Título del original "Axiomatisches Denken",
publicado en Mathematische Anncden –
volumen 78 (1910). Págs. 405-415.
Esta conferencia fue pronunciada ante la Sociedad Matemática
de Suiza, el 11 de setiembre de 1917, en Zürich.
A la manera como en la vida de los pueblos un pueblo
particular puede prosperar tan sólo si están bien los pueblos vecinos, y como
el interés de los Estados exige que reine el orden no solamente dentro de cada
Estado sino también que las relaciones de los Estados entre sí estén debidamente
ordenadas, así pasa aun en la vida de las ciencias.
Conociendo esto correctamente, los más notables cultivadores
del pensamiento matemático han demostrado siempre gran interés en las leyes y
en el orden de las ciencias vecinas y, sobre todo, han cultivado desde largo
tiempo atrás, y en favor de la matemática misma, las relaciones con las
ciencias vecinas, en especial con los grandes dominios de la física y teoría
del conocimiento.
La esencia de estas relaciones y el fundamento de su
fecundidad nos resultarán más perfectamente claros si describo a ustedes el
método general de investigación que parece prevalecer cada día más en la
matemática moderna. Me refiero al método
axiomático.
Cuando yuxtaponemos los datos de un dominio científico, más
o menos comprensivo, prestamente notamos que tales datos pueden ser ordenados.
Tal orden se alcanza en cada caso con la ayuda de un cierto encasillado especial de conceptos, tal
que a cada objeto particular de tal dominio científico corresponda un concepto
de tal encasillado, y a cada dato dentro del dominio científico corresponda una
relación lógica entre los conceptos.
Este encasillado especial de conceptos no es otra cosa sino
la teoría de tal dominio científico.
Así es como se coordinan los datos geométricos para dar una
geometría; los datos aritméticos, para dar una teoría de los números; los datos
estáticos, mecánicos y electrodinámicos, para dar una teoría de la estática,
mecánica y electrodinámica; o los datos de la física de los gases, para una
teoría de los gases. Igualmente pasa con los dominios científicos de la
termodinámica, de la óptica geométrica, de la teoría elemental de la radiación,
de la conducción calorífica o también con el cálculo de probabilidades y la
teoría de los conjuntos. Y hasta vale respecto de dominios matemáticos puros
especiales, cual teoría de las superficies, teoría de las ecuaciones de Galois,
teoría de los números primos, no menos que respecto de dominios científicos,
remotos respecto de las matemáticas, cual algunas secciones de la psicofísica o
teoría del dinero.
Cuando miramos de cerca una teoría determinada, advertimos
siempre que unas pocas, y características, proposiciones del dominio
científico, hacen de fundamento para la construcción del encasillado especial
de los conceptos, y tales proposiciones alcanzan, ellas solas, para
construir según principios lógicos el encasillado total.
Así basta enteramente en la geometría con el teorema de la
linealidad de la ecuación del plano y con el de la transformación ortogonal de las
coordenadas del punto para obtener la grandemente amplia ciencia de la
geometría euclídea del espacio por los medios del análisis. Para la
construcción de la teoría de los números basta con las leyes de cálculo y
reglas para los números enteros. En la estática desempeña igual papel el
teorema de paralelogramo de fuerzas; en la mecánica, parecidamente, las
ecuaciones diferenciales del movimiento de Lagrange; y, en la electrodinámica,
las ecuaciones de Maxwell, con la adición de la exigencia de la rigidez y carga
del electrón. La termodinámica se puede edificar
completamente sobre el concepto de la función de energía y
la definición de temperatura y presión como derivados de sus variables:
entropía y volumen. En el centro de la teoría elemental de la radiación se
halla el teorema de Kirchhoff sobre las relaciones entre emisión y absorción;
en el cálculo de probabilidades es teorema fundamental la ley de errores de
Gauss; en la teoría de los gases, el teorema de la entropía como logaritmo
negativo de la probabilidad del estado; en la teoría de las superficies, la
representación del elemento de arco mediante la forma cuadrática diferencial;
en la teoría de la ecuación, el teorema sobre la existencia de raíces; en la
teoría de los números primos, el teorema de la existencia y frecuencia de los
lugares-cero de la función riemanna C(t)
Tales proposiciones fundamentales pueden ser consideradas,
desde un primer punto de vista, cual los Axiomas
del dominio científico especial. La ulterior evolución de cada dominio científico
especial se basa únicamente en la ulterior elaboración lógica del ya señalado
encasillado de conceptos. Más aún: en la matemática pura es tal punto de vista,
el característico; a la correspondiente
manera de trabajar debemos el poderoso desarrollo de la geometría, de la
aritmética, de la teoría de las funciones y del análisis en su totalidad.
