"DONDE MENOS SE PIENSA SALTA LA LIEBRE", dice un refrán
castellano.
Releía, no hace mucho, la "Celestina",
y, lo confesaré, en plan de "caza" filosófica.,
Con esta disposición de ánimo, un poco
extraña tal vez —según el solemne y pontifical concepto que del plan técnico
para filosofar circula en libros, academias y universidades—, salían a hacer
filosofía los clásicos, y, entre ellos
Platón y Aristóteles.
Y salían "a caza" (Thereutés) de
placer y de ciencia, así Isócrates (I, 16)
y Platón (Teeteto, 200 a) ; y "a
caza" de la felicidad, como decía Aristóteles
en la Política (1328 b 1) ; y se iba "a
caza" de hombres, y quien iba era Platón
(Gorgias, 489 b); y nada menos que el severo
Aristóteles, al hacer lógica o
para
hacerla, salía "a caza" dé "los principios de los
silogismos", como sin
falsa
vergüenza ante los técnicos, decía él mismo en los Analíticos primeros
(46a 11).
Y nada menos que al comienzo de su Ética a Nicómaco
(Libro I, cap. II,
2-3)
dice que "tal vez tendremos a la buena dicha de dar en el Deber, si
cual
arqueros, nos lo proponemos como meta". El dar en los valores, como
decimos
ahora con terminología prestada del matematicismo del siglo pasado,
es
cuestión de buena puntería; las acciones buenas son presas o caza que no
por
necesidad o según ley infalible reportamos los hombres, sino solamente
si
tenemos la buena suerte, si se nos presenta una buena ocasión de practicar
una
virtud y la practicamos "al vuelo", la cazamos "al vuelo",
quedando,
después
de practicarla, sorprendidos de ver que hemos sido buenos "por
gracia",
"por
suerte", "por dichosa ventura" sólo así se es humilde en la
virtud y se es
humildemente bueno.
Quédese, con todo, esta alusión ética para otra ocasión, y volvamos al
principio.
Salir de caza, y cazar al vuelo, son métodos tan filosóficos como
cinegéticos.
Pues bien: por el coto cerrado, aunque
dentro de amplísimas vallas, de la
"Celestina"
salí un buen día a caza de "ideas" filosóficas; y de entre las
presas reporté, si no me equivoco en la clasificación de la fiera, el sentido genuinamente
popular y profundamente filosófico de ese concepto, semiconcepto o lo que sea
que ahora llamamos, solemnemente y con un delicado estremecimiento de vergüenza
y pudor, "conciencia".
ALGUNOS SENTIDOS HISTÓRICOS DE CONCIENCIA
1. Sentido griego clásico de conciencia.
Por muy extraño que parezca, el griego clásico
no dispone de nuestro concepto de "conciencia", con ese
componente suyo que es la intimidad, —intimidad activa que interioriza todo lo
que al hombre le pasa.
El griego clásico en vez de "conciencia"
empleaba los términos de "alma"
y de "covisión"
(synoida). Tener conciencia lo notaba como sentirse animando
el
cuerpo", cual "estar haciendo de acto
del cuerpo organizado", —así Aris-
tóteles
(De anima, libro II, cap. I.
I, 412 a 25-30, 412 b, 5-6).
Tener
conciencia es notarse estar asomado a las ventanas de los sentidos,
actuando
los órganos del cuerpo, tocando en ellos esa sinfonía, compleja y
emocionante
que es ver, oír, gustar, tocar... entender, querer. En la filosofía
griega
clásica el Yo no juega papel alguno. E intimidad activa —poder de
interiorizar—
sólo pueden ser propiedades de un Yo individual.
En Sócrates se encuentra un pequeño matiz
de conciencia que recogerá
amorosamente
Platón, y perderá el naturalista Aristóteles, y, al perderlo él,
ya
no sabrá encontrarlo la filosofía medieval.
Conciencia es covisión, o, si queremos una
traducción un poco más exacta,
conciencia
es "coideación".
Sócrates, en su Apología, tal como
nos lo ha conservado Platón (Apol.
2 IB), en lugar de decir, como nosotros,
"tengo conciencia de", emplea la
frase "sé de verlo en mí mismo",
"lo estoy viendo en mí" (synoide hemautoú).
No resbalemos como los malos traductores y
peores filósofos de la vida, sobre
ello, que encierra, cual cogollo, la
sustancia viviente y específica del griego clá-
sico.
