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Los
clásicos griegos de Miranda es el título oficial —solemne y en mayúsculas—
de esta obra.
Por sólo lo que, a primera vista, parece tal título prometer
no hubiera emprendido el autor de ella su publicación. La emprendió
por el llamado subtítulo desconcertante, tal vez, y en minúsculas: "Autobiografía".
Sobraría, con evidencia rebosante o tautológica, añadir Autobiografía de Miranda por Miranda. Mas no sobraría esta
ulterior precisión si el autor declara, para comenzar, y demuestra,
para continuar, que la autobiografía de que aquí se trata es una autobiografía
peculiarísima, tal vez única en más de un sentido: es una
autobiografía a base de una autobibliografía.
Dime con quién andas y te diré quién eres: las compañías humanas
pudieran servir, en manos de quien pretende dar a los demás hombres
una biografía de sí, para definirse a sí mismo. Miranda nos dejó en
su Diario detallado y circunstanciado recuento de con quién y quiénes
anduvo, tan sincero y, a veces, tan brutalmente franco que, de toda
evidencia, su Diario fue escrito para él, y no para nuestra malsana
curiosidad o para satisfacer la a veces irreverente publicidad de editores
de Obras completas
o Archivos.
Te diré qué libros he comprado, y así te diré quién soy, fuera
otro plan de autobiografía; esta vez por la compañía de libros seleccionados
por ir a buscarlos o encontrarse unilateralmente con ellos, sin que
ellos, cual ciertas compañías humanas, nos busquen o, encontrados, se
nos apeguen. Nos definimos por los libros, por nuestra biblioteca; los
libros, ella, no nos define, pues ellos o ella no nos buscó, eligió,
se nos apegó y nos transformó. No sería ni la primera ni la última vez
que la biblioteca de uno no sea suya —aunque lo sea por esa común razón
de haberla pagado—: es suya, jurídicamente; no es suya personalmente. |
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De
Miranda nos consta —veremos de qué singular y edificante manera— que
no sólo hizo jurídicamente suyos sus libros, sino personalmente.
Miranda tuvo la costumbre —fea, estéticamente; mala, comercialmente—
de subrayar, aun en las más preciosas ediciones, pasajes y sentencias
en que, él mismo, se sintió definido: confirmado, a veces, en lo que
ya era y sabía de sí, antes de
la lectura; sorprendido, otras de que fuese el libro quien explícitamente
le descubriera lo que era él, y no lo había sabido hasta entonces de
expresa y empalabrada manera.
No sabemos —o no sé— cuándo y dónde compró Miranda la edición
en griego de la Ilíada y Odisea de Homero, publicada en Oxford.(1801), 2 volúmenes en 8", texto griego.
Pero es evidente, por saltar a la vista con sólo posarla en los
tres primeros versos del texto griego de la Odisea, que algo vio Miranda
en ellos para decidirse a subrayarlos y poner esa señalita (´´´) convencional,
nunca explicada por él a otros, pues no la destinó oficialmente para
nadie —fuera de él. Había leído Miranda en la portada del volumen II de dicha edición una sentencia de Alcidamas, según Aristóteles (Retórica, libr. III, B, h): que la Odisea es el mejor espejo para la vida humana:
"Háblame, Musa, de aquel varón, rico en recursos, quien
muy mucho peregrinó, después que cayó la sagrada ciudad de Troya; háblame
de quien vio con sus propios ojos ciudades de muchos varones y conoció
sus pensares". Miranda se vio ser ese varón. Vio en él su propia explícita definición, su "ecuación escrita" —que dice Santayana. El, Francisco de Miranda (1750-1816), caraqueño, |
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era
varón rico en recursos
Muy mucho
Se vio con cara de Solón, o la cara
de Solón se le transfiguró de repente en la
suya; y tomó posesión de tal su imagen en tal cara-espejo, señalando,
con doble signo(x, x)y una raya tal descubrimiento de sí
mismo en un viejo y clásico griego
—en dos viejos y clásicos griegos: Ulises y Solón.