Con ello el problema de la fundamentación de los dominios
científicos especiales habría hallado, en los casos enumerados, una solución;
mas tal solución no fue sino provisional. En realidad, en cada uno de tales
dominios científicos especialmente se hizo sentir la necesidad de fundamentar
esas mismas proposiciones, consideradas cual axioma, y puestas de fundamento.
Así se llegó a "demostraciones" de la linealidad
de la ecuación del plano y de la ortogonalidad de una transformación que
expresara un movimiento; además, a "demostraciones" de las leyes
aritméticas de cálculos, del paralelogramo de fuerzas, de las ecuaciones de
movimiento de Lagrange, de la ley de Kirchhoff sobre emisión y absorción, de la
ley de la entropía, y de la existencia de raíces de una ecuación.
Empero el examen crítico de tales "demostraciones"
pone de manifiesto el que, de suyo, no son demostraciones, sino que, en el
fondo, hacen posible tan sólo la reducción a ciertas proposiciones, más
profundas, que, en adelante, por su parte, habrán de ser consideradas cual
nuevos axiomas en lugar de las proposiciones demostrantes. De esta manera
surgieron los ahora así llamados propiamente Axiomas de la geometría, aritmética, estática, mecánica, teoría de
la radiación o termodinámica.
Estos axiomas forman un estrato más profundo de axiomas
respecto de aquel otro estrato de axiomas que quedó caracterizado por las
proposiciones anteriormente nombradas y puestas de fundamento en los dominios
científicos especiales.
El modo de proceder del método axiomático, tal como se acaba
aquí de formular, equivale a una refundamentación
en profundidad de los fundamentos de los dominios científicos especiales,
cual la que se hace necesaria para cualquier edificio en la medida en que, al
irlo construyendo, se va elevando y, no obstante, se quiere garantizar su
seguridad.
Si la teoría de un dominio científico, esto es: el
encasillado de sus conceptos, ha de servir a su finalidad, a saber: a la
orientación y orden, ha de satisfacer, sobre todo, a dos exigencias: primero, ha de proporcionar una mirada
de conjunto sobre la dependencia, o
correlativamente, independencia de
las proposiciones de la teoría; y, segundo,
una garantía de la incontradictoriedad
de todas proposiciones de la teoría.
En especial, a los axiomas de cada teoría hay que ponerlos a
prueba según estos dos puntos de vista.
Ocupémonos, ante todo, de la dependencia, o
correlativamente, independencia de los axiomas.
El ejemplo clásico para probar la independencia de un axioma
nos lo ofrece el axioma de las paralelas
en geometría. La cuestión de si la proposición sobre las paralelas está ya
determinada por los demás axiomas, la negó Euclides al poner tal proposición
entre los axiomas.
El método de investigación de Euclides resultó ejemplar para
la investigación axiomática; y, desde Euclides, es, a la vez, el caso modelo
para una ciencia axiomatizada, en general.