Uno puede saber una cosa —qué es el hombre, qué es el caballo, qué es la
rosa qué es el dos, qué es la circunferencia, qué es la
deducción. - por estar
viéndolo huyéndola en la cosa misma, en el
objeto, entregado uno a su conr
emplacion, amorrado en él, desoJ-ándose en
los constitutivos o entretelas de
las cosas mismas, o, como se dice ahora desde
Husseri, por estar viéndola con
intuición noeticonomemática, pura, puesto en
paréntesis o entredicho todo lo
que
no es la cosa, en sí, monda, abstracta.
^ La manera socrática de notarse a sí mismo
es la de estar contemplando las
ideas (oída, idea) que en el interior de uno se
-reflejan". Conciencia, tipo
• spe30
láeoloStco•' con^""a por la que nos damos cuenta de que estamos
siendo, y podemos ser, espejos en que se
reflejan las "ideas" de las cosas frente
a
los espejos sensibles que sólo nos dan las imágenes o figuras visibles en una
transcripción
fría, neutral, ingrávida: No en vano, como decía Mallarmé es el
espej o;
s
Eau froide par 1'ennui dans ton cadre gelíe
(Hérodiade).
Y si el descubrimiento y fabricación de los espejos materiales fue,
ciertamen-
te, algo maravüloso -encantadora sorpresa aún
para los salvajes de nuestros
días- la sorpresa, la aporía o delicioso
desconcierto que se apoderó del grie.o
clasico -mas pnmitivo y salvaje, en realidad,
de lo que podemos conjetur:r
leyendo con espíritu moderno y civilizado sus
producciones- hizo que se
quedara encandilado contemplando, intuyendo,
cómo las cosas daban en L
conciencia, en su interior -¡quién lo dijera
que podía servir de espejo!-
una peculiar y nunca vista imagen: sus ideas.
Y tal encandilamiento de sí
mismo ante la función especular de su propia
conciencia constituyó el matiz
pecul^ con que la percibió. Y así toda la
filosofía griega. sociica sobre
odo no se propuso gozosamente, con gozo que
ahora nos parece un tantico
in antil, sino ir paseando tal conciencia-espejo
por todas partes, por el muido
mtenor
y e extenor, a fin de que todas las cosas -hombre, vida, Dios, muño
£agenT
?• flslca•,-.fuesen Ventana- - ella sus ideas: esa imagen
fria,^
natural, ingrávida, inoperante, superficial que
pueden dejar las cosas
de
si en quien no es ellas. Y por mucho tiempo el sutilmente salvaje griego
nSased
FT ydías,años y más años- diálogos y más
diálogos con ?a
mirada
del alma vuelta sobre sí, en flexión o reflexión contorsionada para
ver
en si las ideas de las cosas. '
MallÍ helénica parecía decir
a1 entendimiento 10 de la Hérodiade de
Tzens
devant moi ce miroir ponme delante este
espejo, truécate, transfórmate en espejo, Entendimiento,
para que pueda ver en
mí las ideas de las cosas.
Pero a la manera que todos los espejos
materiales tienen que ser fríos, pues
precisamente
para ser espejos tienen que reflejar o devolver la luz que de los ob-
jetos
les viene, de parecida manera una vida intelectual que se. proponga el
plan
de trocarse en espejo ideológico padecerá de frialdad sentimental, pues
no
podrá conservar sino las ideas de las cosas, sus puras imágenes incorpóreas,
sin
calor de vida, sin peso, sin fuerzas, sin realidad en el sentido tangible y
tremebundo
de esta palabra.
Las ideas en el entendimiento no hacen lo
que son; que la idea de calor
no
calienta, ni la idea de dolor duele, ni la idea de circunferencia redondea,
ni la idea de multitud multiplica. . .; de
consiguiente, si la vida de un cierto
tipo histórico de hombre se coloca en plan de
hacer de simple espejo de ideas,
de lo inoperante e ineficaz por constitución,
a tal vida no le pasará nada
por dentro. Y, desvanecido el atractivo o la
curiosidad infantil de ver su
intimidad funcionando cual espejo de las
cosas, de ese espectral desfile de
fantasmas que las cosas dan de sí en una vida
interior en plan de espejo
ideológico.
