el
que haya o no haya sido alguna
vez por virtud de la existencia de esta
volición, esta cuestión: "si antes ya existió o no existió" queda indeterminada.
Mas porque dentro de determinación omnímoda esta determinación "si
el ser comenzó o no" es
una de tantas, el ser quedará indeterminado y no podrá ser determinado
hasta que, además de lo que
le compete a su existencia interna, se
aduzcan nociones que sean pensables independientemente de su
existencia. Más porque lo que determina la no existencia antecedente
de un ente existente precede a la noción de existencia; mas porque lo
que determina que un ente existente no haya existido anteriormente es
lo mismo que a la vez lo ha determinado a pasar de no existencia a existencia
(porque las proposiciones: por qué lo que existe ya no haya antes existido,
y por qué lo que antes no existió, exista ya, son, en realidad de verdad
idénticas), a saber: la razón que antecedentemente determina la existencia,
queda más que suficientemente patente que sin esta determinación omnímoda
del ser que se concibe llega a ser, no puede haber lugar tampoco para
la existencia. Si esta demostración por el análisis de nociones más profunda
pareciera a alguien demasiado oscura, puede contentarse con las precedentes. Finalmente: por qué retiré mi asentimiento a la demostración
traída por los
secuaces del ilustre Wolff, lo explicaré brevemente. La demostración
de este ilustre varón tal cual se halla más detenidamente expuesta por el perspicacísimo Baumgarten se
reduce, para resumirla en pocas palabras, a esto: si algo no tuviere
razón, la nada sería su razón; luego nada sería algo, lo que es absurdo.
Por tal manera de argumentar habría de reformarse así mejor: si un ente no tiene razón, la razón del mismo es la nada, esto es: no es ente. Empero esto es demasiado largo por ambas partes, porque si no hay razón alguna, el concepto que le corresponde será el de no ser: de aquí que si al ente no se puede asignar una razón sino esa a la que no corresponde absolutamente ningún concepto, carecerá absolutamente de razón, lo que revierte a lo supuesto. De esto no se sigue el absurdo que creían fluir de aquello. Servirá de testimonio a mi sentencia un ejemplo. Me atreveré a demostrar, según esta manera de concluir, que el primer hombre fue engendrado por no padre. Pues supón que no fue engendrado. Nada habría que lo engendrara. Luego fue engendrado por nada; lo que siendo contradictorio, habráse de confesar que fue engendrado por alguien. No es difícil evadirse de la capciosidad del argumento. Si no es engendrado, nada lo engendró. Esto es: quien se reputara haberlo engendrado es nada o no ser, lo cual es ciertamente más cierto que lo más cierto. Pero de una proposición mal convertida se saca un sentido malísimamente torcido.
Proposición
IX. Enumerar y diluir las dificultades
que parece oprimen al principio de razón determinante, vulgarmente,
suficiente.
Entre los impugnadores de este principio, ha de conducir el
ejército —y es el solo que, con derecho,
ha de ser reputado* cual, de entre
todos, su mantenedor— S.R. y agudísimo Crusius, a quien, de entre no
diré los filósofos de Alemania sino de entre los promotores de la filosofía,
tengo casi por no segundo respecto de nadie. Si resultare bien la discusión
de las dudas (lo que me parece prometerlo el patrocinio de una buena
causa), creeré haber superado todas las dificultades. En primer lugar
achaca a la fórmula de este principio ambigüedad e inestable sentido.
Porque hace notar, y correctamente, que tal principio se sirve
de razón de conocer; igualmente de razón moral y de otras ideales
cual de real y antecedentemente determinantes; de modo que muchas veces
resulte dificultoso entender cuál está sobreentendiendo. Flecha que
por no herir nuestros asertos, no tenemos por qué evitarla. Quien examinare
cuáles son nuestros asertos verá que distingo cuidadosamente entre razón
de verdad y razón de actualidad.
*Aquí, en nada deseo .rebajar al ilustre Daries cuyos argumentos,
y aun los de otros no insignificantes, confieso han sido
de gran peso para agravar lo referente al principio de razón
determinante. Mas porque no parecen afines a los alegados por el alabado
D. Crusius, creo que puedo restringir la respuesta a las dudas sobre
todo a los de él, con perdón de los de otros varones, por lo demás grandes.
En la primera se trata solamente de esa posición
del predicado
que se hace mediante
Para los defensores de este principio, mayor peligro, sin duda,
les viene de aquella objeción del clarísimo varón, según la cual hemos dado a
los estoicos el derecho de volver a casa trayendo la necesidad inmutable
de todas las cosas y el Hado; y la emprende contra nosotros, explícitamente
y en argumentos de no despreciable fuerza, en nombre de toda libertad
y moralidad elevada. Su argumento, por lo demás no enteramente nuevo
—aunque expuesto por él de más explicada y fuerte manera—, lo aduciré,
en lo posible reducido a su núcleo, mas intacta su fuerza. Si todo lo que llega a ser no puede llegar a ser de otra manera sino teniendo razón antecedentemente
determinante, se sigue que lo que no
llega
a ser no puede tampoco llegar a ser, porque, a saber, no hay razón
alguna sin la cual, no obstante, no pueda absolutamente llegar
a ser. Y porque esto .se ha de conceder, en orden retrógrado, respecto
de todas las razones de razones, de esto se sigue que todo llega a ser
según vinculación natural de tan conexa y entretejida manera que quien
opte por lo opuesto de cualquier evento y aun acción libre, hace votos
por lo imposible, ya que no se da la razón que se requeriría para producirlo.