Otro caso ejemplar para una investigación de la dependencia
entre los axiomas lo presenta la mecánica clásica. De una manera transitoria se
pudo, como lo advertimos anteriormente, tomar como axiomas válidos para la
mecánica a las ecuaciones de movimiento de Lagrange; pero es posible
ciertamente fundar completamente la mecánica sobre ellas en su formulación
general para cualquiera clase de fuerzas. Pero una investigación más detenida
muestra que resulta innecesario, para la construcción de la mecánica,
presuponer fuerzas arbitrarias y condiciones adicionales arbitrarias, y, por
ello, puede disminuirse el sistema de los presupuestos.
Tal reconocimiento lleva, por una parte, al sistema de
axiomas de Boitzmann, que admite solamente fuerzas, en especial, fuerzas
centrales; y al sistema de axiomas de Hertz, que elimina las fuerzas y le basta
con condiciones adicionales y, en especial, con ligaduras rígidas. Ambos
sistemas de axiomas constituyen, por ello, un estrato más profundo en la
progresiva axiomatización de la mecánica.
Aceptemos, en la fundamentación de la teoría de las
ecuaciones de Galois, como axioma, la existencia de raíces de una ecuación.
Seguramente es este axioma dependiente,
porque tal proposición existencial es demostrable por los axiomas
aritméticos, como Gauss lo indicó el primero.
Parecida cosa sucede si quisiéramos aceptar, cual axioma en
la teoría de los números primos, la proposición sobre la existencia de
lugares-cero de la función riemanna.
Al progresar hacia el estrato más profundo de los axiomas
puros aritméticos se haría necesario demostrar tal proposición sobre
existencia; y tal demostración comenzaría por garantizarnos la seguridad de las
consecuencias importantes, que habíamos ya comenzado por establecer, mediante
su postulación, para la teoría de los números primos.
Interés especial para el tratamiento axiomático presenta la
cuestión de la dependencia de las proposiciones de un dominio científico
respecto del axioma de continuidad.
En la teoría de los números reales se demuestra que el
axioma de medida, el llamado axioma de Arquímedes, es independiente del resto
de los axiomas aritméticos.
Este reconocimiento es, notoriamente, de esencial
importancia para la geometría; mas me parece ser también de principal interés
para la física, porque nos lleva al siguiente resultado: que por adición de
distancias terrestres alcancemos las dimensiones y distancias de los cuerpos en
el espacio cósmico, esto es: que mediante medidas terrestres podamos medir las
longitudes celestes, e igualmente el hecho de que las distancias en el interior
del átomo se puedan expresar por la unidad de medida "metro", no es
en manera alguna una simple consecuencia lógica de las proposiciones de
congruencia de triángulos y de las configuraciones geométricas, sino, ante
todo, un resultado de investigación empírica.
La validez del axioma de Arquímedes en la naturaleza necesita, aun en el
sentido señalado, tanto de una confirmación por el experimento, como lo
necesita, en el sentido conocido, la proposición acerca de la suma de los
ángulos en el triángulo.
Podría formular, en general, el axioma de la continuidad en
física, de la siguiente manera: "Si para la validez de un enunciado físico
se requiere un cierto grado arbitrario de exactitud, se pueden señalar pequeños
dominios dentro de los cuales se puedan variar al arbitrio los presupuestos
hechos para tal enunciado, sin que la desviación del enunciado traspase el
grado de exactitud prescrito".
Este axioma no hace, en el fondo, más que expresar lo que
hay inmediatamente en la esencia de experimento; ha sido desde siempre aceptado
por los físicos, aunque hasta ahora no se lo haya formulado explícitamente.
Cuando, por ejemplo, según Planck, del axioma de la
imposibilidad del Perpetuum mobile de
segunda especie se deduce el segundo
principio del calor, se emplea necesariamente
el axioma de la continuidad.
Que en la fundamentación de la estática, en la demostración
del teorema del paralelogramo de fuerza —al
menos, al elegir de una manera la más natural los demás axiomas— sea necesario
el axioma de continuidad, lo ha mostrado Hamel de manera muy interesante
empleando para ello el teorema de la capacidad de buen orden del continuo.