Cuando el maestro don Francisco José Urbina iniciaba a Miranda,
durante el curso de Artes de nuestra Universidad de Caracas, en los
secretos de la lengua griega —gusto, amor y pasión
secretos para los "llamados"—, ni el maestro ni el
discípulo pudieron dar constancia con su vida de la verdad de aquello:
La Odisea es el mejor espejo de la vida humana, viéndolo cumplido, respecto
de ellos, ya en los primeros versos de la Odisea, que todos, en nuestros
primeros pasos de aprendices en griego, hemos leído, traducido... y
creído referirse a Ulises; —y tal creyeron Urbina y Miranda por aquel
entonces. Sólo más tarde, lejos de su patria nativa, tal vez tras cuarenta
años de viajes (1771-1811), sin asiento en parte alguna, se descubrió
Miranda con cara de Solón, al pasar —sin prevención alguna, fuera de la natural
avidez de bibliófilo— los ojos por los primeros versos de la Odisea,
y verse en ellos cual, pudo recordarlo, no se vio de estudiante universitario. |
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Le habló el texto de Herodoto de él,
de Miranda a Miranda; y no de Solón —que así
el espejo nos habla él de nosotros, no él de sí, con un ejemplo de abnegación
fenomenológica que ya quisieran para sí los mejores y más pretenciosos
fenomenólogos de nuestros días.
Los ojos de Miranda se habían paseado ya por el primer volumen
de la edición oxfordiana (1811) de Samuel Clarke
(1675-1729) y de J. August Ernest
(1707-1781), y en él se deslizaron complacidos por la belleza tipográfica
de los primeros versos de la Ilíada, —rememorando,
tal vez, el primer paseo por ellos de sus años de doctrino en griego.
Mas no se vio Miranda retratado en ellos ¿Cómo
se podía ver a sí mismo en
"Cántame, Diosa, la ira de Aquiles el Pelida;
ira terrible que tantos dolores, por miles de miles,
acarreó a los Aqueos; que tantas almas valerosas de [héroes envió al infierno,
y de sus cuerpos hizo carnaza para perros y para toda [ave carnicera del cielo" ?
El texto no mereció ni una serial ni una raya, tan reveladoras
en parecido lugar y ocasión de la Odisea.
Los tres primeros versos de la Odisea poseen, pues, carácter
autobiográfico, de estilo autobibliográfico.
En la edición londinense de la Ilíada
sola (1790) se hallan señales del estudio gramatical que, a veces, hacía
Miranda de ciertos textos o palabras. Dos veces la señal (´´´), tan
suya: una, al verso 34:
Otras veces resulta factible, sin mayor aventura, adivinar que
algo de sí mismo., de su vida, se sorprendió Miranda viendo en unas
palabras de Homero, aun sin llegar a la explícita, e ilustrativa, confesión
de los primeros versos de la Odisea. |
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Por
ejemplo: al indicar con (´´´) y subrayar el nombre de Eumeo
(72-221), "el divino porquerizo", a quien Penélope mandó traer
la gran espada de Ulises y entregarla a los pretendientes. ¿Qué le recordó
a Miranda esa orden de Penélope? ¿A qué porquerizo —de seguro no divino—
tuvo que entregar Miranda su espada, real o simbólica, alguna vez, en
algún lugar?
Parodiando, y retocando un poco, unos versos de autor desconocido,
—de ellos se hablará pronto— podríamos preguntar con ellos:
"se la entregué; ¿por mandato de quién, cuándo, dónde?;
sólo la diosa lo sabe", —sólo yo lo sé.
Los demás, sobre todo los que sepan suficiente historia, podemos
conjeturarlo, y afirmar siempre, con fundamento en esos signos de confesión biobibliográfica de Miranda, que alguna vez se sintió forzado,
como Eumeo, "el divino" —séalo por
lo que fuere— a entregar su espada —sus poderes, su misión— a porquerizos.
Tal vez exageraríamos innecesariamente si afirmáramos que todos
los demócratas están obsesionados por las ideas de democracia y libertad,
Patria y Pueblo. Que libertad y democracia, Patria y Pueblo les son
obsesión constitutiva, y, si no lo son, hay que dudar de la firmeza,
hondura y sinceridad de sus convicciones democráticas. Pero no será
exagerado afirmar que, en ciertos momentos de la historia, demócrata
que no esté obseso y poseso por las ideas, conexas en haz, de libertad
y democracia. Patria y Pueblo —resumidas en República—, tendrá que encomendar
a la "astucia y trucos" de la Razón la realización de esas
ideas, no muy seguro de que Razón acepte el encargo o que, de aceptarlo,
lo cumpla en los plazos legales o debidos a la vida real de un pueblo.
