NOTAS
1) El texto latino De mundo sensibilices taquee inteligibles
forma te principias (1770), base de esta traducción, es el fijado por la
Real Academia de Berlín en Knaves Were, Band II, 1912; pp. 387-419.
2) El texto latino Principiorum
primorum metaphyscae "Nova Dilucidatio" (1755), base de esta
traducción, es el fijado por la Real Academia de Berlín en Kanfs Werke, Band 1, 1910, pp. 387-416. La Comisión encargada de la edición de las obras de Kant por la
Real Academia estuvo presidida por
Wilheim Dilthey.
Traductor: Juan David García
Bacca.
U.C.V.
NOTAS
A la obra Forma y principios del mundo sensible e inteligible.
I. 1) Notas de Erich Adickes (E.A.), editor de esta obra. (Se hallan en
las páginas 511-514, de la edición y volumen citados). (Se toman aquí las más
importantes).
"Introducción
"Después de larga
enfermedad murió el 15 de marzo de 1770 el profesor ordinario de Matemática de
la universidad de Kónigsberg,
el predicador de la
corte suprema: Langhansen. Mediante un cambio de plazas, propuesto por
el mismo Kant, se le encomendó, por orden del Gabinete, del 31 de marzo de
1770, la cátedra de profesor ordinario de Lógica y Metafísica (K.W. ed. cit. X 86-96). Ya el 15 de diciembre de 1769 contaba Kant con una vacance (X-79) tal vez próxima; tenía ya
sin duda ante la vista la muerte de Langhansen.
"Es, no obstante,
improbable el que ya estuviera elaborando su Disertación cuya defensa pública
tenía que hacer, según lo prescrito, al entrar en su nuevo puesto. "Justamente en los años 1769-1770, como
consta por los manuscritos póstumos, sus pensamientos estaban aún en fase de
gran fluidez; lo más probable es que haya elaborado la disertación lo más
pronto en los meses de abril-agosto de 1770.
Se imprimió en Kónigsberg y
la remitió al exterior el librero Kanter un poco tarde y en pequeño número sin
anunciarla en el catálogo de venta. (X, 118)... (E.A.)".
SECCIÓN PRIMERA
DE LA NOCIÓN DE MUNDO EN
GENERAL
§ 1
A la manera como en el compuesto sustancial el análisis no se
termina sino en una parte que ya no es Todo, esto es: en algo simple; parecidamente la síntesis no se
termina sino en un Todo que ya no es parte, esto es: en Mundo.
En la exposición del concepto a estudiar, además de las notas
que pertenecen al conocimiento distinto del objeto, atendí algún tanto a
la génesis doble
del mismo, por virtud de la naturaleza de la mente, lo cual, por poder servir, para
ejemplo del método para comprender más perfectamente lo metafísico, me parece
no poco digno de recomendación.
Porque una cosa es, dadas las partes, concebir la composición del Todo, mediante una
noción abstracta del entendimiento; y otra, tratar
tal noción general, cual si fuera
un problema de la razón, mediante la facultad sensitiva de conocer, esto
es: representársela en concreto
en un intuito distinto. Lo primero se hace mediante el concepto de composición en general, en cuanto se
contienen bajo él muchas cosas (en sus respectos mutuos), y, por tanto,
mediante ideas del entendimiento y
universales; lo otro se
apoya en condiciones del tiempo, en cuanto, añadiendo sucesivamente partes a
partes, el concepto de "compuesto" resulta posible genéticamente,
esto es: mediante síntesis, y pertenece a las leyes del intuito. Parecidamente, dado el compuesto sustancial, se
llega fácilmente a
la idea de
simples, descartando en toda su
generalidad la noción intelectual de composición;
pues lo que queda, al descartar toda unión, son tos simples. Empero, según las leyes del conocimiento intuitivo, no se
llega a eso, es decir: no se elimina toda composición, sino retrocediendo del
Todo dado a tantas partes cuantas sean
posibles, esto es: mediante análisis, que, a su vez, se basa en la condición
de tiempo. Mas porque para compuesto se
requiere multitud de partes, empero para Todo
se requiere omnitud, ni análisis ni
síntesis serán completos —y, por esto, ni por el primero surgirá el concepto de
simple, ni por la segunda el concepto
de Todo—
a no ser que ambos puedan terminarse
en un tiempo finito y señalable.
* A las
palabras análisis y síntesis suele darse doble significado, a
saber: la síntesis
es o cualitativa, progreso en la serie de subordinados según razón a
lo razonado; o cuantitativa,
progreso en la serie de los
coordinados, partiendo de
la parte dada,
y mediante sus complementos, al Todo. Parecidamente, análisis,
tomado en el
primer sentido, es
un regreso de lo racionalizado a la razón. Mas en el
segundo significado es regreso del todo a
sus partes posibles, a saber:
mediatas, esto es:
partes de partes. Así que no es
división, sino subdivisión del compuesto dado. Aquí tomamos análisis y
síntesis en el segundo significado solamente
Empero porque en un continuo delimitado el regreso
desde el Todo a las partes dables
mas en un continuo infinito el progreso desde las partes
al Todo dado carece de término
y por esto es imposible, por una
parte, que el análisis y, por otra, que
la síntesis sean completos, no es posible concebir, en el primer caso, al Todo
según las leyes de la intuición en cuanto a composición
y, en el segundo, concebir
completamente al compuesto en
cuanto totalidad.
De donde claramente resulta el que por ser para e vulgo
iguales las significaciones de irrepresentable
e imposible, tanto el concepto de continuo como el de infinito sean rechazados por muchísimos, porque lo que sea
irrepresentable según las leyes del conocimiento intuitivo es
sencillamente imposible.*
Los que rechazan el infinito matemático actual no se toman
un trabajo demasiado pesado, pues fingen una definición tal de infinito de
que-puedan sacar alguna contradicción.
Para ellos infinito es cuánto que sea imposible hacerse mayor;
y el infinito matemático es una multitud (de unidad doble) otra mayor que la
cual es imposible. Pero porque aquí en lugar de infinito ponen lo máximo,
mas una multitud máxima es imposible, concluyen fácilmente contra
un infinito que
ellos mismos se han
fingido. - O bien
llaman multitud infinita número infinito
y sostienen que es un absurdo, lo que
está ciertamen te patente, pero con lo cual no se hace sino luchar con sombras
de ingenio.
Empero si concibieran el infinito matemático o cuantitativo
que, referido a la unidad cual medida es
multitud mayor que todo número; si sobre todo, notaran que mensurabilidad denota aquí tan solo mera
relación respecto al módulo del entendimiento humano, por la cual solamente
añadiendo de manera sucesiva unidad a unidad, puede llegar al concepto definido de multitud; y,
realizando tal progreso en tiempo finito llegan a ese completo que se llama numero, hubieran suficientemente visto que lo
que no consuena con cierta ley de un determinado sujeto no por ello excede a toda intelección, ya
que pudiera darse un entendimiento que viera distintamente —con un golpe de
vista y sin aplicación sucesiva de la medida— una multitud aunque tal
entendimiento no sea, ciertamente el humano.
Mas aunque no defienda la
causa de tales nociones, rechazadas por no pocas escuelas, sin embargo es
sumamente importante advertir que caen en gravísimo error los que de tan mala
manera de argumentar se sirven. Porque todo lo que repugna a las leyes del entendimiento y razón, es, sin duda,
imposible. Mas no es asi respecto de Jo que, por ser objeto de la razón
pura, no esté simplemente no sujeto a
las leyes del conocimiento intuitivo. Porque esta disensión entre la
facultad sensitiva e intelectual
(cuya índole expondré pronto) no indica sino que las ideas que la mente tiene recibidas del entendimiento en
forma de ideas abstractas no puede
muchas veces realizarlas en un concreto y transformarlas en intuición.
Empero a esta impotencia subjetiva
se la contunde casi siempre con
repugnancia objetiva y engaña fácilmente a los incautos, tomando los
límites que circunscriben a la mente humana por los que contienen a la esencia misma de las cosas.
Por lo demás, que en los compuestos sustanciales, dados por
el testimonio de los sentidos o de
cualquier otra manera se den tanto simples
como mundo, es fácil de ver
patentemente con un argumento tomado de razones del entendimiento: en la
definición nuestra mostré y señalé causas contenidas en la índole del sujeto a
fin de que la noción de mundo no parezca meramente arbitraria y, como se hace
en matemáticas, se la haya inventado únicamente para deducir consecuencias.
Porque la mente, puesta tanto a resolver como a componer el concepto de
compuesto exige y presupone términos en los que descanse tanto a priori como a posteriori.
§ 2
En la definición de mundo se ha de tender a los siguientes componentes
I. Materia (en
sentido transcendental), estos:
atender a las partes, que aquí
se supone son sustancias. Podríamos prescindir enteramente de la
conveniencia de nuestra definición con el significado común de la palabra, ya
que no se trata sino del planteamiento de un problema surgido según las leyes
de la razón, a saber: si muchas sustancias pueden componerse en uno, y con qué
condiciones básicas para que tal uno no sea ya parte de otro.
Y nos acude aquí sin más la palabra "Mundo", con la
fuerza corriente del uso vulgar. Porque nadie atribuirá al mundo, cual partes suyas,
los accidentes. Por
lo cual estatuí
que fueran como determinaciones. De aquí que el mundo, así llamado, egoístico, —que se resume en una
sustancia simple con sus accidentes—, llámase —de manera poco apropiada— mundo,
a no ser imaginario. Por la
misma causa no se puede atribuir a un Todo mundano, cual
parte suya, la serie de lo sucesivo (a saber: la de los estados); ya que las
modificaciones no son partes del sujeto, sino razonados.
Finalmente, no traje aquí a colación, respecto de la naturaleza de las sustancias que constituyen
el mundo, lo de si son contingentes o
necesarias; ni escondo arbitrariamente tal determinación en la definición
para, más tarde, sacarla a luz mediante alguna razón especiosa y argucia, sino
que más adelante se declarará que la contingencia puede concluirse sobradamente
de las condiciones aquí puestas.
Forma, que
consiste en la coordinación de
las sustancias, no en su subordinación.
