LA PRESENCIA DE ORTEGA Y GASSET

EN EL PENSAMIENTO DE GARCÍA BACCA

            Carlos Beorlegui

 1.   EL ENCUENTRO CON ORTEGA Y GASSET

 

    EL PENSAMIENTO FILOSÓFICO DE GARCÍA BACCA se distingue, entre otras cosas, por su permanente plasticidad y su indudable originalidad.Estos rasgos no se hallan reñidos con la capacidad de estar espontáneamente abierta, a lo largo de toda su singladura intelectual, a múltiples influencias del campo de la filosofía y de la ciencia.1 Una de las más significativas, por la huella que dejó en su obra y por el momento en que se produjo, es la de Ortega. García Bacca quedó muy pronto seducido por el magisterio orteguiano, al igual que la mayoría de los jóvenes intelectuales de su generación, que alrededor de los años veinte se abrían a la preocupación filosófica. En este trabajo nos proponemos analizar esta influencia: el momento en que se produce, su duración y las repercusiones que tuvo en la obra de García Bacca.

  

   En otros trabajos hemos hecho referencia con suficiente amplitud al desarrollo del pensamiento garciabaquiano, señalando y analizando las diferentes etapas que fue experimentando.2 Nos limitaremos aquí a señalarlas esquemáticamente, con objeto de vertebrar adecuadamente la extensa obra escrita de nuestro filósofo, y situar en ella con exactitud la influencia orteguiana.

  

   La primera etapa de su pensamiento abarca sus primeros escritos juveniles: desde 1928, fecha de su primer artículo,3 hasta su salida de España, el año 1936, con motivo de la guerra civil. Su pensamiento gira, en estos años, alrededor de la filosofía neotomista, en la que fue educado, tanto en los seminarios claretianos de Cervera y Solsona (Lérida), y en la Universidad jesuítica de Cervera, como en las diversas universidades europeas (Lovaina, París, ...), a las que acudió después, para completar sus estudios de filosofía y teología.

   

    La segunda singladura es la directamente influenciada por Ortega. Abarca los primeros años de su exilio sudamericano, desde 1939 hasta aproximadamente el año 1947, fecha de su instalación casi definitiva en Caracas, tras breves estancias en Quito y México. Su pensamiento gira alrededor de un "vitalismo historicista",4 empeñado en realizar una hermenéutica histórico-vital sobre las diferentes etapas en las que se va desarrollando el pensamiento y la .vida humana (social e individual). A la base de su filosofía se halla tanto Ortega como Dilthey.

   

    A partir de 1947, aunque su presencia se advierte desde varios años antes, la influencia de Heidegger desbanca al raciovitalismo. Bien es verdad que no desaparecen del todo las líneas maestras reciovitalistas, pero en estos años quedan expresadas y rematadas por la revisión de la ontología propugnada por el filósofo alemán.

   

    Pero donde se produce el mayor giro en la filosofía garciabaquiana es hacia 1960, con el descubrimiento del paso de lo económico en el desarrollo de los acontecimientos de la historia. El materialismo histórico del marxismo será, a partir de entonces, el esquema teórico desde el que reorienta su hermenéutica histórica, su antropología y su visión cosmovisional.

   

    Ahora bien, su marxismo es tan poco escolástico como lo fueron su adhesión a Heidegger o al raciovitalismo. Los suelos filosóficos en que se va paulatinamente apoyando no son más que meras apoyaturas sobre los que levanta sus estructuras teóricas. De ahí que a partir de sus últimas obras se advierte el inicio de un nuevo giro de su pensamiento, que se orienta por derroteros progresivamente distantes del marxismo y persiguen dar razón de una sociedad cada vez más asentada sobre una ciencia y técnica "transustanciadora", empeñada en dar a luz a un hombre nuevo y una sociedad nueva.5  

 

    Pero volvamos al García Bacca de los años veinte. Tras acabar sus estudios básicos en el Seminario de Solsona, es enviado a ampliar estudios de Teología y Filosofía a diversas Universidades europeas. Comenzará por Lovaina, pero su inquietud intelectual le hace recalar posteriormente en París, Viena y Munich, donde además de teología y filosofía realiza cursos de lenguas clásicas, lógica moderna, matemáticas y física.6 La formación de nuestro joven filósofo, a su regreso a Cataluña, es francamente envidiable, pero se halla aprisionado (así lo confesará más adelante) entre el escolasticismo tomista y otro escolasticismo: la lógica axiomática.

   

    Es entonces cuando se produce su encuentro con Ortega. El mismo García Bacca lo recuerda a sus casi ochenta años, con motivo de su primer regreso a España, tras su salida en 1936. En una entrevista de Carlos Gurméndez en El País, se expresa de esta forma: "Le contaré la primera impresión que tuve al leer a Ortega. Cuando regresé de Alemania, había ido a estudiar Física, Matemática y Escolástica (usted sabe que soy teólogo y que la Teología es una ciencia rigurosa, seca y árida como la Matemática), abrí El Espectador y quedé deslumbrado por la belleza de su pensamiento, que me devolvía al contacto con la realidad y la vida".7

   

    La filosofía orteguiana le abría un mundo completamente desconocido para él, y lleno de sugerencias y atractivos. Fue como despertar de un sueño, según su misma expresión: "Ortega me despertó de ese sueño dogmático religioso, que se llama o que llamo "escolástica", y de ese otro sueño dogmático laico, que se llama o llamo "axiomática" moderna (en matemáticas, física, lógica...)".8   

 

    Como se colige de sus palabras, el impacto tuvo unas profundas repercusiones cosmovisionales, que no tardarán en aparecer, como vamos a mostrar más adelante.

  

    A pesar de la reconocida influencia de Ortega, García Bacca parece ser que no tuvo excesiva relación directa con él. Su relación fue más bien a través de sus escritos: tanto libros como artículos de prensa. Pero fueron más que suficientes como para marcar su pensamiento durante una serie de años.

  

    Posibilidades tuvo para encontrarse con Ortega,9 pero si se relacionó con él, nunca ha dejado constancia de ello. Entre los discípulos de Ortega hay quienes hacen referencia enfervorizada a su capacidad oratoria, que atraía al auditorio y lo mantenía prendido de su palabra magnética. Las referencias de García Bacca acerca de Ortega hacen suponer que sus relaciones con él fueron distantes, de lector, pero no por ello menos profundas y duraderas.

 

2.   ORTEGA: UN "MAESTRO" DEL "PENSAR" FILOSÓFICO

  

    La figura filosófica de Ortega siempre ha sido blanco de los más dispares sentimientos e interpretaciones. Lo fue en su tiempo y lo sigue siendo en la actualidad, como se ha podido comprobar con motivo de la celebración del centenario de su nacimiento. Al lado de sus más fervientes discípulos, que ven en Ortega la figura culminante de toda la historia de la filosofía, se sitúan quienes no ven en él más que, a lo sumo, un excelente ensayista, de bello formato literario, pero de escasa profundidad filosófica.10 "Y fijémonos, nos advierte J. L. Abellán, que no es necesario haberlo conocido personalmente para despertar semejantes admiraciones y animadversiones; sus simples escritos despiertan parejas reacciones, como si la imparcialidad fuese imposible ante ellos".11    Ante Ortega parece no ser posible la neutralidad y la indiferencia.

  

    Pero al menos una cosa parece quedar clara, más si cabe a medida que los años se suceden: la amplia huella que dejó en todo el ámbito cultural español, antes de la guerra y después de ella. Si puede discutirse la originalidad y el valor de su pensamiento, no puede regatearse a Ortega la condición de "maestro" de toda una generación de pensadores. Ortega enseñó a pensar, contagió el gusto por la filosofía, la elevó de nivel y supo presentar con criterio seguro ante el lector español lo más importante y actual del pensamiento europeo del momento, sobre todo el alemán.