Los axiomas de la mecánica clásica pueden adquirir una más
honda fundamentación si, mediante el axioma de continuidad, se concibe descompuesto
el movimiento continuo en movimientos cortos, sucesivos, rectilíneos,
uniformes, producidos a tro zos por impulso, y, entonces, se aplica, como
axioma mecánico esencial, el principio
maximal de tser trand, en virtud
del cual, después de cada choque, el
movimiento que realmente
adviene es siempre aquel en que la energía cinética del
sistema se hace un máximum respecto de todos los movimientos compatibles con el
principio de la conservación de la energía.
En las novísimas maneras de fundamentar la física,
especialmente la electrodinámica —que son total e íntegramente teorías de
continuidad, así que, por ello, necesitan en amplísimo grado de la exigencia de
continuidad— no podría yo entrar aquí, porque tales investigaciones no están
aún suficientemente acabadas.
Quiero examinar ahora el segundo punto de vista de los
anteriormente nombrados, a saber, la cuestión sobre la incontradictori-edad de los axiomas. Es ella evidentemente de la máxima importancia porque la presencia
de una contradicción en una teoría es un peligro evidente para la consistencia
de la teoría entera.
El conocimiento de la incontradictoriedad interna está
vinculado con dificultades aun dentro de teorías desde largo tiempo atrás
reconocidas y ricas en consecuencias. Recuerdo la objeción de inversión y reversión en la teoría cinética de los
gases.
Sucede frecuentemente que a la incontradictoriedad interna
de una teoría se la tiene cual cosa evidente de por sí, cuando en verdad son
necesarios para la demostración desarrollos matemáticos profundos.
Consideremos como ejemplo un problema de la teoría elemental
de la conducción calorífica, a saber: la distribución de la temperatura
en el interior de un cuerpo homogéneo cuya superficie es mantenida a
temperatura variable determinadamente de un lugar a otro. De hecho, y sin más,
la exigencia de mantener el equilibrio de la temperatura no encierra
contradicción interna alguna en la teoría.
Mas, para conocerlo es necesario demostrar que el bien conocido problema
de los valores en la frontera de la teoría del potencial es siempre soluble:
porque precisamente la solución de tal problema de valores fronterizos muestra
que es posible en general una
distribución de la temperatura que satisfaga a la ecuación del calor.
Pero ni tan sólo en física basta con que las proposiciones
de una teoría concuerden entre sí; hay que exigir aún algo más; que no
contradigan jamás a las proposiciones de un dominio vecino de ciencia.
Como hace un momento mostré, los axiomas de la teoría
elemental de la radiación proporcionan, además de la fundamentación del
principio de Kirchhoff sobre emisión
y absorción, un teorema especial referente a la reflexión y refracción de rayos
individuales, a saber, la proposición: si dos rayos de luz natural y de igual
energía caen sobre un lado de la superficie que divide a dos medios en tales
direcciones que uno de los rayos después de atravesarlos, el otro después de la
reflexión tenga la misma dirección, el rayo que surge de la unión de ambos es,
de nuevo, de luz natural y de igual energía. Esta proposición no está, como de
hecho se ve, en contradicción alguna con la óptica, sino que puede ser deducida
cual secuela de la teoría electromagnética de la luz.
Los resultados de la teoría
emética de los gases consuenan, como es cosa sabida, perfectamente con la termodinámica.
Igualmente, la inercia
electromagnética, y la teoría
gravitatoria de Einstein son compatibles con los correspondientes conceptos
de las teorías clásicas, ya que estas últimas pueden ser consideradas cual
casos-límite de los conceptos más generales en las teorías nuevas.
Por el contrario: la teoría
moderna de los acuanta y el progresivo conocimiento de la estructura
interna del átomo ha conducido a leyes que contradicen directamente a la
electrodinámica actual, basada esencialmente sobre las ecuaciones de
Maxwell. Así que la electrodinámica
actual necesita, como todos lo reconocen, una nueva fundamentación y esencial
transformación.
