SEMBLANZA HETEREDOXA DE JUAN DAVID GARCIA BACCA

Juan F. Porras Rengel

El 26 de junio de 1901  nace en Pamplona (España), en el alba del siglo, quien habría de convertirse —en las postrimerías de éste, y por obra de una infatigable labor que escasamente ha sabido de treguas— ,en el más grande de los filósofos en lengua castellana de todos los tiempos, y en uno de los pensadores más rigurosos, versátiles y fecundos del presente: Juan David García Bacca.

 

De muy temprana edad revélanse en él —según puede percibirse del texto de sus primeros escritos, llevados a cabo cuando apenas contaba 27 años—, una singular capacidad de análisis, así como un especial poder de penetración crítica. Manifiéstase, además, en las primeras fases de su evolución intelectual, un rasgo de su personalidad, que irá tomando paulatinamente— con el avance inexorable de su pensamiento, —un contorno cada vez más definido, y que acabará siendo el atributo espiritual más distintivo de su ser: el superior don de crear incesantemente, sin límite a la espontaneidad innovadora, ni a la libertad y autonomía de pensamiento.

 

La impresionante trayectoria de su vida intelectual, respaldada de continuo por una inquebrantable voluntad de trabajo, e impulsada por un vigor creativo difícil de igualar, le han merecido el puesto de privilegio que ocupa en la intelectualidad del mundo, y que hoy se le discierne sin discrepancia. Día a día continúa al presente trabajando, colocado de espaldas a la corriente implacable del tiempo. Recientemente nos ha sorprendido con su insólita obra "Necesidad y Azar", auténtico surtidor de originalidades, en la que tiende un puente mágico entre Parménides y Mallarmé, volviendo sobre un tema que constituye una de las constantes de su pensamiento: la contraposición dialéctica entre libertad y fatalidad.

 

Fresca aún la tinta de este libro, nos ha ofrecido —también hace muy poco— "Qué es Dios y Quién es Dios", obra de excepcional envergadura, en la que —cumpliendo la parábola de su ciclo vital retorna al tema central del período de su formación inicial. Como si fuese poco, cuando ya se aproxima a sus primeros ochenta y siete años, nos prueba  —con la incontrovertible fuerza de los hechos—, que pese a su menguada condición física, en nada se ha alterado la extraordinaria energía de sus poderes creativos. Se dedica en el presente inmediato a la composición de tres obras del todo distintas, que amenaza ofrecernos también en breve: la primera de ellas sobre las tres grandes B (Bach, Beethoven y Brahms)  de la música alemana, la segunda sobre las figuras cimeras de la  música española, y la última sobre un tema ineludible, por imperativos de la raza, para todo intelectual español de sensibilidad superior: el Quijote, libro éste que será una vez más el penúltimo, y en forma alguna el último, pues al parecer el genio heurístico de García. Bacca ha inventado, para asegurar la fecundidad del proceso de su producción intelectual, algo así como la categoría filosófica del penúltimo perpetuo, un penúltimo en cuya entraña habita una tendencia a ser último, pero que antes de pasar a serlo efectivamente, aborta a la víspera, quedando -de esta suerte- en estado perenne de potencia: única, contradictoria y genuina manera de seguir siendo penúltimo. Sabemos, por esto, que no dejará aquí de girar la rueda del molino; que, antes bien, vendrá aún más, pues su imperturbable pluma parece ya obedecer, en el flujo de su corriente productiva, los dictados de la Ley de la inercia. Seguirá impertérrito investigando y componiendo como lo hace ahora, con tanta o mayor frescura que en los mejores años de su plenitud física. Y es que, de suyo, es ya una verdadera "frescura" esto de seguir escribiendo a su avanzada edad, sin piedad alguna por el lector, al que apenas concede tiempo para perseguir, en su natural secuencia, los productos de su inagotable factoría.

