PIDIENDO UN ORTEGA Y GASSET DESDE DENTRO

Por. J.D. García-Bacca

    En 1932, y con ocasión del primer centenario de la muerte de Goethe, escribe Ortega y Gasset un artículo que lleva por título: Pidiendo un Goethe desde dentro.

    Ortega confiesa sinceramente que no está para centenarios.  No estaré yo seguramente en este mundo para el centenario de la muerte de Ortega, aunque no me falten evidencias indisimulables ganas de supervivencia centenaria y aun matusalémica. Mas  justamente porque nos preocupa con tanto rigor este 1955, estamos para meditar sobre Ortega, parte esencial y sobresaliente de nuestro presente histórico, del que saldremos a la una con él para entrar todos, él y nosotros, en el pasado, y, si nos lo merecemos, en la historia.

    Los muertos, ha dicho Sartre, son presa para los vivos.  Sobre todo los recién muertos.  Y más si han sido matados en plenitud de vida, en salud.

    Estamos en el momento justo en que podemos pedir un Ortega desde dentro, y casi pedírselo a él mismo.  Hagámoslo.

 


I

ORTEGA SE NOS DA EL MISMO DESDE DENTRO

    Hay que hacer nuestro quehacer. El perfil de éste surge al' enfrentar la vocación de cada cual con la circunstancia. Nuestra vocación oprime la circunstancia, como ensayando realizarse en ésta. Pero ésta responde poniendo condiciones a la vocación. Se  trata, pues, de un dinamismo y lucha permanentes entre el contorno y nuestro yo necesario. Mi vocación era el pensamiento, el' afán de claridad sobre las cosas. Acaso este fervor congénito me hizo ver muy pronto que uno de los rasgos característicos de mi circunstancia española era la deficiencia de eso mismo que yo tenia que ser por íntima necesidad. Y. desde luego, se fundieron en mi la inclinación personal hacia el ejercicio pensativo y la convicción de que era ello, además, un servicio a mi país. Por eso  toda mi obra, y toda mi, vida ha sido servicio de España. Y esta es una verdad inconmovible, aunque objetivamente resultare que  yo no había servido de nada. (Prólogo a la tercera edición de las  "Obras completas", Madrid, 1943, pág. XV.)    

   Nuestro interior, el claustro de nuestra intimidad, está resonando continua y molestamente en mil y mil voces de mando y conminación: Cumple los diez mandamientos, nos truena la voz del Dios del Sinaí; cree en los dogmas; llena tus deberes de ciudadano. ¡Ojo con las leyes del tráfico! Todas esas voces, algunas destempladas y con pitos, se dirigen a mí. Y si les preguntáramos, suponiendo, con gran benevolencia, que dejen de gritarnos un momento: ¿a quién hablan? Y respondieran: a ti. Podríamos a nuestra vez contestarles: ¿A mí?; y ¿quién soy Yo? Porque de Mí nadie entiende, ni puede entender más y mejor que Yo. Mas en este terreno no se aventuran nunca los vociferantes. Nada de que planteemos ese previo de quién soy yo. Pues los únicos capacitados, por esencia, para responderlo, somos nosotros. Yo. No nos dejan que oigamos la voz del yo. Nuestra vocación. Ortega ha sido uno de los pocos mortales, y de los poquísimos españoles—de España, tierra de vociferantes—, que consiguió hacer callar un momento a todo gritón entrometido, para intentar oír quién era él. 

   Y se dejó oír su yo. Le dio voces, de él a él. Le descubrió su vocación. "Mi vocación era el pensamiento, el afán de claridad sobre las cosas."

   No otra respuesta hubiera dado Sócrates. Mejor, no dio otra. Mas la circunstancia de Ortega y de Sócrates no coincidía.  Este fervor congénito me hizo ver muy pronto que uno de los rasgos característicos de mi circunstancia era la deficiencia de eso mismo que yo tenía que ser por íntima necesidad.   

   La vocación por el pensamiento, el estar llamados a pensar, parece vocación esencial del hombre, de todo hombre, por el  mero hecho, o esencia, de ser animal racional. Ortega nos advierte" que el hombre no es racional, sino que su quehacer consiste en  hacerse racional. Pensar es quehacer específicamente humano; no un factum, o hecho, o esencia. O si queremos otra fórmula  que nos acerque al Ortega desde dentro: el español es un tipo  de hombre en que el pensar está por hacerse, y por eso pensar es, su quehacer; mientras que en otros tipos de hombre tal quehacer  está casi cumplido, está casi hecho. Es un hecho.