Como se echa de ver por lo anterior, la eliminación de las
contradicciones que se presentan en las teorías físicas ha de hacerse cambiando
la elección de axiomas; y la dificultad consiste en dar con una elección tal
que todas las leyes físicas observadas se deduzcan cual consecuencias lógicas
de los axiomas elegidos.
Diferente es el caso de cuando en dominios
científico-teóricos se presentan contradicciones. El ejemplo clásico de tal
acaecimiento lo ofrece la teoría de los conjuntos, y, especialmente, la paradoja del conjunto de todos los
conjuntos, que proviene ya de Cantor. Esta paradoja es de tanto peso que
matemáticos bien notables, por ejemplo, Kronecker y Poincaré, se creyeron
obligados a negar el derecho de existencia a la teoría íntegra de los conjuntos
—una de las ramas más fecundas y potentes científicamente de la matemática en
general.
Aun en esta precaria situación aportó su ayuda el método
axiomático. Zermelo consiguió, mediante el establecimiento de axiomas adecuados
delimitar por una parte la arbitrariedad de las definiciones de conjuntos, y,
por otra, delimitar de manera determinada los enunciados permisibles acerca de
sus elementos, desarrollando la teoría de los conjuntos de manera que
desaparecieran las contradicciones dichas, permaneciendo, a pesar de tales
restricciones, los mismos el alcance y capacidad de aplicación de la teoría de
los conjuntos.
En todos los casos anteriores se trataba de contradicciones
que se habían presentado durante el desarrollo de una teoría y, para cuya
eliminación, la necesidad obligó a una transformación del sistema de axiomas.
Pero no basta con evitar las contradicciones ya presentes, si se ha de
restaurar la fama de las matemáticas como modelo de ciencia la más exacta, fama amenazada por ellas. La exigencia principal de la doctrina
axiomática ha de ir más allá; esto es: llegar a saber que, en cada caso, dentro
de un dominio científico resulta absolutamente
imposible el que surjan contradicciones partiendo del sistema de axiomas
establecido.
Respondiendo a esta exigencia he demostrado en Grundiagen der Geometrie la
incontradictoriedad de los axiomas establecidos, mostrando que toda
contradicción en las consecuencias de los axiomas geométricos se manifestaría
inmediatamente en la aritmética del sistema de los números reales.
Aun respecto de
los dominios de la ciencia física basta, evidentemente y siempre, con reducir
la cuestión de la incontradictoriedad
interna a la incontradictoriedad de los axiomas de la aritmética.
Así mostré yo la incontradictoriedad de los axiomas de la teoría elemental de la radiación,
construyendo para ella su sistema de axiomas con partes diversas del análisis,
presuponiendo para ello la incontradictoriedad del Análisis.
De manera parecida se puede y se debe proceder, según las
circunstancias, en la construcción de una teoría matemática. Si, por ejemplo, en
el desarrollo de la teoría de los grupos de Galois se considera como axioma la
proposición sobre la existencia de
raíces, o en la teoría de los números primos la proposición sobre la existencia de los lugares-cero de la
función riemanna la demostración de la incontradictoriedad del sistema de
axiomas se reduce, en cada caso, a demostrar la proposición riemanna soble la
función S(t), con los medios del
análisis, y con ello queda asegurada la perfección de la teoría.
También la cuestión de la incontradictoriedad del sistema de
axiomas para los números reales se
puede reconducir a la cuestión antes dicha sobre los números enteros. Tal es el
mérito de las teorías de los números irracionales, por Weierstrass y Dedekind.
Únicamente en dos casos, a saber: cuando se trata de los
axiomas de los números enteros
mismos, y cuando de la fundamentación de la teoría
de los conjuntos, este procedimiento de reconducción a un dominio diferente
y especial de la ciencia no es, evidentemente, practicable, porque, a excepción
de la lógica en general no hay ya ninguna disciplina a la que se pudiera apelar.
