Disertaciones Latinas de Kant

Traducción:Juan David García Bacca

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SECCIÓN TERCERA

 

EN QUE SE DECLARAN DOS PRINCIPIOS

DEL CONOCIMIENTO METAFISICO,

FERACÍSIMOS EN CONSECUENCIAS

Y PROCEDENTES DEL PRINCIPIO

DE RAZÓN DETERMINANTE

I Principio de Sucesión

II Principio de Coexistencia

I

Principio de Sucesión

     Proposición XII. Ninguna mutación puede acaecer  a las  sustancias  sino  en  cuanto  estén conexas con otras cuya dependencia recíproca determine la mutación mutua de estado. 

      De aquí que una sustancia simple esté exenta  de  todo  nexo  externo,  y  que,  dejada a  su soledad, sea de por sí absolutamente inmutable.

 

      Más aún: entretejida por nexo con otras, si tal  relación   no   se  muda,  no  puede  acaecerle tampoco mudanza de su estado interno. Luego en un mundo, falto de todo movimiento (ya que movimiento  es un fenómeno de mudanza de nexo) no se encontrará absolutamente nada de mutación en el estado mismo interno de las sustancias.

 

      De aquí que, abolido enteramente el nexo entre sustancias, desaparezcan por igual sucesión y tiempo.

Demostración

 

      Supon que exista a solas alguna sustancia simple disuelto  su  nexo con otras. Digo:  no puede acaecerle mudanza alguna de su estado interno. Por estar ya puestas con razones internas excluyentes lo opuesto las determinaciones internas que le competen a la sustancia, si quieres que le  advenga  otra  determinación  habrás  de poner otra razón, y por haber en lo interno lo opuesto a ella, y según lo supuesto, por no advenirle una razón externa, es patente que no se la podrá introducir en tal ser.

 

Lo mismo de otra manera

 

Todo lo que es puesto por una razón determinante, tiene necesariamente que ponerse simultáneamente con ella, pues es absurdo el que, puesta una razón determinante, no se ponga lo razonado. Luego, todo lo que, en algún estado de una sustancia simple, es determinante, ha de existir necesaria y simultáneamente con todo lo determinado por ello. Mas porque una mutación es sucesión de determinaciones, o sea: es donde surge alguna determinación que antes no existió, y,  por  ello,  el  ser queda determinado  a algo opuesto a lo que le compete, todo esto no puede acaecer por virtud de lo que se halla intrínsecamente en la sustancia. Luego, si acaece, necesariamente provendrá de un nexo externo a ella.

 

Aún de otra parecida manera

 

      Supon que, bajo las condiciones nombradas,  surja alguna mutación. Porque comienza a existir  lo  que  antes  no  existió,  esto  es:  cuando  la  sustancia estaba determinada contra lo opuesto, y  se supone que, fuera de lo interno, nada adviene  a la sustancia que de otra parte la determine, se  determinará ella a lo opuesto por las mismas  razones por las que ya estaba determinada, —lo que es absurdo.

 

Declaración

 

      Aunque esta verdad dependa de una cadena, tan sencilla y no falible, de razones, tan desapercibida  se les pasó a quienes dan nombre a la filosofía wolfiana, que, más bien, sostienen el que una sustancia simple está expuesta a mutaciones continuas  por  virtud del principio interno de actividad. Conozco por cierto bien sus argumentos; pero  no  menos estoy  convencido  de  cuan flojos  son.  Por  haber  dado  una  definición de fuerza  tal que  signifique  "lo  que  contiene la razón de mutaciones", cuando había que establecer más bien que "contenía la razón de determinaciones", era ya de prever que caerían en errores.

 

      Si,  pues,  alguno  está  ávido  de  saber  de dónde proceden, en definitiva, las mutaciones cuyas vicisitudes tienen lugar en el universo, —ya que no fluyen de lo interno de una sustancia, considerada solitariamente—. desearía advirtiera a lo que se sigue del nexo entre sustancias, esto es: de su mutua dependencia en las determinaciones.

 

      Por lo demás explicar aquí más larga y prolijamente el que no es posible de otra manera fuera rebasar los límites de nuestra disertación; baste con lo sostenido en nuestra demostración.

Uso

 

      1. De entre las aserciones que, ante todo, proceden de nuestro principio, está la de la existencia real de los cuerpos, —que, hasta ahora, ninguna filosofía más sana ha podido demostrar contra los idealistas, sino por la vía de la probabilidad.

 

      A  saber:  el  alma está expuesta  (por  el sentido interno) a mutaciones internas; que no pueden originarse de su naturaleza considerada solitariamente y fuera de nexo con otras; queda demostrado ser necesario el que haya muchas cosas fuera del alma en las que esté en mutua conexión.