Y al primero a quien le entró semejante
fastidio fue Aristóteles. A la inefica-
cia e inoperancia de las imágenes en los
espejos materiales corresponde, como
acabamos de decir, la ineficacia, pura
presencia, simple idealidad de las ideas
o imágenes de las cosas en la vida
contemplativa de una conciencia trocada en
espejo puro. Y Aristóteles era, en lo que
entonces cabía, un físico, un observa-
dor, un hombre de lo real. La base de su
filosofía, en lo que de original frente
a Platón tiene, se cifra en su noción de
potencia y acto —de poder en estado
de poder obrar y de poder en estado de estar
efectivamente obrando. El fue
quien introdujo en filosofía el máximo número
de causas: eficiente, final, ma-
terial y formal —de entidades operantes. Y
desaparecieron las ideas. Toda
idea que no pudiera servir de forma, de causa
real intrínseca, pasó a la catego-
ría de metáfora literaria —que tal es la
crítica de Aristóteles a la teoría platóni-
ca de las ideas.
Desde este momento la conciencia no
intervendrá ya más en la filosofía
aristotélica. No era aún sazón histórica para
que la vida humana inventara
un nuevo tipo de conciencia; de sentirse a
sí misma y sentir dentro de sí misma
las cosas. Quien no las notara como "imágenes"
en el espejo de la vida inte-
rior no podía notarlas de otra manera.
Aristóteles las vivió como alma, con esa
natural e inmediata inconsciencia con que
vivimos todos cuando nos damos
a las cosas, nos volcamos sobre lo
externo, nos amorramos y encandilamos
sobre lo real, para que sea él quien obre al
máximo sobre nosotros. Por eso Aris-
tóteles
dirá, sin malicia alguna, que conocer es recibir, ser impresionado; y
aun llegará a sostener que el
entendimiento nuestro, el que es de nosotros real-
mente, es entendimiento pasivo (pathetikós),
mientras que el entendimiento ac-
tivo o agente no es de ningún individuo
particular. El que en la filosofía de
Aristóteles hayan desaparecido las ideas
puras no depende en última instancia
sino de que la conciencia dejó de ser espejo,
puro lugar de pura presentación,
ofrecimiento de presencia.
La vida se había aburrido ya del plan de
contemplación y pasaba al de
acción
que culminará en la filosofía romana, la imperialmente dominadora.
2. El concepto estoico-romano de
conciencia.
Los términos, tan corrientes entre
nosotros, de sujeto y objeto, pertenecen
al
patrimonio de la filosofía estoico-romana, y no es posible hallarlos en el
lenguaje
clásico griego.
La conciencia se nota en el romano como
"sujeto", y las cosas se presentan
en
ella como "objeto". Al exponer el griego clásico la intimidad de su
vida in-
telectual,
como ante el sol se expone un espejo para que en él se presenten las
cosas
como ideas o visualidades puras, jamás notó que las cosas se colocaran
en
actitud enemiga, hostil, importuna. Por el contrario, se notaba estar siendo
lugar
de maravillosos e irreables espectáculos. El estoico creyó percibir que
las
cosas, al conocerlas, se presentaban con ínfulas y gestos de flecheros _que lo
que
enviaban al conocedor no eran tanto ideas o imágenes irreales cuanto
armas
arrojadizas— que esto significa etimológica y realmente la palabra
"obiectum";
ob, iectum: lo arrojado contra —y de consiguiente, la vida inte-
rior
se notó como en ciudad sitiada. Tal era la metáfora de que se valían para
designar
el matiz de la sensación interior que su vida cognoscitiva— sujetos a
semejante
cerco, perturbador de la vida interior, de la "ataraxia" o
impertur-
babilidad:
valor supremo vital que para ellos hacía de predilecto y preferido. Y
sujeto
es "sub-iectum"', el que está expuesto a tales tiros y
flechazos reales.
Y
nótese qué abismo separa esta concepción o manera de notar el conocer y lo
conocido,
propia de la filosofía romano-estoica, de la griega clásica. En ésta las
cosas
envían de sí ideas, visibilidades puras, sin eficiencia alguna, sin reales
ataques
a la vida; en la romana, son las cosas quienes mueven guerra a la vida
interior;
y en vez de ideas de puras apariciones irreales, la vida intelectual
para defenderse, tendrá
que inventar conceptos, que son maneras de captar
(capere,
captum), hacer cautivas las cosas enemigas, y guardarlas consigo
como
esclavas y servidoras reales de la vida (cum capere, conceptas). Y desde
el
feliz momento en que la vida, al sentirse molestada e importunada por las
cosas,
se determinó a conquistarlas y apoderarse de ellas, a forjar conceptos
en vez de ideas, comenzó el dominio real del
mundo, el universo maravilloso
de la técnica moderna en que hasta las
ideas matemáticas hacen de manos suti-
les
para, mediante instrumentos, captar y domeñar lo real.