El demócrata obseso y poseso por democracia y libertad, Patria
y Pueblo no encomienda nada de eso a la Razón, o a la historia; hace
él Historia y Razón. Se encarga él de hacerlas. |
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Todos los que trataron a Miranda están unánimes en testimoniar
su obsesión por la libertad, o, lo inverso, su obsesionado odio a Tiranías,
—sagradas o no, como la Inquisición. Es necesario que un bibliófilo
padezca de obsesión democrática
—o esté un poco tocado por tales
ideas— para que, dentro del contexto unitario, tejido de largos, varios
y ricos textos de obras clásicas, sobre temas como Lo Sublime (Longino), Guerra de Troya (Homero), Guerra del Peloponeso (Tucídides), Historia
romana, I (Apiano), Vida y milagros de filósofos ilustres (Diógenes
Laercio), Deipnosofistas (Ateneo)...
le resalten a ojos y azucen pluma precisamente los referentes a democracia,
libertad, Patria, Pueblo, Tiranía. Y a la belleza —y valores
Miranda leyó —después de haber pagado sus buenos dineros— la
obra del neoplatónico Longino "Sobre lo sublime". (Que sea o no de Longino es triquiñuela histórica que aquí no interesa).
Pasee la vista el lector por las páginas fotocopiadas. Tal vez
no sea descortés e injuriosa suposición la de que podrá disfrutar de
la belleza tipográfica, y aun leer con delicia mental y vocal el texto
griego, entre otros motivos por no estar ni poseso ni obseso por democracia
y libertad, Patria y Pueblo. Ante un ejemplar limpio de manchas más
o menos geométricas, no saltarán a los ojos de un sencillo "sano"
—¿aburguesado?— demócrata tanto las palabras
de libertad y democracia. Patria y Pueblo o las de esclavitud y tiranía,
que azucen irresistiblemente su pluma a subrayar —manchar— lo que Miranda
subrayó y señaló: Si no hay que considerar a la tierra sino cual grande
cárcel, habrá que tener por felicísimo a quien, primero que los otros,
recobre la libertad (p. 18). Así habló Longino,
condenado a muerte por decisión tiránica del Emperador Aureliano,
en castigo de haber defendido el filósofo Longino
a un Pueblo libre. |
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Y
por si fuera poco, en esa página inicial —que tal vez llamen "falsa"
por vacía de las verdades que en las siguientes aparecerán—, Miranda
escribe: "Memorable sentencia del Autor, contra la Tiranía, a punto
de morir".
No muchos párrafos y palabras de Ilíada
y Odisea hay subrayados o señalados —con ´´´ x,xx—
por Miranda. Pero no pudo aguantarse las ganas —o el prurito de sus
dedos— de asentir con Homero, cuando llama a Agamenón
Rey, devorador de Pueblos; y, por si fuera poco, subraya en la nota
latina Populi vorator Rex, —otra aprobación para el traductor.
Con el color de este cristal interpretativo llegará el lector
a entender, leyendo aquí el Capítulo antológico (I, págs.
45 a 57), por qué Miranda subrayó, sin consideraciones, ni estéticas
ni económicas, tales o cuales palabras y párrafos en Homero, Tucídides,
Apiano, Longino. Y si el lector, no lo haría
en el caso de él, de Miranda, sírvale tal saber de medida de "lo
que va de ayer a hoy", del estado de las ideas de democracia, libertad,
Patria y Pueblo, vividas y sidas por Miranda y por él, —por nosotros.
Quien tenga razón, sólo la Diosa lo sabe.
Que Miranda se confesó —y se vio— obseso y poseso por las ideas
de democracia, libertad, Patria y Pueblo, no sólo la Diosa lo sabe;
lo sabemos nosotros por original testimonio escrito de Miranda, —por
su biografía bibliográfica.
Cerremos este tema —en el sentido de tema obsesión— con un testimonio
tan fehaciente e imprevisto cual no pudiera desearlo más historiador,
—sabueso de confesiones ajenas.
En la colección de clásicos griegos figura un volumencito (en
12°): Anacreontis carmina
cum Sapphonis et Alcaei fragmentis Glasguae in aedibus academicis, 1801.
