Poesía y filosofía

 

García-Bacca y María Zambrano

 

     Los filósofos "transterrados" llegan a México. El Colegio de México, la universidad, los múltiples espacios editoriales, permiten el despliegue de la actividad filosófica que se ha iniciado al otro lado del Atlántico.1 José Gaos, además, advierte de inmediato la significación de la trayectoria intelectual de los mexicanos que se han desasido del positivismo decimonónico y han construido los discursos sobre su propio mundo sin renunciar a los instrumentos hermenéuticos que les presta la filosofía contemporánea. Cuando llegan José Gaos o Juan David García-Bacca aquí encuentran a Antonio Caso o a José Vasconcelos.2 Aquí hallan una filosofía, como la interpretación de la cultura ibero-americana con la que Vasconcelos promueve una visión "del mundo de acuerdo con nuestras emociones". Aquí observan también la poderosa huella de Ortega y Gasset. Los "transterrados" se adaptan con rapidez; agudizan el oído para escuchar las diferencias mexicanas y americanas, a veces con enorme esfuerzo si se piensa que traen con ellos el pensamiento, nada débil, de Hussere, de Dilthey, de Heidegger, o la herencia de los maestros españoles, Xavier Zubiri y Ortega, ahora tan lejanos. El deseo de aproximación y encuentro con México, en efecto, se manifiesta casi de inmediato. Gaos escribe un artículo sobre El perfil del hombre y la cultura en México, el libro que Samuel Ramos había publicado en 1934 y que había sido ignorado o, simplemente, ninguneado.3

      

  La simpatía parte de raíces comunes; y de ahí también proceden  las dudas que despiertan los lazos que ahora se establecen. Desde las paginas de El Hijo Pródigo, por ejemplo, se censura que en  La historia de la filosofía en México (1943), de Ramos, se destaque en exceso la influencia orteguiana en Caso o que el autor se señale a sí mismo como el primero en promover el ensayo de reflexión filosófica sobre la "circunstancia mexicana". La crítica alcanza, además, a Vasconcelos, que no había esclarecido con nuevos datos la época precolonial, la colonial, la de la independencia o la contemporánea en su Historia del pensamiento filosófico.4  Los transterrados llegan, ciertamente, a un país donde los intelectuales libran importantes debates en torno a la asimilación de las nuevas posiciones filosóficas y en medio de una compleja cultura que no es europea, pero tampoco completamente americana. "Penetre un americano con la mirada -señala Gaos con cierta osadía- cualquier cosa de esta circunstancia también enorme y delicada, el Anáhuac o el guajalote, el tezontle o la Coatlicue, el personalismo o la mordida, la lírica o el cantinflismo, hasta sus principios, y ahí estará la filosofía americana". La indicación muestra con claridad la apertura que se produce en algunos pensadores españoles. Todos no llegan a reflexionar sobre los enigmas de los principios en las culturas americanas, pero sí estimulan a los más jóvenes a que indaguen en esta dirección. El caso más conocido y más relevante es el de Leopoldo Zea, al que Gaos ayuda nada más llegar y al que, en vez de animarlo a una investigación sobre los presocráticos, le sugiere que en el estudio de la filosofía del propio país puede aportar más que en temas muy transitados por los investigadores europeos. Zea, como se advierte enseguida en las páginas de El Hijo Pródigo, termina y publica El positivismo en México y Apogeo y decadencia del positivismo en México y no por ello deja de interpretar la historia de la filosofía occidental. Lo propio no está reñido con la universalidad.5 En uno y en otro sentido, o en los dos a la vez, se mueven en distintos momentos de sus vidas Gaos, García-Bacca o María Zambrano, aunque los enigmas del principio puedan estar en México, en Venezuela o en Cuba. Los "transterrados" continúan así sus procesos intelectuales con esa extraña continuidad a la que aludí al comienzo de este libro. Así orientan, escriben o traducen. Gaos va a persistir en la lectura de Heidegger. Su interés se había avivado desde la época madrileña en que Xavier Zubiri regresaba de sus encuentros con el filósofo alemán; y comenta ahora, en sus clases mexicanas, los pasajes de Sein und Zeit, del que finalmente da a conocer su versión en el Fondo de Cultura Económica.6 Por el mismo camino de la traducción avanza Eugenio Imaz, que fue discípulo de Heidegger y gran amigo de Zubiri, animador de revistas como Cruz y Raya..., y también traductor de las obras completas de Dilthey. En el mismo sentido, García-Bacca. La traducción abre, definitivamente, las puertas a la filosofía en lengua española.

 

     En las páginas de El Hijo Pródigo colaboran Eugenio Imaz, Juan David García-Bacca, María Zambrano, José María Gallegos Rocafull, José Bergamín, José Ferrater Mora... José Gaos sólo se encuentra entre los que participan en el "Debate en torno a San Juan de La Cruz". La razón es simple. El Hijo Pródigo quiere ser, sobre todo, una revista ágil de crítica y de creación en consonancia con la hora menesterosa en la que nace. Son los años de la Segunda Guerra mundial. Es probable que no se tuviera excesivo conocimiento del papel intelectual y moral desempeñado durante esta época por el profesor de la universidad de Friburgo, pero la realidad es que ni Heidegger, ni su filosofía, ni Gaos como comentarista español, resultaban excesivamente simpáticos a la dirección de la revista. Pasado el tiempo, Octavio G. Barreda lo enuncia con claridad: "seguimos una especie de norma: huir de todo lo barroco y confuso, muy particularmente de esa plaga seudofilosófica que nos cayó un poco después de la llegada de Gaos y otros filósofos españoles. Era ya inaguantable aquel mar de "daseins", de "ser, el ser, lo ser, lo que es, que es, de Ente es ser, del no-ente es no-ser", todo aquél argot de filosofía profesional que la literatura no necesitaba para nada".7 En El Hijo Pródigo, no obstante, van a encontrar cabida traducciones, ensayos, reseñas y salutaciones; incluso, algunos reproches a la desmemoria y a la ignorancia españolas en torno a ese personaje singular, especie de Blanco White, que fue George Santayana. Durante estos años Santayana sólo está presente de forma destacada en las reflexiones y confrontaciones de Luis Cernuda y Juan Ramón Jiménez (y, desde luego, en su traductor, José Ferrater Mora). Las primeras menciones y también las primeras traducciones al español de prosas del autor de Diálogos en el limbo, señala el poeta Xavier Villaurrutia, aparecieron durante 1922 en México Moderno y en Índice, la revista juanramoniana. En la revista madrileña, además, según recuerda el poeta mexicano, se formulaba esta certera e irónica pregunta. "¿Por qué España, que con tanto empeño aspira a tener filósofos, no se entera de quién es Santayana?".8 La traducción, la diversidad, el esfuerzo por construir una filosofía a un lado y otro del océano, esta incesante actividad, hacen que para el pensamiento en lengua española sean particularmente prósperos estos años, a pesar de la tempestad con que se expresaba la historia.