 

   Entre los beneficiarios (a fe que aprovechados) de esta labor pedagógico, se hallaba García Bacca, como lo señala en varios escritos publicados a raíz de la muerte del maestro: "El estilo filosófico de Ortega y Gasset"12 y "Pidiendo un Ortega y Gasset desde dentro".13 Para el García Bacca de estos años, Ortega representa, sin ninguna discusión, el primero entre los pensadores de lengua castellana que merece el nombre de filósofo. "Yo creo, nos dice, y no me cansaré de decirlo ante quien sea, que hasta Ortega no se ha filosofado en español sino en extranjero".14 Antes de Ortega, sólo se han dado repetidores (pocos y malos) del pensamiento europeo. Pero sólo con Ortega se empieza a filosofar en español. Porque Ortega "pensó" y enseñó a "pensar". Y en ello radica la mayor gloria de Ortega, según el filósofo exilado, cumplimiento de su vocación circunstanciada.

  

    En "Pidiendo un Ortega y Gasset desde dentro", plasmó fervorosamente la significación de Ortega para la cultura filosófica española. La vocación de Ortega fue pensar y hacer pensar. Así se definió Ortega mismo: "Mi vocación era el pensamiento, el afán de claridad sobre las cosas".15

  

    Pero, también y sobre todo, hacer pensar, representar la función de partera, como un nuevo Sócrates. La circunstancia española se lo imponía de doble forma. Primeramente, por la escasez del nivel filosófico español. Y en segundo lugar, por la poca capacidad del español para el ejercicio de la filosofía. Parece un hecho que "el español es un tipo de hombre en que el pensar está por hacerse, y por eso, pensar es su quehacer, mientras que en otros tipos de hombres tal quehacer está casi cumplido, está casi hecho. Es un hecho. Es un hecho que Descartes, Kant, Hegel piensan; es un quehacer el que Ortega piense". 16 Ortega no ha podido apoyarse en una rica tradición filosófica, que le facilitara su labor, sino que su circunstancia le impone empezar casi de cero. De ahí que García Bacca le considere un "presocrático", por vocación y circunstancia. En los presocráticos, al igual que en Ortega, "se ve surgir, manar, brotar, no sólo los pensamientos, sino el pensar mismo".17

 

    En medio de un clima poco adicto a la filosofía y poco acostumbrado a la reflexión pausada y profunda, Ortega "levanta su voz para pedir el derecho a pensar. Ortega es el quehacer español de pensar. Y el primero y la primera vez en la historia en que un español, dentro de su patria, nos hizo sentir al pensar como quehacer, no como pensamiento". 18   

 

    Pero no fue una vocación fácil y llevadera (prueba de ello: la ya aludida disparidad de aceptación de su persona y labor), porque "España es la tierra del miedo a pensar y del miedo a dejar que se piense".19

   

    Un capítulo de su vocación de acompañante y partero se centró en tener informada a la opinión pública culta de las novedades filosóficas europeas. Tan magistralmente realizó esta función, que García Bacca atribuye a Ortega la función de ser "el ojo de España". El ojo no queda expuesto pasivamente a la presencia de las cosas exteriores, como sucede con un espejo o una placa fotográfica, sino que selecciona activamente el espectáculo al cual se abre. El ojo convierte las cosas en ideas, y "se abre a ideas, mientras y a pesar de estar expuesto a realidad. Por los ojos nos invaden las cosas; mas, por maravilla inexplicable, aunque la vivamos, trocamos en ese mismo punto invasores, en comedidos visitantes".20

   

    La cultura española se había encastillado y aislado de la historia europea desde el siglo XVI, convirtiendo los Pirineos en una barrera infranqueable. La "tibetanización" de España produjo una profunda incapacidad de apreciar y juzgar la filosofía que se hacía en el resto de Europa. A lo largo de estos siglos nos han invadido, señala García Bacca, innumerables corrientes de pensamiento. Pero nadie supo de forma fructífera "trocar invasión en visita". Solamente Ortega empezó a realizar tan necesaria y trascendental misión. "El ojo de Ortega nos mantuvo abiertos a la cultura universal, en especial a la filosofía germánica", y por efecto de su acción selectiva, "no hubo libro de religión,  arte,  filosofía,  ciencia...  que,  de  llegar a España, saliera instantáneamente repelido cual por coz de asno, por encima de los Pirineos. Ortega nos lo daba visto, con ojo español, en un prólogo o en una nota previa".21

  

    De esta forma. Ortega se convirtió en el "resonador"22 fiel de todo lo que se pensaba allende nuestras fronteras, convirtiéndose en un auténtico "sismógrafo"23 de sus movimientos culturales, ofrecidos con rapidez y exactitud a la opinión intelectual española. Aunque la función de Ortega se hubiera reducido a esto, con las inevitables (aunque pequeñas) lagunas que hoy podamos advertir, sería para juzgarla altamente atinada y meritoria.

 

3.   ORTEGA, CULMEN DE LA FILOSOFÍA OCCIDENTAL

  

    Pero la altísima valoración que de Ortega hace el García Bacca anterior a 1960, no se reduce a su papel pedagógico respecto a su circunstancia filosófica española. Ortega representa para García Bacca, al igual que para sus más fervorosos discípulos, el puesto primero de la historia de la filosofía, superior a Kant, Hegel, Heidegger, y demás primeras figuras del pensamiento universal.

  

    De ahí que no dude en situarlo entre los máximos representantes del pensamiento contemporáneo, en su importante libro en dos volúmenes, titulado "Nueve grandes filósofos contemporáneos y sus temas",24 al lado de Bergson, Husserl, Heidegger, N. Hartmann, A. N. Whitehead, Unamuno y W. James.

  

    Pero donde García Bacca expresa más concreta y elogiosamente la figura filosófica de Ortega, contrastándola con Platón, Aristóteles, Kant, Hegel, y Heidegger, es en el artículo ya citado, "Pidiendo un Ortega y Gasset desde dentro".25 El título, como se ve, alude al orteguiano "Pidiendo un Goethe desde dentro", y persigue su contenido hallar el "estilo filosófico" de Ortega. Estilo filosófico que, como Ortega decía de Cervantes, en sus "Meditaciones del Quijote", equivale al modo orteguiano de acercarse a las cosas, al modo de habérselas con lo que hay, con la realidad. Para García Bacca, el estilo filosófico orteguiano consiste (y retoca las mismas palabras de Ortega en "Meditacías y del Quijote") en "abrirse un camino entre masas de pensamientos, separar unos de otros los conceptos, hacer penetrar la mirada por los intersticios imperceptibles que quedan entre los más próximos, y una vez puesto cada uno en su lugar, dejar tendidos resortes ideales que les impidan confundirse de nuevo".26 Para Ortega, pues, la realidad no está estructurada de modo previo a nuestro conocer. "Lo primero que hizo en el mundo fue Caos", afirmaba ya Hesíodo.

   

    Muy otra era la forma de pensar de Platón y Aristóteles. Para Platón, las ideas tenían una realidad bien definida, y entre sí estaban organizadas en "constelaciones perfectamente deslindadas". En la visión aristotélica, no hay demasiada diferencia: "las ideas, bien definidas de suyo, cada una con su esencia propia, informarán lo real, conformándolo". 27 Ortega, como buen postkantismo y posthegeliano, sostiene que "las ideas se hallan de suyo, sin la mente, en estado de caos (...), todo un-mar-de-ideas". Para imponer un orden, "tenemos que servirnos del órgano o instrumento del concepto, que es el único medio capaz de poner entre las ideas (proclives a fundirse en bloque, en mar), resortes ideales que les impidan confundirse de nuevo".28 Mirar activo (Ortega), pues, frente a la pasividad de los griegos. Ortega se siente conocedor activo, mientras que los griegos se sienten conocidos, traspasados por los efluvios del ser. "Quietismo ontológico" lo llama García Bacca, raíz del "quietismo religioso" posterior, propio de los medievales, cuando al ser se hace equivalente a Dios.29

   

    Kant es el primer pensador que advierte el carácter activo del conocimiento humano. En la acción cognoscitiva, el sujeto capta y ordena la realidad a través de las formas a priori de la sensibilidad y las categorías del entendimiento. El resultado de tal actividad es el objeto, la parte fenoménica de la realidad. Más allá, como algo radicalmente desconocido, queda la cosa (en sí). Y aquí se halla su limitación, según García Bacca.