   Es un hecho que Descartes, Kant, Hegel piensan; es un quehacer el que Ortega piense. En los presocráticos el pensar era  aún un quehacer. Por eso se ve surgir, manar, brotar en ellos no sólo los pensamientos, sino el pensar mismo. Mas ya desde Platón el pensar parece función natural humana, casi como el digerir; y ya no contarán sino los pensamientos, lo pensado. Desaparece el quehacer. Queda lo hecho. Y a partir de ese momento, el ámbito de la intimidad occidental resonará en altisonantes verdades, en dogmas, en sistemas.

   En otro trabajo he llamado a Ortega preso crítico; su vocación fue la de serlo, y lo fue.    

   En mitad de una sinfonía y en un fortísimo de Beethoven", no hay quien se atreva o pueda hacer oír su voz. En nuestro siglo XX, y en medio del concierto ideológico perfecto, afinadísimo, definitorio, de los sistemas que nos vienen tocando sus temas y variaciones durante veinticinco siglos, no hay modo y a veces creemos que ni derecho, a hacer oír la voz, la nuestra, a la que  solemnemente, combinatoriamente, en nombre de la Verdad todos se dirigen. No hay derecho a pensar ya. El pensamiento no es un quehacer. El pensar ha cuajado, fraguado y cristalizado en  pensamientos. Nadie está llamado a pensar. ¿Nadie? Uno, al menos: Ortega y Gasset.

   Y Ortega, a mitad del concierto ideológico en que resonaba España—en todos los órdenes, desde filosófico a político y religioso, y resonaba con voces de mando y conminación—, levanta  su voz para pedir el derecho a pensar.

   Ortega es el quehacer español de pensar. Y el primero y la primera vez en la historia en que un español, dentro de su patria, nos hizo sentir el pensar como quehacer, no como o pensamiento.

   Y por unos años se pensó en España. Por otros muchos, y muchísimos más, tantos que sumados dan siglos y siglos, se repitió pensamientos. Se dieron conciertos, bien dirigidos, de sinfonías filosóficas perfectas: tomismo, escotismo, suarismo. Lo •cual no está mal; no creo, con todo y contra tantos, que sea lo mejor Aunque a veces me recuerdo a mí mismo aquello de que lo mejor es enemigo de lo 'bueno. Y es otra discretísima advertencia de Ortega: Por eso toda mi obra y toda mi vida han sido servido de España. Y esto es una verdad inconmovible, aunque objetivamente resultase que no había servido de nada.


II

ORTEGA O LA VOCACIÓN DE ESPAÑA A PENSAR

    No es valiente quien no tiene miedo, sino quien teniéndolo y  sintiéndolo, se lo aguanta.

    España es la tierra del miedo a pensar, y del miedo a dejar que se piense. Y es la tierra de los que se saben aguantar el miedo a pensar, aunque a veces no se llegue a dominar el miedo a dejar que otros piensen. Pero ¿es que cabe eso de miedo a pensar? ¿O el miedo a ser hombre, en quien va lo es, y nada menos que por esencia o naturaleza?

    Una serie de imperceptibles pasos nos lleva a veces a concluir de "el hombre es racional", a "el hombre tiene razón", a "el  hombre tiene siempre razón", y a "el hombre tiene siempre razones para todo". Y al convencimiento de la legitimidad de estas conexiones se llama "racionalismo".          

   Huelga añadir que quien admita semejante conexión como natural, no podrá experimentar jamás miedo a pensar, pánico ante los pensamientos. 

   Mas dentro de la general y común condición de "hombre", cabe, partiendo de la primera premisa, desviar la consecuencia  en otra dirección: "el hombre es racional", "luego el hombre da razones". No basta con que uno tenga razón; hace falta que se la den, decimos en España. No basta con que "dos y dos sean, con claridad, distinción y evidencia insultantes, cuatro"; le hace   falta a esa verdad, para que sea verdad, el que el hombre le dé la razón. Y "dar algo" es asunto de gracia, no de necesidad. La verdad será tan verdadera cuanto quiera; mas no tiene razón, si no se la damos. La verdad cobra razón por gracia nuestra, por don nuestro. Y ¿qué es lo que damos a las verdades para que, tengan, por gracia de tal gracia nuestra, razón?

   Las realidades supremas, dice Ortega, en oposición a las inferiores: colores, sonidos, placer, dolor sensible, "son más pudorosas; no caen sobre nosotros como sobre presas. Al contrario: para hacerse patentes nos ponen una condición: que queramos su existencia, y nos esforcemos hacia ellas. Viven, pues, en cierto modo apoyadas en nuestra voluntad. La ciencia, el arte, la  justicia, la cortesía, la religión son órbitas de realidad que no invaden bárbaramente nuestras personas, como hacen el hambre o el frío; sólo existen para quien tiene la voluntad de ellas."