 

     García Bacca y María Zambrano son los ensayistas que más presentes están en las páginas de El Hijo Pródigo. Los dos son grandes escritores y se expresan de manera que cada artículo y cada párrafo parecen ser extraídos para ampliar las posibilidades alusivas y referenciales de la lengua filosófica. El primero, después de pasar por Ecuador, llega a México y se incorpora a la universidad.9 Algunos años más tarde, cuando abandona la cátedra de Metafísica para marchar definitivamente a Caracas, Zambrano está a punto de ocupar su plaza, que finalmente desestima por sus preferencias habaneras. En 1939, no obstante, la filósofa se había incorporado, aunque por poco tiempo, a la Universidad San Nicolás de Hidalgo, en Morelia, Michoacán. En México publica entonces dos libros: Pensamiento y poesía en la vida española y Filosofía y poesía. Por estos años, además, se afianza la amistad entre García Bacca y Zambrano. Pero los caminos de los colaboradores de la revista son divergentes. A pesar de que interpretan y aluden a pasajes semejantes de la filosofía y de la literatura, sus discursos se sitúan en polos opuestos. Uno va camino de la comprensión del fenómeno moderno de la dispersión y de la naturaleza uno-de-tantos que nos conforma en medio de la técnica, la ciencia, la sociedad contemporánea; otra se mueve, como en espirales incesantes, sobre el fondo metafísico y primigenio del que nacen la palabra y el anhelo de plenitud del ser. García Bacca es, por así decir, un reciente discípulo de Zaratustra. Sabe que los hombres son capaces de inventar mil máscaras diferentes y de encarnarse bajo las apariencias más disímiles. Su espíritu crítico tiene por estos años la sabiduría, el buen humor y el distanciamiento cervantinos. Zambrano siente, más bien, la angustia y la soledad quevedianas, pero cuando su rostro se va a reflejar en las fuentes de Narciso y a extraviarse en los laberintos de la soledad, súbitamente halla en su mirada los "ojos deseados" de la trascendencia. Zambrano es, en cierta manera, una conversa, con la imperiosa necesidad de creer del que ha conocido los horrores de la carne y los amenazadores pecados de la historia. Pluralismo o monismo, soledad o comunión, puritanismo o relajación, las colaboraciones de ambos son, ciertamente, de naturaleza distinta en las páginas de El Hijo Pródigo. Unas y otras dejan ver, no obstante, los horizontes hacia los que dirigen sus aventuras intelectuales.

 

     Juan David García-Bacca colabora a menudo. Tiene amplia formación en los dominios de la ciencia y gran talento para la filosofía, como reconoce Gaos. Posee, asimismo, el don de la claridad y de la parábola, y la gracia y la capacidad poéticas para ilustrar las más complejas abstracciones con imágenes muy concretas. La filosofía se vuelve en él un espectáculo en que el lector y el oyente reconocen las "ficciones" de la metafísica al tiempo que sus propias y más íntimas quimeras. Al menos así parece en los artículos aquí publicados, y en aquellas espléndidas conferencias de Antropología filosófica contemporánea con las que pueden relacionarse.10 Sus palabras se manifiestan, además, como un raro ejemplo de honestidad intelectual. Al comentar la obra de Hegel señala, con gran humor, las diversas formas de aparentar que se hace filosofía. Junto a un cuento intercalado, casi cervantino, destaca: "la rarísima conciencia, moral, hegeliana, que, en cuanto filósofo sólo se atreve a hablar de lo que él ha visto, es un ejemplo soberano y raras veces imitado. Ahora es muy común hablar de lo que se ha visto o leído en libros de texto, en historias de filosofía hechas por muchachos que tuvieron un tío, o tienen un tío, que fue a muchos lugares personalmente. Pero no se crea que yo he ido a todas partes en persona, por ejemplo: a grandes obras de Hegel, como su inmensa, descomunal y terrible Lógica, sólo me he asomado; y al notar el vértigo ideológico que me sobrecogía me convencí que no tenía aún la cabeza suficientemente fuerte para mirar sus profundidades y descender a sus simas".11 García-Bacca, en efecto, se acerca directamente a los libros fundacionales de la tradición filosófica, los lee y comenta; también, los censura y los critica. Su distanciamiento no es sólo el del que sube a la atalaya para ver desde una posición de privilegio la grandeza o las debilidades del pensamiento, pues más bien muestra que si éste es el estado habitual desde el que se emite el discurso, la filosofía debe permanecer alerta para no ser arrastrada por sus propias obsesiones y fijezas, y para que la vanidad del saber no se vuelva contra sí misma. Los cuatro textos que dedica a la filosofía de Dilthey en El Hijo Pródigo son, en este sentido, ejemplares para todo aquel que se dedique a la hermenéutica y a la interpretación de los signos del arte y la literatura, esto es, para aquellos que siempre prefieren acceder al conocimiento a través de mediaciones que vienen señaladas por su resistencia al paso del tiempo... Son, además, una clara invitación a la lectura de Dilthey, de Hegel y el idealismo, de Hombre y mundo en los siglos XVI Y XVII, 12 de Introducción a las ciencias del espíritu, 13 de La esencia de la filosofía.14

 

     García-Bacca señala cómo la historia de la metafísica se desenvuelve como una espiral que a cada paso, en cada época, en cada gran autor, produce determinadas fijaciones de la naturaleza y de los mecanismos interpretativos. El hombre no puede sustraerse a su propia historia ni dicta un pensamiento que se desprenda por completo de las mutaciones a las que están sometidas la lengua y la capacidad misma de intelección. La historia de la filosofía, nos viene a advertir con Dilthey, es un largo proceso en la constitución del espíritu y en el que cada autor ha procurado esconder su rostro y las debilidades que le asedian, al menos hasta llegar a las puertas de la Ilustración. El juicio se emite como si sólo fluyera lo inmutable que afecta a la naturaleza humana, y como si en su constante ejercicio de desvelamiento, no existiera una quiebra ontológica que afecta a los principios mismos. Hasta Kant, afirma, la filosofía se había propuesto la faena de que al hombre no se le viera el rostro en el espejo de la verdad, ni lo que hace ni lo que le pasa. Siquiera el aliento -el yo pienso- se ha querido cerca, como testigo de la propia operación metafísica. Cuando uno de los filósofos prediltheanos llega a descubrir su rostro o el de su época, dice, "le salían a la cara los colores de la vergüenza, y se ponía la careta, esa máscara de la abstracción para no verse en la verdad y en el ser." Filosofar es entonces exponer no sólo lo inmutable y lo universal sino también aquello que nos retrata. "Es preciso -afirma- convertir las cosas, los seres, las ideas... en espejos en que nos reflejemos y nos veamos". La historia de la metafísica se vuelve así teatro de la memoria que puede visitarse como el gabinete de un coleccionista.