Tal es, en resumen, la cadena inevitable de los
sucesos que, como
dice Crisipo, una
vez puesta se desarrolla a lo largo de los eternos órdenes de
consecuencia hasta llegar al final al estado primero del mundo que exige
cual autor inmediato a Dios; allí se detiene la razón última y feraz
en secuelas, de los eventos, puesta la cual, unos de otros se derivan
y se seguirán en adelante por siglos según ley para siempre establecida.
El esclarecido varón impugna
esa trivial distinción entre necesidad absoluta e hipotética por la
cual, como por rendija creen poder escabullirse los adversarios, que
realmente no es de valor alguno para romper la fuerza y eficiencia de
la necesidad.
Pues ¿qué importa si respecto de los eventos, predeterminados
precisamente por las razones antecedentes, considerados en sí mismos,
resulta representable lo opuesto,
cuando, aun así, lo opuesto no puede realmente llegar a ser,
ya que no están dadas las razones que le hicieran falta para existir,
—más aun: se dan las para lo contrario? Dirás: no
obstante se puede ser pensado lo opuesto, tomados separadamente los
eventos, y por tanto es posible.
Pero aun así ¿qué? No puede
llegar a ser, porque de que jamás pase al
acto, se cuidan
suficientemente las razones ya
existentes.
Acepta este ejemplo: Cayo hizo una impostura. A Cayo, por sus
determinaciones primitivas, a
saber: por las que es hombre, no le repugnó la
sinceridad. Concedido. Mas en
cuanto ya está determinado le repugna en realidad,
ya que están presentes en él las razones que ponen lo contrario, y la
sinceridad no puede
atribuírsele sin perturbar el orden íntegro de las razones
implicadas hasta llegar al estado primero del mundo. Oigamos ahora qué
es lo que de esto concluye el ilustre varón. La razón determinante no
hace sin más el que precisamente esta noción acontezca, sino el que,
en lugar de ella, no pueda acontecer otra. Luego todo lo que en nosotros
acaece está previsto por Dios en sus consecuencias de manera que no
puede en modo alguno seguirse otra. Luego la imputación de nuestros
actos nos pertenece, mas de todo la única causa es Dios quien nos ató
con leyes tales que tenemos que cumplir en todo caso nuestra suerte.
¿No resulta de esto el que ningún pecado pueda desagradar a Dios? ;
cuando se comete alguno, por el mero hecho queda probado el que la serie
de las cosas implicadas establecida por Dios no admite otra cosa. ¿Por
qué, pues, echa en cara Dios a los pecadores las acciones que desde
la creación y nacimiento del del mundo hasta ahora estaba ya asignado
el que las hicieran? Refutación de las dudas
Cuando distinguimos entre necesidad hipotética, en especial
la moral, y la absoluta, no se
Los acontecimientos mundanos están determinados tan ciertamente
que la presciencia divina no se engañe al conocer con igual grado de
certeza tanto los futuros como la imposibilidad de lo opuesto en virtud
del nexo de las razones. Mas aquí el quicio de la cuestión está no en
cuánto sino de dónde provenga la futurición necesaria
de lo contingente. Que el .acto de la creación no se quede ambiguo en
Dios, sino esté tan ciertamente determinado que lo opuesto sea indigno
de Dios, esto es: no pueda esto convenirle,
¿quién hay que lo
dude? Sin embargo
la acción es libre, porque está determinada por unas razones
que son las motoras intrínsecas de su inteligencia
infinita y por
cuanto inclinan de manera cierta, más que cierta,
su voluntad, no proceden de alguna eficacia ciega de la naturaleza.
Parecidamente también
respecto de las
acciones libres de los hombres; en cuanto se las considera como determinadas,
queda, ciertamente, excluido
lo opuesto; mas no queda excluido por razones colocadas fuera del apetito
del sujeto y de sus espontáneas inclinaciones, cual si el hombre estuviera
impelido, aun contra su voluntad, a realizar tales acciones por una
cierta e inevitable necesidad. Sino que, en la propensión misma de voliciones
y apetitos, por obedecerlas de grado en virtud de los alicientes de
la representación quedan determinadas las acciones por un nexo, de seguro
ciertísimo, mas voluntario y según una ley estable. Que entre acciones
físicas y las que gozan de libertad moral haya una diferencia no queda
reducido a una diferencia de nexo y certeza, algo así como si solamente
éstas, por tener futurición ambigua y estar eximidas del vínculo de
razones, gozaran de una vaga y ambigua razón de nacimiento;
lo cual las hiciera, ciertamente, poco recomendables
como prerrogativas de seres inteligentes. Mas el modo como se determina
la certeza por sus razones, da amplio campo para defender el carácter
de la libertad, a saber: que no amarran sino por virtud de motivos del
intelecto aplicados a la voluntad, cuando, al contrario, en los brutos
—o sea en las acciones físico-mecánicas— todo procede necesariamente
conforme a las solicitaciones e impulsos externos, sin inclinación espontánea
alguna de albedrío.