 

Inventar ha sido y es, pues, el oficio principal de García Bacca y en esta tarea difícilmente le hallaremos en el presente un igual. Se diría que a lo largo de su vida ha logrado materializar en la región del espíritu, el viejo sueño de la máquina del movimiento perpetuo. Pero no es García Bacca tan sólo un creador de formas objetivas, en sí transmisibles; también lo es de su propio ser personal. Nos resulta difícil creerlo porque no ha puesto en nuestras manos ningún artefacto al que podamos operar con el empleo de los sentidos. Sus inventos son de otro orden: inventos invisibles se diría. En nuestra humana naturaleza la sensibilidad ejerce un poder gravitatorio sobre las funciones espirituales superiores. Somos irremediablemente empíricos: todo objeto que registra el entendimiento hace primero tránsito por los sentidos. Esta condición nos induce a pensar que sólo son inventos aquellos artefactos en los que el hombre ha enmaterializado un plan: ideas que se han objetivado, y que una vez realizadas se enajenan y las podemos palpar y manipular. Nos resistimos a admitir la realidad de inventos puramente espirituales, sin darnos cuenta de que la ciencia y la técnica de donde proceden todos los objetos artificiales no hubiesen sido posibles -como muestra larga y concienzudamente García Bacca en algunas de sus obras fundamentales- si el hombre mismo no le inventa un nuevo ser a su ser natural y primitivo; si no parte del más originario y fecundo de sus inventos: la conciencia de su propio ser, su mismidad, que lo separará para siempre del animal, impidiéndole caer bajo el dominio de éste.

 

Hay que comenzar, pues, por inventarse un propio ser, para hacer posible el otro género de inventos. Esto es lo que ha hecho García Bacca a lo largo de su existencia: inventos de contenido intelectual, que lo han transustanciado, y de los que ha emergido un vasto y original sistema de interpretación transustanciadora del Universo. El poderoso torrente de su vida interior lo ha transmutado continuamente, a lo largo de su vida, de un ser en otro, de suerte que en cada punto del tiempo -se diría- abandona el ser que era, para ser uno nuevo y distinto: maravilloso invento de una personalidad proteica, que cada día se reconstruye a sí misma, sin dejar desde luego, en lo esencial, de ser lo que antes era. La trayectoria entera de su vida así lo confirma, una y otra vez.

 

Hijo de un maestro de profesión, Juan Isidro García Barranco de quien, probablemente, heredó su vocación por la pedagogía, y de Martina Bacca Benavides, es Juan David el primero de los cuatro descendientes habidos en las segundas nupcias de su progenitor. Lleva a cabo sus estudios primarios en el Colegio de los claretianos, en Alagón (Zaragoza), y luego de culminar, bajo la ducción de éstos, sus estudios básicos, emprende —por obra de una vocación intelectual de temprana afloración en su alma, y también bajo la tutela de los padres claretianos-, estudios de Humanidades, Filosofía y Teología, disciplinas en las que habría de descollar prontamente.

 

Es ésta, además, la época en que acomete, con toda intensidad, largos estudios del latín y el griego clásicos, lenguas que continuará cultivando a lo largo de su vida, hasta alcanzar un grado de perfección sólo compartido por un ínfimo núcleo de intelectuales en el planeta. Ello le permitió llevar a término, -cuando se encontraba ya en la plenitud de su saber- la colosal tarea de traducción de los Diálogos platónicos, trabajo de excepcional extensión, y minado de dificultades. Objetivamente enjuiciada puede esta voluminosa obra ser considerada la más cabal y completa traducción de las existentes en todos los idiomas, incluida la rigurosa traducción al alemán, llevada a cabo, -también de modo impecable- por el filósofo y teólogo Schlaiermacher. No sólo lo testimonia así la riqueza de la forma, que muchas veces sacrifica la fidelidad a la  letra para  proveernos el significado de las palabras griegas en su tiempo, sino sobre todo el invento de una Clave Hermenéutica con la que García Bacca realiza el prodigio de embebernos en el espíritu de la lengua griega clásica, y de trasladarnos a la atmósfera vital en la que discurrió el quehacer intelectual de Sócrates y Platón. A este atributo añade la traducción otra creación de García Bacca: un Argumento con el que precede cada Diálogo, y que obra de dispositivo de rayos X, con el que no ofrece dificultad penetrar la íntima estructura de la obra. Añade, por último, un sinfín, de notas que ayudan sobremanera a acceder a los entresijos del pensamiento socrático-platónico.