Empero, ya que la prueba de la incontradictoriedad es tema insoslayable, parece necesario
axiomatizar a la lógica misma, y demostrar que teoría de los números, lo mismo
que teoría de los conjuntos, son solamente partes de la lógica.
Este camino, preparado ya desde mucho atrás y no en mínima
parte por las profundas investigaciones de Frege— ha sido el seguido,
finalmente y con grandísimo éxito, por el sutil matemático y lógico
Russell. En el perfeccionamiento de esta grandiosa empresa de Russell: la axiomatización de la lógica, pudiérase
columbrar la coronación del trabajo de axiomatización en toda su generalidad.
Su perfeccionamiento, no obstante, necesitará aún de trabajos
nuevos y desde múltiples puntos de vista. Una consideración más de cerca nos
descubre presto que la cuestión de la incontradictoriedad en los números
enteros y conjuntos no es una cuestión de suyo solitaria, sino que pertenece a
un gran dominio de cuestiones dificilísimas cognoscitivo-teóricas de tinte
específicamente matemático. Nombré, para caracterizar este dominio de
cuestiones, el problema de la solubilidad,
en principio, de cualquier cuestión
matemática, el problema de la consecuente comprobación del resultado de una investigación matemática; además,
la cuestión de un criterio de simplicidad
en las demostraciones matemáticas; la cuestión sobre la relación entre contenido y formalismo en matemáticas y lógica, y finalmente el problema de la decisibilidad de una cuestión matemática
mediante un número finito de operaciones.
No podemos darnos por contentos en la axiomatización de la
lógica antes de que todas estas cuestiones hayan sido, en cuanto a su conexión,
comprendidas y aclaradas.
Entre las cuestiones nombradas, la última —a saber, la
cuestión sobre la decisibilidad mediante un número finito de operaciones— es la
más conocida y la más frecuentemente discutida, porque toca profundamente a la
esencia del pensamiento matemático.
Podría intentar aumentar el interés sobre ello, aludiendo a
algunos problemas matemáticos más especiales en que juega un papel.
En la teoría de los invariantes
algebraicos vale, como es conocido, la proposición fundamental de que hay
siempre un número finito de invariantes enteros racionales, mediante los cuales
se pueden expresar de manera entera racional todos los demás invariantes. La
primera demostración general dada por mí de esta proposición satisface, creo,
enteramente nuestras exigencias en cuanto a lo concerniente a simplicidad y
transparencia. Pero es imposible transformar esta demostración de manera que
nos proporcione un límite asignable para el número de los finitamente muchos
invariantes del sistema total, y menos aún llegar a su establecimiento real.
Son, más bien, consideraciones, completamente diversas, y nuevos principios los
que han sido necesarios para llegar a conocer que el establecimiento del
sistema íntegro de invariantes exige únicamente operaciones en número finito y
que se halla por debajo de un límite indicable antes del cálculo.
El mismo caso advertimos en un ejemplo tomado de la teoría de las superficies. En la
geometría de las superficies de cuarto orden hay una cuestión fundamental: la
de que de cuántas capas, separadas entre sí, puede a lo más constar tal
superficie.
Lo primero al contestar esta cuestión es demostrar que el
número de capas de la superficie tiene que ser finito. Esto puede fácilmente
hacerse por el método funcional-teórico, de la siguiente manera: Supóngase que
haya infinitamente muchas capas, y elíjase dentro de cada parte del espacio
delimitado por una capa, un punto. Un punto de condensación de estos
infinitamente muchos puntos elegidos resultaría ser un punto de un tipo de
singularidad que está excluido de una superficie algebraica.
Este método funcional-teórico no conduce, en modo alguno, a
un límite superior para el número de capas de la superficie. Para esto hacen
falta, más bien, ciertas consideraciones acerca del número de puntos de
intersección, que son los que enseñan que el número de capas no puede ser mayor
que 12.