El matiz que toma en un tipo de vida activo
la conciencia es el de "sindé-
resis".
El término de "sindéresis", tanto en su forma verbal como densustantivo
y adjetivo, no se
encuentra en los clásicos; su formación pertenece a la época
helenística;
y el Nuevo Testamento y las traducciones al griego del Antiguo,
como
la de Orígenes, la pusieron en boga. Sindéresis o sintéresis significa "sal-
vación"
de la vida interior; sentirse seguro, firme, a salvo. Y así dirá Polibio
"salvar
o preservar el conocimiento para sí mismo"
(30.30.5) ; y con el mismo
verbo
dirá San Lucas en su Evangelio que "María guardaba (preservaba,
sal-
vaba)
estas palabras (las de Jesús) en su corazón" (II, 19) ; y "se
guarda el
fin
de la naturaleza", "se salva" la finalidad
propia, como escribirá Epícuro
(Fr. 554); y en este mismo sentido de
preservación, salvación para sí, guarda
recogida
e íntima se encuentra esta palabra en los Setenta, en la Epístola de
San
Pablo a los Gálatas, en Porfirio, etc.
Más adelante la escolástica medieval
violentará el significado de sindéresis,
restringiéndolo
al orden de la conciencia moral. Pero en su originaria signifi-
cación
guarda el matiz vital de "intimidad" en trance de salvarse, de
preservarse
de
lo exterior, de reiterarse en sí para gozar de la presa y de los cautivos que
el
órgano de aprehensión, que es el concepto, le ha procurado.
El matiz peculiar, pues, de la sensación
vital interior, de la conciencia del
romano
y del estoico de la época romana, es el de sentirse a salvo, salvándose
activamente
mediante el instrumento del concepto con que se captan realmente
los objetos. La conciencia es "sujeto",
en el sentido de vida que se siente sujetar
y
tener las cosas sujetas a sí. Conciencia de imperio interior.
3. Matiz
medieval de conciencia.
"Todas las cosas son vuestras, pero
vosotros sois de Cristo y Cristo es de
Dios", decía San Pablo. La
primera parte la habían conseguido ya los romanos;
y
el tipo de conciencia estoica-ambiente en que nació y se formó la conciencia
cristiana primitiva—, podría decir que,
mediante el concepto, había sujetado a sí
realmente las cosas: efecto inalcanzable con
ideas, con simples imágenes lumi-
nosas. El concepto es el órgano o arma de
salvación (sindéresis) de la vida
interior y el instrumento de conquista y
formación del imperio espiritual. Pero
San Pablo, eco en este punto de la manera y
matiz peculiar como se sentía
vivir el cristianismo inmediato a los tiempos
de Cristo, notaba como precaria
y de prestado esta posesión de todas las
cosas, pues, en definitiva, todo tenía
que pasar a manos de Cristo, y desde las de
éste a las de Dios.
Si por
conciencia entendemos, con una significación vaga que abarque estos
dos tipos y aun los siguientes, "intimidad interiorizante",
habremos de confesar
que la conciencia de tipo "imperio
interior", asegurado por los conceptos, propia
del romano clásico, sufre un despojo en su
haber natural al hacerse cristiana
pues se la obliga a devolver a Cristo y, por
Cristo, a Dios, todo lo que como
pretendidamente suyo poseía. Conciencia
significará en adelante salvación del
alma y de la vida interior por Dios, no
salvación y preservación de alma y
de la vida interior por Dios, no salvación y
preservación de la intimidad me-
diante los conceptos. La conciencia
específicamente y genuinamente cristiana
ha de sentir que su ser es deudor de
sí a Dios. Y el mayor pecado será el de
avaricia: querer poseerse a sí mismo y para
sí mismo, y poseer para sí las cosas.
Intimidad de interiorización activa,
independencia de la conciencia; imperio
interior con emperador "Yo"
es, para el cristiano, la deuda que Dios jamás
puede perdonar: el pecado por antonomasia y
excelencia.
Si jugando un poco con las palabras, cabe
decir que la conciencia romana
se nota cual sujeto sujetante, la
cristiana debe sentirse sujeta a Cristo, y por
Cristo, a Dios. Conciencia de creatura:
conciencia de miembro de Cristo. Lo
cual es dejar, en rigor, de tener conciencia
de sí como si para sí, pues nuestros
miembros por muy nuestros que sean no la tienen
ni se sienten cada cual a
su manera.