Al final de la obra, Miranda apegó una página entera, transcribiendo
en ella una "Oda" de Alceo, no incluida
en el volumen. Miranda copia el texto griego, una traducción inglesa
de autor desconocido "C — c" y una traducción suya al castellano.
Está aquí a disposición de ojo, mente e interpretación del lector (página
8). |
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La cita proviene de la obra de Aelio
Arístides
¿Dónde lo leería Miranda?
En la lista de libros suyos subastados en Londres consta la Patrología
Graeca; ¿de ella, 154 vol.
1234, lo transcribiría Miranda?
Sea de ello lo que fuere, todo ello resulta confesión que, por
boca y letra de clásicos griegos, hace Miranda de la obsesiva temática
"Hombres — ciudadanos — república — libertad — pueblo".
Había visto Miranda caer ciudades de artificiosos muros, hechos
de piedras más duras y de más robustos leños que las que pudo ver Alceo,
—y tal vez había colaborado ya Miranda, al tiempo de transcribir esa
reliquia de Alceo, en derribar algunas y, de seguro, en defender otras
desde dentro—; y sabía de buen saber, del de por sí mismo, que pueden
caer artificiosos muros de la mejor piedra y no por eso perderse causas,
cual la de la libertad y democracia; bastará con que se den "hombres
capaces de defenderse por sí mismos". Ellos y El eran las ínclitas
ciudades. Lo afirmaba y firmaba Miranda:
M——.
Miranda lo dijo en castellano por la boca griega de Alceo,
y no rebajaríamos en demasía la varonía de Alceo
poeta si dijéramos que en eso de Hombre capaz de defenderse por sí mismo
y defender ciudad |
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Pero
seguramente, por bien venido dio Miranda el poder decirlo con palabras
griegas de un Alceo.
Miranda se vio —cual en espejo original y desconcertante— o se
sintió aconsejado, señalado con dedo sutil e inequívoco, por otros textos
de diversos autores, Herodoto, Longino, Epicteto, Diógenes Laercio, autores
de Antología griega, Tucídides, Polieno, Polibio. . ., —textos o bien explícita y declaradamente
"sentencias" (Tema II) o bien implicados, casi indisolublemente,
en contextos históricos, tales que no se prestaban a inofensiva separación.
(Tema III).
Y entresacó —puso a resaltar, como siempre, con ´´´, X, XX—,
un sentenciario para él, sobre puntos tan
disímiles y remotos unos de otros, —todos ellos consejos, advertencias,
normas, leyes, costumbres—, como relaciones con los dioses, riqueza y
moderación, vida y muerte, intención
moral y obras, justicia, iniciación en misterios, pobreza material,
sinceridad, amor a la gloria, voluntad de trabajo.
No vamos a privar al lector de esa peculiar delicia que es el
estreno, dándole a gustar en un sorbito lo que ha de ser bebido íntegro
y de un trago.
Tan sólo le haremos notar en un caso ejemplar la finura de las
reacciones de Miranda, en qué se sintió personalmente aludido —o aprobado,
aconsejado. Los Fragmentos de Epicteto (341-270 a. C.) incluyen muchas, notables y edificantes
advertencias y normas de
conducta, —según
la "concepción estoica de mundo y vida", decimos ahora. Miranda
destacó tres:
"Lo que no se debe hacer, no lo hagas ni en pensamiento".
"Piénsatelo bien, antes de decir o hacer algo, para que
no tengas que retractarte de lo dicho o de lo hecho".
"Cualquier lugar es seguro para el que vive según justicia". Si leyendo tales sentencias no nos sentimos personalmente aludidos y sabemos que nos guardaríamos muy bien, si cayera en nuestras manos, de "manchar" un ejemplar de esa edición: "Epicteti quae supersunt dissertationes ab Arriano collectae, Recensuit Johannes Uptonus, Londim, impensis Thomae Woodward, 1741", —en griego y latín, aquí transcrito el latín para mayor comodidad—, tal diferencia, al parecer de gusto estético y de valoración económica, |
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De los capítulos: (III) Artes, (IV) Miscelánea, (V) Personales,
entresaquemos, para comentarlos —con explicación verosímil o con no
inverosímiles sospechas— algunos detalles, aperitivo para la lectura
completa en los capítulos correspondientes.