Cierto que el poder de hacer una acción se ha indiferentemente
respecto de ambas partes; mas pasa por admitido el que solamente se
determina por una inclinación de beneplácito hacia los alicientes ofrecidos
en las representaciones. Cuanto con mayor certeza se vincule a esta
ley la naturaleza del hombre, de tanta mayor libertad gozará; que no
es usar de libertad el dejarse llevar por una vaga inclinación, y de
aquí para allá, hacia los objetos. Dirás: no obra por otra razón sino sobre todo porque
le plació. Te tengo cogido
por tu misma confesión; Porque ¿qué es eso de "placerle" sino haberse
inclinado la voluntad, a una parte más bien que a la opuesta, por alicientes del objeto?
"Placerle", pues, determina, según tu sentencia, la
acción; mas no es sino la aquiescencia de la voluntad al objeto por
razón de sus alicientes con los que invita a la voluntad. Luego es una
determinación relativa en que, si se supone atraída igualmente la voluntad
por los alicientes, mas uno de ellos es más delicioso, es lo mismo que
placerle a la vez igual y desigualmente, —lo que implica repugnancia. Puede, no obstante,
presentarse un caso en que las razones que inclinan la voluntad a una
de las partes escapan plenamente de la conciencia; pero no por ello
se elija una de ellas. Pero entonces el caso pasa de una facultad superior
de la mente a una inferior, y la mente es dirigida por una de las partes
de la representación oscura hacia algo: hacia lo de paso preponderante
(de lo que se tratará más largamente a continuación).
Permítase ilustrar esta tan vulgarizada controversia con un
diálogo breve, y tal vez cómodo entre Cayo, defensor del equilibrio
de indiferencia; y Tito, patrón de la razón determinante.
Cayo. Durante el decurso
de mi vida anterior, un remordimiento
de conciencia me atormenta,
y no me queda otro solaz, si es lícito creer a tus opiniones, que no
recae en mí la culpa de los crímenes cometidos, porque, atado desde
la cuna del mundo hasta aquí por un nexo
de razones mutuamente determinantes, todo lo que he hecho no
pude menos de hacerlo y quien quiera ahora echarme
en cara mis vicios y que debí emprender un género de vida diverso, nada
me increpa, obra ineptamente, casi como si me pidiera haber debido detener
el flujo del tiempo.
Tito. ¡Sea! , pero
¿cuál es esa
serie de razones de que te lamentas haber estado atado? Que todo
lo que hiciste, ¿no lo hiciste de grado? Ya a punto de pecar ¿qué no
te gritó calladamente una exhortación de la conciencia y, en vano, te
avisó interiormente el miedo a Dios? Y a pesar de ello ¿no te atrajo
más el beber, jugar, culto a Venus y otras cosas de ese género? ¿Qué
alguna vez te sentiste arrastrado, contra tu voluntad, a pecar?
Cayo. No
lo voy a negar. Bien siento que, sin
resistir y luchar valerosamente
contra los alicientes, me he dejado, cual quebrado
de cuello, arrastrar hacia lo perverso. A ciencia, conciencia y placer
me hice esclavo de los vicios. Pero esta inclinación de la voluntad
hacia la parte peor ¿de dónde me vino? Ya antes de que me pasara, cuando
las leyes divinas y humanas me invitaban, dudoso aún, a estar de su
parte, no estaba ya determinado por un colmo de razones el que me
desviara a la parte mala más bien que a la buena?
Puesta ya una razón absolutamente y omnímodamente perfecta,
¿impedir lo así razonado no
Tito. Pues voy a quitarte el tropiezo. La serie de
razones implicadas ofrece en el momento mismo de hacer una acción motivos
dirigibles a dos partes, a una de ellas tú mismo de grado te entregaste
por la razón de que era más deleitable obrar así que de otra manera. Pero dices, ya estaba determinado por un colmo de razones
el que me inclinara hacia la parte destinada. Mas querría pensaras si
para que la razón sea consumada no se requiera el que la propensión
espontanea de tu voluntad se vaya tras los alicientes del
objeto.
Cayo. Cuidado
con llamarla espontánea; no pudo
menos de propender hacia esa parte.
Tito. Esto, lejos
de destruir la
espontaneidad la vuelve certísima, mientras se la tome en
recto sentido. Pues espontaneidad
es una acción que procede
de un principio interno. Cuando está determinada, por conformarse a la representación
de lo óptimo, se llama libertad. Cuanto más ciertamente
se diga de alguien que obedece a tal ley, cuanto más determinado esté a querer,
puestos todos los motivos, tanto
más libre 'es un hombre. De tu argumentación no se sigue el que a la libertad le infrinja la fuerza de las
razones antecedentemente determinantes,
pues te la refuta tu confesión
de que obraste, no involuntariamente,
sino por placerte.
