SIMÓN RODRÍGUEZ
PENSADOR PARA AMÉRICA
Juan David García Bacca
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PRIMERO Simón
Rodríguez. Sócrates
En carta del 20 de Mayo de 1825, Bolívar, refiriéndose a los años,
ya remotos, de su estadía en París, dice: "Ciertamente que no
aprendí la filosofía de Aristóteles... pero he estudiado a Locke,
Condillac, D' Alembert, Helvetius... todos los clásicos de la Antigüedad,
así filósofos...".
Que tal estudio le fue aconsejado y dirigido por su Maestro, es deducción
bien fundada que hace el Prof. A. Rumazo (O.C. T.l, pg.5; BSR pg.71).
Bolívar no aprendió la filosofía de Aristóteles, ni Simón Rodríguez
debió poner especial interés en enseñársela y hacerle estudiar sus
obras, — ni aun su "Política".
Pero, al estudiar Bolívar cualquier clásico de la antigüedad: clásico
filósofo, como Platón, historiador y un poco chismógrafo cual Diógenes
Laercio, Bolívar debió sentirse impresionado por la semejanza, desde
física, entre Sócrates, el maestro de Platón, y Simón Rodríguez,
su maestro en Caracas. Mas ni Platón ni Aristóteles... ni Plutarco,
ni Voltaire, ni Locke. . . merecieron, de parte de Bolívar, lo de
mi Platón, mi Locke...
¿En que se parecían Sócrates de Atenas y Sócrates de Caracas? Tanto
tanto se parecían a los ojos de Bolívar que son una frase mi
Maestro y mi Sócrates. Sócrates de mi Caracas: mi
Sócrates.
Sócrates de Atenas fue el hombre más extraordinario de Atenas y aun
del mundo pasado y futuro. "Extraordinario" se dice en griego
“atopótatos"; y es el calificativo que el joven Fedro —inmortalizado
por Platón en el diálogo que lleva su nombre— da a Sócrates ("Fedro"
230 c). Sócrates, por su parte, trata a Fedro no de joven sino de
"jovencito" (de neanía, 257 c). Debía pues, tener Fedro
más o menos la edad de Bolívar. Fedro, por las fechas de
diálogo (416 a. c. ) Bolívar hacia el 1804, Fedro, Bolívar, unos
21 años. París, la llamada a veces y por los tiempos de Bolívar,
merecidamente, la Atenas de Europa. Atenas de Sócrates, Fedro, Platón:
la Atenas de la Grecia clásica.
Sócrates y Fedro en paseo extramuros de Atenas.
Bolívar y Rodríguez de seguro saldrían a pasear frecuentemente extramuros
de la Atenas de Europa.
Tema del diálogo entre Sócrates y Fedro: el de la Belleza y la Retórica. Durante la estancia común en Europa, Rodríguez y Bolívar "empezaron a entrar a la casa de hospedaje de Bolívar los libros que éste no había leído y que tenía que conocer, estudiar y asimilar; el consejero, el presionante, era Robinson, ¿qué otro podía orientarle? Pasados los años, Bolívar le escribía a Santander lo que había captado en aquella estada en París (BSR, pg. 70-71)." Ciertamente —dice Bolívar— que no aprendí la filosofía de Aristóteles... mas sí los clásicos de la antigüedad, así filósofos como..."(O.C. T.1, pg.51-52).
Temas de conversación entre Rodríguez (Robinson) y Bolívar, no los
conocemos documentalmente. Mas no se lee, estudia y asimila filósofos,
clásicos de la antigüedad sin "captarlos", como dice Bolívar
a Santander. Leer, estudiar, asimilar, captar, y no hablar de lo leído,
estudiado, asimilado y captado resulta irreprimible en todos y más
entre jóvenes: Rodríguez de 33 años, Bolívar de 21. Maestro aquél
y discípulo éste, aunque Rodríguez diga "aseguro que fui discípulo
pues por adivinación él sabía más que yo por meditación y estudio”.
(Simón Rodríguez, Escritos sobre su vida y obra, pg. 187, T. 1, pg.
56).
El colombiano Uribe Ángel quien conoció a Rodríguez, en Quito, de
ya setenta y nueve años (1850) lo describía así: "Sin ser muy
alto de cuerpo, tenía aspecto atlético; sus espaldas eran anchas y
su pecho desenvuelto; sus facciones angulosas eran protuberantes;
su mirada y su risa un tanto socarrona: ¡el volteriano esencial.
Mira de frente; emplea incluso el desplante. No pide sino por hambre
o miseria; ni se queja, más bien sonríe; ni se muestra nunca sentimental.
En sus obras no hay referencia alguna a las mujeres. Parece hombre
frío, aunque enérgicamente apasionado por sus ideas; su orgullo manteníale
erguido aun en las mayores pobrezas. No tolera que se le contradiga
en sus opiniones; discute, refuta, apabulla con argumentos, pero como
varón culto que es, respeta el criterio de los demás; tolera sin ceder,
sonríe a veces con mordacidad. Ni enfático, ni obseso, sábese muy
seguro de sí" (BSR, pg. 55-56). "Aunque nacido en humilde
esfera" —atestigua O' Leary— "tenía alma orgullosa"
(BSR, pg. 56, O.C. T.1, pg 47).