 

      El golpe asestado a la metafísica es visible. Sus esencias, sus sustancias, sus entes, sus deducciones silogísticas, sus complejos mecanismos de abstracción..., están supeditados al preciso tiempo en que se constituyen, allí donde se manipulan o modifican como ficciones o como sombras de luz proyectadas sobre el muro de la realidad. Ya no basta decir esto es aquello o lo otro, pues, aun en su íntima verdad, siempre hay una visión que singulariza y dota de sentido individual cualquier certeza. Con buen humor afirma: "Dos y dos son cuatro; y afirmo y me afirmo en que dos y dos son cuatro y en que pocas cosas hay tan ciertas como que dos y dos sean cuatro; pero si tanto lo afirmo y me lo afirman, si me fuerzan a que lo afirme de continuo terminaré por decir que me importa un comino que dos y dos sean cuatro, y que no me da la gana de afirmar que dos y dos son cuatro, aunque sea verdad como un templo que dos y dos son cuatro". El conocimiento adquiere el perfil de la subjetividad y su significación vital. Todo puede ser visto, en efecto, como en el gabinete de un coleccionista; todo puede verse, incluido el espectador. Pero esto, para quien posee sentido de la pluralidad, no lleva a la angustia ni al callejón del relativismo sino al más simple, y difícil, reconocimiento de la historia: "Todos los sistemas filosóficos anteriores a Dilthey parecen haberse propuesto, cual Dorian, aparecer eternamente jóvenes y al día, mientras en su propio retrato, en aquel que les salió y se sacaron cuando de verdad existieron en su época y en las personalidades que les dieron significación y sentido, va saliéndoles e inscribiéndose fatal y despiadadamente el Tiempo; y nada evitan y prohíben con más cuidado, hasta con cánones, que eso de ir a hacerles la historia. El odio de todo sistema filosófico a la Historia es un fenómeno de orden parecido al tan delicadamente descrito por Oscar Wilde. Sólo que para hacerle la historia a la filosofía, en vez de Wilde, hay que nombrar a Dilthey."

 

     Otras vertientes del pensamiento se esbozan en estos artículos. Junto a la visión dramática y teatral de la filosofía, el ensayista español no puede ignorar el papel fundacional que posee el lenguaje poético como primer indicador de la constitución de la naturaleza del espíritu. El autor de Filosofía en metáforas y palabras es también el traductor, para la editorial Séneca, de Hölderlin y la esencia de la poesía, el ensayo donde Martín Heidegger muestra, a partir del gran poeta alemán, que es el nombrar fundacional de la poesía el que deja al descubierto el ser y la esencia de las cosas, de modo que sólo a partir de ella se entabla la conversación y el lenguaje cotidianos. El profesor de Friburgo señala, asimismo, que la poesía descubre el "tiempo nuevo" que aparece entre los dioses huidos y los que han de venir, y lo hace bajo la indicación de una doble carencia que afecta al principio y al fin: el ya-no de los dioses huidos y el todavía-no del que viene.15 García-Bacca no es ajeno a esta concepción. Enseña en sus artículos, además ciertas influencias del discurso diltheano sobre Heidegger. De una manera o de otra, el filósofo "transterrado" observa desde esta  perspectiva el amplio ejercicio antropológico promovido por  Dilthey. Y lo hace, singularmente, desde un conocimiento de las tradiciones poéticas de su propia lengua y desde esa otra ladera poética que atraviesa la cultura de Occidente desde los orígenes. Con Dilthey puede decir que "la poesía es el órgano de la comprensión de la vida; el poeta, un vidente que vislumbra el sentido de la vida". Con cierta transformación del Banquete platónico afirma que Dilthey mira y sabe hacer mirar la historia de la cultura humana con ojos de amor, no con la altivez y la frialdad de la verdad, sino con la idea de que los sistemas surgen como visiones del territorio de la vida, variables y transitorios, ajenos a la completa inmutabilidad, y siempre formando parte de una melodía de amor: "una Oda que entona el Amor a la Vida, Oda sola y no la Verdad, de encantar la mente de los Dioses y de los hombres". 16  La oda del historicismo filosófico que dirige Dilthey se presenta, entonces, bajo el signo de la poesía al tiempo que la analogía lleva al recuerdo de la tradición española: la Oda y la música evocan la "Oda a Salinas", de Fray Luis de León y, sobre todo, la más pagana de las estrofas.17 Así escribe sin citar el poema, a fin de cuentas muy conocido: "Pero, ¿en qué consiste ese matiz de Oda que la historia de la filosofía descubre cuando se la mira con amor, y qué es esa "música extremada" que de las tensas cuerdas de la "inmensa cítara" de las ideologías saben sacar las manos sabias de Dilthey?" Cada época, cada voz, cada sistema, emprenden a cada paso y a su manera una visión de la realidad en la que se vive o se piensa que se vive. Cada sistema metafísico es tan sólo un "movimiento" representativo de la situación en la cual un alma ha mirado los enigmas del mundo, pues la vida misma resulta insondable y no puede decirse o no puede ser expresada sino en lenguaje figurado. La refutación de las metafísicas llevada a cabo por el pensamiento diltheano -traducido por Imaz, interpretado por García-Bacca- resulta así un ejercicio crítico que se realiza desde una lengua poética precisa.