 

Corresponde, también a aquel período de su existencia, sus constantes lecturas y estudios de carácter humanístico y científico del pensamiento clásico, cuyas tareas ha prolongado sin solución de continuidad hasta nuestros días, logrando así forjar una sólida cultura, cuya vastedad causa impresión de pasmo, y que le ha permitido incursionar —con la mayor propiedad— en los dominios más heterogéneos del saber. Agrega a todo ello la destreza y el conocimiento que ha alcanzado en el manejo de las lenguas vivas de mayor circulación, lo que le ha provisto un inapreciable instrumental de trabajo, que le ha facilitado abrevar en los textos escritos en lenguas extranjeras en su versión original, sin hacerse víctima de la proverbial infidelidad e incuria de la mayoría de los traductores.

 

El ambiente de íntimo recogimiento en que cursó los estudios primarios y los básicos, el profundo contenido religioso de su formación inicial, así como la atmósfera clerical dominante en la España del primer tercio del siglo en el que la Iglesia había llegado a concentrar un inmenso poder, y, por último la dirección aristotélico-tomista de su educación, prefijada por sus ductores e impresa por éstos en la arcilla de su alma juvenil, le harán desembocar —por gravedad— en la decisión de consagrar su vida al sacerdocio, y le mantendrán por espacio de varios años sumergido en el sopor dogmático de la escolástica: estado preontológico de  su ser, que él mismo ha definido certeramente: "...De haber sido escolástico —ha expresado literalmente— tengo yo tan poca culpa como de haber nacido español, rubio, de ojos declaradamente azules..." Intelectualmente no adoptó, sin embargo, en ningún momento durante este periodo, una actitud de incondicional sumisión. Supo, antes bien, mantener una postura en la que acabarían prevaleciendo, con el transcurso del tiempo y por encima de toda compulsión ideológica, la severidad racional y la objetividad de juicio.

 

Como tantos otros pensadores de su generación en la anacrónica España de su tiempo, estuvo García Bacca amenazado seriamente de muerte intelectual; acechado de continuo por el riesgo inminente de perecer sepultado bajo la mole de la escolástica. Pero la inconformidad inherente a su temperamento, así como su insaciable avidez de conocimiento, y sobre todo sus dotes excepcionales de inventor nato, pronto lo indujeron a torcer el rumbo antes de sucumbir. Cabe suponer lícitamente, haciendo uso del libre recurso imaginativo, que para conjurar este peligro ideó García Bacca —bajo la inspiración de la regla de oro de los homeópatas "similia similibus curantur"—, un Inquisidor interior de sí mismo —suerte de Torquemada íntimo y benévolo que todo ser superior aloja inconfesablemente en el fondo de su alma para fomentar su paulatino ascenso— con el que en adelante ejerció una rigurosa autocensura de cada uno de los momentos fundamentales de su evolución.

 

La mayoría de los bípedos implumes imagina cándidamente que el filósofo en su vida de cavilaciones se calza las plumas que le faltan a la especie; luego, como un Icaro cogitante alza vuelo, y se interna en una serena navegación interior, en la que el nauta jamás tiene que enfrentar ninguna tormenta: flota en la calma, en perenne estado de equilibrio. La vida intelectual de García Bacca —buena parte confesada en su autobiografía— es, como la de todo gran pensador, un rotundo mentís a esta ingenua suposición. Zarpar de la escolástica con sus rígidos postulados, atravesar por la eclosión de la ciencia moderna en plan experimental, sumergirse por último, en la poderosa corriente del idealismo alemán, sin quedar, en definitiva, atrapado, sino antes bien acabar superándolo todo, es mucho más que navegar contra vientos opuestos y en aguas turbulentas. Esta ha sido justamente la proeza de García Bacca. Se diría en nomenclatura cuasi-geográfica que el más grande peligro que acecha al filósofo es el de sucumbir en un "ismo": perder la brújula fenomenológica de la objetividad, zozobrar, y acabar hundiéndose en las profundidades del realismo, el idealismo o el monismo absolutos. Nada de esto le aconteció.

 

Facilita la reconstrucción de las diversas fases de desarrollo de su pensamiento, el tener presente que desde su primer encuentro con la ciencia de su tiempo, toma conciencia de dos cosas: la primera, de la imposibilidad de construir un genuino sistema filosófico sin un apoyo en los aportes de las ciencias, los que a su vez han de descansar sobre el firme suelo de la realidad, pues toda tentativa que no tome en cuenta esta exigencia deriva en una edificación intelectual instalada en el vacío, y la segunda, que toda ciencia ha menester de un aparato de interpretación superior, que sólo puede serle provisto por la filosofía. Por esto la poderosa maquinaria mental de García Bacca avanza simultáneamente en dos frentes: el de la ciencia y el de la filosofía.