Coordenadas, se
relacionan mutuamente como complemento y Todo; subordinadas, cual causado y causa, o generalmente, como
principio y principiado. La primera
relación es recíproca y homónima, de modo que cualquier
correlato mira a otro como determinante
y a la vez determina do; la posterior es heterónima,
o sea: de una parte la relación es
de dependencia; de la otra, de
causalidad. Esta coordinación ha
de concebirse como real; y objetiva; no, como ideal y basada en el
mero arbitrio del
sujeto; que, de
ser así, sumando arbitrariamente una multitud
cualquiera, fabricarías un Todo. Por sólo, pues, abarcar muchas cosas no haces, en modo alguno, un todo de representación; y menos, por tanto, una
representación de Todo. Por lo cual, si se dieran algunos Todos de sustancias, mas no unidas por
vínculo alguno entre sí, ese conjunto
de ellas por el que la mente reduce una
multitud a unidad ideal nodina gran cosa más que "pluralidad de mundos
comprehendidos por un pensamiento".
Empero al nexo constitutivo de la forma esencial de Mundo se lo considera como principio de influjo posible entre las sustancias que
constituyen Mundo, pues los influjos actuales no pertenecen a la esencia, sino
al estado; y las fuerzas mismas transitivas —las causas de influjo— suponen
algún principio por el que resulte posible el estado en que muchos, por lo demás
independientes sustancialmente, se refieran mutuamente como razonados. Si de
tal principio te apartas, no se podrá suponer, como posible, una fuerza
transitiva en el mundo. Y por ser esta forma,
esencial a mundo, es inmutable, y
no expuesta a ninguna vicisitud. Y esto, primeramente, por razón lógica, porque cualquier clase de mutación presupone la identidad del sujeto, mientras se suceden
entre sí las determinaciones. De aquí
que Mundo, permaneciendo el mismo a través de todos sus sucesivos estados, defienda esa forma fundamental,
porque para la identidad de un todo no
basta la identidad de las partes, sino se requiere identidad de la composición característica.
Todavía muchísimo más se sigue esto por una razón
real: Porque la naturaleza de Mundo,
que es principio primero interno de cualesquiera determinaciones variables pertenecientes a
su estado, por no poder ser ella opuesta a sí misma, resulta ser
naturalmente —esto es:
de por sí misma— inmutable; y por tanto se da en cualquier Mundo una
cierta forma —apropiada a su naturaleza— constante, invariable, cual principio
perenne de cualquier forma contingente y transitoria que pertenezca al estado
de Mundo.
Quienes tienen por superflua esta disquisición, se
pierden los conceptos de espacio y tiempo, en cuanto condiciones dadas ya y
primitivas de suyo, con cuyo auxilio, sin ningún otro principio, no solamente
es posible, sino aun necesario, el que muchas cosas actuales se comporten cual
compartes y constituyan un Todo. Mas
pronto enseñaré que tales nociones no son racionales
ni ideas objetivas de algún nexo,
sino fenómenos, testimonio
seguramente de haber un principio común de nexo universal, —aunque no lo
expongan.
III. Universitas, que es omnitud absoluta de las compartes. Porque, en relación a un compuesto dado,
aunque sea todavía parte de otra cosa, sin
embargo, hay siempre
una cierta omnitud comparativa,
a saber: la de las partes pertenecientes
a tal Todo. Mas aquí todo lo que se da mutuamente como compartes respecto de cualquier
Todo, se lo concibe cual conjuntamente puesto. Aunque esta totalidad absoluta parezca presentar el
aspecto de concepto cotidiano, y casi obvio —sobre todo cuando se lo enuncia
negativamente, como se hace con la definición— sin embargo, ponderada más
justamente, parece clavar en cruz al filósofo.
Porque, sucediéndose eternamente
los estados del mismo, difícilmente puede concebirse cómo una serie, jamás
cerrable, y que comprenda absolutamente todas las vicisitudes, pueda dar por
resultado un Todo, ya que por su infinidad es necesario que carezca de término; y, por tanto, no se dé una
serie de sucesos que no sea ya parte de otra, de modo que por esta misma causa
parece quedar enteramente desterrada una completud omnímoda, o sea: una totalidad absoluta. Porque, aunque la
noción de parte pueda tomarse universalmente, y todas las cosas bajo tal
noción contenidas, consideradas cual
puestas en la misma serie, constituyan
algo uno, sin embargo parece requerirse el que a todas ellas haya que tomarlas a la una mediante el
concepto de Todo, —lo que en tal caso es imposible. Porque no
siguiendo algo a toda la serie, al
poner la serie de lo sucesivo, no hay ya algo a lo que nada siga sino lo
último; así que habrá en la eternidad un último, lo que es absurdo.
La dificultad apremiante en el caso de la totalidad de un
infinito sucesivo, tal vez se creería no hallarse en el infinito simultáneo, precisamente porque simultaneidad parece declarar expresamente conjunción de todos en el mismo tiempo.
Mas si se admite el infinito simultáneo hay que conceder
también la totalidad del infinito sucesivo; y, negada ésta, destruyese la otra.
Porque el infinito simultáneo ofrece a la eternidad materia inagotable para
proceder sucesivamente al infinito
a través de innumerables partes
suyas, —serie que, perfecta en acto de todas maneras, se hallaría en el
infinito simultáneo, y por esto, una serie que, por adición sucesiva no pueda
agotarse, resultaría, no obstante, dable como toda.
Quien de esta espinosa
cuestión quiera escabullirse note: que, por fundarse tanto la coordinación sucesiva
como la simultánea de muchos
sobre conceptos dé tiempo, no pertenecen al concepto intelectual de Todo, sino solamente a
las condiciones de la
intuición sensible; y, por esto, aunque no sean sensitivamente
conceptibles, sin embargo no cesan de
ser intelectuales. Para este concepto basta con que se dé el que todas las
cosas estén coordinadas de una manera cualquiera y que a todas se las conciba
como pertenecientes a uno.
SECCIÓN SEGUNDA
DIFERENCIA ENTRE
SENSIBLE E INTELIGIBLE, EN GENERAL
Sensibilidad es receptibilidad de un sujeto, por la cual le es posible el que su
estado representativo sea afectado
de alguna manera
por la presencia de algún
objeto.
Inteligencia
(racionalidad) es facultad de un
sujeto por la cual puede representar lo que, por su calidad, no puede entrar en
sus sentidos. El objeto de la sensibilidad es lo sensible; mas el objeto que
contenga solamente lo que se haya de conocer por la inteligencia, es lo
inteligible. A lo primero se llamaba antes en las escuelas fenómeno; a lo segundo, número.
El conocimiento, en cuanto sujeto a las leyes de la sensibilidad, es sensitivo;
el sujeto a las leyes de la inteligencia, es intelectual, o sea: racional.
Dependiendo, pues, todo lo
que haya de sensitivo en cualquier conocimiento de la especial índole del
sujeto —en cuanto que es capaz de una u otra modificación por la presencia del
objeto, capacidad variable que, en diversos sujetos, puede ser diversa,
mas cuando un conocimiento esté exento de tal condición
subjetiva no se refiere sino al objeto— es patente que lo sensitivamente
conocido es representación de las cosas como aparecen; mas lo intelectualmente conocido, lo es de ellos tal cual son. Mas en la representación
del sentido hay, primero, algo que llamarías materia, a saber: sensación;
además, algo que podría denominarse forma,
a saber: la especie de lo sensible
que delata la manera cómo las variadas cosas que afectan a los sentidos son
coordinadas por una cierta ley natural del ánima.
Pues bien: a la manera como la sensación, que constituye la materia de la representación sensitiva,
es argumento, por cierto, de la presencia de algo sensible, aunque, en cuanto a
la calidad dependa de la naturaleza del sujeto, en cuanto modificable por tal
objeto, así también la forma de esa representación da testimonio de la forma de un cierto respecto o relación
de los sentientes; mas propiamente no es silueta o esquema alguno del objeto,
sino una cierta ley ínsita en la mente por la que coordina para sí misma lo
sentido, con ocasión de la presencia del objeto. Porque los objetos no hieren
los sentidos por su forma o especie; así que, para que las variedades en los
objetos que afectan al sentido se unifiquen en un cierto Todo, hace falta un
principio interno de la mente por el que tales variedades adquieran especie, según leyes estables e innatas.
Así que al conocimiento sensitivo pertenecen tanto la
materia, que es la sensación —y por la
cual los conocimientos se llaman sensibles—, como la forma por la cual
—aun cuando se halle sin ninguna sensación—
las representaciones se denominan
sensitivas.
Respecto de la otra parte: lo intelectual, hay que notar ante todo y bien que el uso del
intelecto o facultad del alma superior es doble: por el primero se le dan los conceptos mismos de las cosas
o de las relaciones; tal es el uso real.
Por el posterior, empero,
los conceptos dados,
sea como fuere, se subordinan
solamente entre sí, a saber: los inferiores a los superiores (por las notas
comunes) y se correlacionan unos con otros según el principio de contradicción.
Tal uso llámase lógico.
Tal uso lógico del intelecto es común a todas las" ciencias; mas no lo es
el real. Porque un conocimiento, dado sea de la manera que fuere, se lo considera o bien como contenido bajo una
nota común a muchos o como opuesto a otro, y esto inmediata y próximamente,
como sucede en los juicios para un
conocimiento distinto, o mediatamente como en los raciocinios para un conocimiento adecuado.
Dados, pues, conocimientos
sensitivos, se los subordina sensitivamente —por medio del uso lógico del
intelecto— a otros sensitivos, cual a conceptos más comunes; y los fenómenos, a
leyes más generales de fenómenos.
Empero es máximamente
importante aquí haber notado que se han de tener por sensitivos los
conocimientos siempre que se los trate con el uso lógico del intelecto, porque
se llaman sensitivos por su génesis;
mas no por su referencia a identidad
u oposición. De aquí que no sean en nada menos sensibles las leyes empíricas
generalísimas; y que las formas sensitivas que se hallan en geometría, los
principios (relaciones determinadas dentro de un espacio), —aun cuando el
intelecto verse sobre ellos,
argumentando a partir de lo sensiblemente dado (mediante intuito puro) según
las leyes lógicas— no se salgan, a pesar de todo, de la clase de lo sensible.