 

     Entre el cambio y la adopción de "caretas" diferentes, prevalecen ciertas constantes. García-Bacca mantiene, aquí y en otros textos de su obra, la enseñanza del autor de Introducción a las ciencias del espíritu: "la melodía de la vida lleva el acompañamiento del pasado". El conocimiento no puede dejar de ser una excavación antropológica en los terrenos de la historia, de las ideologías, de la metafísica o de la poesía, pues de lo contrario pierde el aliento vital del que debe dar cuenta. No puede dejar de "excavar" y de reconocer las maneras en que las verdades varían o toman forma si no quiere desprenderse de su función más genuinamente filosófica: la universalidad del juicio, la objetividad en la reflexión sobre un universo cargado de significaciones diversas, la voluntad de exponer y de discernir para comunicarse con la vida y, finalmente, el deseo de modificar la realidad. Ello no quiere decir que la filosofía y sus juicios teleológicos conduzcan a una "transformación del mundo" en el sentido que ha adquirido esta expresión para el marxismo y para la historia contemporánea, pues García-Bacca no ignora la ingenuidad que aquí se encubre: "Creemos inocentemente -con inocencia intelectual, más difícil de perderse que la bautismal- que sería posible una auténtica democracia en tres mil millones de hombres". O con más humor: "¿Qué pastor puede apacentar, si no quiero jugar con las palabras, trescientos millones, tres mil millones de ovejas?"18 La presencia del uno-de-tantos en que el mundo contemporáneo convierte a todo ciudadano de cualquier "república" requiere más bien de prevenciones. La "excavación" antropológica es entonces una manera de ver las máscaras con las que se ha constituido una manera de ser del hombre y de advertir sobre el despliegue, nada inofensivo, de ciertas vertientes de la poiesis. La filosofía se topa entonces con la religión y con la ciencia, o con las dos cosas a la vez.

 

     Pero veamos el papel vital que asigna a la filosofía, a la poesía y a la religión: "Cuando se pone a la vida entera a presión infinita y a temperatura absoluta el aroma que de sí emite es la Religión y sus expresiones dogmáticas, litúrgicas, poesía de tipo sublime, teologías o teofanías; todas estas expresiones trascienden a Dios, y por tanto, a Absoluto, a desmesuramiento descomunal del hombre finito. Cuando se pone a la vida íntegra a presión mínima, a temperatura espontánea, sin exigencias externas de infinidad, de absolutismo, de verdad o falsedad necesarias o eternas el aroma que emite de sí la vida es la poesía, y, en general, la expresión literaria del mundo y de la vida. Cuando, por fin, se impone a la vida y se la somete a una presión o precisión de expresarse según verdad necesaria, inmutable, eterna, supratemporal, supraindividual, la temperatura en que tendrá que expresar lo que entonces viva y cómo lo viva será la del cero absoluto, la de los serenos espacios interestelares, en proposiciones frías y neutrales, en conexiones lógicas deshumanizadas, antirrománticas, glaciales, objetivas. Tales son los caracteres de la expresión filosófica del universo." El enunciado es conciso y de gran nitidez conceptual, las vías que aquí se abren, sin embargo, pueden ser numerosas y conducen a más de un laberinto, y a más de una impugnación. García-Bacca quiere señalar, ahora con Dilthey, las diferencias entre las expresiones que pretenden una validez universal. A diferencia de la concepción religiosa y de la poética (en sentido estricto), la filosofía "es un poder que quiere influir sobre la vida para reformarla". La excavación en los horizontes de la religión y de la historia, en los dominios mismos de la poesía, muestra así los amplios vasos comunicantes que aquí pueden establecerse y que dibujan perfiles concretos que afectan al ser del hombre y que deben, también, reflejarse como formas de prevención crítica.

 

     En las páginas de El Hijo Pródigo García-Bacca traduce a Plotino y revela su interés por las tradiciones místicas españolas. Antes ha realizado para la editorial Séneca una selección de la obra plotiniana con el título Presencia y experiencia de Dios.19  Ahora traduce, en el número correspondiente a agosto de 1943, los primeros fragmentos de la Enéada primera. Este interés no es casual. Plotino y el platonismo reaparecen en los momentos en que la modernidad da sus primeros pasos en el Renacimiento y en los que se constituye la idea del hombre que se desarrolla hasta alcanzar el presente. El fragmento traducido de la Enéada descubre y da forma al horizonte místico propuesto por el filósofo del siglo III: el viaje ascendente que conduce a "ver solo al Solo",20 y que no es una experiencia alejada de la que describen los místicos españoles del Siglo de Oro. En este "ver solo al Solo" aparece con suma claridad los anhelos que vienen a dar al Renacimiento y que se desatan con extraordinaria voluntad de poder. Por un lado, la trascendencia, Dios y los "dones" espirituales; en su reverso, casi en comunión hipostática, la divinidad con la que quiere revestirse el rostro del hombre. "El convencimiento de que somos dueños y señores del universo -escribe García-Bacca- es un convencimiento de que, confesada o inconfesadamente, participamos todos los hombres de nuestra época histórica, que comienza en el Renacimiento". "Cuando hacia el siglo XVI sostiene Galileo con Copérnico que la tierra no es el centro del universo no es simplemente por confinarnos a otro rincón del universo, cambiando de prisión. Si la Tierra no es el centro del universo, es que realmente estamos viajando y discurriendo por el cielo... Cuando Giordano Bruno defiende el sistema heliocéntrico, Universo y Tierra centrados en el Sol, no lo hace por razones técnicas..., lo sostiene sencillamente por el entusiasmo romántico de saberse que estamos siendo en el Cielo, en los dominios de Dios".21 A un lado y otro, junto al muro medianero, la soledad del hombre o la soledad de Dios. García-Bacca lee a los místicos, pero está lejos de sus audacias. Sabe que la experiencia mística es un desbordamiento de los límites de lo humano, pero advierte que esa "descomunal desmesura" atraviesa la pared medianera y se inscribe en el terreno de la historia bajo otro perfil, con otra máscara. Cuando en El Hijo Pródigo se aproxima a José María Gallegos Rocafull, teólogo que sigue a Bergamín en su aventura de Séneca y que publica numerosos libros de orientación cristiana, 22  cuando comenta su libro La experiencia de Dios en los místicos españoles, 23 su distancia es abismal. Acaso también su risa, la misma que podía surgir ante el forzado intento de Gallegos de trazar puentes entre comunismo y cristianismo en los peores momentos de la historia contemporánea.24 García-Bacca cita aquí a San Juan de la Cruz y a Teresa de Ávila y advierte que es la clase de vida interior de los místicos la que valdría la pena vivir. Pero advierte enseguida sobre la exterioridad con la que se expone históricamente la religión: "¡Señor!, que nos pase algo grande, tremebundo, catastrófico por dentro, en el "hondón" del alma. Y ¿qué Señor será el que nos oiga? Que no sea el Señor de los ejércitos, que entonces lo más que a uno le pasa es que se muera a esta vida corporal, y se muera a manos de generalitos o generalísimos, ungidos, bendecidos, amedallados... Y la verdad que esto no es gran cosa para los anhelos de ser Dios que los místicos, españoles o no, nos desvelan implacables cuando leemos sus obras". El humor tiene algo de risa sardónica, y se muestra aún con más agilidad cuando en su reseña evoca Consideraciones extemporáneas o intempestivas, de Nietzsche. Es de imaginar la gracia que le haría a Gallegos. La indicación nietzscheana, sin embargo, apunta en sentido contrario al tomado por los místicos. Si la tierra está en el cielo, si la historia debe ser un reflejo de la Civitas Dei, García-Bacca descubre en el Renacimiento, más bien, la metamorfosis del espíritu enunciada en Así habló Zaratustra y La gaya ciencia: el hombre comienza a borrar de su horizonte a Dios,25 comienza a creer que su morada es celeste. Ha hecho, además, de la técnica un aliado, pues también la tejné nace de la invención y de la poiesis.26 El hombre, entonces, no puede viajar solo al Solo y, si lo hace, la soledad se vuelve espantosa porque debe atravesar las puertas de la muerte, 27 allí donde deja de ser uno-entre-tantos, particular, singular; allí donde deja de habitar en la vida y en la historia. Puede creerse Dios en persona 28 pero enseguida, desde la ladera de la historia, surgen múltiples enunciados e interrogaciones que lo delatan y que frenan su voluntad de poder, y que enseñan el papel vital de la filosofía: ¿Puede proponerse el hombre la aventura de transformar el mundo a imagen y semejanza suya?29 ¿Puede ser realmente Dios? Si no lo consigue es una prueba que lleva a acatarlo, pero "puede que lo consiga, y en semejante caso ¿qué es lo que podremos temer?"30