  

    Frente a la dicotomía objeto/cosa (en sí) de Kant, Ortega establece otra más radical y verdadera: ser/cosa. Así lo señala en su artículo "Filosofía pura, Kant",30 en el que se basa fundamentalmente García Bacca para establecer la relación entre el pensamiento de Kant y el de Ortega. Para Ortega queda claro que, tras la filosofía de Kant, el ser ya no hace referencia a Dios (como pensaban los medievales), como creador del ser, de la existencia de todo lo que hay; sino que "el ser sólo tiene sentido como pregunta de un sujeto".31 El sujeto establece, en su activo conocer, la distinción entre ser y cosa. El ser no se predica uniformemente, porque no es lo en-sí; sino que hace referencia al sujeto conocedor. Es por tanto un para-otro, un para-mí.

 

   Esto no desemboca en un idealismo, puesto que el sujeto no produce las cosas en cuanto cosas, sino que pone el ser, la estructura formal de lo percibido. Por tanto, la distinción fundamental no se halla entre objeto y cosa (en sí), sino entre ser y cosa. El sujeto humano en cuanto vida humana, se comporta activa y creadoramente, pero dentro de su circunstancia. La circunstancia son las cosas, con las cuales construye su vida, el ser de su vida.

  

    Pero en Kant hay todavía demasiada pasividad cognoscitiva. El sujeto cognosciente ha superado la pasividad del realismo clásico, pero sigue percibiéndose como una pantalla reflectora de lo que hay, aunque ahora lo ordena y estructura. Pero esto es ya insuficiente para el nivel filosófico orteguiano, para la razón vital. En Kant, la razón pura se limita a pensar. Esto es, ordenar lo que la realidad me muestra en caos. Ortega advierte una operación previa y más profunda, propia de la razón vital: ponerse a pensar. Hay en esta operación un mayor dinamismo y actividad. "El dinamismo entra en filosofía, dice García Bacca, por la función de ponerse a".32 Cuando el hombre piensa, funciona con el sistema de formas a priori y con las categorías intelectuales (razón pura), pero previo a eso está la posibilidad de pensar o no pensar. "Sólo cuando nos ponemos a pensar, comienza la vida filosófica a ser posible como dinamismo. Cuando nos ponemos a pensar, no cuando simplemente pensamos, ponemos a las cosas en ser, ponemos el ser de las cosas. Y surge una ontología, cual la esbozada por Ortega".33

  

    De ahí que, en opinión de García Bacca, Kant no llegara a poseer "una ontología en el riguroso sentido de esta palabra". Sí, en cambio, Ortega al descubrir la capacidad de la razón vital de poder ponerse a pensar. De este modo, "plantea la ontología sobre una base nueva, original, insospechada (que Ortega atribuye a Kant), mas en propiedad pertenece a Ortega".34 Y ello es así por cuanto él mismo lo entresaca de lo más valioso de Kant, aunque no sospechado por él.  "En esta dirección fuera, a mi entender, fecundo estudiar las entrañas del Kantismo. Ello nos daría, frente al Kant que fue, un Kant futuro".35 El Kant futuro apuntaría hacia el raciovitalismo: la vida como condición última de posibilidad de la razón pura y de la razón histórica; la vida como realidad radical. Ella es el origen de todo ponerse a pensar.

  

    Desde la metafísica de la razón vital, Ortega supera así mismo el planteamiento hegeliano. El instrumento que la filosofía de Hegel pone para aprehender la realidad es el concepto, "órgano prensor del pensamiento, o el pensamiento funcionando cual mano captora".36 Hegel pretende captar el Ser, destilándolo de las cosas. Pero se le escabulle, porque el Ser es Nada. Y la razón de ello está en que establecía una equivalencia entre Ser y Pensar. Pensar es ser y ser es pensar. "Hegel creyó que el concepto constituía la técnica ontológica capaz, y única capaz, de trocar ser en Espíritu absoluto, ser en Pensar. Y que la historia era esa misma faena de parecida transustanciación, elevación y absorción, paso de todo a estado de Espíritu".37

   

    Pero sólo la Vida, la Razón Vital, es productora de ser, la única capaz de "poner las cosas en ser, el ser en pensar y el pensar en Absoluto".38 Hegel no acaba de traspasar el nivel de la razón pura.

   

    De igual manera, García Bacca sitúa el pensamiento ontológico de Ortega por encima del de Heidegger. Para García Bacca, el nacimiento de la ontología (o mejor, la metafísica) se produce en Heidegger cuando el Dasein, a través del sentimiento de angustia, descubre la contingencia o facticidad de la realidad. Esto es, cuando se enfrenta ante la posibilidad de la Nada, como realidad más allá del ser.39 En cambio, la ontología de Ortega va en dirección contraria, de forma más positiva. Cuando la vida se pone a pensar, es cuando surge el ser, por su fuerza activa y creadora. De forma que el ser, la ontología, es "creación de la mente humana".

   

    La genialidad de Ortega consistió en superar tanto la igualdad de ser y cosa, propia de los griegos y medievales, como la igualdad entre ser y pensar dentro del idealismo. Para Ortega, el pensar pone a la cosa en ser; el pensar origina el ser. Y cada modo de ser depende de la decisión de ponerse a pensar de la razón radical: la razón vital, la vida. De esta forma, Ortega, con su raciovitalismo, ha realizado una revolución total en el universo del pensar, cual un terremoto que desnivela y desordena los estratos filosóficos, y establece tras él un nuevo orden extratigráfico.40 La filosofía en Ortega ha conseguido una nueva profundidad, por debajo de la razón pura kantiana, e incluso por debajo de la razón histórica de Dilthey.

  

    Han sido varias, y polémicas, las formas de interpretar la relación entre Ortega y Dilthey, entre la razón vital y la razón histórica. Para García Bacca no hay ninguna duda sobre la superior profundidad de Ortega respecto a Dilthey. En todos los comentarios a la filosofía de Ortega así lo da a entender, dando por cierta la afirmación de Ortega: "La idea de la razón vital representa, en el problema de la vida, un nivel más elevado que la idea de la razón histórica, donde Dilthey se quedó".41

  

    La vida es la realidad radical, donde se reflejan las demás realidades. Pero no es de naturaleza estática sino amiboide: en cada época histórica, la vida se provee de diferentes aprioris o categorías vitales con las que queda estructurada la realidad. El órgano que la vida posee para aprehender y captar racionalmente la realidad, es la razón pura tal y como Kant intuyó. Pero su limitación estuvo en pensar que sus aprioris son definitivos y permanentes. La racionalidad propia de una época no es definitiva sino provisional. Esa será la función de la razón histórica diltheyana: "descubrir la relatividad de las formas humanas de cultura". 42 Esta labor resulta posible cuando la vida se encuentra aprisionada en un tipo concreto de categorías histórico-vitales. Y como consecuencia, la vida se repliega (como la ameba contrae sus psendópodos) y se da de nuevo otra forma de vida, una nueva racionalidad, con sus peculiares categorías y aprioris vitales. "Y esto es, dice García Bacca, la faena radical de la razón vital, sin la cual no son, vitalmente, realmente, posibles las faenas de la razón histórica y la subsidiaria de la razón pura".43 La razón vital orteguiana es, pues, la raíz central de la realidad y de la racionalidad, situándose como subsidiarias de ella la razón histórica y la razón pura. De esta forma, Ortega representa la inflexión culminante del pensamiento filosófico occidental, el punto de máxima autoconsciencia de la vida en sus sucesivos avatares.