 "Cuando dice el hombre de mucha fe que ve a Dios en la  campiña florecida, o en la faz combada de la noche, no se expresa más metafóricamente que si hablara de haber visto una naranja. Si no hubiera más que un ver pasivo, quedaría el mundo reducido a un caos de puntos luminosos. Pero hay sobre el pasivo ver un ver activo que interpreta viendo, y ve interpretando, un ver que es mirar." (Meditaciones del Quijote, Meditación preliminar, 4). 

   Los orbes de las cosas superiores, las ideas, existen por "gracia" de mi voluntad, por "don" de mi libre albedrío. 

   "Soy yo, pues, por un acto mío, quien las mantiene en una distensión virtual; si este acto faltara, la distancia desaparecería, y todo ocuparía indistintamente un solo plano." (Ibid. n. 3.)

   El miedo a un pensar tal que de su íntima querencia dependan las diferencias entre las cosas y sus virtuales distancias o distinciones, que viven apoyadas en nuestra voluntad, es el miedo que debía sobrecoger a Atlante cuando caía en cuenta de que estaba llevando en vilo al mundo entero. 

   Si ver, con los ojos o con el entendimiento, es un acto necesario, mirar es un acto libre; es el acto característico de un pensamiento libre, del pensamiento de una persona, no de una máquina de ver y asentir a verdades.

   España es la tierra del miedo a pensar, porque es tierra de fe llevar; de verdades que se dan por don y gracia de El Libérrimo, se reciben por don y gracia libres de nuestra voluntad, y se les da razón porque nos da la gana.

   De ahí que el español no conciba el que no se razón a ciertas verdades; es que no se trata para él de discutir si son o no verdades, sino de un acto de generosidad, de regalarles razón, a veces con bien pocos méritos de su parte para hacerse acreedoras a tal regalo; algunas, con positivos e insultantes deméritos. 

Vivir el pensar como dar rosón a la verdad es vivir el pensar como quehacer. Ortega ha dado muchas, variadas y deliciosas formulaciones a esta idea, tan suya que no creo haya sido de nadie en la historia del pensamiento. Una de ellas, y no por cierto la menos lograda, se encuentra en "El Tema de nuestro Tiempo" (V). "En estas situaciones de extrema anomalía se hace patente la necesidad de completar los imperativos objetivos con los subjetivos. No basta, por ejemplo, que una idea científica o política parezca, por razones geométricas, verdadera para que debamos sustentarla. Es preciso que, además, suscite, en nosotros una fe plenaria y sin reserva alguna. Cuando esto no ocurre, nuestro deber es distanciarnos de aquella, y modificarla cuanto sea necesario para que ajuste rigurosamente con nuestra orgánica exigencia. Una moral geométricamente perfecta, pero que nos deja fríos, que no nos incita a la acción, es subjetivamente Inmoral. El ideal ético no puede contentarse con ser él correctísimo: es preciso que acierte a excitar nuestra impetuosidad. Del mismo modo, es funesto que nos acostumbremos a reconocer como ejemplos de suma belleza obras de arte, por ejemplo, las clásicas, que acaso son objetivamente muy valiosas, pero que nonos causan deleite.

Nuestras actividades necesitan, en consecuencia, ser regidas  por una doble serie de imperativos, que podrían recibir los títulos siguientes:

IMPERATIVO

 

Cultural

Vital

Pensamiento

Verdad

Sinceridad

Voluntad

Bondad

Impetuosidad

Sentimiento

Belleza

Deleite (n. V)

El miedo a pensar es el santo temor a pensar, principio de la  sabiduría orteguiana y española. El hombre es racional por naturaleza, pero da razones y da la razón a la verdad por gracia, y a ratos y a veces por gana, o la niega por desgana.

    Los dones se dan porque al dador le da la gana; y se reciben porque a uno le da la gana, y se pierden porque a uno le da la desgana. Y gana y desgana son no tan sólo términos castellanos intraducibles e inexportables, sino, lo que es más grave y profundo, ínvivibles para más de medio mundo, para todo el mundo racionalista, que, por de pronto, abarca casi toda Europa.

  Ortega es la voz de España que nos llama a pensar como a gracia, don y regalo que a la Verdad, a todas las verdades, hacemos para que obtengan entonces razón, que, de suyo y a solas de nuestra voluntad, no tuvieran. 

   Y ésa fue la vocación de Ortega, y eso fue cumplidamente el que en vida se llamó José Ortega y Gasset.