 

     La excavación en el dominio de las máscaras o de las expresiones más radicales de la religión, las versiones de textos clásicos o la exégesis y los comentarios modernos desvelan cómo García-Bacca se retira progresivamente de las seducciones del origen y se interna en los laberintos de la soledad, en los laberintos de una historia que es siempre compartida, que acusa o arranca de golpe las caretas a la religión, a la metafísica, a la poiesis. Filosofar es entonces prevenir, y así abandona la nostalgia plotiniana y advierte en mitad de la existencia contemporánea, entre el ser y la nada, sea a la luz de Dilthey, de Heidegger o de Sartre, sea en la relectura de Así habló Zaratustra o de los poetas de su propia lengua, que la plenitud resulta insoportable para quien trata de filosofar entre los demás, entre los otros, para quien debe interpretar y orientar en medio del desmesurado enmascaramiento, para quien, en fin, observa la vida en su incesante cambio, a veces en medio de un canto que suspende a los dioses, a veces sólo entre el ruido de automóviles, de televisores y de aparatos de toda suerte: "si estuviéramos condenados a vivir en un universo lleno de luz, de luz deslumbrante, bien ser, bien real, en pleno desierto, en un Sahara más que el africano, en que no hubiera una sombra acogedora, se habría muerto ya la humanidad de insolación, de ser, y a manos del ser de la luz. Una sombra, respecto de la luz, es una nada de la luz; pues bienvenida sea tal nada".31

 

     María Zambrano no está excesivamente lejos de esta posición de García-Bacca. Desde muy pronto se hace visible su desconfianza ante la obsesiva presencia del ser en el despliegue de la filosofía desde la época de Parménides, esto es, desde aquel que traza los límites donde han de moverse las sucesivas metafísicas al margen de los enigmas de la vida y del fluir del tiempo. Sus reflexiones acuden a Heráclito y a Zenón de Elea, y a aquellos que desde la modernidad se sublevan ante la desmesura de una idea del ser que sólo se realiza en la luz, (luz de luz) y a través de su iluminación como objetivo final de todo saber. María Zambrano se resiste, como García-Bacca. Su tradición es la de Dilthey y la de aquellos otros que desde el romanticismo alemán apuntan hacia la vida como sola realidad que justifica y da fundamento al discurso filosófico. Sus posiciones, sin embargo, divergen y se desarrollan en otros sentidos, a pesar de tener en común lecturas y motivos. María Zambrano no avanza hacia la dispersión a la que obliga la historia, la ciencia, o, más tarde, el reconocimiento de otras culturas que no se fundan en el logos. Sus indagaciones filosóficas se mantienen, sobre todo, suspendidas sobre el origen como punto de partida de todas las diferencias. Suspensión o hechizo del comienzo, los artículos que publica en El Hijo Pródigo están escritos en una época fundamental en su vida intelectual. En Morelia y en México D.F. ha publicado los primeros libros. Con anterioridad sólo da a conocer Horizonte del liberalismo, 32  aunque ha publicado numerosos artículos en publicaciones americanas o españolas. Su encuentro con México resulta entonces de una importancia capital. Con Poesía y Filosofía 33 esboza, desde el título, las dos líneas por las que va a atravesar su aventura ensayística, y a las que acompaña siempre otro testigo de su triada filosófica: la religión. En Pensamiento y poesía en la vida española plantea ya lo que va a ser el punto de partida, persistente y continuo: "a quien prefirió la pobreza del entendimiento, a quien renunció a toda vanidad y no se ahincó soberbiamente en llegar a poseer por la fuerza lo que es inagotable, la realidad le sale al encuentro y su verdad no será nunca verdad conquistada, verdad raptada, violada; no es alezeia, sino revelación graciosa y gratuita: razón poética".34 Con tono religioso y de bienaventuranza, así señala las fronteras hasta las que debe llegar el pensamiento.