 

4.   EL PENSAMIENTO DE ORTEGA EN EL SISTEMA FILOSÓFICO DE GARCÍA  BACCA

   

    Esta altísima consideración que la filosofía de Ortega le merece a García Bacca, no es fruto de un superficial tono panegírico, propio de los artículos escritos con motivo de la muerte del maestro. La valoración de Ortega por parte de García Bacca es consecuencia de un sincero reconocimiento del valor intrínseco de la filosofía orteguiana, reconocimiento que se halla validado por su directa influencia en el sistema filosófico del García Bacca de los años 40 y 50.

 

    Ya hemos hecho referencia al primer impacto de Ortega en el joven claretiano que regresa de su periplo universitario por Europa. El impacto es doble: de fondo y de forma. Hagamos referencia en primer lugar al impacto formal.

 

4.1.   Literatura y filosofía

  

    Frente a la sequedad del lenguaje teológico de la neoescolástica y de la axiomática científica, las páginas de El Espectador le dejan "deslumbrado por la belleza de su pensamiento".44 Desde este momento, la forma filosófica, el estilo lingüístico con que se envuelve el contenido filosófico, tendrá un gran peso en García Bacca. Esta realidad se refleja en tres aspectos diferentes, pero íntimamente relacionados: el empeño por escribir con una prosa cuidada y literaria, el valor literario y filosófico atribuido a la metáfora y el esfuerzo de trabajar con el lenguaje para hacerlo apto para la filosofía. Son tres facetas que se hallan presentes en Ortega, y que recobran interés y profundidad en García Bacca.

  

    Para nuestro filósofo, el papel de la literatura dentro de la filosofía ha sido siempre fundamental. Filosofía y literatura no pueden ni confundirse ni estar separadas. Ninguna de las dos puede ser empleada como esclava de la otra, porque "cada una de las dos, filosofía y literatura, es interpretación en palabras del mismo universo real, cada una a su manera, original y perfecta, algo así como agua en río y agua en nube".45 Depende de cada hombre el usar un punto de vista u otro, el filosófico o el literario. No cabe duda de que el de García Bacca es el filosófico. Pero la literatura ha de servir de "introductora a la filosofía". La filosofía se convertirá entonces en "término", "sin carácter de Fin último".46

  

    Incluso en sus obras más técnicas y densas, como puede ser "Metafísica"47 y "Curso sistemático de filosofía actual",48 la literatura es siempre para él introducción a la filosofía, por cuanto también para García Bacca, como lo fue para Ortega, la claridad y la belleza formal son la cortesía del filósofo, y esta cortesía llega a su extremo en las obras dirigidas a un público no especializado.49 Si la influencia del sistema filosófico de Ortega no traspaso la década de los 50, como diremos luego, el empeño por escribir literariamente permanece consustancial a la producción escrita de García Bacca.50 El reconocimiento público del valor literario de su obra se produjo con la concesión del Premio Nacional el literatura de Venezuela, en 1978.

  

    Un segundo elemento es el valor que posee la metáfora en la relación literatura-filosofía. Se trata de un tema de enorme interés y que merecería un estudio más amplio, que rebasa las pretensiones de este escrito.51 Me limitaré a señalar algunos puntos de mayor interés.

  

    La metáfora no es sólo un procedimiento estilístico para embellecer el  lenguaje.  García  Bacca  le  concede  una  función  filosófica  nada desdeñable. En varios de sus escritos desarrolla, aunque de pasada y no muy sistemáticamente, lo que podríamos llamar una teoría filosófica de la metáfora. Dos de ellos son especialmente significativos: el prólogo a  la  1.a  edición  de  "Introducción  literaria  a  la  filosofía"  y  "La concepción poética del universo físico". Este segundo escrito lo comienza significativamente con una cita de Ortega. "La metáfora es un trabajo de creación que Dios se dejó olvidado en nosotros". El modo greco-medieval de acercarse a las cosas y de dar razón de ellas se hace a través de la definición, consistente en atribuir a cada cosa su género propio y diferencia específica. Todo con un fondo común que es el concepto de ser, telón de fondo grisáceo y aburrido. Esto lleva a la necesidad de "servirse de conceptos indeterminados que valgan por igual, universalmente, para muchos". Es como pintar la realidad en sólo dos dimensiones y en claroscuro. En cambio, "el procedimiento metafórico permite explicar una cosa mediante otra, conservando ambas su carácter concreto", puesto que metáfora viene a significar "decir una cosa por otra". De esta forma "nos escapamos de los dominios y cárcel de la ontología, de esa ciencia tremebunda que pretende decir de cada cosa ni más ni menos que lo que ella es". Lo que la filosofía tiene que descubrir es que "todo pensamiento es necesariamente metafísico". Consciente García Bacca de ello, pone manos a la obra en el escrito que está prologando, puesto que "esta obra intenta ser una demostración de que toda teoría filosófica, por muy abstracta que sea, no pasa de ser en el fondo sino una metáfora en que unas cosas, al parecer muy neutras (como ser, sustancia, accidente, causa, efecto, acción, lugar, tiempo...), están hablando de otras muy distintas: de la Vida y de los tipos históricos de Vida".52   

 

    El conocimiento humano es siempre metafórico, conocer una cosa por otra. Esto no supone una desventaja sino todo lo contrario. Puesto que si conociéramos cada cosa por sí, no saldríamos de puras tautologías: el hombre es hombre, la cosa es cosa, el dos es dos... y "el universo se nos atornizaría sin remedio". En cambio, porque el conocimiento humano es metafórico, todas las cosas del universo las captamos entrelazadas, unidas en cosmos, pues cada cosa es "un espejo original de todas las demás". Y de esta forma, "el conocimiento (...) es infinito en posibilidades".53

  

    Y si nos referimos al conocimiento físico, la verdad de lo dicho se hace más palpable. La física moderna nace cuando Galileo advierte que "el sentido del universo físico es, ni más ni menos, una inmensa lección de geometría".54 La geometría se convierte así en metáfora de la física. Lo mismo ocurre en la física más reciente cuando Boezmann señala que "el calor no es sino una partida de juego con dados especiales". Es decir, "el conocer físico consistirá cada vez más pertinaz y eficientemente en inventar nuevas estadísticas, nuevos juegos con nuevos dados y en echarlos de nueva manera".55

  

    Esto significa que estamos viviendo en un mundo dominado por la probabilidad y la estadística. Y en tal mundo puede ocurrir de todo en cualquier momento. Frente al determinismo de la física clásica y la ontología estática de la filosofía greco-medieval, el hombre ha descubierto paulatinamente la condición dinámica e indeterminística (probabilística) de todo el universo y de cuanto en él se encierra, el hombre incluido. El hombre es el poeta de la realidad, porque el hombre es vida, y "la vida es la gran utilizadora de las probabilidades creadoras e inventoras que todavía quedan en un universo regido por la ley de la entropía, es decir: por una ley que tiende a reducir lo menos probable a lo más probable".56

  

    Así, pues, la relación del hombre con el universo es metafórica, poética transformadora y transustanciadora. Comienza por hablar de una cosas por otras, y continúa transformando unas cosas en otras. El hombre es, pues, poeta (poiesis) de la realidad y de sí mismo. Aquí hay una nueva metafísica, teoría del conocimiento, y antropología; en definitiva, una nueva cosmovisión.