 

En tres de sus obras más representativas, "Metafísica", "Lecciones de historia de la filosofía" y "Curso sistemático de filosofía actual" es dado perseguir, —sobre todo en las dos últimas—, los momentos esenciales de la línea evolutiva de García Bacca, con sus sinuosidades y altibajos, y apresar el núcleo esencial de su concepción en su magnitud y originalidad. Su severo temperamento crítico encontrará ante todo en el seno mismo de la filosofía tomista dos revulsivos que comenzarán a operar en él un cambio  —tímido aún— de su visión teológica: los geniales comentarios del Cardenal Cayetano al opúsculo "De ente et essentia" de Santo Tomás y a la "Summa Theologica", y las disquisiciones de Duns Escoto sobre la indemostrabilidad de la existencia de Dios. Del primero derivará una nueva versión del concepto de transustanciación, que muchos años después —diversamente modificado— acabará siendo una noción esencial en su concepción; del segundo, la convicción de que la conciencia es atea o materialista, pues si Dios estuviera en ella por esencia habríamos de pensar en él obsesivamente, y el devenir real de la conciencia demuestra justo lo contrario.  

 

En 1928, después de la publicación de sus primeras obras, en las que aún se preserva dentro del círculo de la escolástica, y por efecto de los cursos de física y matemática que sigue en Munich y de ulteriores estudios de la ciencia de su tiempo, accede a la concepción newtoniana de la física, es decir, penetra en la ciencia montada en plan experimental, y fundamentada matemáticamente. Este encuentro le hará entrar en conflicto con el punto de vista aristotélico-tomista del conocimiento científico, al cual se le hacía descansar sobre el supuesto ontológico de la existencia de formas substanciales inmutables, que llegan a la perfección o entelequia por evolución natural. Se trata de una ciencia edificada en plan observacional, y cuyo aparato filosófico de fundamentación da por sentado la existencia de principios primeros en su orden, necesarios de suyo, evidentes y únicos. Corresponden a esta visión las llamadas certeramente por García Bacca filosofías de reinterpretación del universo: así la materialista de Demócrito, la idealista de Platón y la naturalista de Aristóteles, las cuales serán llevadas a sus últimas consecuencias por la filosofía medieval, al introducir la idea de un Dios único, creador, monopolizador del Ser, que rebajará al hombre a la categoría de analogado secundario, cuyo ser mismo dependerá de la voluntad divina. Mientras dentro de semejante concepción el sujeto es un entendimiento pasivo, que se limita a repetir en el pensamiento los objetos tal como ellos se ofrecen en la vertiente de los fenómenos, la ciencia concebida experimentalmente reclama la existencia de un entendimiento agente, creador primitivo germen en el pensamiento de García Bacca, de lo que muchos años después será su concepto de sujeto transustanciador del Universo y de sí mismo. García Bacca hallará este nuevo sujeto en Kant, del cual -además- derivará la teoría del conocimiento adecuada al nuevo modelo de ciencia. Kant, en efecto, había demostrado, con impecable dialéctica, que el sujeto es un ente activo, dinámico, creador -en cierto modo- de sus objetos. Su aparato de conocimiento se halla constituido por ciertos conceptos —antiguas ideas seminales de los estoicos, e ideas innatas cartesianas— que están en él antes e independientemente de toda experiencia, y que actúan de órganos del conocimiento: son las formas a priori de la sensibilidad (tiempo y espacio), y las doce categorías del entendimiento, con las que el sujeto reelabora en el entendimiento, el material bruto de las sensaciones, construyendo  -de esta suerte- sus objetos. Se trata, pues, de un sujeto capaz de transformar la realidad y de meterla bajo su dominio. A este legado añadirá Kant, para borrar en García Bacca todo lastre escolástico, su demoledora refutación de las pruebas ontológica, cosmológica y físico-teleológica de la existencia de Dios, con lo que hará ingresar la escolástica al vítreo silencioso del formol.

 

Se acentuará en García Bacca este concepto del Yo en su choque con "Kant y el problema de la metafísica" de Heidegger. Este afirmará, en tal sentido, que la metafísica es un acontecimiento, una real irrupción que en el Ser hace un ente concreto, el hombre, dotado del don de transformar al ser en entes, y a éstos en enseres.