 

      Parecidamente: por ellas resulta patente el que las alternancias de las percepciones acaecen también conforme al movimiento externo; y porque de ello se sigue que no llegaríamos a tener una representación variamente determinable de  algún cuerpo, si no estuviera presente en realidad  de verdad algo que introdujera, en su comercio  con el alma, una representación conforme a sí, se puede deducir fácilmente de esto el que se da ese  compuesto que llamamos nuestro cuerpo.

 

      2. Derruye  íntegramente  los fundamentos  de la armonía preestablecida leibniziana, no, contra lo que suele hacerse, por razones de finalidad  —que se tengan por desdorosas para Dios, y que  proporcionen  una  ayuda  inestable  frecuentemente—, sino por la imposibilidad interna de ello,  ya que de lo demostrado se sigue inmediatamente  que el alma humana, eximida de nexo real con las  cosas externas, quedaría absolutamente privada de la experiencia de mutaciones de su estado interno.

 

      3. La sentencia que  atribuye  a todos los espíritus finitos, sin excepción, un cierto cuerpo orgánico, recibe grandemente documentada certeza.

 

      4. Deduce   la  inmutabilidad  esencial  de Dios, no de una razón de conocer -que se saque de su misma naturaleza infinita—, sino de su genuino  principio:  porque, por estar el sumo numen exento absolutamente de toda dependencia, y, por estar establecidas las determinaciones que le competen sin ninguna relación exterior, se deduce evidente y superabundantemente de lo afirmado el que está libre de toda mutación de estado.

 

Escolio. Pudiera tal vez parecerle a alguien que el principio aducido es, sospechosamente, malo, porque, en virtud de un nexo indisoluble quedaría el alma ligada a la materia en el ejercicio de las funciones internas del pensamiento; lo que da la apariencia de no distar mucho de la perniciosa opinión de los materialistas.

 

      Mas no por ello eximo al alma del estado de representaciones, —aunque confiese que es inmutable y perennemente semejante a sí misma, si estuviera enteramente libre de nexo externo. La disputa que tal vez alguien intentaría entablar conmigo, la traspaso al partido de los modernos quienes, de común consenso y como por una sola boca profesan darse una religación necesaria del alma con un cierto cuerpo orgánico.

 

      Para  traer  un testigo, nombro al ilustre  Crusius; noto que sus pasos marchan con los míos en esta sentencia tanto que sostiene claramente  que el alma está astreñida a esa ley por la que el  conato en las representaciones va siempre unido  con un conato en su sustancia hacia un cierto  movimiento externo, tanto que, quitado éste por  un impedimento, quede impedido el otro.

 

      No obstante, no tiene por tan necesaria esta ley que Dios, si lo quiere, no pueda dispensar de ella.  Sin  embargo,  por  conceder  estar  el  alma astreñida  a  ella  por su naturaleza, habría de confesar también tener Dios que transcrearla.

 

II

Principio de Coexistencia

 

Proposición XIII. Las sustancias finitas no  están, por su sola existencia, en ninguna clase de relaciones, ni sostienen intercambio alguno, sino  en la medida en que las mantenga correferidas con mutuas relaciones el principio común de su  existencia, a saber: el intelecto divino.

Demostración

 

      Sustancias singulares, de las que una no sea causa de la existencia de otra, tienen existencia separada, esto es: enteramente inteligible sin todas las demás. Puesta, pues, simplemente la existencia de cada una, nada hay en cualquiera que arguya la existencia de las demás, diversas de ella.  Mas porque "relación" es una determinación respectiva, esto es: no inteligible en un ser absolutamente considerado, no pueden ser inteligibles en ésta ni la razón determinante puesta en sí por la existencia de la sustancia.

      Si, pues, fuera de ésta no adviene algo, no habría entre todas ni relación alguna ni comercio de ninguna clase. Luego, por tener cada una de las  sustancias  existencia  independiente,  no  hay lugar a un nexo mutuo; mas en una finita no cabe el que sea causa de otras sustancias; pero, no obstante esto, se hallan todas coligadas en el universo por nexos mutuos, habrá que confesar el que tal relación depende de una comunicación de una causa, a saber: Dios, que sea principio general de lo existente.

      Mas porque de aquí: de que Dios haya establecido simplemente su existencia, no se sigue relación alguna mutua entre ellas, a no ser que quien les da existencia: el esquema del entendimiento divino que concibe sus existencias como correlacionadas asegure sus relaciones, aparece evidentísimamente el que tal universal comercio de todas las cosas proviene del solo concepto de tal  idea divina.