  

    Y nos falta hacer referencia al tercer aspecto de la influencia formal de Ortega: el esfuerzo por hacer del castellano un lenguaje apto para la filosofía. Parece ser éste un empeño común a los filósofos españoles del primer cuarto de siglo. En Ortega se ve patente la necesidad y el esfuerzo de acuñar nuevos términos, que ayuden al trasvase conceptual de los idiomas europeos más aventajados en filosofía. García Bacca persigue idéntico objetivo a lo largo de toda su obra escrita. Pero no mantiene nunca una postura servil, de pura acomodación del castellano al alemán, francés o inglés, puesto que no hay idiomas privilegiados para filosofar. Cualquier idioma es apto para la filosofía, con tal de que cuente con filósofos de talla que lo usen y lo acomoden a su necesidad de expresión.57 El filósofo tiene que jugar con el lenguaje, acorralarlo, amasarlo y extraer de él todas sus posibilidades, que son prácticamente infinitas.

  

    Para García Bacca, "el español es una lengua con una potencial riqueza filosófica".58 No necesita estar pendiente de lo que hacen otros filósofos foráneos. Basta pensar con profundidad en castellano, pues la revitalización filosófica del lenguaje no va a venir de los filólogos, sino de filósofos geniales que piensen en castellano y acomoden el idioma a las necesidades de su pensamiento. Eso ha hecho García Bacca. Para comprobarlo basta leer, entre otras obras, su "Metafísica",59 "Curso sistemático de filosofía actual",60 "Introducción literaria a la filosofía", "Tres ejercicios literario-filosóficos de economía", "Tres ejercicios literario-filosóficos de antropología", "Tres ejercicios de moral", "Tres ejercicios literario-filosóficos de dialéctica",61 "Ensayos",62 etc.

  

    Este afán de filosofar en castellano, y de hacer del idioma un instrumento útil para filosofar, le viene especialmente, como indica Florentino Martino, del interés de García Bacca por conectar en la sabiduría del pueblo, debido al contagio de Antonio Machado. Pues "filosofar en castellano es filosofar con el lenguaje del pueblo, que no es (por suerte) el lenguaje sofisticado y empalagoso de tantos escritores nuestros".63 De ahí el afán de García Bacca en leer continuamente a los clásicos, para abastecerse en ellos del lenguaje más castizo, del lenguaje fresco y natural que usa el pueblo. Y de ahí también que esté toda su obra salpicada de expresiones populares, llenas de gracia y agudeza, que adornan su prosa y le contagian de frescura y espontaneidad.

  

    El castellano dista mucho de ser un idioma maduro para la filosofía. 64 Pero tras la brega de filósofos como Ortega, García Bacca, Zubiri y otros, el camino se halla ya muy adelantado.

4.2.   El vitalismo historicista

  

    Pero la influencia orteguiana en el pensamiento de García Bacca es más clara y decisiva en su fondo que en lo formal. Veamos cuáles son las coordenadas de esta influencia.

  

    El "suelo filosófico"65 del pensamiento del García Bacca inmediatamente posterior a la guerra civil, está constituido por el raciovitalismo orteguiano y el historicismo de W. Dilthey. Sobre este suelo intenta construir su propio sistema filosófico, adentrándose con originalidad por áreas del pensamiento no recorridas por sus mentores, aunque sí sugeridas y apuntadas. Tanto Ortega como Dilthey actúan en García Bacca como incitadores y provocadores de su peculiar forma de pensar. Si, por un lado, es deudor de pensamientos foráneos en los que se apoya, por otro se esfuerza por hacer honor al lema ilustrado "atrévete a pensar", sin miedo a la verdad ni al error.66   

 

    De ahí que se lamente de la idolatrización en que según él se ha caído en España con el pensamiento de Ortega. "Lo dijo Ortega, punto redondo". Toda repetición pasiva del pensamiento de un autor es puro escolasticismo. Filosofar es lo más opuesto al escolasticismo: "en vez de Filosofía y escolasticismo, Filosofía y libertad".67 Superando toda actitud escolastiquera, García Bacca construye su propio sistema filosófico apoyado en el raciovitalismo. Dejando atrás el neoescolasticismo, le bastaron los años de estancia en París, durante la guerra, y los primeros años de Quito para dejar plasmado su propio sistema en tres libros fundamentales, "Introducción al filosofar", "Invitación a filosofar" (2 vols.) y "Tipos históricos de filosofar físico, desde Hesíodo hasta Kant".68 Su sistema, que hemos denominado "vitalismo historicista",69 se articula en tres aspectos fundamentales: su hermenéutica histórico vital, su concepción de la transfinitud humana y su visión del universo físico.

 

4.2.1.  Hermenéutica histórico-vital

  

    Para el autor de "Introducción al filosofar" e "Invitación a filosofar", al igual que para Ortega, la vida es la realidad radical. El concepto unificador de toda la realidad no es el ser, sino la vida. La vida es la realidad trascendente a todo lo que existe, como la sustancia última de todo. De ahí que las cosas, el hombre, la cultura, no sean más que la encamación y el cuerpo de la vida.

  

    Siguiendo la imagen metafórica de Ortega,70 para García Bacca la vida se asemeja a la ameba, realidad que carece de contextura estática y fija, y en cualquier momento puede crearse los órganos que le piden sus necesidades. Hay momentos en que la vida forma sus pseudópodos y se encama en una cultura determinada, y otros en que la vida se retrotrae y se repliega sobre sí misma. Es entonces cuando mueren las culturas, dejando la vida tras de sí cadáveres, restos de civilizaciones que estuvieron repletas de vitalidad, pero que ya han muerto.

  

    La vida, pues, se encarna en las cosas y no es nada sin ellas. Se halla en un permanente juego dialéctico de ensimismamiento y alteración.71 A esta alteración, o salida de sí de la vida, le llama García Bacca desvivirse: "La vida se des-vive, precisamente y únicamente, por tener que exteriorizarse en las cosas".72 Pero en este desvivirse le acecha la muerte. De dos maneras puede ocurrir: por retraimiento y por abocamiento. En el primer caso, "bastará que, por motivo u otro, o la vida se retraiga de las cosas, o que las cosas se retraigan de la vida, haciéndose imposible el desvivirse en, por falta de objetos, para que la vida se ahogue en sí misma, muera por angustia".73

  

    La muerte por abocamiento se produce por el fenómeno contrario:"al desvivirse íntegramente, volcarse totalmente, tal y tanto que ya no se presenten ni sean vividas como cosas, cual objetos, sino que sea la vida la que resulte codificada, petrificada, fosilizada, muerta por abocamiento, por amorramiento sobre las cosas".74 Tal sucede en las épocas históricas en que la vida humana se vive como una cosa más, sin distancia crítica respecto a ellas.

  

    La vida humana es, por tanto, una sucesión histórica de retraimientos y abocamientos, ensimismamientos y alteraciones, que se suceden alternativamente, pero sin racionalidad prospectiva sino retrospectiva.75 Esto es, sólo se advierte el camino que la vida va recorriendo, a posteriori. No cabe ya una filosofía de la historia apriórica, al estilo de Hegel.

  

    El trabajo del filósofo se tiene que centrar en auscultar bajo la cascada de acontecimientos históricos, la esencia de la historia: la vida, en sus diferentes etapas o épocas vitales. Ésta será la labor de la hermenéutica histórico-vital o categorial-vital.

  

    Y a esta labor se dedica García Bacca con especial ahínco en la mayoría de sus libros, centrándose fundamentalmente en la época griega. Considera que esta labor nadie la ha realizado hasta ahora, habiéndola sólo apuntado W. Dilthey.76 Se trata de descubrir las categorías o instrumentos que la vida emplea en cada época para expresarse, vivirse o desvivirse en las cosas. Tales categorías son el tipo de filosofía, de ciencias, de organización social, etc., con que se estructura la vida en un período histórico determinado. Así, cada época histórica posee una unidad categorial, que se vislumbra en todos sus componentes culturales.