Peregrino, como Solón, —por otros motivos
y con mayor afición y reconociéndose en él, al leer el texto citado
(III, 1.1) —, Miranda salió de su patria, y tras algunas
vueltas, indispensables entonces, llegó a Grecia. Tal vez tenía ya en
el almario de su ser el real, aunque inexpresado temor de "infeliz,
si antes de morir no ves las obras de Fidias
en Olimpia". Cuando, adquirida ya y poseída por sus ojos no la
vista misma de las obras de Fidias en Olimpia
o en Atenas, —sino la de los pocos y mal tenidos restos del arte griego,
allá en el año 1784—, leyó las palabras de Epicteto:
"Procurad no moriros sin haber visto todo esto. Id,
pues, a Olimpia para que veáis las obras de Fidias,
y téngase uno por infeliz si se muere no habiéndolas visto con sus propios
ojos", no pudo menos de aprobarlas de esa manera tan suya que es
subrayarlas y hacerlo constar con letra expresa suya en la página primera
de la obra: "Creíanse
los griegos muy infelices, si antes de morirse no veían las obras de
Fidias en Olimpia". No se sabe, —o al
menos, yo no sé— cuándo adquirió Miranda esta edición de Epicteto.
He aventurado la conjetura que debió ser después, bastante después de
su viaje a Grecia, —a juzgar por lo que describe o no puede describir
en su Diario (Archivos del General Miranda, ed. 1929-1938; vol. II, páginas
111-136).
Más de un levemente dolido eco de su desencanto resuena en aquella
frase suya, escrita de puño y letra en la inicial página falsa de la
edición de las obras de Juliano Emperador: "obras estupendas de
Fidias en Olimpia y en Atenas existentes aún
en tiempos de Juliano". De ese dolor, sutil y casi transparente, por la ausencia de una nunca habida presencia en persona, nos ha conservado |
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Miranda
testimonio escrito en su Diario: "Lady Webster que es acaso la más hermosa y amable persona de su
sexo que yo he encontrado hasta ahora, hablamos mucho de la Grecia y
de sus inmortales ruinados monumentos que le
inspiraban tal entusiasmo en
su noble alma que
me decía iría conmigo a ver todas aquellas cosas con todo su
corazón" (Archivos, vol. IV, pág.
302). En 1803 la ausencia real del arte griego se trocó para Miranda
en presencia emocionante, al contemplar los mármoles del Partenón traídos
o raptados por Lord Elgin en Atenas.
La ausencia de las cosas que, una vez, fueran presentes en persona,
o en tomo y lomo, y la de otras que nunca hicieron acto de presencia
personal, sino tan sólo imaginativa, puede ser rellenada con su presencia
verbal: la de las palabras que inspiraron. Miranda adquirió —tampoco
sabemos cuándo y dónde, o, al menos, yo no lo sé por mucho que he querido
averiguarle— un ejemplar, perfectamente conservado aún, de una bellísima
edición de la Anthologia graeca, Raccolta di vari epigrammi divisa in sette libri Napoli, Stamperia reale, 1788-1796, en
6 volúmenes. Por algunos de ellos deslizó los ojos sin detenerse; y,
por ello, sin detener mano y pluma con las señales de uso privado; mas
en los volúmenes I, IV, V abundan, y delatan, qué "flores"
de epigramas vio Miranda porque se sintió mirado insistente y personalmente
por ellos. Se vio en ellos. Volumen IV: págs.
34, 36, 76, 98, 100, 198, 200; vol. V, 316,
318. Pinturas, estatuas: de Apeles, Fidias,
Praxíteles, Mirón; todo ello presente en "epigramas",
ingeniosos todos, maliciosos los más, atribuidos en mayor o menor fundamento
a diversos personajes, algunos tan venerables y serios como Platón,
—epigramas que nadie dijera ser suyos, cual el que, sin traducción,
por respetos debidos, ofrece al lector la fotocopia de la página 316
(página 70). Venus, sus estatuas, se llevan buena mano de graciosamente
maliciosos epigramas.
Uno, entre ellos, destacado con xx
(p. 30) por Miranda, es el resumen de su vida amorosa, tan fiel y, a
la vez tan sobrio en palabras y moral que, al tropezar con él, Miranda
se vio definido, cual él mismo, de no haber sido conocedor del griego
"y" ávido bibliófilo, jamás pudiera retratarse en sólo dos
líneas de tanta verdad cuanta sencillez. |
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"Fui querido, besé, tuve suerte, consumé: soy amado.