 

     Son cuatro los ensayos que María Zambrano publica en El Hijo Pródigo. Algunos serán recogidos más tarde en La agonía de Europa (1945). "Poema y sistema" constituye la primera redacción del ensayo que se encuentra en Obras reunidas.35 En general puede decirse que están inscritos, según la sugerencia del título citado, en medio de un presente histórico desolador. Todos apuntan hacia las direcciones abiertas bajo el estrecho vínculo de filosofía, poesía y religión, y que se prolongan en su larga trayectoria del exilio y alcanzan a obras tan destacadas como El hombre y Dios o Claros del bosque. Los artículos dejan traslucir, en efecto, las circunstancias, pero también una concepción de la cultura que pretende explicar su amplia fenomenología sin renunciar a la proposición de validez universal, de manera que no se detiene ante épocas, ante siglos, ante diferencias, tampoco ante culturas y lugares muy distantes entre sí. Se trata, en efecto, de una orientación aprendida por Zambrano en el periodo de entreguerras y que a menudo estuvo presente en las páginas de la Revista de Occidente, en sus ediciones paralelas, o en aquellas otras que daban a conocer el pensamiento europeo contemporáneo. Entre las "formas que pesan" y "las que vuelan", de Eugenio d'0rs, entre los amplios balances establecidos por Ortega desde Meditaciones del Quijote, en medio de las propuestas universales de Heinrich Wölfflin para el arte, de Oswald Spengler para los ciclos culturales de Occidente, en mitad de todo esto, Zambrano trata de discernir sobre el gran caudal de la cultura que desemboca en un presente que, si no es apocalíptico, sí muestra todas las señales que anuncian un final. Los artículos "La destrucción de las formas"36 y "La destrucción de la filosofía en Nietzsche"37 evocan esta visión. Con ellos quiere investigar las causas profundas que han llevado a la "agonía" contemporánea, al tiempo que dejan adivinar las tremendas horas por las que pasa en su defensa de la República española, o en el exilio durante estos años de la Segunda Guerra mundial.

 

     Zambrano, en efecto, trata de penetrar bajo la superficie de la realidad para desenmascarar las ocultas razones que llevan a la manifestación de lo demoníaco en la historia, esto es, para advertir una presencia que apuntan algunos editoriales de El Hijo Pródigo en torno a Hitler, el católico José Bergamín en relación con el clero español, y que se halla diseñado desde la perspectiva teórica por el pensamiento existencial de Kierkegaard. Lo demoníaco, viene a decir Zambrano, surge del afán romántico de ponerse al servicio de la inspiración y se renueva cuando, hastiadas, las generaciones decimonónicas se vuelven hacia la razón bajo la herencia de la credulidad romántica. "La repulsa de lo demoníaco -escribe en "Sobre la vacilación actual" 38 - hace advenir un estado demoníaco más hermético, es decir, más demoníaco". Desde un ángulo o desde otro, añade, las generaciones del siglo XIX se apresuran no sólo a ser arrebatadas, sino a "arrebatar al Creador lo que siente que es su presa preciada: el hombre". La "vacilación" metafísica en torno al orden de la vida termina por manifestarse, de esta manera, a través del "rencor" al pasado en las juventudes que surgen de la Gran Guerra. El Materialismo y el Positivismo, viene a decir, tienen que ver con la "rebeldía demoníaca". También las nuevas corrientes ideológicas que en ellos se amparan. El "luciferismo o satanismo filosófico -señala- es el que arroja el pensamiento a la audacia metafísica del materialismo". Zambrano se mueve así, en dirección diversa a la de García-Bacca, acaso más próxima a Bergamín, y con menos humor: percibe como gran drama metafísico que el hombre se haya desprendido de toda religación sólida.

 

     La filósofa se ocupa ahora con atisbar los horizontes en que se ha movido la historia del pensamiento último antes de manifestar su rostro más brutal. No llega a hablar de la función "biológica" de las culturas, de su nacimiento, de la decadencia y de su muerte, ni del movimiento pendular entre lo dionisiaco y lo apolíneo, ni de las formas que vuelan o las que pesan, pero su discurso contribuye a renovar estas visiones, aunque lo hace desde una perspectiva creadora y muy peculiar: "Se trata, quizá, de una oscilación repetida en la historia europea, que va de un querer absoluto revolucionario, hasta algo que no podemos llamar otro polo, porque no es propiamente un querer distinto, ni menor, sino un movimiento en que la esperanza se retira y deja al descubierto, como la marea al bajar, un material sin vida. Son las épocas del desengaño en que priva el afán de seguridad y certidumbre, en que se trata de obtener ante todo una evidencia intelectual o empírica. Apagada la llama del anhelo, fracasada la asunción y desaparecida la inspiración, el hombre se mira y mira las cosas tales como son. Y este tales como son, responde a aquello que se impone, que se resiste a toda duda: realidades intelectuales o realidades sensibles, en suma: razones y hechos". Más allá de esta visión en la que no falta el simbolismo o la poesía -la llama, la marea que se retira-, enuncia la razón por la que los ciudadanos contemporáneos, las masas, por decirlo con Ortega y Gasset, se precipitan en busca de una certeza sensible o intelectual y no hallan otra cosa que los "dogmas" contemporáneos. Los "feroces dogmatismos", sugiere, surgen cuando los hombres han perdido sus creencias y en medio de la "vacilación", "raíz íntima de la catástrofe", buscan apresuradamente otras certezas que ocupen el lugar de las que han desaparecido. La agonía de Europa, en expresión que enlaza a Spengler con Unamuno, tiene que ver con la demolición del pasado y con este afán de credulidad que necesitan las nuevas generaciones. Los dioses, aquellos que prestaban "orden" al mundo, huyen. Pero Zambrano apunta la obligación de avanzar hacia una nueva certidumbre, hacia algo que no es evidencia ni se ampara en los afanes de conquista de la razón, pero que tampoco recibe el completo dominio de lo irracional, de lo misterioso. Certidumbre, según sugiere, es algo sumamente consciente, sostenido por una inspiración, justamente más allá de la conciencia, que viene de lejos y le imprime su fuerza no necesitada de prueba ni sometida tampoco a análisis. La certidumbre abre el camino a la aparición de un "orden": "No sólo Zeus tiene que comprender al hombre; el hombre tiene que comprenderse a sí mismo, saberse y sentirse, el mundo que late en él necesita también ser revelado". La aletheia adquiere, de nuevo, el perfil de la cristiandad.

 

     Con "La destrucción de las formas" y "La destrucción de la filosofía en Nietzsche" se muestra esa vertiente apocalíptica que parece marcar el rumbo del presente. Se trata, sin duda, de la percepción de aquellos ensayistas, críticos de arte o filósofos, educados en los años veinte y treinta bajo el signo del raciovitalismo orteguiano y en la lectura de Spengler, y que se esfuerzan en comprender cómo pueden desvanecerse el orden racional y, aun, las nuevas utopías. No faltan en los años en los que se educa Zambrano, en efecto, análisis de naturaleza sociológica que relacionan la destrucción de la Gran Guerra con lo que ocurre en el campo de la literatura y del arte modernos, estableciendo apresurados vínculos entre una y otra cosa. Pero estos textos también dejan al descubierto el territorio primigenio, el origen o los principios, que es lugar de paso de la poesía, de la religión y del pensamiento, y donde María Zambrano quiere demorarse y permanecer siempre "immobile a grands pas".