  

    Por medio de esta perspectiva hermenéutica, "nos colocamos, dice García Bacca, en un punto de vista trascientífico, desde el que descubrimos la vida como trascendente, como lo trascendente por antonomasia y monopolio frente a todas las ciencias, cualquiera que sea su estructura de presente. Digo, pues, que el plan trascendental-vital de una vida que se vive a sí misma como "una" y por esta unidad interna se distingue de los demás, se manifiesta y descubre a sí misma en la estructura "unitaria" de las ciencias, que no son, en definitiva, sino la manera de trato con las cosas, o la manera particular como las cosas se presentan o se hacen objetos para la vida y ante la clarividencia de la vida".77

   

    Desde este punto de vista hermenéutico, se pueden advertir cuatro épocas históricas, o "cuatro inflexiones y cambios de dirección y velocidad que la vida ha realizado a lo largo de su historia".78 Y son, la vida como singular, individuo, persona79 y una cuarta época, de mayor profundidad vital que aparece con Dilthey y Ortega. La progresión que se establece entre el primero y el último estilo de vida, hace referencia a la progresiva interiorización de la vida y su distanciamiento de las cosas.

  

    Al mismo tiempo, es importante señalar que en la progresiva maduración de las etapas vitales, se da un perfecto paralelismo entre el crecimiento de cada individuo y de la sociedad. Las cuatro etapas marcan el crecimiento antropológico y socio-histórico; es decir, ontogénesis y filogénesis son paralelas.

  

    La vida como "singular" corresponde a la infancia de la vida, a la época griega y medieval. Es la época en que el hombre se vive entre las cosas como una cosa más. No ha tomado distancia de ellas, porque su individualidad e intimidad están inmaduras. Con el Renacimiento, se produce el surgimiento de la intimidad humana, y un progresivo distanciamiento de las cosas. Es la etapa de la vida como "individuo". El filósofo representativo de este estilo de vida es Descartes. Con él surge el yo, desde el que se organiza el mundo. La vida ya no posee una actitud pasiva, sino activa, ofensiva. El método filosófico y científico ya no es la  definición (instrumento griego), sino la construcción. La esencia de las figuras geométricas ya no consiste en ver su figura bellamente delimitada, sino en "su construcción sistemática (en), la génesis científica de todas y cada una en el campo abierto al infinito de las coordenadas".80

  

    Con la época kantiana se produce un nuevo salto vital. Con él la vida adquiere una actitud genética, un grado más activo que la actitud constructiva cartesiana. En Kant, la vida adquiere un mayor grado de intimidad y de actividad. Ya no se limita a ser consciente de la realidad, sino que conocer es formar los objetos del conocimiento, a través de los aprioris de la sensibilidad y del entendimiento. Por tanto, el yo trascendental de Kant es más profundo que el yo cartesiano. El yo trascendental llega, en su función constructora, a ser condición de posibilidad de su mundo. Es la función genética de la vida. En esta fase, como en todas, las ciencias tienen que encontrarse al nivel de la vida. En realidad, fueron ellas, antes que la filosofía (para García Bacca sucede así siempre), las que se situaron en nivel trascendental. Del factor científico (la física de Newton) se pasó a la consciencia del yo trascendental (Kant). A la ciencia griega, que sólo tenía ojos, le han salido manos prensoras y transformadoras.

  

    Pero nos hallamos al inicio de una cuarta época, la fundamental, apuntada por el raciovitalismo. Con Dilthey y con Ortega, la vida ha conseguido una mayor intimidad y consciencia de sí misma. Con Kant, la vida se ha experimentado creadora de realidad. Pero ha caído en el error de creer que sus aprioris genéticos son invariables históricamente. La razón histórica de Dilthey se encargará de mostrar a la razón pura kantiana su error. La razón pura es el órgano de aprehensión vital de una sola época.

   

    Tendrá que aparecer la razón histórica para mostrar la historicidad, la  relatividad,  de  todo  producto  cultural  humano.  Pero  la  razón histórica no es la definitiva, sino un mero instrumento de la razón vital. Cuando a la razón histórica le viene estrecho un tipo concreto de vida, ésta se retrotrae y ensimisma, y se da posteriormente un nuevo tipo categorial-vital. Sin la razón vital no son, pues, posibles ni la razón histórica, ni la razón pura.81

   

    Con Ortega, y su razón vital, hemos llegado a la máxima intimidad de la vida; la vida en su mismo proceso de ensimismarse y desbocarse  en las cosas. Ahora se puede ya realizar una completa hermenéutica  histórico-vital, o categorial-vital, asistiendo al dinamismo que posee la  vida, advirtir las etapas por las que discurre, sus caracteres... En suma: sus leyes de funcionamiento, su racionalidad.

 

 4.2.2.   La transfinitud del hombre y de la realidad

   

    La concepción antropológica garciabaquiana de estos años gira alrededor de la idea del hombre transfinito, deudor en alguna medida  de la filosofía del hombre orteguiana. Para definir y dar cuenta de la  realidad humana no nos sirven las categorías de la ontología tradicional, pues el hombre es vida, y la vida es histórica. Así, el hombre no tiene naturaleza, sino historia. Y esta historia consiste en el proceso de autogénesis, de llevar a cabo el proyecto que cada hombre es y quiere llegar a ser, por libre elección. Estas categorías orteguianas se hallan a la base de la antropología de García Bacca. Pero él va más allá, en el empeño de precisar la condición humana y su tarea de autocomprensión y autorrealización.

  

    En la faena de llegar a ser lo que tiene que ser, el hombre se halla, según García Bacca, entre dos extremos: el ser perfecto (Dios) y el ser mortal, cósico y accidental. Toda la realidad, y el hombre entre ella, se halla poseída por un fuerte dinamismo que tira de ella en dos direcciones opuestas: una hacia el ser perfecto y otra hacia la nada. Movimiento hacia ser y hacia no-ser, hacia entificación y hacia aniquilación.82 Debido a este dinamismo, el hombre se halla arrastrado por el deseo de ser Dios. De ahí que señale García Bacca que el hombre es un ser "endemoniado", poseído por la ambición que trajo la desgracia a Lucifer. Pero esta aspiración "no es pecado entitativo, sino desgracia ontológica. Y querer ser Dios no es el mayor de los pecados, sino la mayor de las tragedias íntimas de una "cosa".83

   

    Estas ansias de querer ser Dios muestran que el hombre es un ser transfinito, situado a mitad de camino entre lo infinito y lo finito. Es un proyecto en perpetuo hacerse. Lo que es, lo es por pura facticidad, y se siente constreñido por su estrechez. Y aquí radica la prueba experiencial de su transfinitud. Él que es constitutivamente finito no sufre por ser tal. Le va la facticidad a su medida. Pero el hombre sufre por verse limitado. No tiene naturaleza, ni esencia. Su condición actual es provisional, pasajera. Experimenta, su realidad como un gas a presión dentro de un recipiente constringente. Su punto de mira es el infinito.

   

    Pero aquí está también su tragedia, pues tiene conciencia de que  "tiende a un límite inaccesible, que uno se acerca indefinidamente a él, que no hay barreras concretas infranqueables, pero que siempre surge una nueva, franqueable a su vez. Lo que no es franqueable ni superable  es la necesidad de que en cada momento haya una barrera u otra".84

   

    Por tanto, la condición transfinita del hombre se halla definida por  estos dos extremos: en primer lugar, la necesidad de estar apoyado siempre en una realidad material que le limita y le aprisiona (trans finítud); y, al mismo tiempo, su tendencia a lo infinito, sabiendo que nunca lo conseguirá, sino que se trata de un ideal a perseguir incansablemente (trans finitud).