Pero ¿quién?, y ¿de quién?, y ¿cómo?
Sólo la Diosa lo sabe".
Si "sólo la Diosa lo sabe", nada de particularmente
extraño tiene que varón tan ilustre como C. Parra Pérez(Miranda et la Révolution Francaise, 1925, pág. 300), escribiera: "Miranda, malgré son tempérament, me
semble n'avoir été capable de subir 1'emprise des femmes que jusqu'
á un certain point; je veux dire que, bien qu'il ait eu des amies, il n'a peut-étre aimé passionément aucune d'entre
elles; mais on n' en sait positivement rien".
Por boca de autor desconocido La brutal franqueza del lenguaje que a más de un beato o pudoroso desconcierta y aun subleva en el Diario, tal vez no pase de apariencia verbal; la realidad de verdad, el real de verdad Miranda amoroso, es el definido por
"Fui querido...; soy amado.
...Sólo la Diosa lo sabe".
Aceptemos que sea ella, toda una Diosa, la sola que lo sepa.
El párrafo de la carta de Juliano al Emperador Constancio: "estúpido
e inepto espectador de las obras de Fidias
quien pretendiera disputar ante Fidias mismo
acerca de su Minerva, la que está en la Acrópolis o la de su Júpiter,—la
del Piseo", puesto en resalte por Miranda,
pudiera sernos discreto consejo que él, sin pretenderlo, nos da, o daría
así a todo crítico de arte que se atreviera a disputar ante un artista
de los grandes acerca de sus obras, copresentes todos tres: obra, artista y crítico.
Miranda no sólo paseó sus ojos —de General de Ejércitos, de Demócrata
obseso por libertad, de insaciable enamorado, de avorazado curioso y
de bibliófilo entendido—por las páginas de los libros de clásicos griegos
que compraba, o le regalaban amigos, conocedores de su querencia. Paseó sus ojos a veces línea por línea de ciertas obras; |
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a
veces, palabra por palabra, con ojos de gramático y aun con ojos de
corrector de pruebas.
En la edición de Anacreonte. . . Carmina.
. . (Glasgow, 1801) hace notar que se ha traspuesto
una línea en las páginas 103-104; en la edición de Memorabilium
(Jenofonte, Oxford, 1780, libro IV, pág.
20) corrige al traductor latino quien traduce la exclamación griega
clásica: "Por Júpiter", con la latina ¡"at
prefecto"!
De cuando en cuando revierte Miranda al trabajo escolar de "traducir",
—raíces de palabras, formas gramaticales raras, en evolución histórica.
. . (Ilíada, edic. Londres, 1790;
vol. I, págs. 3, 7, 9, 10, 12, 22, 196; III, pág.
131, véase fotocopia, página
84).
Sería contraproducente exageración afirmar que Miranda
leyó con parecido detenimiento todas las obras de clásicos griegos que
compró. Las señales gráficas de su paso son muchas más de las indicadas
en esta obra, pero no llegan a amojonar ni todas las obras ni todas
las páginas de ellas. Por algunas, tal vez ni pasaran materialmente
sus ojos. Por otras, desearíamos algunos —filósofos, por ejemplo— que
hubiera dejado Miranda más huellas gráficas de su paso. Las dejó leves,
mas significativas en Platón; pero ninguna en Aristóteles, —en la magnífica
edición parisiense de 1629 que adquirió y legó a nuestra Universidad.
Leer el diálogo Critias de Platón,
y no subrayar el pasaje referente a la Atlántida pareciera descortesía
imperdonable en un nativo de América. Miranda cumple con tal deber (pág.
1.100, vol. II de Divi Platonis Opera omnia, Marsilio Fici interprete, Francofurti, 1602, 2 vol. en folio,
griego y latín). Pero Miranda dio mayor importancia a otros puntos. La edición citada, aparte de méritos fácilmente visibles, ofrecía por vez primera la versión latina del gran humanista italiano Marsilio Ficino (1433-1499), y en su página 12 (vol. I) una selección de textos de Cicerón, verídicos testimonios del aprecio del orador romano por el filósofo, casi casi próximo antepasado, tan próximo y tan pariente que pudo llamarlo Cicerón Deus ille noster Plato, sin que ni una de esas palabras, —ni la de dios, ni la de nuestro— desentonara, como lo hiciera en nuestros días, ni resultara |
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metáfora
o figura retórica, de dudoso gusto y evidente falsedad.