Así que tu acción no fue inevitable, como pareces estar sobreentendiendo, pues ni aun trataste
de evitarla; sino que fue infalible
dada la propensión de tu apetito hacia las
circunstancias así informadas.
Lo cual hace caer sobre ti una mayor culpa, pues tan
vehementemente lo apeteciste que no aguantaste el separarte de tu intento.
Te mataré con tu flecha. Pero basta; según tu opinión ¿de qué manera
creerías ser tu deber, y más cómodo, el aceptar la noción de libertad?
Cayo. Yo creo, por cierto,
que si descartaras eso de la concatenación de razones determinantes
por sí mismas de un evento fijo, si concedieras que un hombre se ha
indiferentemente en cualquier acción suya respecto de ambas partes;
y que, aun puestas todas las razones de algún modo determinantes que
finjas, no obstante pudiera elegir una cualquiera parte en vez de otra
cualquiera, —entonces confesarías que, por fin, se ha tratado bien a
la libertad.
Tito. Deus
meliora! Si algún numen consintiera
en que se te cumpliera el voto ¡qué
infeliz serías todos los días!
Proponte en tu
ánimo seguir firmemente el camino de la virtud. Haz que esté tu mente
bien defendida
tanto con los preceptos de la religión como con todo
lo demás que sea eficaz para robustecer tu consejo. Preséntase ahora
la ocasión de obrar. Te dejarás llevar inmediatamente hacia la parte
peor, pues no te determinarán las razones que te invitan. Me parece
estar oyendo quejas y más quejas de tu parte: ¡Ah! , ¡qué hado siniestro
me apartó súbitamente del consejo
saludable! ¿Qué saca
uno de empeñarse en cumplir los preceptos? Las
acciones se hacen al azar, no son determinadas por razones. Por cierto,
dices, no acuso al hado que contra mi voluntad, me arrastre y coaccione,
sino abomino de aquello, no sé qué es, que me hace caer, seduciéndome,
en lo peor. ¡Qué vergüenza! ¿Así que he de detestar aquel apetito que
me inclina precisamente a lo peor y que pudo con igual facilidad inclinarme
a lo contrario?
Cayo. Luego todo esto clama
en favor de la libertad.
Tito. Ya
ves cómo he acorralado tus razones. No apeles a espectros de razones,
pues te sientes libre; pero no inventes una noción ficticia y poco cónsona con la recta razón, de esta libertad.
Obrar libremente
es obrar de manera conforme al propio apetito y además con conciencia.
Y esto no está excluido ciertamente, por la ley de la razón determinante.
Cayo. Aunque casi
casi no tengo cómo refutarte, sin
embargo el sentido
interior me parece hablar contra tu sentencia. Pues
tomemos un caso de no grande importancia: si estoy atento a mi mismo,
advierto que estoy libre de inclinarme a cualquiera de las partes, tanto
que estoy persuadido suficientemente de que la dirección de mi acción
no ha sido determinada por una serie de antecedente de razones.
Tito. Te descubriré la tácita impostura de tu mente
que hace de ti juguete del equilibrio de indiferencia. La fuerza natural
apetitiva, ínsita en la mente humana, es arrastrada no sólo hacia los
objetos sino también hacia las representaciones variadas del intelecto.
En la medida, pues, en que nos sentimos a nosotros mismos ser los autores
de las representaciones que, en el caso
dado, son motivos de elección, de manera que nos
creamos perfectamente suficientes para aplicar a ellas nuestra atención,
suspenderla o dirigirla a otra parte, somos consecuentemente conscientes
de tender no sólo hacia los objetos.de manera conforme a nuestro apetito
sino además de poder alterar al arbitrio y variamente, las razones mismas
objetivas; en esa misma medida apenas si podemos refrenarnos de juzgar que
la aplicación de nuestra voluntad está eximida de toda ley y carente
de determinación fijada. Mas si nos esforzamos en sentir rectamente
lo que hace ésta, y, no otra, tendencia de la atención sobre la combinación
de las representaciones, que es cuando
las razones tiran hacia una parte, para darle cuando menos una
oportunidad a la libertad dirigimos la atención hacia la parte opuesta,
con la cual damos a ésta un sobrepeso por el cual, de
consiguiente, el apetito se dirigirá así y no de otra manera, nos convenceremos
fácilmente de que están ciertamente presentes las razones determinantes.
Cayo. Confieso
que me has enredado en muchas dificultades; mas estoy cierto de que
tú mismo lo estás con no menores. ¿Cómo crees poder conciliar la futurición
determinada de los males, de los que Dios es, en definitiva, la última
y determinante causa, con su bondad y santidad?