 

 4.2.3.  La condición probabilística del universo

   

    Pero esta fuerza transfinitante no queda encerrada en el hombre, sino que la contagia al resto de la realidad. Todo el universo se halla poseído por una dinámica de autosuperación, cuyo origen es la transfinitud del hombre. Su misión es "someter todas las cosas y todo lo de todas las cosas al proceso transfinito por excelencia y supremacía: al límite "Dios", y ver qué va resultando de cada cosa, cuáles revientan y quedan indefinidas, cuáles, por el contrario, se reabsorben en otro tipo superior, que al ser sometido él mismo al proceso transfinito, se supera y desdefine para dar otra definición más comprensiva, más próxima al límite "Dios". En este sentido, filosofar es hacer teología, "endiosar las cosas, todas".85

   

    La física actual nos está mostrando la naturaleza dinámica de la realidad material. Ha quedado superada la visión determinística de la física clásica, y se ha impuesto una visión probabilística, que concibe a la materia estructurada por leyes estadísticas.86 Así lo ha mostrado Boetzmann y otros físico-matemáticos como Fermi, Dïrac, Bose, Einstein, de Broglie, Schródinger, Heisenberg y otros. Cada uno inventó un tipo de estadística, ya que ni tan siquiera hay un sólo tipo de ella.87

  

    Esta base probabilística no sólo pertenece a la realidad física, sino también al ámbito de lo biológico, intelectual y cultural. No otra cosa quiso expresar Bergson al afirmar que "la vida es un surtidor de novedades", surgidas con espontaneidad probabilística. Nos hallamos, pues, bajo el dominio del azar, de la novedad constante y permanente. El universo, como ya señaló poéticamente Mallarmé, se asemeja a una monumental partida de dados, donde pueda salir cualquier resultado. Nos hallamos apoyados en un mundo en que domina la sorpresa, la invención, lo inesperado. "Ni la jugada más sorprendente y favorable de dados puede abolir y eliminar el azar, llevar hasta la necesidad".88

  

    Éste es el tipo de ciencia física a la altura del tipo de vida actual. En las demás ciencias se ha dado idéntico terremoto transformador, como consecuencia de la condición transfinita del hombre, sujeto de todas las ciencias. A pesar de que cada ciencia tiende a constituirse como un mundo cerrado, perfecto, bien sistematizado y autárquico, al margen de las otras ciencias, ninguna logra su propósito, pues "toda ciencia es esencialmente incorporable a una dialéctica".89 Cada ciencia no se constituye perfectamente dentro de sí, sino que tiene que ser completada por otra de nivel superior. La física necesita de la geometría, y ésta tiene que recurrir a la aritmética. Galileo ya vio que el universo físico está construido con caracteres matemáticos.

  

    A su vez, la aritmética se tiene que fundamentar en la lógica. Así que la lógica aparece como la ciencia suprema, el eslabón superior y punto de apoyo de las demás ciencias. Pero la lógica necesita fundamentarse en una metalógica, y ésta en la conciencia humana, pues todas las ciencias son construcciones de la vida humana. "La vida ha constituido, dice García Bacca, no hace mucho tiempo, una ciencia suprema: límite superior infranqueable para todo tipo de plan categorial científico:  es la lógica,  ciencia única en que  su forma plena coincide necesariamente con la forma trascendental, de modo que su fundamentación no se halla en otra ciencia superior, como la geometría en el análisis, sino en la conciencia en cuanto trascendental en acto."90

  

    Pero el tipo de escalonamiento entre las diferentes ciencias, y la mayor o menor dependencia entre ellos, no ha sido siempre igual. Ha dependido de los diversos tipos de vida desarrollados en la historia. Por ejemplo, la geometría euclidiana depende mucho menos de la aritmética de lo que depende la geometría de Riemann. Cada época histórica, ya lo hemos visto, posee su peculiar "plan categorial-vital" con el que estructura y capta el universo de la realidad.  

 

    La vida en su estadio actual se nos ha mostrado, en su más clara transparencia, como pura dinamicidad. Todo está atravesado por el dinamismo de la transfinitud; el mundo de lo físico y de lo biológico, el mundo de lo humano, tanto en su aspecto antropológico, epistemológico, como socio-histórico. Frente a una concepción estática, determinística, del mundo, del hombre, y de la historia. García Bacca propone, apoyado en las ciencias y la filosofía a la altura de nuestro tiempo, una cosmovisión dinámica y creadora, que abarque desde el microcosmos hasta el mundo de las galaxias, desde el hombre individual hasta el proceso socio-histórico.

   

    En resumen, la vida es la realidad radical y dinamizadora de todo lo que hay. Todo se nos muestra dinámico, creativo, espontáneo y cambiante. La cosmovisión estática de la filosofía clásica, basada en la categoría de "ser", ha quedado rotundamente superada. Tanto la física actual como la filosofía del momento (raciovitalismo), nos muestran que todo es un continuo fluir de novedades, de saltos dialécticos, de naturaleza estadística y probabilística. De ahí que, a la hora de dar razón de esta realidad, tengamos que echar mano de otras categorías filosóficas, antropológicas y hermenéuticas. La filosofía tiene que ser hermenéutica: desentrañadora de las estructuras histórico-vitales, que unifican y dan sentido a cada etapa histórica.

  

    Pero donde la dinamicidad se advierte con más fuerza es en el hombre, puesto que es su raíz y su fuente. La transfinitud, condición propia del hombre, se contagia a todo el resto de los seres, y les fuerza sobrepasar continuamente su condición natural. De tal suerte que todo lo que hay, queda convertido en proyectil que apunta a una meta: el Absoluto. Todo es, pues, provisional, mera facticidad, un momento o peldaño de la gran escalera dialéctica, situada entre la materia y Dios.

  

    Tras este recorrido por el sistema filosófico del joven profesor de Quito, advertimos las dos caras que habíamos indicado al principio: la deuda y cercanía con el pensamiento de Ortega, a la vez que la originalidad y distancia que establece con él. Si es verdad que el pensamiento de Ortega constituye el suelo filosófico que le sirve de apoyo (si bien no es sólo Ortega quien se halla en la base), el edificio que se levanta sobre dicho suelo, posee total y absoluta originalidad.

 

5.   EL DISTANCIAMIENTO DE ORTEGA

 

   La maduración de García Bacca le irá distanciando progresivamente del ámbito filosófico de Ortega. A finales de los años cuarenta, el suelo filosófico orteguiano será sustituido parcialmente por el existencialismo de Heidegger. Pero alrededor de 1960, cuando la influencia del marxismo empiece a ser determinante en la obra de García Bacca, Ortega será arrumbado de forma definitiva.

  

    Cuando García Bacca regresa, en 1977, por primera vez a España, tras su exilio, al hacer recuento de su periplo intelectual, reconoce explícitamente la influencia de Ortega (junto con Machado) en su desarrollo filosófico. Pero en su "Autobiografía intelectual", escrita en 1982, resulta sorprendente que, entre el amplio abanico de filósofos y científicos que reconoce haber influido en su pensamiento, no aparezca el nombre de Ortega. No caben más que dos posibles razones explicativos: el olvido, o la infravaloración de lo que Ortega supuso para su pensamiento cincuenta años antes.

  

    El olvido resulta incomprensible, cuando en fechas cercanas él mismo aceptaba la influencia decisiva de Ortega en el cambio de rumbo de su filosofía juvenil. Por lo cual, parece que no cabe más que admitir una infravaloración del paso orteguiano en su filosofar. Algo de esto observamos en el diálogo entre C. Gurméndez y García Bacca. Cuando el primero le pregunta: "En Curso sistemático de filosofía actual reconoce deber a Kant, Marx, Whitehead y Sartre una influencia sobre su pensamiento, ¿algún filósofo español ha influido en su pensamiento, en su prosa?", le responde García Bacca de este modo tan significativo: "Como se trataba de una obra rigurosamente filosófica, no cabía que citase autores españoles".91 No puede estar más lejos esta afirmación de aquellas en que situaban a Ortega en la cumbre de la filosofía occidental. El tiempo no ha pasado en vano.