 

     La atención que Zambrano dedica a Nietzsche no es nueva. La relectura del vitalismo nietzscheano está animada, según es conocido, por el magisterio de Ortega y Gasset. Pero es en ella en quien se constituye como un apoyo insoslayable del discurso, de importancia similar a la que ejercen la poesía y los comentarios de San Juan de la Cruz. No es casual, en este sentido, que sea justamente durante el año crucial de 1939, cuando escribe dos artículos que están dedicados al místico español y al filósofo alemán, en apariencia de tan alejada naturaleza.39 Con Nietzsche va a avanzar hacia una zona interpretativa, poética y filosófica, que anuncia una nueva mirada, como en aquellas tres metamorfosis de las que habla Zaratustra al comienzo de sus discursos. Las audacias religiosas de Zambrano, no obstante, la dejan a medio camino o, más bien, la conducen por vías diferentes a las proyectadas por la mirada de la "infancia" con que se vislumbraba la última transformación del espíritu.

 

     En uno y otro texto se esboza el hechizo del origen que atrapa, de manera tan persistente, la escritura poética de Zambrano. Desde las diversas esferas de la vida moderna, desde el arte y la poesía, desde la radical "inspiración" nietzscheana o desde la dureza con que se ha manifestado la historia, la destrucción lleva a los comienzos. La moral o la búsqueda del origen constituyen en Nietzsche, escribe, "el foco mágico que hechizó su pensamiento". En el origen está el silencio o el caos -como la filósofa sugiere alguna vez al tratar de las cosmogonías antiguas- y, también, la fysis que despierta el sentido, sorprende, arrebata. La destrucción de las formas y la "deshumanización" conducen de nuevo al hermetismo, a la aparición de los elementos, a lo sagrado. "Entrar en contacto con la materia es entrar en contacto con lo sagrado, con la fysis del mundo otra vez, con la fysis antes del concepto, antes de la filosofía, antes del ser. Desenterrado todo lo vencido por la tranquilizadora idea de la fysis, con la cual el hombre griego sale del terreno antiguo, del mundo de lo sagrado. La fysis es lo sagrado". Sorprendido el vertiginoso movimiento de la naturaleza, el hombre camina hacia el logos. Y aquí se halla la primera señal de la voluntad de poder. "La primera forma de poder es pensar, pero aún no se sabía. El descubrimiento del pensar, de ese otro algo, que no es fysis y que ve a la fysis, que es capaz de enfrentarse a ella para decir 'es agua', 'es aire', y en un paso más avanzado, 'es lo infinito', fue un momento divino de la historia humana. Porque el hombre ganó un plano desde el cual mirar y al mirar, lo que era trato mágico se convirtió en concepto". Desde las diversas esferas de la vida contemporánea, todo apunta, así, hacia esa fuente que hechiza el rostro del hombre y que lo empuja al conocimiento. La filosofía moderna, desde Nietzsche, desde Dilthey, desde Ortega y Gasset, debe verse a sí misma y en este gesto reflejo también reaparece la alianza primera con la religión y con la poesía, "su unidad originaria".40 Los filósofos así expresan "el afán de buscar los orígenes". En este centro convergen la noche y el día, la aurora y la agonía, la muerte y el nacimiento. Ahí desemboca el pensamiento de Nietzsche. Asimismo, la poesía vanguardista, el dadaísmo y surrealismo, que devienen "balbuceo sin palabra, ritmo y sonido sin logos". Aquí también el arte va camino de la máscara.

 

     Zambrano se demora en hablar sobre el sentido de la máscara en el origen y en la modernidad, en la lectura que hace Picasso del "arte negro" y en las manifestaciones de las antiguas personae. Con ellas el hombre se aproxima a fysis donde habita lo inefable: "lo inefable nunca enteramente vencido en la poesía, aparecerá, como si el silencio aplastado por la palabra, empujado por ella al reino de las sombras, asomara pidiendo salir a la luz, vivir la vida de la expresión. Pero esta expresión de lo inexpresable no puede darse sino estableciendo una relación, la relación de la máscara hermética, que la máscara sagrada significa: la participación". La máscara desde los griegos a los indios hopi evoca una posesión, supone el instrumento de trato con lo sagrado, el signo de una participación vital "que avasalla la forma". Con Nietzsche, entonces, puede afirmar que "todo lo profundo ama la máscara"; con Antonio Machado, el gran amigo de su padre, puede decir que "en el principio era la máscara" o, en sus propias palabras, que "antes es siempre la máscara".

 

     Pero la escritora, como su maestro Ortega, como tantos filósofos, no se entretiene en exceso con las mil maneras de expresión que tienen la literatura y el arte contemporáneos. Advierte a través de las publicaciones españolas, mexicanas o europeas, el eco de las "máscaras" en el mundo moderno; acaso conoce que los dadaístas balbucean poemas onomatopéyicos con máscaras de Marcel Janco. Puede reconocer, asimismo, la vuelta al orden clásico en Picasso. Puede vislumbrar el vacío teatral que presentan los cuadros de Giorgio de Chirico. Puede ver junto a sus textos, incluso, artículos sobre las "máscaras tarascas".41 Pero ella sigue el arte y la poesía modernos, o los trabajos sobre el pasado, desde su atalaya. No creo que entonces atendiese a los vértigos metafísicos y poéticos, tan diversos, por los que transitaron los surrealistas, o por los que se desplazaron las pinturas del mexicano Rufino Tamayo o de Alice Paalen, tan presentes en las páginas de El Hijo Pródigo. La ensayista se encuentra más cerca de Luis Fernández, 42  pues reconoce allí los "misterios" del origen. El enmascaramiento es, para ella, sólo un fenómeno que se expresa en los albores de las culturas o ante la "destrucción de las formas" del  siglo XX. Nietzsche no toca aquí su discurso. De difícil modo podemos leer la aseveración de Más allá del bien y del mal: "toda opinión es también un escondite, toda palabra, también una máscara". Al contrario, en su visión universal del despliegue de la cultura de Occidente señala que la máscara queda atrás y que junto al logos griego aparece la representación del rostro del hombre, un rostro que se humaniza progresivamente hasta alcanzar los perfiles personalísimos que ofrece el Renacimiento y que sólo se destruye en esta modernidad que devuelve a lo sagrado, a los enigmas del origen. "Todo da a entender que el hombre busca algo dejado atrás y que quiere adentrarse en algún secreto lugar, como si buscara la placenta de donde saliera un día, que es la luz de la razón, de esa razón que puso orden una vez en la realidad pavorosa". La aventura nietzscheana aniquila el rostro y regresa al comienzo, borra a Dios del horizonte 43 y en su "misticismo" va siempre más allá. "Nietzsche, como los místicos ortodoxos, devora toda ciencia y hasta se dispone a devorarse a sí mismo... Mas la mística moderna parece nacer de una fuente enturbiada, donde un Narciso intenta contemplar su rota imagen". Los "ojos deseados" de la fuente sanjuanista quedan inmersos en la soledad, pues sólo, como ha indicado Octavio Paz desde las páginas de El Hijo Pródigo, el hombre moderno se refleja en una turbia fuente en la que se puede observar sólo su imagen.44 Zambrano, sin embargo, no puede reconocer el radical despojo de lo divino.

