Plotino

Presencia y Experiencia de Dios

Traducción y notas de J.D. García Bacca

 

       ESTAS pocas páginas son condensadamente tendenciosas, con la condensada tendencia de toda bala.

 

       Pero sin tendencia, sin dirección prefijada, no se va a ninguna parte; y sin la tendencia condensada y agresiva de la bala no se da en el blanco, ni se clava uno en meta alguna de esas hacia las que vale la pena, lo diré con frases de Plotino, forjarse en bala, salir disparado de si y de todo, volar hacia Aquel y dar en El que es Otro y Diverso y clavarse en El que es la Firmeza absoluta, el Solitario transcendente, para ser y estar así "solo a solas con EL SOLO".

 

       Y lo tendencioso de estas poquitas páginas apunta tan lejos y tan alto que pretende sugerir, casi descaradamente y proteste quien proteste, que la experiencia mística no es monopolio de ninguna religión positiva, y que la filosofía de tipo dialéctico puede ser una preparación mística tan eficaz y directa como las clásicas vías purgativa e iluminativa.

 

       Las experiencias místicas de Plotino,  —un humilde, enfermo y pobre filósofo, posterior a Cristo, de allá por los años 205 a 270, en plena ciudad de Roma y en pleno auge del cristianismo primigenio y genuino— muestran que Dios es grande y que, como decía Santa Teresa, "es muy amigo de que no se ponga tasa a sus obras" (Morada primera, cap. I, nº 4), que no se ponga ni tasa teológica, ni tasa intelectual, ni tasa societaria o Iglesia como los únicos medios y conductos para revelarse a las almas.

 

       Aquí hallará el lector valiente, el que se atreva a volar hacia Dios sin pánico de que se le quemen mariposiles alitas, pintadas y escritas de fórmulas definidas y definitivas, uno-de-los posibles caminos hacia EL, diverso y aun a trozos divergente de otros caminos, cual el que dicen pasa por Roma.

 

       Y para acentuar la tendencia antiexclusivista he colocado antes de los textos plotinianos sentencias de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Jesús.

 

       Estoy seguro de que los dos Santos españoles comprenderán mejor que ciertos excorreligionarios míos la pureza de mi intención; y, en vez de matar y acallar estúpida y cobardemente, como hacen allá en mi España, una voz posiblemente herética, probabilísimamente cristiana, seguramente sincera, pedirán a solas a EL SOLO que me dé lo que todos dicen que es gracia aunque casi todos los que dicen que es gracia y dón parecen empeñados en que sea desgracia, digna de muerte, o gracia administrable, cotizable y aun politiqueable.

 

Mientras tanto, lejos de Iglesia, sin asidero de dogmas, sin rodrigones de juricidad religiosa societaria, aguardo, solo a solas, la dichosa ventura de estar un día solo a solas con El Solo.

 

J. David García Bacca.

       (Quito, Pascua de Resurrección de 1942.)

 

ADVERTENCIAS

 

1)       El texto griego, base de la traducción presente, está tomado  de la edición de las Enéadas por Bréhier, Colección Guillaume Budé, sobre todo del volumen IV (2), 1938, París.

2)       Rehuye Plotino, de ordinario, dar a lo Absoluto nombres concretos, cargados de ganga conceptual y religiosa, tales como Dios; y le da el respetuosamente alusivo de Aquel. He conservado cuidadosamente tal delicada manera de hablar del Trascendente por excelencia y exclusividad.

3)       No  puedo  fundamentar  en  estas  páginas, —que son clavo ardiendo, en que agarrarse los desesperados, desengañados y asqueados de mil cosas pretendidas y pretenciosamente salvadoras— la traducción o interpretación que doy de ciertos textos plonitianos. En mi traducción íntegra de las Enéadas, de la que la Editorial Losada va a dar pronto los primeros volúmenes, justificaré detalladamente lo que tal vez aquí aparezca atrevido y aún falseado.