Empero en lo sensible y fenómeno lo que antecede al
uso lógico del intelecto se llama apariencias; mas
el conocimiento reflexivo que
proviene de la comparación intelectual de muchas apariencias se denomina experiencia. Así que no hay camino desde
apariencia a experiencia sino mediante la reflexión según el uso lógico del
intelecto. Los conceptos comunes de la experiencia se denominan empíricos; y los objetos, fenómenos; mas las leyes, tanto de la
experiencia como en general de todo conocimiento sensitivo, se llaman leyes de
fenómenos. Así que los conceptos empíricos
no se hacen, por sólo llevarlos a mayor universalidad, intelectuales en
sentido real, y no se salen de la
especie de conocimiento sensitivo; sino que, por mucho que asciendan en
abstracción, permanecen indefinidamente sensitivos.
En cuanto a lo atinente a lo
estrictamente intelectual, donde
el uso del intelecto es real tales
conceptos: tanto los de objetos como los de relaciones son dados por la
naturaleza misma del intelecto, no se los abstrae por uso alguno de los
sentidos, ni contienen forma alguna de conocimiento sensitivo,
propiamente tal. Mas es necesario
aquí notar la
máxima ambigüedad de
la palabra abstracto. A fin de
que no manche nuestra disquisición sobre lo intelectual, creo débesela limpiar
antes cuidadosamente. A saber: habría de decirse propiamente "abstraer de algo"; no, abstraer algo. Lo primero indica que en cierto concepto no atentamos contra
otras cosas que de una manera u otra tengan nexo con él; lo segundo indica que
no existe sino en un concreto, y así no existe si no se lo separa de lo unido
en él. De aquí que un concepto intelectual abstrae
de todo lo sensible; mas no es
abstraído de lo sensible; y tal vez más correctamente se lo llamaría abstrayente que abstracto.
Por lo cual es más
aconsejable llamar ideas puras a los
conceptos intelectuales; mas a los conceptos que están dados tan sólo
empíricamente, denominarlos abstractos. Por
lo cual se ve que se expone malamente lo de sensitivo por lo de conocido confusamente; mas lo intelectual, por
aquello cuyo conocimiento sea distinto;
porque tales diferencias son puramente lógicas y sencillamente no tocan lo dado que hace de base a toda
comparación lógica: que lo sensitivo puede ser grandemente distinto; y lo
intelectual, máximamente confuso.
Notamos primeramente en ese prototipo de conocimiento
sensitivo que es la geometría; y
después, en el órgano de todo lo intelectual que es la metafísica, cuánto se trabaje en ésta para disipar las nieblas de
confusión que ofuscan al intelecto
común; aunque está patente que no siempre el
resultado sea aquí tan feliz como en el primer caso.
No obstante cada uno de estos conocimientos defiende
el signo distintivo
de su propio origen; que los primeros, por muy distintos que sean,
llámanse por su origen sensitivos; los posteriores, aun confusos, permanecen
intelectuales, cuales son, vgr., los conceptos morales, que no son conocidos por experiencia, sino por el mismo
intelecto puro.
Mas temo que el ilustre Wolff, por haber hecho puramente
lógica la diferencia entre lo sensitivo y lo intelectivo —instituida por la
antigüedad para hablar de la índole
de fenómenos y noúmenos— no la haya abolido, con gran detrimento de la filosofía,
y haya desviado los ánimos de tal indagación hacia casi siempre minucias
lógicas.
Metafísica
es filosofía primaria que
contiene los principios del uso del intelecto
puro. Mas es ciencia propedéutica para quien enseñe la
diferencia entre conocimiento sensitivo e intelectual; de lo cual exhibimos un
espécimen en esta nuestra disertación.
Por no hallarse, pues, en metafísica principios empíricos,
obviamente no hay que buscar sus conceptos en los sentidos, sino en la
naturaleza misma del intelecto puro; no como conceptos connatos,
sino abstraídos de las leyes ínsitas en la mente (atendiendo a sus acciones con
ocasión de la experiencia); por
tanto, adquiridos. De
este genero son posibilidad, existencia, necesidad, sustancia, causa,
etc., con sus opuestos o correlatos-
que, no entrando jamás cual
partes en representación alguna sensible, no hay manera de abstraerlos de ella.
El fin de
lo intelectual es, sobre
todo, doble: el primero el elénctico,
por el cual lo intelectual aprovecha de manera negativa, a saber: cuando concebidas sensiblemente apartan de
lo nouménico; y aunque no aporten a la ciencia gran cosa, sin embargo la hacen
inmune al contagio del error.
El posterior es el dogmático,
según el cual los principios generales del entendimiento puro —tales como los
exhiben la ontología o la psicología racional— resultan ser algo ejemplar, a
concebir solamente por el entendimiento puro, y medida común de todas las demás
cosas en cuanto a realidad, —lo que es la Perfección
noúmena.
Esta lo es o en sentido teórico o práctico. Consideramos algo
teóricamente en cuanto no atendemos sino a lo que conviene a un ente; mas
prácticamente, si remiramos lo que debería tener por obra de la libertad. En el
primero está el ser sumo, Dios; en el
posterior, la Perfección moral. Así
que la filosofía moral, en cuanto
proporciona los principios primeros
de enjuiciar, no es conocida sino por
el entendimiento puro, y pertenece a la filosofía pura; y quien, como Epicuro,
extendió sus criterios al sentido de placer y tedio, es justísimamente
reprendido, junto con algunos de los modernos que de lejos y de alguna manera
le han seguido, cual Shaffesbury y secuaces.
Ahora bien: en cualquier género de cosas cuya cantidad sea
variable, lo máximo es medida común y
principio de conocer. Lo máximo en
perfección se llama, hoy en día, "ideal"; para Platón, "idea" (cual la idea de la República misma); y es principio
de todo lo contenido bajo cualquiera noción de general de perfección, en cuanto
se crea que los grados menores no puedan ser determinados sino limitando
"lo máximo".
Empero Dios, por ser, en cuanto ideal de perfección, principio de conocer; en cuanto
real mente existente es, a la vez, principio de hacimiento de toda perfección
absolutamente.
§ 10
No hay en el hombre intuito
de lo intelectual, sino tan sólo se da conocimiento
simbólico. Nos es posible la intelección únicamente mediante conceptos
universales en abstracto, mas no por un concepto singular en concreto. Ya que
todo nuestro intuito está, en principio, restringido por una cierta forma,
únicamente bajo la cual la mente puede aprehender
algo de manera inmediata, es decir: algo en cuanto singular, y no sólo concebirlo discursivamente mediante conceptos
generales.
Empero tal principio formal de nuestro intuito (espacio y
tiempo) es condición bajo la cual algo puede llegar a ser objeto de nuestros
sentidos; y por ello: por ser condición de conocimiento sensitivo, no es medio
para un intuito intelectual.
Además: toda la materia de nuestro conocimiento no nos es
dada sino por los sentidos; pero el
noúmeno, en cuanto tal, no ha de
ser concebido mediante representaciones sacadas de las sensaciones; y
por ello el concepto
inteligible, en cuanto tal, está
privado de todos los datos del
intuito humano; ya que el
intuito de nuestra mente es siempre pasivo y por ello, es solamente
posible en la medida en que algo pueda afectar a nuestros sentidos. Empero el
intuito divino, que es principio de los
objetos, —y no algo principiado, por ser independiente— es un arquetipo, y, por esto, algo perfectamente intelectual.
§ 11
Aunque, pues, los fenómenos sean propiamente aspectos de las
cosas y no ideas, ni expresen las cualidades absolutas de los objetos, a pesar
de todo esto el conocimiento de ellos es verísimo. Pues, primero, en cuanto
sensibles son conceptos, o sea aprehensiones que, en cuanto causadas, dan
testimonio de la presencia del objeto, lo que va contra el idealismo; mas si
consideras los juicios acerca de
lo sensiblemente conocido, —puesto que la verdad del juicio
consiste en la concordancia del predicado con el sujeto dado, mas el concepto
de sujeto, en cuanto fenómeno no se da sino por relación a la facultad
sensitiva de conocer y según ella se
dan también los predicados sensiblemente observables— es patente que las
representaciones de sujeto y predicado se hacen según las leyes comunes y por
tanto dan pie para un conocimiento verísimo.
§ 12
Todo lo que como objeto se refiere a nuestros sentidos, es
fenómeno; mas lo que no toque a los sentidos, pero tenga tan sólo la forma
peculiar de la sensibilidad, pertenece al intuito puro (esto es: vacío de sensaciones, pero no por ello
intelectual). Los fenómenos se
recuentan y exponen, primero los del sentido externo, en Física;
después los del sentido interno, en Psicología
empírica. Mas el intuito puro (humano) no es
concepto universal o lógico bajo
el cual, sino singular, en
que se piensan
cualesquiera cosas sensibles;
y por ello contiene los conceptos de espacio y tiempo, que, por no
determinar nada de sensible en cuanto a cualidad,
no son objetos de ciencia sino en cuanto a cantidad.
De aquí viene el que la Matemática
pura considere el espacio en
Geometría; el tiempo, en Mecánica pura. Añádese a éstos un cierto
concepto —en sí y de suyo intelectual; aunque su actuación en
concreto exija la
ayuda de las nociones de espacio y tiempo (añadiendo sucesivamente
muchas cosas y yuxtaponiéndolas)— que es
el concepto de número,
del que trata
la Aritmética. Así
que la matemática pura, por exponer la forma de todo nuestro
conocimiento sensible, es órgano
de cualquier conocimiento intuitivo y distinto. Y porque
sus objetos mismos son no tan sólo principios formales de todo. intuito, sino
lo son, ellos
mismos, de intuito
originario, proporcionan un
conocimiento verdaderísimo, a la vez que ejemplar de suma evidencia en otros
casos.
Se da, por tanto,
ciencia de lo sensible, aunque, por ser fenómenos, no se dé de ellos intelección
real, sino solamente lógica; por esto queda patente en qué sentido, sacado de
la escuela eleática, ha de juzgarse el
negar haya ciencia de los fenómenos.
SECCIÓN TERCERA
DE LOS PRINCIPIOS DE LA
FORMA
DEL MUNDO SENSIBLE
§ 13
Principio de la forma de universo es el que contenga un nexo
universal por el que todas las sustancias y sus estados pertenezcan a ese mismo
Todo que se llama Mundo. Principio de
la forma de mundo sensible es el que
contenga la razón de nexo universal de
'todas las cosas en cuanto fenómenos.