 

El aparato conceptual de García Bacca se irá ampliando en lo sucesivo cada vez más, por obra de su encuentro con Whitehead y su categoría de creatividad; Cantor y sus transfinitos; la Lógica simbólica y la Axiomática de Hilbert, la teoría cuántica de Heisenberg, con su principio de indeterminación, y la probabilística de Max Born, así como por sus amplios estudios en los dominios de la economía y las ciencias sociales. En filosofía serán decisivas sus indagaciones sobre el método dialéctico hegeliano, y la teoría materialista de Marx, a la última de las cuales considera auténtica filosofía de transustanciación humana del Universo y de transustanciación universal del hombre.

 

El mayor mérito de García Bacca en estas sucesivas transformaciones de su pensamiento es —como apuntáramos antes— el haber sobrevivido, manteniendo ileso el núcleo esencial de su propia y original manera de ver, sin precipitarse en ningún "ismo", sino manteniendo a todo trance la objetividad y autonomía de su propio aparato de pensar. En ningún momento se desprendió de la idea del sujeto transustanciador del Universo y de sí mismo, noción que adquiere en él un contenido específico, original, que le otorga un especial relieve y la erige en pieza central y dominante de toda su concepción. No es poco mérito, por ello, cruzar indemne por la caudalosa y sugestiva corriente del idealismo alemán, sin sucumbir a la tentación de sustituir al legítimo protagonista de la Historia, el hombre, por las insostenibles nociones metafísicas del sujeto transcendental de Kant, la del espíritu inconsciente de Fichte y Schelling, o por la idea absoluta de Hegel. Por esto no es un exceso afirmar que en el dominio de sus inventos, debe ocupar un puesto de preferencia el espiral dialéctico trifásifo de uso privado, que transforma el no, renó y recontranó en predicado positivo intrínseco, sacando al espíritu de sus fases depresivas, y levantándolo a una forma superior, original e imprevista. A quien dude de la existencia de este artefacto y de su paternidad, lo remito a la lectura —sobremanera placentera— de "Tres ejercicios filosófico-literarios de lógica y metafísica". Por todo ello ha podido configurar una concepción filosófica totalmente actualizada, y en la que han quedado abolidas las nociones caducas del determinismo naturalista de Aristóteles, del determinismo absoluto de la filosofía medieval, así como los conceptos de finitud e infinitud, y la creencia en verdades únicas e inmutables, para abrir paso a la indeterminación, el azar, la probabilidad, que dan margen a la espontaneidad, la libertad, la improvisación, la creación, en una palabra.

 

Fuera de lugar estaría, desde luego, la pretensión de incluir dentro de los estrechos límites de una semblanza, un análisis del fondo conceptual de la obra fundamental del biografiado. Limitémosos, por ello, a resaltar que su mayor mérito es, aparte de su apretado rigor conceptual y sus innumerables novedades, la exaltación—sublimación, casi podría decirse—, del hombre creador—supremo homo faber— que "ha inventado para sí y de sí una conciencia nueva", y que ha sido capaz de sobrepujar aun una conciencia social, un Nos que suplanta al yo individual, y que es el que hace posible —con un horizonte ilimitado y en continua expansión— la real transustanciación del Universo. Por esto puede bien decirse —sin temor a un exceso— que su obra total no sólo es una filosofía de las ciencias de extraordinario valor, que restaura la unidad de los grandes sistemas de pensamiento en una hora en que la desmesurada proliferación de las ciencias amenaza con despedazar la necesaria visión omnicomprensiva de los problemas, sino además una Ontología de gran aliento en la que se analiza a fondo —con fenomenológica objetividad— el Ser, sin caer en extremos deformantes, y, —por último y sobre todo—, una de las más genuinas Antropologías filosóficas que se hayan escrito. No hay, además, área de la filosofía que no haya invadido: constátese en su bibliografía —si alguna duda cabe— sus innumerables trabajos sobre Ética, Estética, Lógica, Axiología y Metafísica, por no hablar de su vasta producción científica, filosófico-literaria, y de sus ensayos, plenos de contenido humano y de inusual densidad racional. Podemos, desde luego, disentir —nadie lo autorizaría más que él mismo —de algunos de sus conceptos, y hasta poner en entredicho la validez de algunas de sus proposiciones fundamentales, mas no nos es dado, si actuamos de corazón pero sin perder la objetividad, negarle el mayor de los reconocimientos a la magnitud e indisputable calidad de su obra.