Tito. Para no perder el tiempo en vanas discusiones,
solventaré brevemente las dudas que te tienen suspenso y desataré los
nudos. Por estar determinada la certeza de todos los acontecimientos
tanto físicos como de acciones libres, los consecuentes en los antecedentes,
los antecedentes en otros precedentes y así, cual por nexo y cadena,
siempre en ulteriores razones, hasta llegar al estado
primero del mundo que
exige a Dios por inmediato autor, cual fuente y manantial del que todo
fluye según insciente necesidad por cauce preparado, de aquí que pienses
resulte Dios no oscuramence señalado como maquinador del mal, y que
no puede odiar a esa tela que él mismo urdió y que va siendo tejida
conforme a su ejemplar a lo largo de los futuros siglos de los siglos,
y parece que no pueda indignarse contra tantos y tantos pecados entretejidos
en su obra tanto como lo exigiría
la santidad, pues, en definitiva recaería la culpa
sobre él mismo por empresario de
todos los males. Tales son las dudas que te oprimen; voy ahora
a disipar las nieblas.
Dios, al producir los primordiales del universo de las cosas, inició la serie que incluye—según
nexo estable de razones, unidas bien tejida y entretejidamente— aun
los males morales y los físicos, a ellos correspondientes. Mas de aquí no se sigue que se
pueda acusar a Dios de autor de las acciones moralmente malas. Si, como
pasa en las cosas mecánicas, los seres inteligentes se hubieren de manera
solamente pasiva respecto de las que impelen a especiales determinaciones
y mutaciones, no niego que se habría de echar la culpa última de todo a Dios, artífice de
la máquina. Mas las que se hacen por voluntad de seres inteligentes y dotados de facultad de
determinarse por sí misma espontáneamente, provienen, ciertamente, según
libertad de albedrío, de un
principio propiamente interno, de apetitos
conscientes y de elección
de una de las dos partes.
Por lo cual, aunque el estado de la realidad se halle, previamente a los actos libres, constituido
según razón, y el ser inteligente esté él mismo implicado en un nexo tal de circunstancias
que de el, más que de cierto
conste, procedan los males morales
y se podrán prever, sin embargo esta
futurición está determinada por unas razones cu yo quicio es
la dirección voluntaria de ello hacia
lo peor. Y, por tanto,
de lo que,
por más delicioso
hicieron los pecadores, hay que decir fueron ellos la causa, e imponer pena por tal
deleite ilícito cuadra perfectísimamente
con la equidad.
Mas en cuanto a esa objeción de que es, sin duda, digno de la
santidad de Dios, el que El aborrezca el pecado, pero que parece incompatible
esto con crear un mundo por un decreto que incluye la realización futura
de los males, esta dificultad, que a
la cuestión circunda, no es
invencible. Solvéntase así:
La bondad infinita de Dios tiende a la perfección máxima de
las cosas creadas, a tanta cuanta en ellas quepa y a la felicidad del
mundo espiritual. Mas llevado de su infinito empeño por manifestarse,
no. solamente se dedicó a las series mas perfectas de acontecimientos
que posterior mente se desarrollaran según el orden de razones, sino
que, para que no faltaran además algunos bienes de menor grado y de
este modo la universidad de las cosas se extendiera, por decirlo así,
y abarcara en su inmensidad desde el grado supremo de perfección posible
a lo finito, hasta todos los inferiores y aun hasta la nada, aceptó
el que se deslizaran en su plan cosas que, mezcladas con muchísimos
males, sacara de ellas la sabiduría de Dios algún bien y contribuyeran
a la manifestación de la divina gloria adornándola con infinita variedad.
Para que dentro
de este ámbito
no se echara a faltar la historia del género humano, lúgubre como es,
convino perfectamente a la sabiduría, potencia y bondad de Dios
el que llevara, en su mismo aluvión de males,
infinitos testimonios para celebrar la bondad divina. Mas no se ha de
pensar que, por ello, intentara entretejer los males
mismos en la obra recién
incoada y lo hiciera exprofeso, porque tuvo ante la vista bienes que
sabía él, por razones profundas, que, a pesar de todo, permanecerían,
y que fuera indigno de la sabiduría suprema erradicar
juntamente con la cizaña.
Por lo demás, pecan los mortales voluntariamente y por íntimo
afecto de la mente; no, forzados por un orden, urgente y arrebatador,
de razones antecedentes, sino por un orden aliciente que, aunque se
previera el que obedeciesen a tales atractivos, por residir el origen
de los males en un interno principio
de determinación propia, es patente el que
han de imputarse a los mismos pecadores.
Ni por esto hay que pensar que el numen divino aborrezca menos
los pecados, porque permitiéndolos parezca, de alguna manera, consentirlos.
Porque esa misma licencia que se dio a los males, está compensada con
una grande colaboración para reducirlos a lo mejor, colaboración que
se propuso conseguir por avisos, amenazas, invitaciones, ayudas. Tal
es el fin propio que tuvo ante sus ojos el ^artífice divino; así que
al cortar las ramas fructíferas en males y reprimir, dentro de lo que
puede hacerse salvando la libertad de los hombres, se mostró, en eso
mismo, enemigo de toda maldad, aunque amante de las perfecciones que
de ella pudieran, no obstante, sacarse.