La forma de mundo inteligible
reconoce un principio objetivo, esto es: una causa por la cual se reunifique en
ella todo lo que existe.
Empero Mundo, considerado como fenómeno, esto es: referido a
la sensibilidad de la mente humana, no reconoce otro .principio de forma, sino
uno subjetivo, esto es: una cierta luz
del ánima por la que sea necesario el que todas las cosas que pueden ser
objetos de los sentidos (por sus cualidades) se vea pertenecer necesariamente al mismo
Todo. Así que
sea cual fuere,
en definitiva, el principio de forma del Mundo sensible, no abarca sino
las cosas actuales, en cuanto se cree
puedan caer bajo los sentidos; y por
ello, no las sustancias inmateriales que, en cuanto tales, quedan excluidas,
por definición y enteramente, de los sentidos externos; ni la causa del Mundo
que, por ser causa de que la mente misma exista y tenga algunos sentidos, no puede ser objeto de los
sentidos.
Estos son los principios formales, absolutamente primeros,
del universo fenoménico, católicos y
cual esquemas y condiciones además de todo lo sensible en el conocimiento
humano; inmediatamente demostraré que son un par.
§ 14
Del tiempo
1. La idea de tiempo no
proviene de, sino la suponen, los sentidos. Que las cosas
que incursionen en los sentidos sean a la vez, o posteriores unas a otras, no
puede- ser representado sino por la
idea de tiempo,
ni la sucesión engendra el
concepto de tiempo sino lo provoca. Luego a la noción de tiempo, por
adquirida mediante la experiencia, se
la define pésimamente por "serie
de cosas actuales existentes unas después
de otras"; porque
no entiendo qué
signifique la palabrita después de sino por virtud del previo concepto de tiempo, ya que son unas después de oirás las cosas
que existen en tiempos diversos, al
modo que son simultáneamente las que
existen en el mismo tiempo.
2. La idea de tiempo es
singular; no, general, pues un tiempo determinado no se lo concibe así sino
como parte de uno y el mismo tiempo
inmenso. Si piensas en dos años, no puedes
representártelos sino en una colocación determinada del uno respecto del otro;
y, si no están seguidos inmediatamente, representárselos unidos entre sí
por un tiempo intermedio. Cuál
de tiempos diversos sea anterior,
cuál posterior, no puede ser definido
de ninguna manera por algunas notas conceptibles por el intelecto, a no ser que
quieras incurrir en un círculo vicioso; la mente no lo discierne, sino por un
intuito singular.
Además: concíbese todo lo actual como puesto en el tiempo; no, como contenido bajo su noción general, cual nota común.
3. Así que la idea de tiempo es intuito; y
puesto que se la concibe
antes de cualquier sensación —cual condición de relaciones obvias en lo
sensible— es intuito no sensible,
sino puro.
4. El tiempo es magnitud continua: y principio
de las leyes del continuo en las mutaciones del universo; porque el continuo es
magnitud que no consta de simples. Empero porque mediante el tiempo no se
piensa sino relaciones, aunque no se dan unas relacionadas entre sí unas con
otras, en
el tiempo, en cuanto
magnitud, hay una composición que, si se la concibe eliminada, nada de él
queda. Mas un compuesto del que, eliminada toda composición nada en absoluto
queda, no consta de partes simples. Luego, etc.
Así que toda parte del tiempo es tiempo y lo que
en el tiempo es simple,
a saber: los momentos, no son partes suyas, sino términos entre los cuales yace tiempo,
porque, dados dos momentos, no se da tiempo sino por cuanto en ellos se suceden
cosas actuales; por tanto, además del momento dado, es necesario se dé tiempo
en cuya parte posterior esté el otro momento.
Empero la ley metafísica de
la continuidad es ésta: todas las mutaciones son continuas, esto es:-
fluyen, o sea: no se suceden unos a otros los estados
opuestos, sino mediante una serie intermedia de estados diversos. Porque, pues,
dos estados opuestos se hallan en diversos momentos de tiempo, mas entre dos
momentos hay siempre, intercalado,
algún tiempo, en cuya serie infinita de momentos la sustancia no está ni en uno
de los estados ni en el otro y, sin embargo, tampoco en ninguno, estará ella en
diversos; y así, por cierto al infinito. El célebre Kautner, al someter a
examen esta ley de Leibniz, provoca a sus defensores a que demuestren: que es
imposible el movimiento continuo
de un punto a lo largo de todos los lados de un triángulo, lo que, por
cierto, concedida la
ley de la continuidad, es necesario probar. He aquí, pues, la
demostración exigida: Denotan las letras a
b c los tres puntos angulares de un triángulo rectilíneo. Si un móvil
marcha con movimiento continuo por las líneas ab, be, ca, esto es: por el perímetro entero de la las leyes
según la medida
de tiempo sino
el tiempo mismo en cuanto a su
naturaleza que exige ser determinado
por lo observado en el
movimiento o en cualquier serie de mutaciones, —con lo cual queda abolida llanamente toda certeza de reglas. Mas el que no podamos
calcular la antidad de tiempo,
sino en un
concreto, a saber: en el movimiento
o en una serie
de pensamientos, proviene precisamente de que el concepto de tiempo se asienta solamente en
una ley interna de la mente, y no es un cierto intuito connatural tanto que tal
acto del alma no se ponga sino al coordinar el alma lo sentido con ayuda de los
sentidos. Falta tanto para que alguien deduzca y explique el concepto de
tiempo, aun con ayuda de la razón, que, más bien, lo presupone el principio
mismo de contradicción y se lo pone de
base y en oficio de condición; porque A y no A no repugnan, sino simultáneamente (esto es: al mismo tiempo) y pensadas de lo mismo; mas después
(en diversos tiempos) pueden
convenir al mismo. Así que la posibilidad de mutaciones no es pensable sino
en el tiempo; ni el tiempo es pensable por las mutaciones, sino al revés.
6. Aunque, pues, el tiempo, puesto en sí y absolutamente, sea
un ente imaginario; no obstante por pertenecer a una ley inmutable de las cosas
sensibles en cuanto tales, es un concepto verísimo y condición de
representación infinita, patente al infinito
para todos los objetos posibles de los sentidos. Pero no
siendo posibles las cosas simuldeterminar en el tiempo, o en el mismo punto de
él o en diversos.
Quienes afirman la
realidad objetiva de tiempo lo conciben
o como un cierto flujo de existencia continua, aun sin que exista cosa alguna
(figmento absurdísimo) —así sobre todo algunos filósofos ingleses—, o bien como
algo real abstraído de la sucesión de estados internos, —así lo establecen
Leibniz y sus seguidores. Mas la falsedad de esta posterior sentencia,
por delatar ella misma
esplendorosamente un obvio círculo vicioso en la
definición de tiempo, y además descuidar llanamente la simultaneidad,* máximo acompañante del
tiempo, trastorna de tal modo todo uso de la sana razón, que perturba no tanto
las leyes según la medida
de tiempo sino
el tiempo mismo en cuanto a su naturaleza
que exige ser determinado por lo
observado en el movimiento o en
cualquier serie de mutaciones, —con lo
cual queda abolida llanamente toda
certeza de reglas. Mas el que no podamos calcular la cantidad
de tiempo, sino
en un concreto, a saber: en el movimiento
o en una serie
de pensamientos, proviene precisamente de que el concepto de tiempo se asienta solamente en
una ley interna de la mente, y no es un cierto intuito connatural tanto que tal
acto del alma no se ponga sino al coordinar el alma lo sentido con ayuda de los
sentidos. Falta tanto para que alguien deduzca y explique el concepto de
tiempo, aun con ayuda de la razón, que, más bien, lo presupone el principio
mismo de contradicción y se lo pone de
base y en oficio de condición; porque A y no A no repugnan, sino simultáneamente (esto es: al mismo tiempo) y pensadas de lo mismo; mas después
(en diversos tiempos) pueden
convenir al mismo. Así que la posibilidad de mutaciones no es pensable sino
en el tiempo; ni el tiempo es pensable por las mutaciones, sino al revés.
* Las cosos simultáneas
no son tales precisamente porque no se suceden. Porque, eliminada la sucesión,
se quita ciertamente esa especie de unión que
provenía de la serie temporal; pero no por ello surge inmediatamente otra verdadera relación, cual lo es esa
de unión de todas en el mismo momento.
Pues precisamente las cosas simultáneas se unen en el mismo
momento de tiempo,
al igual que
las sucesivas en diversos.
Y por tanto, aunque el tiempo sea de una sola dimensión, sin
embargo la ubiquidad del tiempo (para hablar según Newton) —por la cual todas las cosas sensibles pensables están siendo en alguna vez— les añade, en cuanto actuales, otra dimensión, por depender de
alguna manera del mismo punto de
tiempo; porque si representas al tiempo por una línea recta prolongada al infinito; y a las cosas simultáneas en
cualquier punto del tiempo, por líneas ordenadamente adjuntas, la superficie,
así engendrada, representará el mundo
fenoménico, tanto en cuanto a
sustancia como en cuanto a accidentes.
6. Aunque, pues, el tiempo, puesto en sí y absolutamente, sea
un ente imaginario; no obstante por pertenecer a una ley inmutable de las cosas
sensibles en cuanto tales, es un concepto verísimo y condición de
representación infinita, patente al infinito
para todos los objetos posibles de los sentidos. Pero no
siendo posibles las cosas simultáneas —en
cuanto tales y tal como se hacen
obvias a los sentidos— sino con
la ayuda del tiempo, y a su vez las
mutaciones no resulten pensables sino
por el tiempo, es patente que este
concepto encierra la forma universal de los fenómenos; y por ello todos
los sucesos observables en el mundo, todos los movimientos y todas las
vicisitudes internas concuerdan
necesariamente con los axiomas
del tiempo, tal como han de ser
conocidos, y, en parte, han sido por nosotros expuestos, ya que los objetos de los sentidos no pueden ni ser ni
ser coordinados sino bajo estas condiciones.