4)       Los textos de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa que encabezan los distintos párrafos no pretenden resumir íntegramente su contenido, sino aludir a algunos dichos destacados de Plotino dentro del párrafo correspondiente.

5)       Los subrayados en los textos provienen, no es menester decirlo, del traductor. La distinción entre visión y contemplación corresponden a dos palabras griegas distintas, empleadas por el mismo Plotino; y lo mismo habría de decir de otras distinciones y frases, al parecer monopolizadas por los místicos católicos y que se hallan ya en Plotino mismo.

 

 

Presencia y Experiencia de Dios.

 

1

 

 Mil gracias derramando

Pasó por estos sotos con presura,

Y yéndolos mirando

Con solo su figura

Vestidos los dejó de hermosura.

                 

 (San  Juan  de  la  Cruz, Cántico espiritual, Canciones, No. 5).

 

   "Creed que roba Dios toda el alma para sí, y que como a cosa suya propia, y ya esposa suya, la va mostrando alguna partecíta del reino que ha ganado por serlo; que por poca que sea, es todo mucho lo que hay en este gran Dios y no quiere estorbo de nadie, ni de potencias ni sentidos".

               

 (Santa Teresa. Moradas sextas, Cap. IV, No. 9).

 

       TODAS las cosas se tornan bellas por virtud de Aquel que a todas precede; y por su virtud también vuélvense todas resplandecientes.

      

       Por virtud de Aquel la Inteligencia adquiere fulgor de límpido acto inteligible con el que, Ella a su vez, vuelve radiante a la misma naturaleza inferior.

       Por virtud de Aquel el alma se hace con fuerza para vivir, pues le llega con Aquel la plenitud misma de vida.  

       Siéntese entonces el alma levantada; y Allá, con Aquel, permanece, dichosa de estar con El.

 

       Vuelta, pues, así hacia Aquel el alma que tal poder haya conseguido, vuelta hacia El en plan de conocerlo y verlo,  siente en la  contemplación misma; y, si es que puede todavía ver algo, vése fuera de sí y herida.

      

       Ve, en cierto modo, por tal herida; y ve por ella algo así cual si tuviera en si misma algo de Aquel.

       Tal se siente por dentro; y en tal disposición hácese toda toda anhelo, semejante al que impele a los amantes ante una imagen del amado hacia la vista del amado mismo.

Y a la manera como acá abajo los enamorados se reforman hasta hacerse semejantes con el amado, —transfigurando para ello sus cuerpos y sus almas para no ser, en la medida de sus fuerzas, menos que el amado ni en mesura ni en ninguna otra virtud—, de parecida manera ama el alma a Aquel, impelida, ya desde el principio, por El hacia tal amor.

      

       El alma que tenga ya en sus manos tal amor no aguardará a que se lo recuerden las bellezas de acá abajo. Por el mero hecho de poseerlo, aún cuando no se de cuenta de que lo tiene, anda siempre en busca de Aquel; anda siempre con ganas de salir disparada hacia El; mira de arriba abajo todas las cosas de este mundo; y viendo sus bellezas las mira con desprecio porque las ve metidas en carnes y en cuerpos, mancilladas por su estancia misma mundanal,  prisioneras y descuartizadas por la cantidad, y bien lejos de ser bellas por sí mismas, que, si lo fueran, no soportan, siendo tales, ensuciarse así y apagarse su luz descendiendo al lodazal de los cuerpos.

  

       Y cuando tal alma nota que las bellezas de acá abajo se le escurren de las manos, ya sabía de antemano que tal belleza es solo corriente superficial que de otra parte les viene; y hacia Allá se siente arrebatada, con atrevida seguridad de hallar a El que ama; y no cejará hasta arrebatarlo para sí, a no ser que se le arranque tal amor.

           

       Entonces, por cierto, ve todo lo bello, y los seres en su auténtica verdad; y se siente robustecida en su vida misma, colmada a rebosar por la vida de la Realidad-de-Verdad.