 

Debemos en este punto —por elementales exigencias de fidelidad al personaje objeto de la semblanza— dar por agotada la reconstrucción de la línea de desarrollo de su vida intelectual, para abrir acceso al García Bacca de carne y hueso, pues corremos el riesgo de deshumanizarlo, de despojarlo de contenido vital, y de exhibirlo como un abstractum cuya íntegra existencia ha discurrido en la flotación. ¿Qué ocurría con su vida personal —preguntemos ahora—, mientras se agitaban en su alma las aguas  subterráneas?

 

En 1938, en plena efervescencia espiritual, lo sorprende el estallido de la guerra civil española, que lo fuerza a emprender el éxodo, sin darle tiempo de asumir la cátedra que había ganado por oposición en la Universidad de Santiago, decide de haberse desempeñado brillantemente en la de Barcelona.  Después de una corta estancia en Europa, desde trasladarse al nuevo mundo y cortar todos sus nexos –económicos, políticos, religiosos, sociales, universitarios, y de toda índole— con el viejo mundo, sin renegar de "su" España, de la auténtica, única e insustituible, de la que —en  el fondo— nunca partió, y a la que siempre anheló regresar. Logrará, por supuesto, sobrevivir al desgarramiento, acudiendo una vez más, a su fantasía creadora. Concibió, —puede aseverarse entre real y metafóricamente— un artefacto psico-somático, el ubicuo universal, que le permitirá en adelante estar en todas partes sin estar en ninguna, como corresponde a la naturaleza de un espíritu proteico.

 

Entre las varias alternativas que la circunstancia al momento le ofrecía, se inclinará por radicarse en América Latina, tierra que le abría la posibilidad de continuar sus ejercicios reflexivos y su labor de escritor, en lengua castellana. Ello hará posible que poco a poco vaya materializando —para beneficio de la intelectualidad de habla española- uno de sus inventos de mayor trascendencia colectiva: la nueva semántica española de estirpe filosófica, en la que logra armonizar —con admirable equilibrio— la rica inflorescencia de formas de expresión de nuestro idioma, con el severo fondo conceptual de las intelecciones; invento éste que además de servir de eficiente  instrumento  pedagógico,  hará  posible  —en  amplia medida— la propagación masiva del pensamiento científico y filosófico occidental contemporáneo de mayor calibre y de más alta calidad, entre los intelectuales de nuestras latitudes.

 

Su primera sede será en Quito, en donde continuará sus tareas pedagógicas en la Universidad Central, manteniendo desde allí contacto con los intelectuales españoles más descollantes, y que -como él- se habían visto en la circunstancia de emigrar de su patria. Lo que no podía imaginar el prevenido profesor es que en Quito le aguardaría un acontecimiento personal del todo imprevisible, uno de esos sucesos de enigmática motivación freudiana que parece reservar el destino a los inventores para poner límite a sus prodigios, y que en su caso logrará el efecto de meter en estado de quiebra el negocio de su misantropía, en el cual llevaba ya invertido un enorme capital intelectual de continuos años dedicados por entero a la reflexión solitaria.

 

Quizá desde el inicio mismo de su vida intelectual —cuando marcaba sus primeros pasos de taumaturgo—, su talento heurístico concibió un curioso invento que le permitió aislarse, durante mucho tiempo, en la campana pneumática de sus cogitaciones. Intentó, en efecto, la manera de sobrevivir largos años en estado de crónica soltería; pero esta vez —cuando había hollado ya el umbral de  la madurez, y se creía exento de peligro- los demonios subterráneos del eros le jugaron una mala pasada: fue flechado en Ecuador por una bella joven de la sociedad quiteña, a cuyos encantos no pudo resistirse, y con quien, finalmente, hubo de sacrificar —en el connubio— los placeres de su prolongada práctica solipsista. Compensó, empero, el revés, eligiendo sabiamente por cónyuge a Fanny Palacios, dama fina, inteligente y apacible, mas no exenta de carácter, que ha sabido administrar con el mayor tacto los predios domésticos, creando una atmósfera propicia a la reflexión, en la que el espíritu del "profesor" ha podido desenvolverse a sus anchas. De esta unión nacieron tres hijos: Francisco, Anita y Cristina, los dos primeros ya desposados y con descendencia, y la tercera aún feliz.