Aclaración

 

      Que la coexistencia de las sustancias del universo no sea suficiente para establecer un nexo entre ellas, sino  que,  además, se requiera "una  cierta  comunión  de  origen  y una dependencia armónica por virtud de él, me parece haber sido  yo el primero en fundamentarlo en evidentísimas razones. Para resumir brevemente el nervio de la demostración: si la sustancia A existe, y además  existe la B, no, por esto, se puede admitir ponga  algo en A.

   

      Pues supon que B.determine en A algo, esto  es: que A contenga la razón de la determinación  C; por ser ésta un cierto predicado relativo —no  inteligible  sino  si,  además  de  B,  se  da  A, la   sustancia B por virtud de lo que sea razón de C,  supondrá la existencia de la sustancia A.

 

       Mas porque si la sustancia B existe a solas,  por su propia existencia está enteramente indeterminado el que haga de existir o no algo, así como  A, por la sola existencia de B no se puede  entender el que ponga algo en otras, diversas de  ella. De aquí que no haya ni relación alguna ni  ningún comercio.

 

      Si, pues, Dios creó además de la sustancia A  otras: B, D, E al infinito; dada su existencia no se seguirá sin más una dependencia mutua de las  mismas en sus determinaciones. Ni porque, además de A, existan también B, D, E, y esté A de  alguna manera determinada en sí misma, se seguirá  que  B, D, E  tengan en  sus existencias determinaciones conformes a A.

 

      Luego en el modo de dependencia común de Dios es necesario se halle la razón de dependencia mutua entre ellas mismas.  De qué manera se realiza, es fácil de entender: El esquema del intelecto divino, origen de las existencias, es un acto perdurable (llámaselo conservación) en el cual, si las sustancias han sido concebidas por Dios cada una a solas de otra y sin  relación en sus determinaciones, no surgirá entre ellas nexo alguno ni referencia mutua alguna; mas si, en su inteligencia, están ya concebidas como relacionadas, las determinaciones se correlacionarán, esto es: obran y reobran, después siempre y entre sí, durante la continuación de la  existencia, de manera conforme a tal idea; hay un estado interno de cada una. Si prescindes de este  principio,  tal  estado  no  existiría,  por la  sola existencia de ellas.

 

Uso

      1. Porque  lugar,  sitio,  espacio  son  relaciones entre sustancias por las que cada una se correlaciona con otras realmente distintas de ella con determinaciones mutuas, y, por esta razón, están retenidas por un nexo externo; porque es patente por lo demostrado el que la sola existencia de las sustancias no envuelve, de suyo, un nexo de una con otra; es patente que, si admites existir muchas sustancias, no por ello quedan a la vez determinados lugar y sitio, y el espacio que se compone de todas estas relaciones y sus modos.

 

      Mas porque el nexo mutuo de las sustancias requiere  una  delineación  concebida  relacionalmente en una representación eficaz del intelecto divino; mas tal representación está enteramente al arbitrio de Dios, —así que, según su beneplácito puede admitirla- u omitirla—, se sigue que las sustancias pueden existir según la ley de que no estén en ningún lugar,  y en ninguna relación respecto de las cosas de nuestro universo.

 

      2. Porque  tales sustancias,  independientes de nexo respecto de nuestro universo, pueden ser muchas, al arbitrio de Dios, y, sin .embargo, están unidas entre sí por algún nexo de determinaciones, haciendo por ello lugar, sitio y espacio, compondrán un mundo exento, esto es: solitario respecto del mundo del que somos partes. Y por esta razón no es absurdo el que pueda haber, aun en sentido metafísico, muchos mundos, si a Dios le place.

 

      3. Por  ser,  pues  la  simple  existencia  de  sustancias llanamente insuficiente para establecer un comercio mutuo y relaciones entre determinaciones, y, por ello, arguye a una causa común a todas para un nexo externo, —causa en la que  este su existencia relacionadamente  informada—,  y sin tal comunión con el principio no se pueda  concebir un nexo universal, sácase de aquí un  testimonio evidentísimo en favor de una causa  suprema de todas las cosas, esto es: de Dios, y de  uno solo ciertamente; testimonio que, según mi  opinión,  paréceme muy más excelente  que la  demostración por la contingencia.

 

      4. Además: la insensata opinión de los maniqueos quienes ponían presidir en el imperio del mundo dos principios parigualmente primeros y  no dependientes entre sí, queda derruida enteramente por nuestro principio, porque una sustancia no puede mantener comercio alguno con las cosas de un universo si no es o causa común de  ellas  o  con  ellas haya procedido  de  la  misma  causa.

 

      Si, pues,  dijeres que uno de esos dos principios es la causa de todas las sustancias, el otro no podrá ya determinar en modo alguno nada en  las mismas. Si uno de los dos es causa al menos  de alguna, éstas no pueden tener comercio alguno  con las demás.