           

       Llega entonces a hacerse ella misma real-de-verdad; adquiere verdadera inteligencia interior; y siente por contacto que se encuentra ya con El que, desde tanto tiempo atrás, andaba buscando".

    

 

2

 

 Descubre tu presencia,

   Y máteme tu vista y hermosura;

   Mira que la dolencia

   De amor, que no se cura

   Sino con la presencia y la figura.

                  (San Juan de la Cruz, Cántico  espiritual,  estrofa  11).

 "Es cosa muy fácil juzgar del ser y alteza de Dios menos digna y altamente de lo que conviene a su incomprensibilidad".  

"Las creaturas, ahora terrenas, ahora celestiales, y todas las noticias e imágenes distintas naturales y sobrenaturales que pueden caer en potencias del alma, por altas que sean ellas en esta vida,ninguna comparación ni proporción tienen con el ser de Dios''.

                (San Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo,

libro tercero. Cap. XII, No. 1).

 

EMPERO, ¿dónde está el Creador de tal belleza, el Manantial de tal vida, el Engendrador del ser sustancial?

      

       Que vemos, por cierto, la belleza desparramada por las ideas todas cuan varias son; y de esta manera, en desparramiento, vemos que son bellas. Mas el que está ya en el Bello debe mirar de dónde proceden las ideas, de dónde les viene el ser bellas.

      

       Que Aquel de donde todo ello proviene no puede ser ni siquiera idea, pues sería una-de-ellas, y una de entre tantas como son las ideas.

 

       No es Aquel ni forma alguna especialmente cualificada, ni potencia de clase alguna, ni tan sólo el resumen de todas las formas y potencias que han sido y que son acá, en este mundo.

 

       Tiénese, por el contrario, sobre todas las potencias y manteniéndose sobre todas las formas, que el Principio tiene que ser in-eidético, no porque esté falto de forma sino porque de El tiene que provenir toda forma inteligible.

 

       Porque todo lo producido, precisamente por serlo, es necesario que sea producido tal o cual, y con tal forma peculiar; mas El que es, sin haber sido hecho, ¿por qué habría de ser tal o cual?

 

       No es El, pues, ninguno de los seres; y es todos. Ninguno, porque los seres son posteriores a El; todos, porque de El proceden. 

 

       Pudiendo, pues, como puede hacer todas las cosas, ¿cuál será su grandeza? Será, por cierto, sin límites; y siendo sin límites no podrá tener magnitud  alguna definida porque la magnitud pertenece a órdenes posteriores, y es preciso que, si Aquel produce la magnitud, no la tenga El en sí mismo; que ni la grandeza del ser sustancial es grandeza de tipo magnitud. Caso, pues, de que Aquel poseyera magnitud, tendría un tipo de grandeza inferior aun al del ser sustancial.

           

       Así que la grandeza de Aquel consiste en grandeza de poder, por el que a todos supera y ninguno puede igualársele; porque ¿en qué podrían llegar a igualársele, cuando ni tan sólo en un aspecto es Aquel idéntico con nadie ni con nada?

           

       Su eternidad—por la que es de todos tiempos—y su omnipresencia—por la que está en todas las cosas no hacen de El medida de todo ni lo hacen tampoco in-con-mesurable.               Así, pues, ¿como podrían hacer de El universal medida?

No tiene, por tanto, Aquel figura alguna.

 

       Ahora bien: cuando algo es apetecible, sin que tenga o se pueda coger en él forma concreta o figura determinada, será lo superlativamente deseable, lo superlativamente amable; y el amor hacia él no conocerá límites.

 

       En este caso el amor no tiene límites, porque ni los tiene lo amado; el amor hacia tal amado crecerá al infinito; y su belleza será una belleza sobre toda belleza, sobre la belleza misma; porque no siendo Aquel ser definido, ¿cómo podrá ser belleza determinada?