Es, pues, absurdo querer armar a la razón contra los
postulados primarios del tiempo puro, por ejemplo: la continuidad, etc., ya que se siguen de leyes, respecto de las
cuales no hay nada anterior, nada de más antiguo; y la razón misma no puede
prescindir en el uso del principio de contradicción de la ayuda de este
concepto; ¡tan primitivo y originario
es!
7. Así que es el tiempo principio formal absolutamente
primario del mundo sensible, porque cualesquiera cosas sensibles no pueden
ser pensadas sino o simultáneamente o puestas unas después de otras; y por
tanto como envueltas por un solo trazo del único tiempo y relacionadas entre
ellas mismas por una posición determinada, tanto así que, por este concepto,
surge necesariamente un Todo formal y primario de lo sensible y que no es parte
de otra cosa, esto es: el Mundo
fenoménico.
§ 15
Del
espacio
A) El concepto de
espacio no es abstraído de las sensaciones externas, porque no puedo
concebir que algo esté puesto fuera de mí sino representándomelo cual en un
lugar diferente de aquel en que yo mismo estoy; ni a las cosas,
representármelas unas fuera de otras, sino colocándolas en diversos lugares del
espacio. Así que la posibilidad de percepciones externas, en cuanto tales, presupone el concepto de
espacio; no lo crea; como
también las cosas que están en el espacio afectan a los sentidos, el
espacio mismo no puede ser sacado de los sentidos.
B) El concepto de
espacio es una representación singular, que abarca en sí todas las cosas; y no es una noción abstracta y común que las
contenga bajo sí; pues lo que se
llama muchos espacios no son sino
partes del mismo e inmenso espacio, partes ciertamente referidas por su
posición unas a otras; ni puedes concebir un pie cúbico sino terminado por
todas partes por el espacio ambiente.
C) El concepto de
espacio es, pues, intuito puro, por ser concepto singular, no
integrado de sensaciones; sino forma
fundamental de toda sensación externa. Es fácil advertir que este intuito puro se halla en los axiomas de la geometría
y en cualquiera construcción mental de
postulados, y aun de problemas; pues
que no haya en el espacio más de tres dimensiones; que entre dos puntos no haya sino una sola recta; que dado en una superficie plana un punto y dada una recta
se pueda describir un círculo, no se
puede deducir de alguna noción
universal de espacio, sino se puede ver, como en concreto, solamente en
él. Qué cosas estén en un espacio dado
hacia una región, cuáles hacia la
opuesta, no se puede, con sutileza
alguna de la mente, describir discursiva mente, o sea: reducirlo a notas
intelectuales; y por ello, cuando en sólidos perfectamente semejantes e
iguales, mas no congruentes —del género de mano derecha e izquierda (concebidas
únicamente según extensión) o en triángulos esféricos hechos de dos hemisferios
opuestos— se halle una diversidad tal que resulte imposible la
coincidencia de los
términos de la
extensión, aunque, respecto de
todo lo que puede expresarse mediante notas inteligibles para la mente, puedan
sustituirse,, es patente que tal diversidad, o sea: discongruencia, sólo puede notarse en un intuito puro. De aquí
que la geometría se sirve no sólo de principios indudables y discursivos, sino
de otros que caen bajo la mirada mental; y la evidencia en las demostraciones (que es la claridad de cierto
conocimiento en lo que se asemeja al sensible) es, en ella, no sólo máxima sino
aun la única que se da entre las ciencias puras; y es ejemplar y medio de toda evidencia
que haya en otras, porque por
contemplar la geometría las relaciones
espaciales —cuyo concepto incluye en sí
la forma misma, de toda intuición sensible— nada de claro y
perspicuo puede haber en lo percibido por el sentido externo que no lo sea
mediante ese mismo intuito, contemplando lo cual tal ciencia trabaja. Por lo
demás, la geometría no demuestra sus proposiciones universales pensando su
objeto mediante un concepto universal,
que es lo que se hace
en lo racional, sino sometiéndolo a los ojos mediante un intuito singular, que
es lo que se hace en lo sensible.*
D) El espacio no es
algo objetivo y real; ni sustancia ni accidente ni relación; sino algo objetivo e ideal, y proveniente de la
naturaleza de la mente según ley estable, cual esquema para coordinar para sí
absolutamente todo lo externamente sensible. Quienes defienden la realidad del
espacio o lo conciben cual receptáculo
absoluto e inmenso de cosas posibles —sentencia que, siguiendo a los ingleses, place a muchísimos geómetras— o
sostienen que es la relación misma
entre las cosas existentes, que, quitadas las cosas, se desvanece enteramente y
sólo es pensable respecto de las actuales, —como, siguiendo a Leibniz,
muchísimos de los nuestros lo establecen. En cuanto a aquel primero y vacuo
figmento de la razón, por fingir relaciones verdaderamente infinitas, mas sin
entes relacionados entre sí por ellas, pertenece al mundo de lo fabuloso. Empero los que siguen la sentencia
posterior caen en un error mucho peor. Porque poniendo objeciones sólo con
ciertos conceptos racionales —a saber: pertinentes a lo nouménico, por lo demás recónditos máximamente al intelecto,
vgr. cuestiones sobre el mundo
espiritual, sobre la omnipotencia,
etc., contradicen de frente a los fenómenos mismos y a ese su fidelísimo
intérprete que es la geometría, porque
para no hacer notar ya el patente círculo vicioso en que necesariamente se
enredan, al definir espacio, después de deponer a la geometría del ápice de la
certeza, la meten dentro del censo de
aquellas ciencias cuyos
principios son empíricos.
* Que se haya de concebir al espacio cual magnitud continua lo
paso por alto, pues es fácil de demostrar.
De ello se
sigue que en
el espacio no hay parte simple,
sino término. Mas término, en general,
es en una magnitud continua
lo que tenga razón de límite. Un espacio que no haga de término de otro es completo (sólido). Término de un sólido es la superficie; de la superficie, la línea; de la línea, el punto. Luego son tres los géneros de
términos en el espacio, al modo que son tres las dimensiones. De estos
términos, dos (superficie y línea) son, ellos mismos, espacio. El concepto de
término no entra en ninguna otra magnitud, fuera de espacio y tiempo.
Porque si todas las afecciones del espacio provienen únicamente de relaciones externas
mediante la experiencia, en los axiomas geométricos no habrá más universalidad que la comparativa, cual la que por inducción se adquiere, esto
es: abarcará tanto cuanto la
observación. Y no habrá más necesidad
que la de las leyes establecidas de la
naturaleza, ni otra exactitud que la arbitraria mente fijada; y no queda, como
pasa en lo empírico, más
esperanza que la de descubrir alguna vez un espacio dotado de otras afecciones primitivas, y tal vez un espacio bilíneo
rectilíneo.
E) Aun cuando el concepto
de espacio —como propiedad de algún ente objetivo y real, o de una afección— sea imaginario; sin
embargo, referido a cualesquiera cosas sensibles, no solamente es verdaderísimo, sino fundamento de
toda verdad en la sensibilidad externa.
Porque las cosas no pueden aparecerse a
los sentidos bajo ningún otro aspecto,
sino mediante una facultad del alma que
coordine todas las sensaciones según una ley
estable e ínsita en su naturaleza. Así que, aunque nada pueda ser dado a los sentidos sino
conforme a los axiomas
primitivos de espacio
y a sus secuelas (bajo los
preceptos de la geometría); y aunque el principio de todos ellos sea subjetivo,
sin embargo concordará necesariamente con ellos porque mientras concuerde ella
consigo misma, también las leyes de la sensibilidad serán leyes de la
naturaleza en cuanto pueden caer en el
dominio del sentido.
Así que la naturaleza está sometida exactamente a los
preceptos de la geometría respecto de todas las afecciones del espacio que- en
él se muestren; y esto, no por una ficticia hipótesis, sino por intuitivamente
dado cual condición subjetiva para todos los fenómenos por los que pueda
hacerse patente la naturaleza a los sentidos. Ciertamente, si el concepto de
espacio no estuviera dado originariamente por la naturaleza de la mente (de modo que quien elaborara por la
mente cualesquiera otras relaciones de las prescritas por él, no haría sino jugar a obrar porque se vería forzado a
llamar en auxilio de tal figmento suyo en ese mismo concepto), el uso de la
geometría en filosofía natural sería poco seguro; pues podría dudarse de si esa
misma noción, sacada de la experiencia, concordaría suficientemente con la
naturaleza, tal vez después de haber negado las determinaciones de que se la
abstrajo, —sospecha que ha venido ya a la mente de algunos.
Así que espacio es
principio formal, absolutamente primario, del mundo sensible, ya que
únicamente por tal concepto los objetos del universo pueden ser
fenómenos; mas, sobre todo, por esta
razón: que por esencia no es sino único, ya
que abarca íntegramente todo lo sensible externo, y por ello es principio constitutivo de universalidad, esto es: un Todo que no
puede ser parte de otra cosa.
COROLARIO
He aquí, pues, dos principios del conocimiento sensible; y
no, cual sucede en lo intelectual, conceptos generales; sino intuitos,
singulares, mas puros en los que, no a
la manera como mandan las leyes de la
razón, las partes y sobre todo los
simples contienen la razón de la posibilidad del compuesto; sino, a ejemplo de
un intuito sensible, el infinito contiene la razón de parte de cualquier cosa pensable, y aun de lo simple,
a saber: sobre todo la razón de término.
Porque, solamente dado el infinito en espacio y en tiempo,
se puede señalar por limitación cualquier espacio y tiempo definidos; que
tanto punto como momento no pueden de suyo ser
pensados; y no se los concibe sino dentro ya de un espacio y tiempo
dados, como términos de ellos.
Luego todas las afecciones primitivas de estos conceptos caen fuera del cancel de la
razón y por tanto no pueden ser
explicados intelectualmente de ningún modo. No obstante son todo menos sustratos
del intelecto que saca conclusiones
de los datos intuitivamente primarios, según leyes lógicas, con la máxima
certeza posible De estos dos conceptos,
uno de ellos se refiere propiamente a intuición del objeto; el otro al estado,
ante todo representativo. Y por ello
aun el
espacio sirve al
concepto mismo de tiempo
cual tipo, representándolo por una línea- y sus términos (los momentos),
por puntos. Pero el tiempo se acerca más a concepto universal y racional, abarcando en sus
relaciones absoluta mente todo, a saber: al espacio mismo y además a
accidentes que no están comprendidos en las relaciones del espacio, cual los
pensamientos del alma.