Si a un ser le juntamos la exigencia de
deber todo lo que es a Otro, el tipo
de conciencia que, por ventura, tuviere habrá
de presentar el matiz de salva-
ción:
de salvación vital semejante a como para salvar su vida tiene un miem-
bro que estar unido en acto con el cuerpo
vivo en conjunto —salvarse viviendo
en Cristo, cual miembro más o menos
importante suyo—; y de salvación eter-
na. pues para ser lo que es no le basta su
ser sino que debe y tiene que vivirse
en
Dios, en el Absoluto.
La conciencia vital cristiana, en su
genuino y auténtico matiz, es concien-
cia de miembro del cuerpo místico de Cristo,
la Iglesia; conciencia social, v
además conciencia divina; vivir en Dios
desviviéndose de sí. Por eso sin men-
tir,
ni repetir rutinariamente una
fórmula que otro
sintió, pudo decir San
Pablo
que "no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí".
Lo
cual
en resumidas cuentas equivale a decir que Yo no soy yo, si quiero ser
auténticamente, no
oficialmente o politiqueramente cristiano.
Tal es la agonía interior del genuinamente
cristiano, para decirlo con una
frase
de Unamuno. Agonía o lucha a vida y a muerte que tiene lugar en el yo,
en
la vida misma del que sea efectivamente cristiano. Que la vida natural
tiende
a cristalizar en Yo; a ser más y sólo mía, única manera, al parecer
vivir; mientras que
intentar vivirse para Otro y en Otro encierra inevitable-'
mente un intento de
suicidio radical.
La
conciencia cristiana es conciencia agónica. ¿Cuántos son los hombres
que en realidad de verdad han vivido así
su vida desviviéndose realmente
en Cristo y, mediante Cristo, en Dios?
II
4. Matiz peculiar de la conciencia
española
De la caza a través de los campos
literarios de la Celestina reporté dos
frases, para las que lo anterior no hace sino
de marco y término de contra-
posición.
"Así goce de mí, así goce de esta
alma pecadora", —dice Celestina en per-
sona en el acto cuarto.
"Gozarse uno de sí" es la manera
más. potenciadamente real que puede
adquirir
la conciencia. Cuando la conciencia es conciencia sentimental, cuando
es conciencia sentimental gozosa,
cuando llega a ser conciencia
sentimental
gozosa de sí; de la propia alma, llega
la conciencia a su máximo real. Veámos-
lo
por sus pasos.
"El romanticismo fue el libertador
de la fauna emotiva viviente en nosotros.
Merced a esta consagración del sentimiento,
hay, por ejemplo en la literatura.
desde 1800 dos calidades deliciosas que
antes faltaron siempre: color y tem-
peratura.
Con divinas excepciones, todo verso, toda prosa prerrománticas nos
parecen
hoy cuerpos muertos, materia exánime de lívidas formas y venas sin
licor
ni latido. Un párrafo latino o griego es, al tacto, frígido como el bronce
o
el mármol" (Ortega y Gasset, en el Espectador, Tomo
III, pág. 314 edic.
Obras
Completas, 1943, Madrid).
Y si la literatura prerromántica se
resentía, en efecto, de esa frialdad lúcida
y
cristalina, ¿qué no se habrá de decir de la filosofía prerromántica? Empero la
invasión
del romanticismo en filosofía quedó confinada a una especie híbrida, de
filósofos
y poetas que no llegó a dar un producto viable, con posteridad defi-
nidamente
filosófica. Así un Schelling, un Schiller, un Novalis.
Pero si en literatura la introducción de "color
y temperatura" basta para
transformar
hondamente el estilo general de una composición, su introducción
en
filosofía, aun suponiendo que sea posible, no hiciera más que darle unos
accidentes
periféricos; que color y temperatura no pasan de ser tales respecto
de
la sustancia y del ser en cuanto tal. La función del sentimiento en filosofía,
y
sobre
todo en su núcleo, que es la metafísica u ontología, el tratado del ser.
Y ha sido preciso el
genio filosófico máximo de nuestra época, Heidegger, para
haber caído en cuenta
de cuál era la función ontológica, cuál el lugar metafí-
sico, del sentimiento.