 

       Porque Aquel es "lo amable" por excelencia por eso puede ser "causa de" la belleza. Siendo, pues, causa de todo lo bello es la flor de la belleza, la simiente de lo bello. Y engendra lo bello y lo hace crecer en belleza porque la belleza está circundando, cual auréola, su ser. Por esto puede proceder de El la belleza, por esto puede hacer de límite inaccesible para lo bello.

 

       Siendo Aquel, pues, principio de lo bello produce la belleza, pues es su principio; mas no produce la belleza con tipo de forma, pues aun lo que va a ser engendrado bello comienza por estar amorfo en cuanto a belleza, por mas que en otros aspectos tenga forma; porque eso mismo que se llama "forma" es forma porque es "forma de" otro, que en sí misma y a solas la forma es amorfa o in-forme. Mas la Belleza en sí  no  es  forma;  la  belleza  hace  de "forma".

 

       Por esto cuando se habla de belleza hay que evitar sobre todo, reducirla a forma determinante cualificada; mucho más a forma sensible para los ojos, que en este caso se caería de lo bello a lo llamado bello sólo por participación confusa de lo bello.

      

       Toda idea, aun no haciendo de forma, es por sí misma bella, tan solo por ser idea; y lo será tanto más cuanto más se la libere de hacer de "forma", por ejemplo, de hacer de forma "definitoria", por la que decimos que una cosa se diferencia de otra; así la justicia y la continencia se distinguen una de otra por sus definiciones, aunque las dos convengan en ser bellas.

 

 

3

   Buscando mis amores

   Iré por esos montes y riberas,

   Ni cogeré las flores,

   Ni temeré las fieras

   Y pasaré los fuertes y fronteras.

                 (San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, estrofa 3).

 

   "No hay para qué bullir ni buscar nada el entendimiento; que el Señor que le crió, le quiere sosegar aquí y que por una resquicia pequeña mire lo que pasa. Porque aunque a tiempos se pierde esta vista y no le dejan mirar, es poquísimo intervalo; porque, a mi parecer, aquí no se pierden las potencias, mas no obran, sino están como espantadas".

 

                 (Santa  Teresa  de  Jesús, Séptimas moradas, Cap. III, No. 11).

 

Cuando reparas en algo

Dejas de arrojarte al todo

Porque para venir del todo al todo

Has de dejar del todo al todo.

                 (San Juan de la Cruz. Modo  para venir al Todo).

 

       AUN la inteligencia, cuando piensa algo especial, se empequeñece; y lo mismo le acaecerá si piensa de vez todas las cosas del orbe inteligible; porque si piensa cada una en particular, no tendrá de vez sino una sola forma inteligible; mas si piensa en todas, poseerá una multiplicidad variada, y por esto mismo se empequeñecerá.

      

       Que lo que hay que contemplar está por encima de la belleza misma total, que es varia y no variada; hacia El tienden las apetencias del alma, sin que pueda decir por qué lo apetece tan trascendente y tan por encima de todo.  

 

       Pero la razón lógica dice por qué; porque tal es la Realidad-de-Verdad, ya que la naturaleza de lo Óptimo y de lo Amable en superlativo tiene que superar toda forma eidética concreta.

      

       Por esto si pones de manifiesto ante el alma una cosa concreta, dándole la forma de idea, buscará el alma por sobre tal idea otra cosa: aquello que la ha conformado en forma de idea.

 

       Por su parte la razón lógica dirá que lo que posee una forma, la forma misma y aun la idea es, todo ello, algo "medido"; y lo "medido" no es ni todo ni autosuficiente ni bello por sí mismo, sino mezcla que dará a lo mejor cosas bellas.

      

       Empero la Realidad-de-Verdad o lo Suprabello no puede ser Medida; y, si esto es así, no puede ser forma ni siquiera tener forma de idea.

               

       Así, pues: el Primero-de-Primacía es in-eidético; y, en El la beldad es a modo de Naturaleza de Bien Inteligible.