Además: el tiempo no dicta ciertamente a la razón leyes; no obstante establece las condiciones más importantes con cuyo favor la mente pueda comparar según las leyes de la razón
sus nociones.
Asi no puedo juzgar sobre qué es imposible sino predicando A y
no-A en el mismo tiempo del mismo sujeto. Y sobre todo si aplicamos el
intelecto a la experiencia notaremos que la relación de causa y causado en los
objetos externos necesita de las relaciones de espacio ciertamente; mas, en
todos, tanto externos como internos la mente no puede aprender nada sin la
ayuda
relacional del tiempo acerca de qué sea antes, qué después, a
saber: causa y causado. Y aun no es posible hacer inteligible la cantidad del espacio mismo sino,
relacionándolo con la unidad cual medida; lo expliquemos con el número que no
es él mismo otra cosa sino una multitud conocida distintamente por irla
numerando, esto es: añadiendo unidad a unidad sucesivamente en un tiempo dado.
Finalmente, a cualquiera le acudirá espontáneamente la
cuestión de si ambos conceptos son connatos o adquiridos. Lo posterior
parece, ciertamente, haber quedado
refutado. Mas lo primero —por allanar para los perezosos el camino de una filosofía que declare inválida toda ulterior
investigación con sólo citar la causa primera— no debe ser admitido tan temerariamente. Al revés: sin duda alguna ambos conceptos son adquiridos,
no por abstraídos de los sentidos (ya que la sensación da la materia, mas no la
forma del conocimiento humano), sino abstraídos de la acción misma de la mente
que esté coordinando sus sensaciones según leyes perpetuas; ambos conceptos son
cual tipos inmutables; así que a conocer intuitivamente, porque las sensaciones
excitan el acto de la mente; mas no
aportan intuito; ni hay aquí algo
connato más que la luz del alma según
la cual une con certera razón lo sentido por ella a la presencia del objeto.
SECCIÓN CUARTA
DEL PRINCIPIO DE LA FORMA
DEL MUNDO INTELIGIBLE
§ 16
Quienes tienen al espacio y tiempo por algo real y
absolutamente necesario, cual vínculo de todas las posibles sustancias y
estados, no creen
se requiera aún concebir
algo distinto, ya que, dadas muchas cosas existentes, les conviene ya una
cierta relación originaria, a saber: una condición primitiva de las influencias
posibles y un principio de la forma esencial del universo.
Porque teniendo que estar, según su sentencia, necesariamente en algún lugar todo lo que exista, les parece inútil
inquirir por qué razón determinada estén ya ahí, ya que eso lo determina, de
por sí, la universalidad del espacio que a todas las cosas abarca.
Mas aparte de que este concepto, como se ha demostrado, pertenece más a las leyes
sensitivas del sujeto que a las condiciones de los objetos mismos, aun si le
otorgas un máximo de realidad, no indica sino la posibilidad, intuitivamente
dada, de coordinación universal; y por esto queda intacta la cuestión, soluble
tan sólo por el entendimiento: en qué principio se basa esa misma relación de todas las sustancias que,
considerada intuitivamente, se llama espacio. En esto precisamente gira el
quicio de la cuestión del principio de la forma del mundo inteligible: en hacer
patente por qué pacto sea posible el que
muchas sustancias se hallen en comercio mutuo; y por tal razón pertenezcan
a ese mismo Todo que se llama Mundo.
No consideramos aquí a Mundo en cuanto a la materia, o
naturalezas de las sustancias de que consta, —si son materiales o
inmateriales—; sino en cuanto a la forma, esto es, qué nexo haya, en general,
entre muchas y entre todas la totalidad.
§ 17
Dadas muchas' sustancias, el
principio del comercio, posible entre ellas, no consta por su sola existencia; se requiere además algo
diverso que haga inteligibles sus
mutuas relaciones. Porque, por su misma subsistencia, no dicen necesariamente
relación a otro alguno, sino a lo más a
su causa. Empero la relación dé causado a causa no es comercio, sino dependencia. Por tanto
si hay algún comercio de unas con
otras, hará falta una peculiar razón
que lo determine.
Y en esto consiste precisamente el del influjo físico, según su sentido vulgar: en que asume temerariamente que tanto el
comercio entre sustancias como las fuerzas transitivas resultan perfectamente cognoscibles por su
sola existencia; y por esto no es sistema
alguno, sino mas bien abandono de todo
sistema filosófico, —por superfluo,
según tal argumento.
Si libramos a este concepto de tal manera tendremos un género de comercio que merece
él únicamente, llamarse real y por el
que el Todo de
Mundo merece
llamarse real, y no ideal o imaginario.
§
18
Es imposible un Todo
hecho de sustancias necesarias. Porque cada cosa está más que suficientemente provista con su
propia existencia sin dependencia alguna de otra cualquiera, -lo que no va bien
con algo necesario; está, pues, patente que no solo el comercio de las
sustancias (esto es: la dependencia recíproca de sus estados) no se sigue de su existencia, sino que de ninguna
manera puede competirles, por ser necesarias.
§ 19
Así que el Todo de las sustancias es un Todo contingente; y
el mundo consta, por su esencia, de meras
cosas contingentes.
Además: ninguna sustancia necesaria está conexa con el mundo
sino como causa con lo causado; y por
tanto no como parte con sus complementos para un Todo (porque el nexo de compartes es el de mutua dependencia, lo que
no conviene a ente necesario). Así que
la causa de Mundo es un ente
extramundano, y por ello no es alma
del mundo, ni su presencia en el mundo
es presencia local, sino virtual.
§ 20
Las sustancias son
entes procedentes de otro; pero no, de diversos; sino todos ellos
de uno Pues pon que estén causadas por muchos entes necesarios; no habría comercio entre
efectos cuyas causas fueran ajenas a
toda relación mutua Luego a unidad- en la conjunción de las sustancias del universo es una consecuencia de la
dependencia de todas de uno.
De aquí que la forma del universo dé testimonio de la causa de la materia, y
solamente una causa única del universo es causa de la universalidad, ni hay arquitecto del mundo que no sea, a la
vez, creador.
§ 21
Si hubiera muchas causas primeras y necesarias respecto de
sus causados, sus productos serían del mundo, mas no serían Mundo, porque en modo alguno se
concretarían para dar el mismo Todo. Y viceversa: si hay muchos mundos,
actuales, fuera unos de otros, se darán muchas causas primeras y necesarias,
mas de manera que no estén en comercio alguno ni un mundo con otro ni la causa
de uno, con el mundo causado por otro.
El que haya, pues, muchos mundos actuales unos fuera de otros
no es imposible por su mismo concepto
(como pensó Wolff que bastaba con la noción de conjunto o sea de multitud para
concebir a un Todo en cuanto tal; y concluyó mal), sino solamente bajo la
condición de que exista únicamente una
causa necesaria de todo. Mas si se admiten muchos, habrá muchos mundos, posibles y unos fuera de otros, en sentido metafísico
estrictísimo.
§ 22
Si, a la manera como vale la consecuencia de un mundo dado a
una única causa de todas las partes del mismo, así también viceversa valiera la
de una causa dada común a
todos, al nexo de ellos entre sí, y, por tanto, a la forma de mundo, procedería
parecidamente la argumentación (aunque confieso que para mí tal conclusión no
me es igualmente perspicua) de que el nexo primitivo de las sustancias no sería
contingente, sino necesario, por estar sustentadas
todas por un principio común; y por ello la armonía que proviene de la
subsistencia misma de ellas, fundada en la causa común, procedería según reglas
comunes.
Mas a tal armonía
llamo establecida generalmente,
cuando la que se realiza únicamente por adaptarse cualquier estado de una
sustancia individual al estado de otra es armonía
establecida singularmente; y el
comercio que de la primera procede es
real y físico, el que de la posterior
idea simpatético. Así que el
comercio íntegro de las sustancias del universo está establecido externamente (por la
causa común de todas) o bien esta establecido generalmente por influjo
físico (enmendado) o individualmente por conciliación de sus estados.
Mas el comercio posterior: o
fundado originalmente en la constitución primaria de cada sustancia o impreso
con ocasión de cualquier mutación, se llama, de ello, el primero, armonía
preestablecida; estotro, ocasionalismo. Todo ideal. Para mi, ciertamente lo Primero aunque no esté demostrado, queda
más que suficientemente probado para otras razones.
ESCOLIO
. Si
fuera lícito avanzar un paso un poco más allá de los limites de la certeza
apodíctica –que es la decorosa para la metafísica- valdría la pena de indagar no solamente lo perteneciente a
las leyes de la intuición sensible,
sino también a las causas. A
saber que la mente
humana no es
afectada por lo externo, y el mundo no está patente al infinito a su mirada, sino en la medida en que ella misma, junto con todas las demás sustancias, está sustentada por la fuerza
infinita misma de Uno.
De aquí que no sienta lo externo sino por la presencia de la misma causa sustentadora
común; y por ello el espacio que es condición
universal y necesaria de la copresencia de todas las cosas sensiblemente
conocidas, pueda llamarse omnipresencia
fenómeno. (Pues la causa del universo no está presente en todos y cada uno
por estar, precisamente, en sus lugares. Mas hay lugares —esto es:
relaciones posibles entre sustancias— porque está ella presente íntimamente en
todo).
Pues bien: porque la posibilidad de todas las mutaciones y
sucesiones —cuyo principio, en cuanto sensiblemente conocido, reside en el
concepto de tiempo— supone la perdurabilidad del sujeto, cuyos estados se suceden,
mas aquello de que los estados fluyen no dura si no es sustentado por otro: por
la eternidad fenómeno, es ella la
causa general del concepto de tiempo en cuanto único, infinito e inmutable,* en que todas las cosas son y duran.