                            

III

ORTEGA O EL OJO DE ESPAÑA

   Todas las cosas de este mundo están patentes a todas; unas pocas, además de patentes, están abiertas a todas. No hay que poner puertas al campo, se dice en Castilla; hay que poner puertas a la casa. A los campos gravitatorios y electromagnéticos están, por necesidad, patentes todas las cosas, aun el más encerrado vacío de la más perfecta máquina neumática, hasta el rincón más apartado del universo; y, naturalmente, está patente a todo eso el hombre, expuesto a todo, expósito entre expósitos. A lo cual ha dado Heidegger la fórmula "estar caído y recaído (Ver fallen) cual cosa entre cosas, como una de tantas".

   El ojo está patente o expuesto a los radiaciones electromagnéticas lo mismo y por iguales leyes que una placa fotográfica. Pero, además, a la vez y por encima de todo eso, está abierto a ellas. La placa fotográfica está expuesta a las radiaciones; no está abierta a ellas; pero eso no ve, a pesar de recibir las radiaciones igual que nuestros ojos. Porque estar abierto—v urge ya diferenciarlo de estar expuesto o patente—, implica recibir una realidad, desconectando y neutralizando su causalidad; admitirla de visita, no de invasora.

   Todo lo ve el ojo—monte, madera, casa, piedra, sol"-—y se le comienza por entrar todo lo que tales cosas son en su realidad; que las radiaciones que todas ellas emiten son carne de su carne, masa de su masa, energía de su energía, impulsos de su impulso. Mas el ojo, con displicente y efectivo señorío, no se da por enterado de nada de eso, tan real y eficiente. Y no se hace piedra, sol, fuego, casa... Lo deja todo reducido a idea: a pura presencia, espectáculo, aspecto.

    El ojo se abre a idea, mientras y a pesar de estar expuesto a realidad. Por los ojos nos invaden las cosas; mas, por maravilla inexplicable, aunque la vivamos, trocamos en ese mismo punto invasores en comedidos visitantes.

ORTEGA ES EL OJO DE ESPAÑA

   Por España, como por las demás partes del mundo, se entran invasoras oleadas, reales e incontenibles, todas las ideas y formas de cultura—religiosa, moral, estética, científica, política. España está patente y expuesta a todo eso como cualquier hijo de vecino, por más diques que se opongan. Las ondas del sonido, y aun de la luz, contornean presto todos los obstáculos reales.

    Pero no siempre España ha sabido trocar invasión en visita. Nos invade el protestantismo, cuando se difunde, potente y primigenio, por toda Europa. Y a tal invasión, real y conmovedora, respondemos con guerra, a sangre y fuego. Y, claro está, no nos hemos enterado de qué es protestantismo, que eso sólo se conoce" cuando se es capaz de cambiar invasión en visita, en que se deja hablar, explicarse, darse a entender personas.   

   España no tuvo OJOS para el Protestantismo, ni los tiene.

   Nos invadió el Enciclopedismo francés y la Ilustración: tampoco cupimos real y fructíferamente trocar invasión en visita Y España no se enteró del mensaje maravilloso de la ciencia y filosofía modernas, y del nuevo vivir que en otras partes trocaba, casi transustanciaba, campos de batalla en sala de espectáculos.

   En el Proverbio y Cantar CLXI, dedicado a Ortega y Gasset, suelta Antonio Machado su voz a semejantes razones el verso:'                      

El ojo que ves no es

ojo porque tú lo veas;

es ojo porque te ve.

¿Hacia, qué cosas está abierto el ojo de Ortega y Gasset?

¿Qué cosas nos vio, o hacia qué cosas nos abrió?

¿Respecto de qué cosas nos transmutó la invasión ideológica y cultural en espectáculo, en ideas?

¿Los ojos con que vemos a Ortega y Gasset, sólo son ojo por que el nos ve, o somos ojos porque lo vemos?

Muchas preguntas son, para que yo solo cumplidamente las 'responda.    

"Ortega es el ojo de la España contemporánea, abierto a la cultura universal, religiosa, política, científica, filosófica, literaria..., en especial sensible a la germánica, que nos transustanció  invasión en espectáculo." Soy yo quien lo dice.

"Porque así debiéramos en definitiva llamar la aptitud adscrita a nuestro, mar interno (Mediterráneo): sensualismo. Somos meros soportes de los órganos de los sentidos: vemos, oímos, olemos, palpamos, gustamos, sentimos placer y el dolor orgánico. Con cierto orgullo repetimos la expresión de  Cautier: el mundo externo existe para nosotros.