 

       Testimonio de esto nos lo da la experiencia  de  los  amantes:  mientras  el amante está detenido en un aspecto definidamente sensible, no ama todavía; pero cuando engendre en sí mismo, en su alma indivisible, una no sensible forma de lo sensible, entonces nace el amor.

               

       Busca la vista sensible del amado, para que el Amado riegue un amor que está a punto de marchitarse.

 

       Empero si se diese perfecta cuenta de que lo único necesario es transformarse hacia una liberación total de toda forma, esto sería lo que deseara; porque lo que al comienzo experimentó, no pasaba de ser un amor hacia la luz plenaria, excitado por vislumbres en noche oscura.

 

4

 

¡Oh noche que guiaste,

oh noche amable más que el alborada,

oh noche que juntaste

Amado con Amada,

Amada en el Amado transformada!

                (San Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, estrofa 5).

 

   "Acaece muchas veces..., venir de otra parte (no se entiende de dónde ni cómo) un golpe, o como si viniese una saeta de fuego. No digo que es saeta, mas cualquier cosa que sea se ve claro que no podía proceder de nuestro natural. Tampoco que golpe, aunque digo golpe; más agudamente hiere. Y no es adonde se sienten acá las penas, a mi parecer, sino en lo muy hondo e íntimo del alma, a donde este rayo, que de presto pasa, todo cuanto halla de esta tierra de nuestro natural lo deja hecho polvos”.

 

  (Santa Teresa, Moradas Sextas, Cap. XI, No. 2).

 

 

       CUANDO, empero se apodera del alma un amor a tono con Aquel, arroja de si el alma toda forma que pudiera tener, sea cual fuere, aun las formas inteligibles, tan íntimas con ella.

 

       Porque no es posible ni contemplar ni armonizar con Aquel, mientras guarde el alma cualquiera otra cosa que esté siendo, de cualquier manera, objeto de su actividad.

 

       Es preciso, por el contrario, que no tenga nada, absolutamente nada entre manos: ni cosas malas, ni siquiera buenas, para que así pueda recibir ella sola a El Solo.

           

       Cuando, por dichosa ventura, dé el alma en El, y venga El hacia ella, mejor, cuando se haga patente su presencia, — lo cual acontece cuando el alma vuelve las espaldas a las cosas presentes y, aderezada lo más bella posible, haya llegado a ser semejante a Aquel, contemplará entonces en sí misma la súbita aparición de Aquel en ella.

        Nada se interpondrá ya entre los dos.

        Ni tan sólo son dos.

        Más bien los dos son uno.

  

       Y mientras tal presencia de Aquel  dure no habrá manera de distinguirlos. No siente ya su cuerpo; ni siquiera siente si está en cuerpo.

              

       Y de sí misma nada sabría decir: ni  que sea hombre, ni animal, ni ser, ni cosa alguna del universo.

              

       Mirar tales cosas, de cualquiera manera que fuese, sería ir contra la ley de tal estado.

               

       Ni está para tales cosas ni las quiere.

               

       Después de haber buscado tanto, no irá a apartarse de Aquel, presente como lo tiene.

               

       Se queda mirando, mirando a Aquel, en vez de a sí misma.

               

       Y ni tan sólo tiene un momento de respiro para verse de qué manera "es", mientras "mira".

               

       No se cambiaría entonces por cosa alguna; aunque le prometieran el cielo entero, pues nada hay mejor ni mayor que el Bien.

           

       Ya no se siente impelida hacia arriba; y todas las demás cosas, por muy subidas que estén, sólo al descender las hallará.

 

 

5

Quedéme y olvidéme,

El rostro recliné sobre el Amado,

Cesó todo y dejéme,

Dejando mi cuidado

Entre las azucenas olvidado.

               (San Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, estrofa 8).

 

"Siente una soledad extraña, porque criatura de toda la tierra no la hace compañía, ni creo que se la harían los del cielo como no fuese el que ama".

                

(Santa  Teresa,  Moradas  Sextas, Cap. XI, No. 5).