Miranda se siente al unísono con Cicerón; y subraya, de los 11
textos ciceronianos, cuatro:
"De todos los escritores, es Platón, con mucho príncipe".
"¿Quién más exuberante en palabra que Platón?
"Júpiter; que así —dicen los filósofos— hablara Júpiter
si hablara en griego".
"Platón no sólo por la palabra fue maestro; lo fue además
por ánimo y virtud".
"Si en los libros que alabas echas de menos a Escévola
no lo pasé por alto temerariamente; hice lo mismo que en su
Sigue en dicha página el testimonio de San Agustín sobre Platón
(De civitate Dei,
8, cap. 41. Miranda lo leyó, y puso su señal
máxima (xx), cual indicio de su paso, e índice
de su concordancia. No podía Agustín dar a Cicerón el apelativo de Deus
ni el de noster; le dio los superlativos,
compatibles con la condición humana y no cristiana, de Platón: "excellentissima
gloria claruit...", "ingenio mirabili".
La afición al griego no sólo le venía a Miranda de sus tiempos
de estudiante universitario caraqueño. Le persiguió bajo la capa de
bibliófilo durante sus largos años de peregrinación.
En Madrid (1780) compra Lexicón graecum,
Grammaire grecque;
Escrively, Lexic. grec.; Gram. curse grecque; Vosii,
Institutiones linguae
graecae (1650); Suidae, Lexicón
graecum et latinum; Suidae, Lexicón graecum, Aldus (1514); Scapulae, Lexicón graecum, Elzevir
(1652).
(Véase Los libros de Miranda, Ediciones del Cuatricentenario
de Caracas, 1967). En el catálogo de las dos subastas (1828; 1833) de Londres (o. c.) constan las obras: Morsíey, On greek and Latin Prosody (1798); Huntingsford, Greek exercises, 1793; Fabricii Bibliotheca graeca, Ih vol. Hamb. 1708; Hederici Lexicón graecum, 1790; Hesychii Lexicón graecum, 1746; Apolonii Lexicón homericum, 1773; |
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Waikers
Key to classical
pronundation, 1798; Wellerii
grammatica graeca,
1791; Suidae, Lexicón graecum, Aldus, 1514; Schrevelii Lexicón, 1779;
Selecta graecorum exempla, 1781.
Ya por aquellos tiempos los libreros habían advertido la costumbre
de Miranda de subrayar o señalar en la obra misma pasajes para él notables,
o expresar en página inicial su juicio
sobre la obra o su predilección
por ciertas sentencias.
Miranda compró varias obras en ediciones famosas; y en algunas
de ellas pudo admirar la letra autógrafa de expositores y anotadores
como Paulus Manutius y Petrus de la Marche.
Lo hace notar Evans en su catálogo para la
subasta, como un mérito y un aliciente para los compradores entendidos.
Y según ese mismo criterio advierte Evans
que Miranda escribió de su puño y letra el juicio "muy buen libro",
en Tratado De Re militan, hecho a manera de diálogo entre los ilustrísimos
señores Fernández de Córdoba y Duque de Nájera,
Bruss. 1590; y que en la obra Pintura, Don
Felipe de Guevara, Comentarios a la Pintura, se puede leer
"a note o.f Gen. Miranda highly commending this Work". (Madrid, 1788). Y en la edición de Las Casas,
Decouverte des Indes orientales
hay "a few Ms.
notes by General Miranda".
Dada esa costumbre de Miranda, bien y copiosamente ejercitada
y confirmada tanto en las obras de clásicos griegos, —de que da testimonio
visual esta obra—, como en varias obras de las subastadas en Londres,
podemos sacar la consecuencia,
—no muy consoladora para lectores de
profesión filosófica inevitable, y de vocación filosófica incurable—
que las obras de Filosofía, incluidas en las listas de las subastas:
Aristóteles, Logique (Port
Royal), Wolff, Newton, Hume,
Locke, Helvetius,
Diderot, Condillac, Descartes, Bacon, Galileo, Boyie, Brucker, Paley, Smith, Reid... no debían tener ni textos subrayados ni señales
de parada mental de Miranda.