 

     La autora de El hombre y lo divino llega a América. Un mundo nuevo se revela. Otras culturas se cruzan sobre el horizonte de su discurso. Aquí y allá, cuando habla de los indios hopi o de las ancestrales culturas africanas, sólo reconoce las huellas que están grabadas en su memoria. El esfuerzo por comprender ese otro mundo que de pronto se presenta a la filosofía del logos es importante, pero es únicamente un gesto. Cuando habla sobre las investigaciones etnográficas de Lydia Cabrera o cuando dedica sus palabras a los poetas José Lezama Lima y a Gastón Baquero en Orígenes, en la revista cubana, advierte la presencia de otras culturas, pero sorprende que los trabajos creativos de Lydia Cabrera, o textos como "La Ceiba y la Sociedad Secreta Abakúa", sólo conduzcan a vivificar la nostalgia del comienzo: "Todavía existen mundos, lugares en el planeta donde las cosas y los seres no han sido dominados del todo por el afán de definición, donde aún palpitan asomándose por entre las rendijas de un mundo todavía sin cristalizar"; sorprende que hable del "conocimiento poético que ha apresado el instante de lo que ya va a ser, de lo que todavía no es, el temblor que da la vida, a la que ninguna forma puede domar por entero".45 La exiliada española descubre en Cuba el oscuro sentido de la fysis en su despertar. Pero ¿pueden ser los orígenes africanos los mismos que los entrevistos en una época anterior al logos? ¿No proponen más bien, como Léo Frobénius sugería, un pneuma por completo diferente? ¿Es acaso una indagación metafísica como la desplegada por Zambrano la que permite comprender un mundo tan distante? Sin duda, las palabras de la española le permitieron a los escritores cubanos mantener el difícil equilibrio entre lo propio, o lo hermético cubano, y lo universal. A ella le permitieron reavivar las fuentes de donde manan y fluyen sus obsesiones religiosas y metafísicas.

 

     Suspendida la palabra sobre esa frontera primigenia, María Zambrano persiste en la creencia, en ese instante en que se transforman los contrarios y en el que lo inefable sale de su mutismo para rozar apenas, como un balbuceo, el discurso. Puede decirse, así, que la escritora se instala en el mismo lugar en que lo hiciera García-Bacca, allí donde las palabras fundan la esencia del ser entre los dioses huidos y los que han de venir. También Zambrano, según reconoció en más de una ocasión, acude a Hölderlin. Como Heidegger, como García-Bacca, o como tantos que acceden al universo hölderliniano, sabe también que lo que queda lo fundan los poetas. "El logos -escribe en su artículo sobre la destrucción de la filosofía- traza sus propios límites dentro de la luz. El de la poesía, en cambio, cobra su fuerza en los peligrosísimos límites en que la luz se disuelve en tinieblas, más allá de lo inteligible. Pero la poesía nació como ímpetu hacia la claridad desde esas zonas oscuras, por eso precede a la Filosofía -lenguaje meramente inteligible- y le ayuda a nacer. Sin la poesía previa, la razón no hubiera podido articular su claro lenguaje". El origen y la fuente donde las palabras se reflejan para dominar la naturaleza poco tienen que ver, sin embargo, con la nada sobre la que navegan el ser y la palabra en la visión heideggeriana. Tampoco tienen su punto de partida en Hölderlin. Zambrano da aquí un salto vertiginoso para la filosofía en lengua española. Lee y traslada al presente a un clásico español; y lo traduce a la sensibilidad moderna. Acude a San Juan de la Cruz, a la Noche oscura, al Cántico espiritual, a Llama de amor viva, a los poemas "menores" y a los comentarios. A su luz y a su tiniebla recorre los paisajes de los orígenes en que gusta demorarse. Y reconoce los horizontes siempre ambiguos donde quiere mantener el hechizo de la poesía, de la religión y del pensamiento. Ahí la razón poética persiste en mantenerse erguida, como cópula o himen, entre los contrarios. En todos los artículos que publica en El Hijo Pródigo está presente esta audacia hermenéutica y que sobrepone el discurso del santo carmelita a las "desocultaciones" de la filosofía moderna. "A la certidumbre que es el punto más alto de intensidad de un fuego que se transforma en luz, en que se ilumina al par las profundas cavernas del sentido y la dura ley del mundo", escribe en "Sobre la vacilación actual". En su artículo sobre Nietzsche: "La exigencia implacable que le ordenaba ir siempre más allá, semeja avidez de una realidad suprema y transmutadora, de una realidad escondida que sólo se muestra a los que todo lo han destruido, a los que todo lo han consumido toda ciencia trascendiendo". En su texto sobre "La destrucción de las formas" habla de la "noche oscura de lo humano" o de la "apertura de secretas puertas que le hacen manifestarse sin temor, salir sin ser notada, inocentemente". La poesía, el pensamiento y la religión se sobrecogen entonces en el lenguaje, se comunican y se transforman entre sí bajo la presencia "nueva" de San Juan de la Cruz. Zambrano construye así, desde la época mexicana, una razón poética, que avanza y regresa persistentemente al punto de partida, allí donde es posible, según cree, el tránsito primigenio de la luz y las sombras, y donde el ser no se muere de completa insolación, aunque acaso sean otros los peligros que le acechan.