 

       POSEE entonces un discernimiento y conocimiento perfectos de que este su estado es precisamente aquel al que apuntaban sus anhelos; y afirma en firme que nada hay superior a él.

 

       No cabe aquí engaño alguno; porque ¿dónde sería posible dar con una verdad más verdadera que la Verdad misma?

 

       Lo que entonces dice es así. Mejor: habla más tarde y habla en silencio.

 

       No se le oculta que está bien, mientras en tan bienaventurado estado se halla; ni dirá que proviene de sobreexcitaciones corporales, sino de que, cuando tal dichosa suerte le sobreviene, está renacié ndose a su prístina naturaleza.

 

       Y más aún: de todas aquellas cosas en que antes tanto se deleitaba: dignidades, poder, riqueza, hermosura, ciencia... — dice ahora que las miras con desprecio, lo que no diría si no hubiera tenido la buena suerte de dar con otras mejores.

 

       Nada puede ya afectarla; sobre este punto ya no teme nada; estando comoestá con El y no mirando ya cosa alguna.

 

       Y si todo lo que la rodea desapareciese, tanto mejor; hasta lo preferiría, para así estar a solas con El Solo.

 

       ¡A tanto ha llegado su bienestar!

 

       Y se halla dispuesta entonces a extremos tales como despreciar la inteligencia, que tan abrazada tenía en otros tiempos, porque nota el entender como un cierto movimiento, y ella por nada se querría menear. Por nada, porque ni tan sólo habla de Aquel a quien está contemplando; aunque lo contemple precisamente porque el alma se ha renacido  primero toda "en inteligencia", se ha hecho inteligencia y en lo inteligible ha puesto su morada.

 

       Una vez renacida en lo inteligible, lo entiende poseyéndolo.

 

       Empero, cuando ha contemplado a Aquel, todas las cosas pueden darse ya por despedidas, a la manera como si una persona, entrando en una casa ricamente adornada fuese mirando y admirando como bellos cada uno de los objetos de dentro sólo hasta llegar a ver al señor de la casa, que, en viéndolo que lo vió, arrebatada de amor hacia el que es de otra naturaleza que las obras de arte, y, teniéndolo por objeto realmente digno de contemplación, abandona todo lo demás para mirar sólo a El; y mirándolo y no apartando de El la vista llegará a no ver nada más, no precisamente a fuerza de estar viendo continuamente el mismo espectáculo, sino más bien por haberse fundido en uno la vista con lo visto. Y lo que antes era objeto habrá, de esta manera, llegado a ser la vista misma, quedando todos los demás objetos sumidos en el olvido.

 

       Es preciso, pues, según esto que la inteligencia posea dos poderes: uno ordenado al entender, por el que vea las cosas que en ella están; y otro con el que contemple, por una especie de vuelo y recepción, lo que está por encima de ella.En virtud de este segundo poder, la inteligencia es originariamente un simple ver y es evidente; posteriormente la inteligencia es sabi-honda; más la del segundo es inteligencia amorosa, porque cuando la primera se vuelve insipiente, embriagada de néctar, resulta inteligencia amorosa, simplificada así parael estado de bienaventuranza por la misma plenitud rebosante del néctar.

 

       ¿Cómo ve la inteligencia primera las otras cosas?  ¿Por un poder aparte o en tiempos aparte?

 

       De ninguna de las dos maneras, por cierto, aunque una explicación en palabras lo presente como hecho aparte y en tiempos distintos. En realidad la inteligencia está siempre en acto de entender y aún también en acto de no entender sino de contemplar por original manera a Aquel. Porque, contemplándolo,  posee los seres que El engendra y participa conscientemente de su producción y de la existencia de ellos en El; viéndolos, pues, así la inteligencia se dice que entiende; más respecto de Aquel sólo es una potencia en ansias de entender  (Plotino, Enéada, VI, Logos VII; nº 31-35).

 

6

     En la noche dichosa

     En secreto que nadie me veía,

     Ni yo miraba cosa,

     Sin otra luz y guía

     Sino la que en el corazón ardía.