Los momentos del tiempo no parece se suceden porque, en este
caso, habría que presuponer otro tiempo respecto de la sucesión de los
momentos-
Pero parece más prudente quedarse en la playa de los
conocimientos que la mediocridad de nuestro entendimiento nos concede, más bien
quedejarse arrastrar a lo profundo de tales indagaciones místicas como lo hizo
Malebranche cuya sentencia: que nosotros intuimos todo en Dios dista
Justamente de la sentencia aquí expuesta
__________
mas por virtud del intuito
sensible parece cual si descendieran las cosas actuales a través defina serie
continua de momentos
SECCIÓN QUINTA
DEL MÉTODO SOBRE LO SENSIBLE
E INTELIGIBLE EN LO
METAFISICO
§ 23
En todas las ciencias, cuyos principios sean dados intuitivamente, bien por intuito
sensible (experiencia), o por intuito
sensible ciertamente mas puro (conceptos
de espacio, tiempo y número), esto
es: en la ciencia natural y matemáticas
el uso da el método; y,
tanteando y encontrando: después de que
la ciencia haya llegado a alguna
amplitud y contextura, se echará de ver claramente por que camino y
razón haya que avanzar a fin de que se haga perfecta, limpia de manchas tanto
de errores como de pensamientos confusos a la manera como la gramática después
de amplio uso del lenguaje, y
el estilo, después de elegantes ejemplos proporcionaron
fundadamente reglas v disciplina. Mas el uso del intelecto en tales ciencias,
cuyos conceptos primitivos tanto como los axiomas están dados en el intuito
sensible, no es sino lógico, esto es: es uso por el que subordinamos entre sí
en cuanto a universalidad los conocimientos, conformándolos al principio de
contradicción; los fenómenos, a fenómenos más generales, las secuelas de un
intuito puro, a los axiomas intuitivos.
Mas en filosofía pura, cual lo es la metafísica, en que el
uso del intelecto sobre los
principios es real, esto es: los conceptos primitivos de cosas y
relaciones y los axiomas
mismos son dados primitivamente por el
entendimiento puro —y que, por no ser
intuito, no están exentos de errores- el método precede a toda ciencia, y todo lo que se intente antes de que sus
preceptos estén bien discutidos y
firmemente establecidos parece
temerariamente concebido y a rechazar
cual los otros engendros vanos de la mente.
Porque constituyendo aquí el uso recto de la razón los principios mismos, tanto los
objetos como los axiomas, por los que
se los ha de pensar, se esclarecen
primariamente por la sola índole del
mismo; así que la exposición de las
leyes de la razón pura es la génesis misma de la ciencia, y distinguirlas de las leyes
putativas es el criterio de verdad.
De aquí que, por no alabarse en estos tiempos el método de
tal ciencia, -fuera del método que a todas las demás ciencias impone la lógica;
mas se ignora completamente el método acomodado al genio peculiar de
la metafísica— no es de admirar el eme
los estudiosos de esta indagación, después de hacer rodar eternamente su roca de Sísifo, parezcan no haber
progresado casi nada hasta hoy.
Aunque, pues, no tenga ni ánimos ni material para
disertar de tan
insigne y amplísimo
argumento, a saber: del contagio
entre el conocimiento sensible y el intelectual, no sólo en cuanto se insinúa
en los incautos al aplicar los principios, sino en dar a los mismos principios
espurios apariencia de axiomas, trataré de ello brevemente.
§ 24
Todo método de metafísica acerca de lo sensible e inteligible
se reduce a este precepto principalísimo: cuidarse solícitamente de que los principios domésticos del conocimiento sensible no traspasen sus
términos y emigren y afecten a los
intelectuales. Porque ya
que en cualquier juicio, intelectualmente enunciado, el predicado es condición, sin la cual se
afirma no ser pensable el sujeto, así
que el predicado es principio de conocimiento, si es concepto
sensible no será sino condición de posible conocimiento sensible, y así
cuadrará exactamente con el sujeto del juicio, cuyo sujeto es, igualmente,
sensible. Mas, si se lo aplica a un concepto intelectual, tal juicio no será
válido sino según leyes subjetivas; de aquí el que no haya de predicarse de la
noción intelectual misma ni darlo por objetivo, sino solamente por condición sin la cual no hay lugar* para un
conocimiento sensible del concepto dado. Mas
porque los trampantojos del intelecto, causados por soborno del concepto sensible, cual si
fueran notas intelectuales, se pueden
llamar (según la analogía del significado
recibido) vicio de subrepción, la permutación entre lo intelectual y lo
sensible será vicio metafísica de
subrepción (fenómeno intelectualizado, si se perdona lo bárbaro de la
palabra); y, por tanto, a tal axioma, híbrido por vender lo sensitivo cual algo
necesariamente adherente al concepto intelectual, lo llamo axioma subrepticio. De estos axiomas ciertamente espurios salieron
esos principios de falacia intelectual
que desgraciadamente pululan por toda la metafísica.
* Es fecundo y fácil el uso
de este criterio para discernir los principios que enuncian solamente leyes del conocimiento sensible de los que
mandan además algo. sobre los objetos
mismos. Porque si el predicado es un concepto intelectual, su relación a sujeto del juicio, aun si está pensado
sensiblemente indica siempre que una
nota que al objeto mismo compete. Pero si el
predicado es un concepto sensible,
dado que las leyes del conocimiento sensible no son condiciones de posibilidad
de las cosas mismas, no valdrá de un sujeto de un juicio pensado intelectualmente; y por ello no se lo podrá enunciar
objetivamente. Así en el axioma vulgar todo
o que existe está en algún lugar; por contener el predicado de las
condiciones del conocimiento no se podrá enunciar de manera general del sujeto
del juicio, a saber:
de un existente cualquiera. Y por
ello esta fórmula, objetivamente
preceptiva, es falsa. Mas si se
convierte la proposición de manera que el predicado sea un concepto
intelectual, resultará verdaderísima, --cual todito que esta en algún lugar, existe.
Para que, pues, tengamos algo a la mano y perfectamente
cognoscible, un criterio y cual piedra lídica para tales juicios, por la que
discernamos los malos de los genuinos, y, a la vez, si nos pareciere que están
firmemente adheridos al intelecto, tengamos algo así como una arte doméstica
con ayuda de la cual podamos hacer justa
estimación de cuánto pertenece a
lo sensible, cuánto a lo intelectual, creo que debemos profundizar esta
cuestión.
§ 25
He aquí el Principio de
Reducción de cualquier axioma subrepticio: si de cualquier concepto intelectual se predica de modo general algo
que pertenezca a los aspectos de espacio y tiempo, no hay que enunciarlo
objetivamente; y no indica sino la condición sin la cual el concepto dado no es
cognoscible sensiblemente.
Que tal axioma sea espurio —y, si no falso, al menos
temeraria y precariamente afirmado— se saca de que porque cuando se conciba
intelectualmente al sujeto del juicio pertenece éste al objeto; mas como el
predicado contiene las determinaciones de espacio y tiempo, pertenece solamente
a las condiciones sensitivas del conocimiento humano que, por no adherirse
necesariamente a cualquier conocimiento del
mismo objeto, no
puede enunciarse de manera
universal del concepto intelectual dado.
Pero el que el intelecto
quede tan fácilmente sometido a este vicio de subrepción proviene de que se le
engaña bajo el patrocinio de laguna regla verdaderísima. Pues suponemos correctamente: lo que
no puede ser conocido por absolutamente
ningún intuito, no es en modo alguno cognoscible; y, por
tanto, es imposible.
Mas porque no podemos alcanzar, por mucho que nos engañemos y
finjamos, con la mente otro intuito fuera del que se hace según la forma de espacio y tiempo, nos acaece el que
téngame por imposible absolutamente
cualquier otro (un intuito intelectual puro, exento de las leyes de los sentidos, pasando por alto
aquel intuito divino al que Platón
llama ideal que no esté regido por estas leyes, y por ello, sometemos todo
imposible a los axiomas sensibles de espacio y tiempo)
§ 26
Todos los trampantojos de los conocimientos sensibles bajo la
especie de intelectuales de los que provienen los axiomas subrepticios- pueden
reducirse a tres especies; ten por fórmulas generales suyas a éstas:
La misma condición sensible,
únicamente bajo la cual resulta posible el intuito
de objeto, es condición de posibilidad
del objeto mismo.
La misma condición sensible, únicamente bajo la cual se pueden reunir los datos entre sí para
formar el concepto intelectual de objeto es también condición de
posibilidad del objeto mismo.
La misma condición sensible,
únicamente bajo la cual resulta posible la
subsunción de un objeto cualquiera obvio bajo
un concepto intelectual dado, es también condición de posibilidad del
objeto mismo.
§ 27
El axioma subrepticio de la primera clase es: todo lo que existe, está en algún lugar y en algún tiempo.*
Mas por este principio espurio, aun las cosas
intelectualmente conocidas quedan astreñidas en su existir a las condiciones,
de espacio y tiempo.
Se concibe al espacio y al
tiempo cual si comprendieran en si, sin ninguna razón obvia, todo lo sensible Por ello no se da, según las. leyes de la
mente humana, intuito de ente alguno sino en cuanto contenido en espacio y tiempo. Con este prejuicio se
puede comparar aquel otro que no es propiamente axioma subrepticio sino
jugarreta de la fantasía, que puede ser expuesto con la siguiente formula
general: en todo lo existente están espacio y tiempo, esto es: toda
sustancia es extensa y de continuo se
muda. Aunque, pues, aquellos cuyos
conceptos sean bien burdos queden constreñidos firmemente por esta ley de la
imaginación, sin embargo pueden fácilmente percibir que esto pertenece a los
intentos de la fantasía por aclarar para si los aspectos de las cosas, y no a
las condiciones de existir.
De aquí que plantéanse,
acerca de las sustancias inmateriales (de las que, por la misma causa, no se
dan intuito sensitivo alguno ni representación
bajo tal forma) cuestiones vacuas cual sobre lugares en el universo
corpóreo, sede del alma y otras de tal
genero y se las mezclen indebidamente; y
Pasa las mas veces que, entre los disputantes, parezca que “uno está
ordeñando un macho cabrío, y otro pone debajo una cría.
Empero la Presencia de lo
inmaterial en el mundo corpóreo es
virtual, no local (aunque así
impropiamente, se la llame).
Mas el espacio no contiene
las condiciones de posibles acciones
mutuas, sino de la materia.
Que constituya en las
sustancias inmateriales las relaciones externas de las fuerzas tanto entre si como respecto de los cuerpos, escápasele del todo al
entendimiento humano, -como el
perspicacísimo Euler, por lo demás gran indagador y arbitro de los
fenómenos, notó agudamente (en una carta enviada a un cierto príncipe de
Alemania).