  

    Pero, aunque García Bacca ha evolucionado sobremanera desde aquellos primeros años de la postguerra, creemos que se muestra injusto con su deuda hacia Ortega al ignorarlo sistemáticamente en sus recuerdos autobiográficos. Injusticia doble, por cuanto atribuye a otros autores los efectos que pertenecen propiamente a Ortega. El filósofo madrileño ha influido en García Bacca mucho más de lo que García Bacca parece estar dispuesto a reconocer en la atalaya de sus ochenta años. La distancia le hace ser injusto e imparcial, y, como él mismo concede, su autobiografía no responde del todo a "lo que ha sido, sino (a) lo que habría querido ser o cómo habría querido verme después de cincuenta o sesenta años de actividad intelectual".92

  

    El acercamiento al marxismo, a través de la poesía popular de A. Machado, situaron a García Bacca en las antípodas de la filosofía de Ortega y de Heidegger. El elitismo e individualismo del pensamiento orteguiano quedaron superados por una filosofía más crítica, social y comprometida con los problemas del hombre concreto, del hombre que vive en una sociedad atravesada por la lucha de clases.

  

    Por tanto, si fuerte fue la presencia y el prestigio de Ortega en el García Bacca de los años cuarenta y cincuenta, también lo fue el olvido y alejamiento de sus postulados filosóficos desde que, hacia comienzos de los años sesenta, su filosofía camina de la mano del marxismo.

 

1 Cfr. "Autobiografía intelectual de J. D. García Bacca", Anthropos (Barcelona), 1982, n.° 9, 4-10.

   

2 Cfr. C. Beorlegui, "La filosofía del hombre en García Bacca", Bilbao, Universidad de Deusto, 1983 (tesis doctoral); "El humanismo utópico de J. D. García Bacca", Anthropos (Barcelona), 1983, nº 29-30; "García Bacca, un filósofo navarro desconocido", Príncipe de Viana (Pamplona) (próxima aparición).

   

3 De metaphysica multítudinis ordinatione..., Divus Thomas (Piacenza), 1928-29.

 

4 Así lo califica E. Pucciarelli en el prólogo al libro de García Bacca, Introducción al filosofar, Tucumán (Argentina), Universidad de Tucumán, 1939.

  

5 Sobre esta última etapa, Cfr. C. Beorlegui, "Una nueva visión antropológica de J D García Bacca", Estudios Filosóficos (Valladolid), 1986.

  

6 En Munich cursó estudios de física nuclear de la mano del físico Sommerfeid, director del Max Planck Instituí. Cfr. A. Trendall, Diálogo filosófico con el profesor García Bacca, Bolívar (Bogotá), 1954, n.° 34, 693-703.

  

7 El País, 22-IX-1977.

  

8 Entrevista de Carlos Gurméndez, El País, 16-VII-1978.

  

9 Como hemos indicado, García Bacca se formó en Cataluña (tanto en los centros clericales de Lérida, como posteriormente en la Universidad de Barcelona) y en Universidades europeas. Su relación con los círculos universitarios fue más bien tardía, cuando ya tenía cumplidos los treinta años. Algunos críticos lo suelen encuadrar en la llamada por Nicol "Escuela de Barcelona" ("La Escuela de Barcelona", en El problema de la filosofía española, Madrid, Tecnos, 1961), influenciado y relacionado con Serra Hunter, J. Xirau y otros. García Bacca se relacionó directamente con varios representantes de la llamada por J.  Marías  "Escuela de  Madrid" (La Escuela de  Madrid,  Madrid,  Rev.  de Occidente, 1959), como X. Zubiri y J. Besteiro. Pero siempre se mantuvo independiente de cualquier círculo escolar. Cfr. J. L. Abellán, Panorama de la filosofía española actual, Madrid, Espasa-Calpe, 1978, pp. 142 y ss. García Bacca no estuvo de profesor en la Universidad de Barcelona más que dos cursos: 1934-35 y 1935-36. Igualmente, fue profesor de la Universidad Católica de Madrid, y de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo de Santander (verano de 1936). Pero fueron muy pocos años para poder entrar en los círculos intelectuales cercanos a Ortega. Ya en el exilio, estaban destinados a encontrarse en México, donde ambos habían sido invitados a explicar cursos sobre Heidegger. García Bacca acudió pero no Ortega, no demasiado interesado en conectar con la colonia exilada de México, dada la postura neutralista (3.a España) del filósofo madrileño.

   

10 Cfr. entre otros textos Patricio Canto, El caso Ortega y Gasset, Buenos Aires, Ed. Leviatán, 1958.

   

11  J. L. Abellán, Ortega y Gasset en la filosofía española, Madrid, Tecnos, 1966, p. 13.  

 

12  Revista Nacional de Cultura (Caracas), 1956, enero-febrero, 27-36.

  

13  En  Homenaje  a  Ortega y  Gasset,  Caracas,  U.C.V.,  1958,  7-18  (recopilación  de conferencias dadas en la Universidad Central de Venezuela, en 1955).

  

14  "El estilo filosófico...", p. 27.

  

15  Prólogo a la 3.a edic. de las Obras Completas,  Madrid, Rev. de Occidente,  1943, p.XV.

  

16  J. D. García Bacca, "Pidiendo un O. y G.", o.c., p. 9. Los subrayados son de García Bacca.

  

17  Ibídem, p. 9.

   

18  Ibídem, p.  10.

   

19  Ibídem, p.  11.

  

20  Ibídem, p. 15.

  

21  Ibídem, p.  18.

 

22  Zubiri, en un artículo titulado "Ortega, maestro de filosofía". El Sol (Madrid), 18 de marzo de 1936, calificaba a Ortega de resonador, propulsor, sensibilizador y creador de un espacio para el filosofar. Tomo el dato de A. Pintor Ramos, "El magisterio intelectual de Ortega y la filosofía de Zubiri", Cuad. Salm. de Filosofía, X (1983), 53-76; 65.  

 

23  García Bacca lo considera un "sismógrafo" y un provocador de un nuevo terremoto en el campo de la filosofía intelectual: Nueve grandes filósofos contemporáneos y sus temas. Caracas, U.C.V., 1947, Vol. II, capítulo 8.° dedicado a Ortega. Cfr. también, C. Morón Arroyo, El sistema de Ortega y Gasset, Madrid, Alcalá, 1968, p. 439.

  

24  O. C. El capítulo dedicado a Ortega se halla en el Vol. II, Cáp. 8.°: "Ortega, o el valor vitamínico de la filosofía".

  

25  Cfr. nota 13.

 

26  Id., pp. 27-28.

 

27  Id., p. 28.

 

28  Id., p. 29.

 

29  Cfr.Id.,p. 31.

 

30  Ortega, Obras Completas, Madrid, Rev. de Occidente, 19553 Vol. IV 48-59.

 

31  Ortega, o.c., pp. 975-976.

 

32  G. Bacca, "El estilo filosófico de J. O. y G.", o.c., p. 34.

 

33  Id., p. 34. Los subrayados son de García Bacca.

 

34  Id., p. 35.

 

35  Ortega, Filosofía pura, 58-59.  

 

36  García Bacca, "El estilo...", p. 32

 

37  Id., p. 36.

 

38  Id., p. 36.

 

39  García Bacca tiene numerosos artículos sobre el pensamiento de Heidegger, escritos entre los años 1945-1955, y publicados posteriormente en Existencialismo, México/Xalapa, Univ. Veracruzana, 1962.

  

40  Con estos símiles geológicos se expresa García Bacca al estudiar la filosofía de Ortega en Nueve grandes filósofos contemporáneos.

 

41  Ortega, citado por García Bacca en Nueve grandes..., Vol. II, p. 48.

 

42  Id.,p. 159.

 

43  Id.,p. 161.