Tal es el Sócrates de Caracas; mi Sócrates, del Libertador.
El Sócrates de Atenas:
Teodoro el matemático viejo dice a Sócrates —en el diálogo "Teeteto"—
que Teeteto, joven discípulo suyo en matemáticas, no es bello; y que
se parece a él, a Sócrates, en fealdad: nariz chata, ojos saltones.
Sócrates se felicita por poderse ver a sí mismo en otro, cara a cara.
("Teeteto", 143 c, 144 d). Y se felicita Sócrates de disputar
con dos matemáticos las entonces nacientes matemáticas, y discutir
sus pretensiones de ciencia; los apabulla con argumentos, a veces
mordaces, culto siempre y respetuoso para con los viejos: Teodoro,
Protágoras.
En el elogio que de Sócrates hace Alcibíades en el "Banquete"
nos lo describe cual de robusta arrogancia —¿de alcatraz?: brenthyos—
mirada torva, forzudo; (221 b).
Ante la indecisión de Sócrates de criticar un discurso acerca del
amor, compuesto por el famoso orador Tisias, improvisando él, Sócrates,
otro y contrario, cual se lo exige Fedro, recuérdale Fedro: "fuertes
somos los dos; mas yo lo soy más que tú; que soy más joven; estamos
solos y en desierto; sabes bien lo que quiero decir; no llevemos las
cosas por violencia; improvisa de buena gana" (236 c).
Critica Sócrates ferozmente a Lisias y a todo tipo de la usual oratoria.
No cede. Contra la oratoria exhibicionista, populachera o erudita,
pública o privada, enfrenta Sócrates su oratoria dialéctica: la que
él, Sócrates, estaba estrenando e inaugurando en Atenas. En esto no
cede: disputa, refuta, apabulla. Tolera sin ceder. El Sócrates
de Caracas es el "volteriano esencial" (Uribe l.c.).
Una de las acusaciones contra Sócrates —tal como consta en su Apología:
la defensa oficial y pública que él mismo hace ante sus jueces-—
fue la que se hace a todos los filosofantes: "no creer en los
dioses en que cree la Ciudad" (Apol. 23 d). "Extravagantes
en sumo grado eran las ideas religiosas de Rodríguez, en pugna completa
con la fe cristiana"; (0'Leary, Memorias, T. 1, pg. 5-6; Cf.
BSR, pg. 43).
Condenado a muerte el Sócrates de Atenas propone a sus jueces —lo
que estaba permitido por la ley— qué otras penas podrían sustituir
a ella, y que pudiera pagar él en compensación aunque no se merece
pena alguna. Entre ellas ¿pagar una cierta suma de plata? A sus setenta
años, confiesa Sócrates (38 b) no disponer sino de una mina
("mina" de plata: moneda de valor aproximado a medio kilo
de plata). ¡Tal insignificancia para compensar la significación decisiva,
imponderable e incalculable de la pena de muerte! Sócrates no quiso
aceptar la notable suma que sus amigos ofrecían, cual garantes.
Murió pobre, en prisión pública.
El Sócrates de Caracas murió en Amotape (Perú) en una "destartalada
habitación" (BSR, pg. 90) que es, en realidad de verdad, y llegada
la hora de la verdad, el tipo de prisión de los pobres de por vida
cual Rodríguez: "Créame usted, —escribe el Libertador a Cayetano
Rodríguez, hermano de Simón— querido amigo; su hermano de usted es
el mejor hombre del mundo, pero es un filósofo cosmopolita; no tiene
patria ni hogares ni familia ni nada. Este dinero jamás lo ha poseído
hasta ahora porque es tan desinteresado que ni quiere ni pide
"Simón Rodríguez no le escribió a su esposa: dejó que hablara
únicamente Bolívar. A veces parece que en este educador hubiese muerto
la mayoría de los sentimientos, por dejar vigente sólo la razón.
Se le ve duro, hasta inflexible" (BSR. pg. 131).
Sócrates de Atenas, en su prisión y en el día último de su vida, unas
horas antes de beber la cicuta, se despide de Jantipa su mujer que,
llevándole el hijo menor, había acudido a despedirse de él. "A
las maldiciones y palabras en que profiere Jantipa al ver entrar a
los amigos de Sócrates", —ya la conocemos cómo es, dicen los
amigos— "Sócrates dice nada más: "Critón, acompáñala a casa".
("Fedón", 60 a).
Y Sócrates dedica las últimas horas de su vida a dialogar con sus
amigos sobre la vida, la muerte, la inmortalidad, el otro mundo. .
.en diálogo inmortal, inmortal él, consuelo inmortal también para
los moribundos de todos los siglos futuros que se propongan morir
lúcida, tranquila, dignamente, —desconsuélense quienes se desconsolaren—:
mujeres, hijos, curas...