Nos queda a los inevitablemente ya profesores de Filosofía y
a los incurablemente filósofos de vocación el con suelo de que, sin
preocuparse de nosotros, dejó Miranda escrito en su Diario (1788): "Ningún
Pueblo sin Filosofía y gran instrucción puede preservar su libertad".
(Archivos, vol. IV, pág.
11). |
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No
haríamos violencia alguna a estas palabras de Miranda si las tomásemos,
todos: hombres públicos y privados, cual consejo, y, en particular,
profesores y estudiantes,—universitarios o no—, como precepto. Y si esas categorías,
resabiadas de moral, nos suenan a poco o a demasiado, tomemos cual ejemplo,
no dado de intento por Miranda, la lectura de clásicos, griegos o latinos,
tal como él la practicó, seguros de poder confesar como él:
"Me he quedado en casa leyendo con gusto y provecho. Oh,
libros de mi vida, qué recursos inagotables para alivio de la vida humana" (Archivos, III,
278).
Terminaremos así por ver a Miranda como él mismo se vio en el
espejo de Longino, el filósofo neoplatónico:
biblioteca viviente de clásicos griegos, y dejará de parecer piadosa
exageración patriótica y americanista el juicio de Uslar Pietri sobre Miranda: "el
hombre más culto y más universal de la América Latina de su tiempo",
"el criollo más culto de su tiempo" (Los libros de Miranda,
páginas XII, XV). |
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ADVERTENCIAS FINALES
1) No todos los subrayados en los volúmenes de
la colección "Clásicos griegos" de Miranda provienen de su
mano. Los que de ella salieron son fáciles de reconocer, sin lugar a
duda razonable, por varios criterios internos y externos, que fuera
extemporánea pedantería exhibir en una obra como ésta.
Otros subrayados y signos seguramente no lo son, —también por
criterios de normal técnica—; por ejemplo, en el volumen de las obras
de Aristóteles (Aristóteles opera omnia. .
. graece et latine — París, 1629, 2 vol.)
que trata De Anima, de partibus animalium. . . hay largos
subrayados a lápiz, —¿de alguien interesado
en historia de la anatomía? No parecen ser de Miranda los subrayados
en el volumen de "Claudii Aeliani,
Opera, Tigurí, 1556; ni los frecuentes en
"Dionis Chrisostomi, Orationes. . ., Lutetiae l6oh),
pues, entre otras razones, son siempre subrayados del latín, mientras
que Miranda subraya casi siempre el griego, y rarísima vez palabras
latinas sueltas. Recuérdese Ilíada I, v. 231,
pág. 24.
2) El volumen I de "Strabonis
Rerum geographycarum
(libri XVII, Lipsiae, 1796) se abre
con letra de Miranda; mas son datos sobre España que se le hicieron
curiosos a Miranda, págs. 367, 368, 371, 378,
379, 457; de ellos no hemos podido sacar ni rasgo ni indicios de la
personalidad humanística de Miranda, fuera de su omnívora curiosidad.
3) Han servido al autor de gran ayuda el folleto
Los clásicos griegos de Francisco Miranda, por Terzo
Tariffi, edición de la Biblioteca Nacional,
Caracas, 1950; la obra Los
libros de Miranda, Ediciones del Cuatricentenario
de Caracas, 1967, con los estudios de los doctores Arturo Uslar
Pietri y P. Grases; los Archivos del General Miranda (edic. 1929-1933, 1938, Caracas). Para determinar,
con la seguridad que permiten las investigaciones modernas, a quién
pertenece la "Oda" griega, traducida al inglés por autor desconocido
y al castellano por Miranda, reproducida la página aquí, ha sido decisiva
la cooperación del doctor M. Markovich, de
la Universidad de Méridá. |
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Deja aquí el autor expresa constancia de la cooperación de los
colegas doctor P. N. Tablante Garrido, de la Universidad de Mérida, gran mirandino,
y del doctor Germán Carrera Damas, director de la Escuela de Historia
de la Universidad Central de Venezuela. A todos ellos el más cordial
agradecimiento del autor. J. D.
G. B. Caracas,
a 15 de septiembre de 1967. |