   ¡El mundo exterior! Pero ¿es que los mundos insensibles  las tierras  profundas—no son  también  exteriores  al  sujeto? Sin duda alguna: son exteriores y aun en grado eminente.  La  única diferencia está en que la "realidad—la fiera, la pantera—cae sobre nosotros de una manera violenta, penetrándonos por las brechas de los sentidos, mientras que la idealidad sólo se entrega a nuestro esfuerzo. Y andamos en peligro de que esa invasión de lo externo nos desaloje de nosotros mismos, vacíe nuestro, intimidad, y exentos de ella quedamos transformados en postigos de camino real, por donde va y viene el tropel de las cosas."

    "El predominio de los sentidos arguye de ordinario falta de  potencias interiores. ¿Qué es meditar comparado al ver? Apenas  herida la retina; por la saeta forastera, acude allí nuestra intima,  personal energía, y detiene la irrupción. La impresión es filiada,  sometida a civilidad, pensada y de este modo entra a cooperar en el edificio de nuestra personalidad." (Meditación preliminar, 8).

   España andaba por los tiempos mozos de Ortega experimentando una invasión de filosofía germánica; que en forma de invasión se nos entró el krausismo; y no hubo "yo" que nos la filiara y sometiera a españolidad. Y don Marcelino Menéndez Pelayo se despachó fácilmente, a su gusto y a sus anchas, sobre eso de nieblas germánicas, que tal se la antojaron a su rudimentario órgano de visión filosófica, casi mejor mancha pigmentaria sensible y resentida a la luz de toda filosofía, excepto a la de una vaga cristiana, vagamente entendida.

   "Cuando yo era muchacho leía, transido de fe, los libros de Menéndez Pelayo. En estos libros se habla con frecuencia de  las nieblas germánicas, frente a las cuales sitúa el autor la claridad latina. Yo me sentía, de una parte, profundamente halagado; de otra, me nacía una compasión grande hacia, esos pobres hombres del Norte, condenados a llevar dentro una niebla.

   No dejaba de maravillarme la paciencia con que millones de hombres, durante miles de años, arrastraban su triste sino, al parecer, sin quejas y hasta con algún contentamiento.

   Más tarde he podido averiguar que se traía simplemente de •una inexactitud, como otras tantas con que se viene envenenan do a nuestra raza sin ventura. No hay tales nieblas germánicas, ni mucho menos tal claridad latina. Hay sólo dos palabras que, significan  algo  concreto,  significan  un  interesado  error. (Ibid, n. 6.)

   El ojo sano ve todo claro, hasta lo oscuro.

   "Claridad no es vida, pero es la plenitud de la vida. ¿Cómo  conquistarla sin el auxilio del concepto? Claridad dentro de la  vida, luz derramada sobre las cosas es el concepto. Nada más.  Nada menos. Cada nuevo concepto es un nuevo órgano que se  abre en nosotros sobre una porción del mundo, tácita antes e invisible.    El que os da una idea os aumenta la vida y dilata la realidad en torno vuestro. Literalmente exacta es la opinión platónica de que no miramos con los ojos, sino a través o por medio de los ojos; miramos COMÍ los conceptos". (Ibid. n. 12.)

   Y mientras el ojo de Ortega nos mantuvo abiertos a la cultura universal, en especial a la filosofía germánica, no hubo libro de religión, arte, filosofía, ciencia... que, al llegar a España,  saliera instantáneamente repelido cual por coz de asno, por encima de los Pirineos. Ortega nos lo daba visto, con ojo español, en un prólogo o en una nota previa. La amiba, recordaba Ortega a otro propósito, improvisa sus órganos a medida de sus circunstanciales necesidades. La amiba gigantesca que es España—España invertebrada—, improvisa de cuando en cuando— ¿cuándo Dios quiere?—, no siempre que hace falta, y menos constantemente, un "ojo" por el que, momentáneamente, nuestra sensibilidad extremada e irritabilidad elemental, ascienden a "sentido de la vista". Vemos clara y distintamente, guardando nosotros las distancias frente a las cosas, y haciendo que ellas nos guarden las distancias, sin perdernos unos de otras de vista.

   Pareciera, no obstante, que España no es, a semejanza de otras naciones no muy distantes geográficamente, vertebrado superior, con ojos permanentemente cuajados en órgano estable, siempre disponibles, perennemente abiertos al mundo, y no solamente expuestos a él.

   Y el último "ojo" que España dio fue Ortega y Gasset.

   Y ahora que él no nos ve, ¿dejaremos de ser ojos porque él ya no nos vea?