 

       O  habrás de  afirmar  que uno de estos principios depende del otro,  o ambos de una causa común, lo que va igualmente contra la hipótesis.

 

      5. Ahora bien:  cuando las determinaciones de las sustancias se correlacionan mutuamente, esto es: obran entre sí sustancias diversas (ya que una determina en algo a otra), la noción de espacio se reduce a las acciones complicadas de las sustancias,  con  las  cuales necesariamente va junta siempre una reacción. El nombre de tal universal acción y reacción por todo el ámbito del espacio dentro del cual se correlacionan los cuerpos, en el caso de que el fenómeno externo consista  en  su mutuo  acercamiento, es el de  atracción que, por verificarse por la sola compresencia,  llega  a  cualesquiera  distancias,  y  es la atracción newtoniana, o sea: la  gravitación universal,  que  es probable resulte  de  ese  mismo  nexo entre las sustancias que determinan el espacio; de aquí que sea una ley natural sumamente primitiva a la que está sujeta la materia, y que dura tan sólo por virtud de Dios su inmediato fundador; tal es la sentencia de quienes profesan ser seguidores de Newton.

 

      6. Habiendo entre todas las sustancias, por contenerse en el mismo espacio, un mutuo comercio, —de ahí la dependencia mutua en las determinaciones—, resulta inteligible la acción universal de los espíritus en los cuerpos, y de los cuerpos en los espíritus.

 

      Mas porque una sustancia cualquiera no tiene  poder,  por lo que de interior posee, de determinar  a  otras  diferentes  de ellas (queda demostrado) sino tan sólo por virtud de ese nexo que las religa en la idea del ser infinito, todas las mutaciones y determinaciones que en cualquiera de ellas se hallara se refieren siempre a algo externo; mas el influjo físico, propiamente dicho, queda excluido, y resulta la armonía universal de  las cosas.

 

      Mas no resulta de ello aquella preestablecida  leibniziana que aporta propiamente un consenso y no introduce una dependencia mutua entre las  sustancias. Ni se sirve Dios de medios artificiosos adaptados a la serie de razones concertadas para  realizar tal conspiración; ni, por cierto, un especial y  continuo  influjo de Dios, esto es:  no se  defiende aquí un comercio entre las sustancias  mediante las causas ocasionales de Malebranche;  porque la misma acción individual que hace y  conserva existentes a las sustancias, esa misma realiza  su  mutua  y  universal  dependencia,  de modo que no le sea preciso a la acción divina determinarse de una manera u otra según las circunstancias; sino que se ha hecho ya una real acción  de  las  sustancias  entre  sí,  o sea: un comercio por causas eficientes verdaderamente, porque el mismo principio que estableció la existencia de las cosas, ese mismo las presenta religadas por esta ley; de aquí que por las mismas determinaciones que desde su origen están adheridas a su existencia, quede establecido su mutuo comercio. Por lo cual, y con igual derecho, puede decirse  que,  de  este  modo,  se  produzcan  las mutaciones externas por virtud de causas eficientes;  con ese mismo derecho por el que las que pasan en el interior se las adscriben a la fuerza de la  sustancia  interna,  aunque  tanto  esta natural eficacia no  menos  que  la base aquella de sus relaciones externas se asienten en la sustentación divina.

 

      Mientras tanto, aquel sistema del comercio universal de 'las sustancias, así reformado, resulta ciertamente algo más ajustado que el vulgarizado influjo físico, por declarar el origen mismo del mutuo nexo entre las cosas, origen al que se debe buscar un principio de las distancias consideradas, solitario  y fuera de ellas,  punto en que aquel sistema trillado de las causas eficientes se apartó grandísimamente de la verdad.

 

Escolio. He aquí, pues, benévolo lector, los dos principios de una más recóndita metafísica,

con auxilio de los cuales es lícito mandar en región, no despreciable, de verdades.

  

      Si, de esta manera, se cultiva diligentemente tal  ciencia  no  parecerá tan  estéril  su  suelo  ni recaerá sobre ella ese oprobio de sutileza, ociosa y umbrátil, que le achacan sus menospreciadores, sino quedará refutado por la rica mies de más noble conocimiento.

 

      Hay, ciertamente, quienes, cazadores pertinaces de malas conciencias en los escritos, son doctos en sacar siempre de las sentencias de los  demás algún virus.

 

      No voy a negar el que tal vez en los  nuestros no puedan torcer algo en el peor sentido; no obstante creo que es de mi deber dejarles  que abunden en su sentido; no porque no sea tal vez licito juzgar mal de algo; cuidarse solamente de proseguir por el camino recto de investigación y doctrina, empeño en el cual ruego me favorezcan, cuanto lo permita el rigor, todo los de buena voluntad para con los escritos sinceros.