"Don Simón tan luego lo vio" (al cura Don Santiago Sánchez)
"se incorporó en la cama; hizo que el cura se acomodase en la
única silla que había, y comenzó a hablar algo así como una disertación
materialista". "Era yo (Camilo Gómez amigo de José Rodríguez
hijo de Simón) muy joven y no comprendía el alcance de lo que decía
Simón. Sólo recuerdo que manifestaba al cura que no tenía más religión
que la que había jurado en el Monte Sacro con su discípulo" (BSR,
pg. 89).
"A las doce de la noche —aquel 28 definitivo— comenzó la agonía;
a intervalos exclamaba "¡Ay, mi alma!". Expiró, y permaneció
cerca del cadáver hasta la madrugada (Camilo Gómez) (BSR. pg. 90).
"En esta destartalada habitación no hay, esa media noche del
28 de Febrero de 1854, sino un cadáver, un acompañante que llora —Camilo
Gómez ha llegado al llanto— y dos cajones con manuscritos y libros"
(A. Rumazo; BSR, pg. 90).
Cadáver
del Sócrates de Caracas
Ultimas palabras del Sócrates de Atenas, a su amigo Critón: 'Debemos
a Esculapio un gallo; no os descuidéis de pagarle tal deuda".
Junto a él quedó un diálogo: un libro inmortal, el "Fedón".
Quedó, entonces, de manuscrito copiado, vuelto a copiar. . . por siglos,
hasta que se lo imprima cual libro en el Renacimiento. E impreso ya
desde el Renacimiento se lo reimprima, vuelva a reimprimir, y así;
¿hasta cuándo? ¿Hasta los siglos de los siglos?
Cerremos este punto de comparación, de igualdad de comportamiento
en vida y en muerte, entre el Sócrates de Atenas y el Sócrates de
Caracas.
Bolívar va teniendo, y reteniendo, razón al llamarlo así.
Simón
Rodríguez en traje de etiqueta. (Museo de la Academia Militar de Quito)
Pintado hacia 1850
El Sócrates de Atenas, consta documentalmente, iba casi siempre descalzo
y sencillamente vestido ("Fedro", 229 a); mas para asistir
al Banquete que el joven dramaturgo Agatón organizó para celebrar
su triunfo escénico, Sócrates, invitado, acudió "bien bañado
y calzado de sandalias, cosa que raramente hacía. E interrogado a
dónde iba tan bellamente arreglado, respondió: me acicalo así para
ir bello a casa de un bello" (Banquete, 174 a).
Sabía el Sócrates de Atenas distinguir casos, lugares y tiempos. Traje
"de diario" para estar en gimnasios, campaña militar, visita
a amigos, disputas con sofistas, diálogos en plaza pública, coloquio
con jóvenes sencillos e inteligentes, cual Fedro y Teeteto, o aristócratas
inteligentes, pretenciosos y ricos, cual Alcibíades, discusiones con
generales, cual Laques, a cuyas órdenes luchó cual soldado raso. Es
el Sócrates "de diario". En traje griego corriente.
(La tradición lo representa, entre otras, en estatua conservada en
el British Musaeum. A base de una fotografía sacada de ella
por Anderson, el artista Nicolás Delgado presenta aquí al Sócrates
"de diario").
Del Sócrates de Caracas, maestro de escuela primaria, cajista de imprenta
en Baltimore, profesor de lenguas en Francia, Italia, Alemania, Rusia,
Polonia, Inglaterra, y vuelto a América, en Colombia, Ecuador, Perú,
Bolivia se ha conservado un retrato de Simón Rodríguez vestido "de
diario": cómodo, sencillo. (Retratado por su discípulo A. Guerrero,
en Latacunga, Ecuador, hacia 1850. Copia realizada por N. Delgado,
Cortesía de A. Boulton).
El Sócrates de Atenas y el Sócrates de Caracas son modelos de sencillez,
popular en vestimenta para trabajos, sencillos también y populares.
Cada uno en su época.
Mas el Sócrates de Caracas, cual el de Atenas, sabían cuándo y cómo
vestirse de etiqueta. El de Atenas, "túnica solemne, bien bañado,
calzado de sandalias" es el mismo que el "de diario".
Ahora "bello para ir a donde un bello". (A base de la estatua
fotografiada por Anderson).
Del Sócrates de Caracas se conserva un retrato en la Academia Militar
de Quito, vestido de etiqueta. Tenía setenta años. El Sócrates de
Atenas, acicalado para el famoso Banquete contaba unos cuarenta y
cuatro.
Del Sócrates de Caracas se conserva un retrato en la Academia Militar
de Quito, vestido de etiqueta. Tenía setenta años. El Sócrates de
Atenas, acicalado para el famoso Banquete contaba unos cuarenta y
cuatro. Sócrates
vestido para el famoso “Banquete” de Platón, Dibujo
de Nicolás Delgado.
Sócrates:
estatua conservada en el Brítish Museum. Fotografía
Anderson. Dibujo de Nicolás Delgado.
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