                 (San Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, estrofa 3).

 

 

   "Tornando a este apresurado arrebatar el espíritu, es de tal manera que verdaderamente sale del cuerpo, y por otra parte claro está que no queda esta persona muerta; al menos ella no puede decir si está en el cuerpo o si no, por algunos instantes. Paréce que toda junta ha estado en otra región muy diferente de en ésta que vivimos, a donde se le muestra otra luz tan diferente de la de acá, que si toda su vida ella la estuviera fabricando junto con otras cosas, fuera imposible alcanzarlas".

   "Si esto todo pasa estando en el cuerpo o no, yo no lo sabré decir; al menos ni juraría que está en el cuerpo ni tampoco que está el cuerpo sin alma".

                  (Santa Teresa, Moradas sextas, Cap. V. No. 7-8).

 

      ESTA entonces el alma como derramada, y por esto está haciendo desaparecer los contornos del entendimiento que en el alma tiene su fundamento; más bien, el entendimiento del alma comienza por ver, sobreviene después la contemplación al alma, y entonces, de alma y entendimiento, hácese una sola cosa.

 

       Extendiéndose pues, el Bien por alma y entendimiento y co-armonizándose con la fusión de los dos, está en los dos y sobre los dos moviéndolos, unificándolos,  dándoles  contemplación de  Si, bienaventurado sentimiento de Sí, y levantándolos tanto que dejan de estar en lugar, y aun dejan de estar en otra cosa alguna de las que están hechas para que otro esté en otro, porque Aquel no está en lugar sensible; y el lugar inteligible está en El, más El no está en otro alguno.

 

        Por esto, en tal estado, el alma ya no se mueve porque Aquel no se mueve; ni el ánima anima ya, porque Aquel no anima, pues está muy por encima del animar; ni el ánima entiende entonces, porque Aquel no entiende, y es preciso que en tal estado Aquel y el alma se asemejen, y no entiende porque ni por El ni por otro puede ser comprehendido bajo forma inteligible. (Plotino, Enéada VI. Logos VII 35).

 

7

 

Aquesta me guiaba

Más cierto que la luz del mediodía

A donde me esperaba

Quien yo bien me sabía

En parte donde nadie parecía.

 

   (San Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo, estrofa 4).

 

   "Y esto se entiende mejor, cuando anda el tiempo, por los efectos; porque se entiende claro, por unas secretas aspiraciones, ser Dios el que da la vida al alma, muchas veces tan vivas que en ninguna manera se puede dudar, porque las siente muy bien el alma, aunque no se saben decir más que es tanto este sentimiento  que producen algunas  veces unas palabras regaladas que parece no se puede excusar de decir ¡Oh vida de mi vida y sustento que me sustentas! y cosas de esta manera.

 

                 (Santa Teresa, Séptimas moradas, Cap. II, No. 6).

 

     “LOS que tal experiencia no hayan vitalmente conocido, conjeturen por los amores de acá abajo qué será dar venturosamente con lo que uno ama superlativamente. Que las cosas de acá, objetos de nuestro amor, son caducas y deleznables; y nuestros amores, amores por apariencias; y todo ello tornadizo, porque no es lo amado en realidad-de-verdad, ni nuestro bien de-verdad ni lo que en-verdad buscamos.

 

       Allá se encuentra el Amado, en su realidad-de-verdad, y no vestido de carne exteriorizadora; con El puede el alma convivir, poseyéndolo de veras, cual peculio secreto del alma.

 

       El que vió sabe lo que digo: que el alma, cuando hacia Aquel se encamina, cobra nueva y otra vida; más cuando se acerca ya a El, cuando entra en posesión de El, llega a conocer vitalmente en tal disposición que está ya en presencia del Dispensador de la Vida-en-Verdad.

        De nada tendrá el alma necesidad en adelante; por el contrario, es preciso que se desprenda de todo lo demás, para así tenerse solamente en El Solo.