Pero, vuelvo al camino, que he divagado del intento más de lo
debido.
No hay presciencia divina respecto de las acciones libres, si no se admite una futurición determinada por sus razones
Quienes suscriben nuestro principio,
han cogido siempre,
y fuertemente, este argumento contra los que lo impugnan. Dejando, pues,
aparte este punto, trataré de responder solamente a lo que en contra
trae el perspicacísimo Crusius. A quienes así sienten, reprocha él que
es esa una sentencia indigna de Dios, cual si creyeran que El se sirve
de raciocinios. Si los hubiera quienes así pensaran, me pasaría de grado
a la parte del ilustre adversario. Porque concedo que las anfractuosidades
de los raciocinios son poco decorosas de la inmensidad del intelecto
divino. Porque la inteligencia infinita no necesita abstraer nociones. universales, combinarlas y compararlas para sacar de ellas conclusiones.
Mas aquí sostenemos que Dios no puede prever aquello cuya futurición
no esté antecedentemente determinada, no por falta de medios, de
los que concedemos no tener necesidad; sino porque es de suyo
imposible la precognición que es nada si la existencia está absolutamente,
de suyo, y antecedentemente indeterminada. Que esté de por sí indeterminada
se sigue de
su contingencia; los antagonistas sostienen que también está antecedentemente
indeterminada. Luego,
sencillamente, está falta de determinación, esto es: de futurición,
lo está en sí, y así
tiene que estar
representada en el
intelecto divino. REFUTACION DE LAS OBJECIONES INVOCADAS EN SU AYUDA POR LOS DEFENSORES DEL EQUILIBRIO DE INDIFERENCIA
Los patronos de la parte adversa nos provocan a que nos demos
por satisfechos con los ejemplos que parecen testimoniar tan abiertamente
en favor de la
indiferencia de la
voluntad humana respecto de cualesquiera acciones libres que pareciera
no poder haber algo más patente. Cuando se juega a par-impar y hay que ganarse conjeturando
algunas habas encerradas en la mano, nos pronunciamos sencillamente
sin consejo y sin razón alguna en la elección. Gemelo con este caso
es el que se cuenta no sé de qué príncipe a quien se dio a elegir libremente
entre dos copas, semejantes en todo: peso, figura, especie; de ellas
una ocultaba plomo, la otra oro, de modo que determinarse a coger una
de las dos no podría caer sino más allá de la razón. Parecidamente hablan
de libertad de indiferencia respecto de mover el pie derecho o el izquierdo.
A todo ello responderé con una palabra y me parece más que suficiente.
Cuando en nuestro principio se habla de razones determinantes,
no se entiende aquí de un género u otro de razones, por ejemplo: que
en las acciones libres se ofrezcan al entendimiento consciente razones;
sino que, determinare como fuere la acción, sea,
no obstante, necesario el que
se determine por una determinada, si es que la acción ha de realizarse.
En la determinación del albedrío pueden faltar enteramente razones objetivas
y el equilibrio entre los motivos presentes ante la conciencia puede
ser perfecto; no obstante queda lugar aún para muchísimas razones que
pueden determinar a la mente.
De tal estado dudoso y versátil no resulta sino que el asunto
vuelva de una facultad superior Proposición X. Se exponen algunos corolarios genuinos del principio de razón determinante.
1)
Nada hay en el raciocinado que no esté en la razón. Porque nada hay
sin razón determinante, y por tanto, nada hay en el raciocinado que no arguya haber razón determinante de lo
suyo.
Se podría objetar el que, por tener límites las cosas finitas,
se seguiría de ello el que tales límites habrían de
hallarse parecidamente en Dios.
Respondo:
los límites que se hallan adheridos a las cosas finitas arguyen haber
su razón limitada en la acción de la creación divina, porque la acción
de Dios resulta limitada por razón de producir un ser limitado. Mas
esta acción, por ser una determinación
relativa de Dios
—que necesariamente ha de responder a las cosas producendas—
no es inteligible en él de manera interna y absoluta. Así que es patente
no competer a Dios internamente tales limitaciones.
2) Respecto de las cosas
que nada de común tienen, la razón de una no puede ser razón de otra.
Nos devuelve a la anterior proposición.
3) No hay más en el raciocinado
de lo que se halla en la razón.
Proviene de la misma regla.
Secuela. La
cuantidad de realidad absoluta en el mundo no se cambia naturalmente,
ni por aumento ni por disminución. Explicación
La evidencia de esta regla se echa de ver clarísimamente en
las mutaciones corporales. Si, por ejemplo, el cuerpo A impele por golpe
a otro B, le adviene a éste una cierta fuerza, y por consiguiente realidad.*
Mas al cuerpo impelente se le resta una cantidad igual de movimiento;
por tanto la suma de las fuerzas
en el efecto se equipara a las fuerzas de la causa. Ciertamente que
en choque de un cuerpo elástico menor
con otro mayor parece incurrir en error la ley alegada.