Mas cuando se llega al concepto de ente sumo y extramundano no se puede decir cúan grande sea el Juego que se traen con tales
somos que hacia el intelecto vuelan. Fingen que ese local la presencio a de
Dios en el mundo; involucran a Dios en el mundo, cual comprehendido a la vez
por espacio infinito, compensándole de esta limitación, a saber, local,
concibiéndola eminencialmente, esto
es: infinita.
Pero estar a la vez en muchos lugares es absolutamente imposible porque los lugares
diversos están mutuamente unos fuera de otros, y por mismo eternamente -lo que implica contradicción. Mas en cuanto
al tiempo: después de haberlo eximido
no sólo de las leyes del conocimiento
sensible, y trasladándolo mas allá de los límites del mundo al ente mismo extramundano, como condición de su
existencia, envuélvense a sí mismos en inextricable laberinto.
De aquí que atormenten sus ingenios con cuestiones absurdas, vrg. por qué no creó Dios el mundo muchos siglos atrás. Están convencidos
de poder fácilmente concebir el que Dios vea lo presente esto es: lo actual en el tiempo en que esto es. Mas piensan
ser difícil de entender cómo puede prever lo futuro, esto es: lo actual de un tiempo en que aún no es. (Cual si la
existencia del ser necesario descendiera sucesivamente a lo largo de todos los
momentos del tiempo imaginario y, agotada
ya una parte de su
duración prevea que eternidad haya de vivir a la una con los sucesos
simultáneos del mundo). Todo lo cual visto
correctamente a la
luz de la noción de tiempo, se
desvanece cual humo.
§ 28
Los prejuicios de Segunda
especie son aún más recónditos porque se imponen sobre el intelecto mediante
las condiciones sensibles que constriñen a la mente cuando quiere llegar, en
ciertos casos, a un concepto
intelectual. De ellos uno afecta a la
cantidad, otro a la calidad del conocimiento en general.
El primero es: toda multitud actual es dable en un
número y, por tanto, toda magnitud
es infinita. El posterior: todo lo que es imposible es en si
mismo contradictorio. En ambos casos el
concepto de tiempo no entra, ciertamente en la noción misma del predicado ni se toma cual si fuera nota del sujeto; mas sirve como medio
al concepto a informar por el
predicado; y por tanto, cual condición,
afecta al concepto intelectual del sujeto, en cuanto que, sin su ayuda, no llegaremos a él.
Por lo que se refiere al primero:
ya que toda magnitud, y cualquier
serie, no es distinta mente conocida sino por coordinación sucesiva, el concepto intelectual de magnitud y multitud
surge tan sólo por la ayuda del concepto de tiempo, y nunca llega a plenitud si
no puede realizarse la síntesis en tiempo finito. De lo cual procede el que una
serie infinita de cosas coordinadas
no pueda ser comprendida distintamente, dados los limites de nuestro intelecto;
y, por ello, parezca imposible por vicio de subrepción; pues según las leyes
del entendimiento puro cualquier serie de causados tiene principio propio, esto es: no se da regreso sin término en la serie
de causados; mas según las leyes sensibles cualquier serie de coordinados tiene
un inicio asignable. Proposiciones
—de las cuales la segunda incluye
la mensurabilidad de la serie, la
primera la dependencia del Todo—,
malamente se las tiene por idénticas.
De manera semejante: al argumento del intelecto por
el que se prueba que, dado
el compuesto sustancial, se dan principios de composición, esto
es: simples, se le adjunta algo supositicio, aportado subrepticiamente por el conocimiento
sensible, a saber: que en tal compuesto no se da, en la composición de partes,
un regreso al infinito, esto es: que se da un número definido de partes en
cualquier compuesto, —sentido que no es, ciertamente, gemelo del primero; así
que se le sustituye temerariamente. Que, pues, una magnitud mundana sea
limitada (no máxima); que no tenga principio propio; que los cuerpos consten de
simples, puede ser ciertamente conocido bajo el signo de la razón. Mas que el
universo, en cuanto mole, sea matemáticamente finito, que su edad pasada sea
dable en medida, que el número de simples, constitutivos de cualquier cuerpo,
sea en número definido, son proposiciones que declaran abiertamente su
procedencia de la naturaleza del conocimiento sensible, y que, por lo demás,
aun si se las pudiera tener por verdaderas, se resentirían de la mancha,
indudable, de su origen. Por lo
referente al segundo axioma subrepticio;
proviene de convertir temerariamente el principio de contradicción. Se adhiere
a este juicio primitivo el concepto de tiempo de manera que, dadas al mismo tiempo y en el mismo sujeto las
cosas contradictoriamente opuestas, resalte patente la imposibilidad; lo que se
enuncia así: lo que simultáneamente
es y no es implica una contra dicción, pues predicas de manera general de
un objeto de la razón algo según
conocimiento sensible, y por ello sometes el concepto intelectual de posible o imposible a las condiciones del
conocimiento sensible, a saber: a relaciones de tiempo, lo cual es ciertamente verdaderísimo
respecto de las leyes que constriñen y limitan al entendimiento humano, mas
objetiva y generalmente no se puede en modo alguno conceder. Porque ciertamente
nuestro intelecto no advierte
imposibilidad sino donde pueda notar respecto de lo mismo una enunciación
simultánea lo opuesto, esto es: solamente donde ocurre contradicción. Por tanto
donde tal condición no se presente, allí sobra todo juicio humano sobre
imposibilidad. Mas no le es lícito
por esto a
ningún entendimiento humano
concluir: lo que no encierra
contradicción es, por sólo eso, posible; y se lo concluye temerariamente, precisamente por tomar como objetivo a las
condiciones subjetivas de juzgar. De aquí tantas y tan vanas ficciones de no sé
qué fuerzas, arbitrariamente
inventadas, que, eliminando el obstáculo de la repugnancia, salen en tropel de
cualquier ingenio arquitectónico o, si lo quieres, proclive a quimeras. Porque
no siendo fuerza sino
relación de la sustancia A a
otra cosa B (accidente), cual relación de razón a raciocinado, la posibilidad
de una fuerza cualquiera no se basa en
la identidad de causa y causado, o
sea: de sustancia y accidentes; y por tanto también la imposibilidad de
fuerzas, falsamente inventadas, no
depende de la sola contradicción. Así que no es lícito tomar como posible a
ninguna fuerza originaria si no es dada por
la experiencia; y ninguna perspicacia del intelecto puede concebir a priori
su posibilidad.
§ 29
Los axiomas subrepticios de la tercera especie
—provenientes de las condiciones
subjetivas propias, temerariamente transferidas a los objetos— no pululan tanto (como pasa en los de la segunda clase)
que la única vía hacia el concepto intelectual pase por los días sensibles; esto es porque tan sólo con
su ayuda pueden ser aplicados al caso
dado por la experiencia, esto es: se puede conocer si algo se contiene o no
bajo un determinado concepto intelectual. De esta clase es aquello tan trivial
en algunas escuelas: iodo lo que existe
contingentemente, alguna vez no existe.
Origínase este principio supositicio de penuria de un intelecto
que percibe las más de las veces las
notas nominales, mas raramente
las reales, de contingencia o de
necesidad.
De aquí que, por no percibir sino por notas aportadas a priori si
algo opuesto a una sustancia es posible, no se lo conozca sino porque conste que alguna vez no existió. Las
mudanzas son más verídicos testimonios de la contingencia que lo contingente lo
es de la mutabilidad, de modo que, si nada de flujo y nada transitorio
sobreviniera en el mundo, difícilmente surgiría en nosotros alguna idea de la
contingencia. Y por esto, aun siendo verdaderísima la proposición directa: lo que alguna vez no existió es contingente, su inversa no indica sino las condiciones,
únicamente bajo las cuales se pueda reconocer si algo existe necesaria o
contingentemente. Y por esto, caso de enunciarlo como ley subjetiva (cual
realmente lo es), habría de hacerse así: respecto
de lo que no consta el que alguna vez no haya existido, la inteligencia común
no da suficientes notas de su contingencia, lo que, en definitiva, pasa a ser tácitamente condición objetiva, cual si, sin tal anexo, no quedara lugar para la contingencia.
De tal hecho surge ese axioma adulterino y erróneo, porque
malamente se afirma que este mundo, aunque exista contingentemente, sea sempiterno, esto es: simultáneo con
todo el tiempo, de manera que haya habido algún tiempo en que no existió.
§ 30
A los principios subrepticios añádense, por gran afinidad,
algunos otros que no aportan ciertamente al concepto intelectual dado mancha
alguna de conocimiento sensible, mas por los que el intelecto se deja engañar tanto que los tiene por argumentos
sacados del objeto, cuando se nos recomiendan tan sólo por su conveniencia con el uso libre y amplio
de intelecto, y en favor de su peculiar naturaleza. Y por esto, al igual que
los anteriormente enumerados por
nosotros, se basan en razones subjetivas; mas no, en lugar del
conocimiento sensible, sino del intelectual mismo, a saber: en condiciones por las que le parece facilitarse y
agilitarse el uso de la propia perspicacia.
Séame permitido adelantar
aquí, por modo de contera, una mención
de estos principios que hasta ahora,
según mi conocimiento, no han sido
distintamente expuestos.
Llamo, pues, principios de conveniencia aquellas reglas de juzgar a las que
voluntariamente nos sometemos y a las
que, cual semiaxiomas, nos adherimos,
por esta sola razón: que, si nos
apartamos de ellas, no podría juzgar nuestro intelecto, casi de ningún
objeto dado.
En su censo entran los siguientes:
Primero: por el que
suponemos que todo lo del mundo sucede
según el orden de la naturaleza; principio que Epicuro sin restricción alguna —y los demás filósofos con
excepciones rarísimas y no admisibles sino por suma necesidad— unánimemente
profesa. Lo cual dejamos establecido no porque poseamos de los acontecimientos
mundanos un conocimiento tan amplio según las leyes comunes de la naturaleza
que o nos sea patente la imposibilidad de lo supernatural o su mínima posibilidad
hipotética, sino porque, si nos apartamos del orden de la naturaleza, de nada
nos serviría el intelecto, y porque esas citas temerarias de. lo sobrenatural
son la almohada del intelecto perezoso.