       

       Es preciso renacerse en soledad, arrojando de si lo supérfluo, lo circunstancial, de manera que nos esforcemos en salir de acá que llevemos a mal el estar vinculados con las otras cosas, para así quedar replegados con todo y solo lo nuestro, y no tener parte alguna por la que no estemos en contacto con Dios.

      

       Aún en este mundo resulta hacedero ver a Aquel y verse de alguna manera a sí mismo en tal visión de Aquel; es posible verse a  sí mismo deslumbrante, colmado de luz inteligible, más bien hecho él mismo pura luz, ingrávido, sutil,  deificado;  más  todavía  verse  ser Dios, floreciendo entonces en Dios; y, si después decayese de tal estado, decaería por marchitarse, cual decaen las flores."

 

 

8

 

Pues ya si en el ejido

De hoy más no fuere vista ni hallada

Diréis que me he perdido;

Que andando enamorada

Me hice perdidiza y fui ganada.

                 (San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, estrofa 29).

  

"Ya he dicho que aunque se ponen estas  comparaciones,  porque  no  hay otras más a propósito, que se entienda que aquí no hay memoria de cuerpo más que si el alma no estuviera en él, sino sólo espíritu; y en el matrimonio espiritual, muy menos, porque pasa esta secreta unión en el centro muy interior del  alma que debe ser a donde está el mismo Dios".

                  (Santa Teresa, Séptimas moradas, Cap. II, No. 3).

       

       PERO, ¿por qué no permanece allá el alma? ¿Tal vez porque no llegó a salir enteramente de sí y de acá?

      Llegará un momento en que la contemplación será continua, y recogida; en que ya no estorbará de manera alguna ese estorbo que es el cuerpo. Que lo que de nosotros contempla en acto no es, en rigor, perturbable por nada; lo otro es lo perturbable; y, cuando la parte contemplativa cesa de contemplar, no por eso tendrá que cesar la otra parte en sus actividades científicas, a saber, la parte de nosotros que procede por demostraciones, por pruebas convincentes, por coloquio interno del alma consigo misma.

       

       Empero el ver y el vidente no son, sin más, razón lógica; son por el contrario, algo superior a razón lógica, anterior a ella, y aun sobre ella, al igual que lo es lo visible por el ver y por el vidente.

 

       Viéndose, pues, entonces, a sí mismo,  mientras ve a Aquel se verá renacido  simple, más bien estará con El Simple, hecho simple, y tal se sentirá.

 

       Tal vez ni siquiera habría de decirse "se verá"; porque lo visto, Aquel y el  vidente —(si es que se puede decir que  son dos el vidente y lo visto, y no se deba decir más bien que ambos son uno,aunque la expresión sea audaz)— no los  ve, por cierto, entonces ni discierne el  vidente como dos ni se la aparecen como dos; más bien el vidente se nota renacido otro; ya no es el mismo de antes, ni nada de lo que era interviene ahora.

       

       Ha pasado a ser de Aquel, y es uno con El, cual si hubiese llegado a tocar su centro con El Centro; que aún aquí abajo, cuando dos centros coinciden, son uno; solo cuando se separan son dos.

 

       De parecida manera decimos nosotros ahora que somos distintos de Aquel.

 

       De aquí que resulte tan dificultoso expresar que es lo visto y como lo es en tal contemplación.

 

       Porque, ¿cómo decir que lo visto es diverso del vidente, ya que, mientras el vidente lo estaba viendo, no lo veía como diverso sino como unido con el vidente?

 

       La prescripción de guardar tales cosas como misterios,  pretende significar que no puede exponérsela a los profanos; y, porque Aquel no está expuesto necesariamente a las miradas de cualquiera, por esto tal prescripción prohibe manifestar lo divino a otro: al que no haya caído la dichosa ventura de ver por sí mismo a Aquel.

 

 

9

 

    Mi alma se ha empleado

  Y todo mi caudal en su servicio;

  Ya no guardo ganado

  Ni