Mas en ninguna manera es así, pues el cuerpo elástico menor, al chocar con el mayor, adquiere de él, por repercusión,
una cierta fuerza en dirección contraria que si se suma a la que transfiere
al mayor, da una suma mayor ciertamente que la de cuerpo impelente,
como consta por la mecánica; cantidad que aquí se llama vulgarmente
absoluta; más verdadero fuera llamar la relativa, pues estas fuerzas
tiran en direcciones opuestas; y, por ello, calculadas por los efectos
que todas las máquinas aplicadas conjuntamente —y sumadas, por tanto,
en el universo—, pueden ejercer-, se conoce la suma de las fuerzas,
restando los movimientos en dirección contraria que entonces quedan
en definitiva destruidos entre sí, y permanece el movimiento del centro
de gravedad que, como se sabe por la estática, es, después del choque,
el mismo que anteriormente fue.
Mas en lo referente a toda destrucción del movimiento por resistencia
de la materia, tal destrucción
dista tanto de eliminar la regla dicha que más bien la confirma. Porque
la fuerza que se origina del
reposo por concurso
de causas, al transformar tanto
cuanto recibe en resistencia contra los impedimentos, vuelve
una vez más al reposo, y la cosa permanece como antes. De aquí que sea
imposible una perpetuidad inexhaustible del movimiento mecánico, porque
aun cediendo siempre a las resistencias la fuerza alguna parte de lo
suyo, si permaneciera,
a pesar de ello, incólume el poder de restaurarse a sí mismo, se contradiría
por igual a esta regla y a la sana razón.
Aquí, según el sentido
común, se puede concebir la fuerza
impresa cual realidad aportada, aunque propiamente no sea sino una cierta
limitación, o sea dirección
de la realidad ínsita.
Frecuentemente vemos que grandes fuerzas parecen engendrarse
de un principio infinitamente pequeño para causa. Una chispita, dentro
de pólvora, ¡qué inmensa fuerza expansiva produce! O también, recibida
otras veces en material ávido ¡cuántos incendios, ruinas de ciudades y largas devastaciones de
grandes selvas! ¡Qué grandes
contexturas de cuerpos disuelve una tan pequeña intromisión de una sola
chispita! Pero aquí la causa
eficaz de tales inmensas fuerzas, —escondidas en y favorecidas por la
contextura interior de los cuerpos— es la materia elástica o, respecto
de la pólvora (según los experimentos de Halesi) es la materia
del aire o la materia ígnea, cual en cualquier cuerpo combustible, la que, con mínima acción,
se manifiesta, más bien que se produce.
La pimienta, comprimida, se cuece interiormente y con bien pequeña
acción desátanse fuerzas proporcionales a la recíproca tensión de la
atracción y repercusión.
Ciertamente que las fuerzas de los espíritus y su progreso natural
perenne hacia ulteriores perfecciones de ellas parecen estar eximidas
de esta ley. Pero estoy persuadido de que se hallan sometidas a esa
misma ley. Sin duda alguna, esa percepción infinita del universo entero
—que el alma tiene siempre disponible, aunque muy oscura— contiene ya
en sí misma todo lo que de realidad haya de haber más tarde con mayor
luz en los pensamientos.
Un poco más adelante, dando la mente a algunas un mayor grado
de atención, quitando el mismo grado a otras, ilumina con luz más intensa
a las primeras; gana día a día en mayor conocimiento, que no se extiende,
ciertamente, al ámbito de la realidad absoluta (ya que el material de
todas las ideas, que de su nexo con el universo proviene, permanece
el mismo); sino que es formal, y consiste en la combinación de nociones,
en la atención aplicada a su diversidad y conveniencia, mudándose así
sin duda de varias maneras.
De esta forma advertimos cosas parecidas en la fuerza ínsita
de los cuerpos, porque los movimientos, bien examinados, no son realidades,
sino fenómenos; mas la fuerza ínsita, modificada por el
impacto del cuerpo
externo, al resistir
a tal incursión por virtud del
principio interno de eficacia tanto cuanto adquiera en la dirección
de las fuerzas impelentes, todo lo real de las fuerzas que se halle
en el fenómeno del movimiento equivale a lo que ya se hallaba ínsito
en el cuerpo en reposo, aunque el poder interno —que, en reposo,
se hallaba indeterminado en cuanto a dirección— esté tan sólo
dirigido por el impulso externo.
Lo que hasta ahora se ha alegado respecto de la impermutable
cantidad de la realidad absoluta en el universo, ha de ser entendido
respecto de todo lo que suceda según el orden natural.
Que, por obra de Dios, se pueda instaurar una perfección más
acabada del mundo material, y que, mediante las inteligencias, se derrame
por él una luz celestial y más
pura que la aportada por la naturaleza, que todo puede ser elevado a
más altas cumbres de perfección, ¿quién se atreverá a dudarlo? Proposición XI. Algunos corolarios adulterinos, deducidos
de manera poco
legítima del principio de razón determinante. Se alegan y se
refutan.