 

En 1942 García Bacca se traslada a México, en donde se desempeñará, por espacio de cuatro años, como profesor de filosofía de la Universidad Nacional Autónoma, y en donde llevará a término una vasta labor de difusión, —por medio de traducciones y lecciones, orales del pensamiento clásico, y asimismo mantendrá en movimiento, sin interrupción, la maquinaria de sus producciones originales. En 1946 toma la decisión —atendiendo un ofrecimiento de la Universidad Central de Venezuela—-, de radicarse en Caracas. Desde entonces se dedicará a vivir y trabajar intensamente entre nosotros, con la desenvoltura y espontaneidad naturales de un caraqueño nacido en la Parroquia Altagracia, y sin hacer ostentación en ningún momento de la alta jerarquía intelectual de la que se sabe investido. Disciplinado e imaginativo en todo, durante sus primeros años de estancia en la Caracas apacible de los años cincuenta, para fomentar su salud física y mental inventó la manera de transformar toda su energía vital en un medio locomotivo adhoc, de gran capacidad —suerte de pseudópodo amiboide— que unas veces empleaba en sus paseos peripatéticos, y otras para cubrir a pie la larguísima distancia que mediaba entre la Universidad de "San Francisco" y su residencia en "El Paraíso", jornadas estas últimas que han debido evocarle —a juzgar por el punto de partida y el de llegada—, su primitiva visión teológica del mundo.

 

Tan profundas y estables fueron las raíces que echó en Venezuela, y fue tal el grado de identificación a que llegó con ella, que en un gesto de gratitud que lo enaltece, inventó nacer por segunda vez a la vida civil, asumiendo en 1952 la ciudadanía venezolana. Puede por ello decirse que en su espíritu convergen España y Venezuela con igualdad de derechos. Son, en realidad, los dos grandes afluentes que abastecen el estuario de su experiencia vital. Desde el momento de su arribo hasta hoy no ha dejado de trabajar entre nosotros en forma incansable, tanto en su fecunda y prolongada actividad docente, como en su producción intelectual, de la que nos ha legado, generosamente, lo mejor. Es tal la magnitud de su producción intelectual realizada en Venezuela desde 1947 hasta 1988, es decir, por espacio de cuarentaiún años, en ninguno de los cuales ha dejado de componer y publicar profusamente, que asomarse siquiera a su bibliografía, sobre todo si se le añade su enorme producción anterior, es exponerse a sucumbir de pasmo intelectivo. Esta inagotable veta de su entendimiento prolífero y su inquebrantable voluntad de trabajo, conformarán otro de sus inventos, el cual bien podría ser designado "la navaja mental de doble filo". En los intelectuales de buena estirpe obra este artefacto de estímulo de alto grado de eficacia; en los pseudo-intelectuales —que en sí no tienen bien ajustados los mecanismos inmunológicos de la mente—, despierta una de las más corrosivas especies del sentimiento de codicia del bien ajeno: la envidia del talento, mal psíquico letal que cunde a menudo entre paracaidistas, aventureros y francotiradores del pensamiento, y que provoca la muerte por autoaniquilación.

 

La exhaustiva bibliografía que se acompaña a esta semblanza hace superflua la enumeración de estas obras; debe, no obstante, hacerse resaltar aquellas qué son el fruto de la ímproba tarea cumplida por García Bacca para rescatar los valores venezolanos, de los que son muestra ilustrativa "Filosofía de la gramática y gramática universal según Andrés Bello", "Teoría filosófica del lenguaje en Bello desde el siglo XVIII al XIX", "Antología del pensamiento filosófico venezolano", "Simón Rodríguez. Pensador de América", etc...