El segundo método, enteramente diverso del primero, no puede
ser aplicado para esto, y ni tampoco transformárselo de manera que haga posible
la decisión de si existe realmente una superficie de cuarto orden con 12 capas.
Puesto que una forma cuaternaria de cuarto orden posee 35
coeficientes, podemos representarnos intuitivamente una superficie determinada
de cuarto orden mediante un punto en un espacio de 34 dimensiones. El
discriminante de la forma cuaternaria de cuarto orden es del grado 108 en los
coeficientes de la misma. Puesto igual a cero, representa, por tanto, en el
espacio 34-dimensional una superficie de 108° orden. Puesto que los
coeficientes del 34-dimensional espacio son números enteros determinados, el
carácter topológico de la superficie del discriminante se puede determinar
exactamente según las reglas usuales para el espacio bi-tridimensional, de modo
que, acerca de la naturaleza y significación de cada uno de los dominios
parciales en que la superficie del discriminante descompone al espacio
34-dimensional podemos obtener exacto conocimiento.
Ahora bien: las superficies de cuarto orden, representadas
por los puntos del correspondiente dominio parcial, poseen, ciertamente, todas
ellas el mismo número de capas; y es, por ello, posible mediante un cálculo,
finito, aunque muy pesado y largo, determinar si existe o no una superficie de
cuarto orden con n^l2 capas.
La consideración geométrica indicada resulta ser un tercer
camino para tratar nuestra cuestión acerca del número máximo de capas de una
superficie de cuarto orden. Y demuestra la decisibilidad de tal cuestión
mediante un número finito de operaciones. En principio, se ha alcanzado un
adelanto notable en nuestro problema: que se lo ha reconducido a un problema
del tipo del tema: calcular la cifra (10)
(1010)10 en el desarrollo decimal de 7r,.—tema cuya solubilidad es patente, mas
cuya solución resulta desconocida.
Haría, además, falta una investigación profunda, difícil,
algebraico-geométrica, cual la hecha por Rohn, para llegar a ver que en una
superficie de cuarto orden no son posibles 11 capas; mas, realmente, hay 10.
Este cuarto método es el que comienza por aportar la completa solución del
problema.
Estas especiales consideraciones muestran cuan diversos
métodos de demostración son aplicables al mismo problema; y han de hacernos
pensar en cuan necesario es estudiar en sí misma la esencia de la demostración
matemática, si se quieren aclarar con éxito cuestiones cual la de decisibilidad
mediante un número finito de operaciones.
Todas estas cuestiones de principio, como anteriormente las
caractericé, y, entre ellas, la ahora mismo tratada sobre la decisibilidad por
un número finito de operaciones, me parecen constituir un campo importante,
recién abierto; y para la conquista de este campo hemos —tal es mi
convencimiento— de hacer objeto de investigación el concepto de demostración
específicamente matemática, precisamente como el astrónomo tiene que hacer
entrar en sus consideraciones el movimiento de su propia posición; el físico,
preocuparse de la teoría de su aparato; y el filósofo, criticar la razón misma.
La realización de este programa es, ciertamente, aun hoy
día, problema no resuelto.
Para terminar querría resumir en algunas proposiciones mi
concepción general sobre la esencia del método axiomático.
Creo: todo lo que puede llegar a ser objeto del pensamiento
científico en general, apenas esté maduro para constituirse en teoría, cae bajo
el método axiomático, y por ello,
mediatamente bajo la matemática.
Por progresiva penetración en estratos cada vez más profundo
de axiomas conseguimos, en el sentido explicado, vistas cada vez más profundas, también,
de la esencia del pensamiento científico mismo, y conciencia siempre
mayor de la unidad de nuestro saber.
Bajo el signo del método axiomático parece llamada la
matemática a desempeñar un papel conductor en la ciencia en general.