1)
Nada hay sin razonado. O sea: todo lo que es tiene consecuencias propias.
Llámase principio de consecuencia. Según mi conocimiento, reconoce por autor a Baumgarten,
corifeo de los metafísicos.
Y porque se
lo demostró por la misma razón
que al principio de razón, con la misma mina que éste perece.
Si se tratara tan sólo de razones de conocimiento, la verdad
quedaría a salvo, porque la noción de todo ente es o general o individual.
Si lo primero, hay que conceder el que todo lo que vale de una noción
genérica compete a todos los inferiores
sometidos a ella, y, que por tanto, ella contiene la razón de éstos.
Si lo segundo, se puede concluir que han de
competer siempre, una vez establecidas las mismas razones a este
sujeto, los predicados que le convengan en un nexo determinado, y determinar,
a partir del caso dado, la verdad de los semejantes; por lo cual se
conocen los razonados.
Mas si sobreentendemos aquí "razonados en cuanto a existir",
como se podrá ver en la sección postrera de este estudio, los entes
no son en esto feraces al infinito; en ella dejaremos establecido con
invictas razones que hay un estado en que experimenta toda clase de
mutación aun una sustancia cualquiera que esté exenta de nexo con otras.
2)
Que dentro del universo integro ninguna sustancia es en todo semejante
a otra.
Se llama "principio de los indiscernibles"; tomado,
como se hace, en sentido latísimo dista muchísimo de ser verdad. Se
demuestra sobre todo por dos razones. La razón del primer argumento
llega a su objeto con un breve y pequeño salto, y por ello apenas si
merece mención. Las argucias son así: cosas que convengan perfectamente
en todas sus notas, y no se les conozca diferencia alguna, parecen deber
ser tomadas por uno y el mismo ser. De aquí que todas las cosas perfectamente
semejantes no sean sino uno y el mismo ser, al que se asignan diversos
lugares; lo cual, por repugnar a la sana razón, sostiénese el
que tal sentencia pugna consigo misma. Pero
¿quien hay que no advierta los afeites de las
argucias? Para la perfecta
identidad de dos cosas en todas
sus notas, o sea: determinaciones, tanto
internas como externas, se requiere identidad. De
esta omnímoda determinación,
¡quién va a exceptuar el lugar? Luego no son uno y el mismo ser cosas que, aun conviniendo en todas las
notas internas, al menos se
distingan por el lugar. Mas hemos
de discutir aquí sobre todo la demostración de
esto, falsamente aceptada, a base del principio de razón suficiente.
Afirman que nada queda de razón para que Dios pueda asignar diversos
lugares a dos sustancias si convienen perfectamente en todo lo demás
¡Qué estupidez! Me admira
el que gravísimos varones se deleitan en tales ruidos de razones.
Llama A a una sustancia; B, a la otra. Haz que A ocupe el lugar
de la B; entonces, ya que A no discrepa absolutamente de B por las notas
internas, al adquirir A el lugar de B será idéntica con B; y habrá que
llamar B a lo que antes se llamaba A. Y lo que antes se llamaba B, ahora
trasladado al lugar de A, habrá de llamarse A' Esta diferencia, pues, de caracteres denota
tan solo la diversidad de lugares. Concedo, pues ¿qué otra cosa haría
Dios, si, según
tu sentencia hubiera determinado los lugares?
Ambos casos son perfectamente idénticos. Y por tanto la
permutación fingida por ti es nula; y mi sentencia conviene perfectamente
con que para nada no hay razón alguna.
Esta ley adulterina queda enteramente refutada por la universidad
de las cosas y egregia- mente por decoro hacia la sabiduría divina.
Pues el que
los cuerpos que
se llaman "similares"
—agua, mercurio, oro, sales, etc.— convengan perfectamente en sus partes
por notas homogéneas e internas, va bien para la identidad de su uso
y función a los que están destinados; y puede verse por los efectos
el que de ellos procedan a ojos vistas
efectos siempre semejantes
sin diferencia alguna notable. Y no se puede decorosamente sospechar
el que haya alguna diversidad recóndita e inaprensible por los sentidos,
cual si Dios se reservara discernir las partes de su misma obra. Esto
sería buscar nudos en el junco.
Concedemos el que Leibniz, autor de este principio, haya siempre
advertido —en la fábrica de los cuerpos orgánicos o en la contextura
de otros, máximamente alejados de la simplicidad-
notable diversidad; y que puede rectamente presumirse en todos
los del mismo género. Y es patente
el que cuando es necesario, colaboren
muchísimas cosas, para componer algo no es posible que resulten
siempre determinaciones iguales.
Lo que aquí se repudia es solamente la universalidad metafísica
de este principio. Por lo demás no parece pueda negarse que aun en las
figuras de los cuerpos naturales se halle muchas veces identidad de
modelo. Vgr. en las cristalizaciones, ¿quién se
atrevería a sostener
el que, entre infinitos diversos
cristales, no se halle uno que
otro que reproduzca a alguno con perfecta
semejanza? |