 

Como si no fuese suficiente su rica y profunda obra filosófica y científica para justificar toda una vida, García Bacca no permaneció jamás indiferente al cultivo de las Humanidades; por el contrario, ha desarrollado también en esta área una intensa e ininterrumpida actividad, cuyo resultado es una vasta producción de obras filosófico-literarias y de ensayos de la más variada índole y de la más alta calidad, en los que se revela, una vez más, la versatilidad de su pluma, y en los que hace gala de una prosa sobria y elocuente, como puede apreciarse abrevando – por ejemplo- en su “Introducción literaria a la Filosofía” o en sus maravillosos trabajos sobre Antonio Machado. En esta zona del espíritu su invento ha sido uno de los más peculiares de su repertorio; casi podría decirse que único en su género. Ha logrado en cada una de estas piezas —con arte magistral— hacer confluir en armoniosa unidad, la vertiente de los conceptos filosóficos, de suyo rígidos, con la de las formas literarias, en sí ágiles, produciendo, el sutil y original fenómeno de facilitar -por efecto del deleite estético - el acceso del espíritu a la esfera de las abstracciones.  Fue, en lo fundamental por esta labor, que Venezuela lo distinguió, en justo reconocimiento, con el Premio Nacional de Literatura.

 

Lugar especial ocupan en este género las composiciones en las que hace uso de su natural vena humorística, recurso que García Bacca sabe administrar con penetrante malicia y refinado gusto. Hay que decir en este sentido, en honor a su raíz hispánica, que si algo es realmente característico de la raza española es su sabia manera de combinar —como ningún otro pueblo- los ingredientes de seriedad y humor, obteniendo un destilado de alto valor: la verdad en su dimensión humana. García Bacca en esto, no sólo no hace excepción, sino que logra, además, el prodigio de usar la parafina de la gracia para vencer el rigor de las verdades filosóficas, y hacer así posible la penetración del espíritu en lo que éstas ocultan de verdad humana. Humano por encima de todo es, justamente, García Bacca. Su obra —por su magnitud, complejidad, sus altos valores intrínsecos, y sobre todo por su transparencia es, puede bien aseverarse, el fiel trasunto de su personalidad. En su obra renacen, objetivamente, su ser físico, intelectual y moral. Su porte augusto, su venerable cabeza plateada y su voz de entraña causan en todo el que se le acerca por primera vez, una sensación de estupor, contracción y temor reverencial; pero muy pronto estos sentimientos ceden paso a la confianza comedida y a la admiración ante la amabilidad de sus modales y por obra de su afectuoso y espontáneo trato. Modesto por naturaleza, posee el minimum de vanidad indispensable para preservar el orgullo bien entendido, sin degenerar en ningún momento en las actitudes petulantes a las que son proclives quienes se dedican, en lo esencial, al cultivo de las actividades intelectuales.  Su apacible carácter y su bien aquilatada humildad no desdicen, empero, de un coraje moral a toda prueba, con el que sabe defender -con máxima energía y enterezada, cada vez que las circunstancias así lo imponen-, sus puntos de vista y sus firmes convicciones.

 

Si algún rasgo es descriptivo de su personalidad es el interno equilibrio de sus valores, armonía que se percibe en su hablar pausado, así como en su discreción y sensatez, y en sus ponderados movimientos de expresión. Contagia a quienes lo rodean de una envidiable serenidad, a la que ningún fenómeno parece alterar, y en la que no suele aparecer ninguna manifestación de su agitado mundo interno.

 

Como pedagogo difícilmente se le halla un igual. Cada lección suya lleva su signo: es a la vez ejercicio racional del más elevado nivel de abstracción, y verdadera caja de sorpresas. Pocos logran como él tan profundo poder de transmisión. No es su estilo la forma vibrante de decir. Su fuerza de penetración no radica en el acento marcadamente emotivo, —aunque en modo alguno sus clases se hallan exentas de color—, sino en la transparencia de la forma conceptual, en el rigor metodológico, y en los peculiares giros que otorga al lenguaje —dándole plenitud a las proposiciones en el ejemplo— para acechar así, por todos sus lados, al concepto, y acabar exhibiéndolo —como fruto de una técnica magistral— en su nuda verdad. Añade a ello un excepcional atributo que deriva de su natural desprendimiento y de su enorme amplitud de espíritu: el don de enseñar al discípulo a pensar con su propia cabeza, a volar por sí solo, como suele él decir. En la cátedra su conducta agrega a estos atributos un rasgo sobresaliente, que lo distingue también en su vida personal: su proverbial generosidad. Es –se diría- la imagen cabal del ideal aristotélico de la más elevada jerarquía: la grandeza de alma. En su vida no ha hecho otra cosa que repartir oxígeno por todas partes: quizá el más fecundo y apreciable de sus inventos.