Todo ser, viene diciendo la metafísica, desde tiempo de los griegos, se
in-
tegra y compone de esencia y existencia;
definible la primera y base de l^s
demostraaones de sus propiedades, objeto
propio del conocimiento, mientras
que la segunda es el fundamento de la
realidad de la cosa, de su modo de ser.
ser simplemente.real ser necesario, ser contingente. Por muy
perfilada y pre:
cisa que sea la definición que un geómetra
nos haya dado de la circunferencia
de una sene de Founer o de objetos tan
sutiles como los -números ideales" o los
complejos de unidades, nada nos permite
saber si efectivamente en nuestro
mundo real hay cosas que estén siendo o
realizando tales esencias matemáticas
Que, como decía el abad Gaunilón
criticando, allá en la edad media la pme'
baa przorz por la simple esencia, que
San Anselmo quería hacernos de la
existencia de Dios, el imaginar una isla la
más perfecta de todas no demuestra
en manera alguna que tal isla existe en mar
alguno de la tierra
Pues bien: si queremos que el
romanticismo, que el sentimiento, intervenga
en asofia con derechos propios, preciso será
que se le asigne una función o
intervención real en alguno de los
componentes del ser: en la esencia o en la
existencia. Hcidegger ha mostrado larga y
sutilmente: 1) que el sentimiento
^e cierto sentimiento sobre todo: la
familiaridad, el fastidio, el asco, la
angustia
.- nos descubren precisamente "que somos" nuestra
realidad De
poseer solo entendimiento, y en él toda
clase de ideas, inclusive la de hombre
Jamas supiéramos si somos o no reales,
existentes. La existencia de cada uno
no es punto demostrable a priorí; por
muy rica que sea la provisión de ideas
que uno posea, nuestra realidad, la de cada
uno, que es la única realidad real
nos esta dada y revelada o manifestada en el
sentimiento, y cada tipo de
sentimientos, unos más profundamente que
otros, nos descubren que somos
reales: nuestro tipo de realidad y la hondura
con que estamos siendo en un
momento o circunstancia dada; 2) que el
sentimiento, y en especia? ^
sen.mientos, puestos en cierto tono o temple (stimmung),
ejercen la funSn
de descubrirnos la realidad de todos los
seres y aun la de descorrer o corred
esas pantallas internas, que se llaman
categorías, imprescindibles para un cono-
cimiento interior, para que un ser que no es
uno entre tantos y tantos sino
privilegiado y distinguido, pueda conocer con
intimidad, con defensa que im-
^^^^^re
indiscriminada de todos los — ^
de^lesZicoslector me 10 dispensará' que n0
es posible entrar a^ - estos
comoexpll^ Heidegger largamente en su últiI"a
obra grande: Kant und
das Problem der Metaphysik (pág. 149 ss., edic. 1929)
el sentimiento incluye
no
so amenté sentzr alga -sentir pena por la muerte de un amigo, sentir
gozo
por el triunfo de la libertad, sentir vergüenza
por una mala ac^Ón. -^no
sentirse (sich-fühien)
—sentirse avergonzado, sentirse alegre, sentirse triste...,
de
modo que el objeto o aspecto causante de tales sentimientos tiende a des-
aparecer
del primer plano de la conciencia, quedándonos nada más el simple
sentimiento.
La noticia de la muerte de un ser querido no sólo nos pone tristes
en
el momento de recibirla y mientras nos estamos acordando de él, sino que
nos
deja tristes, en estado de tristeza —aun sin pensar en él, aun olvidados
de
él.
Esta propiedad extrañísima .del sentimiento:
tender a convertirse en estado,
aun
desaparecido el objeto de la causa, es la que sirve precisamente para
descubrirnos
la existencia o realidad. Porque ¿qué sacaríamos de ser reales y
existentes
si no pudiéramos notarlo, si no pudiéramos sentimos reales? Y ¡ qué
poco
nos serviría ser intelectuales si sólo notásemos que somos reales mientras
estamos
pensando!
Porque, no nos ruboricemos de confesarlo,
lo que más nos importa es ser
reales,
existir; y notar que somos reales y que somos existentes. Lo demás:
de ser inteligentes, buenos, peritos, vendrá
por añadidura. Y aun a quien no
interesa, sobre todo, la vida del cuerpo, le
interesa la eterna del alma, y si
no hubiésemos de ser eternos, bien poco nos
importarían Dios en persona y
toda su corte celestial. Y esto sin llegar al
extremo de Unamuno quien sostiene
que la existencia de Dios nos importa porque
Dios es el productor o dador de
la inmortalidad.
Recuérdese que según Scheler, ciertos
sentimientos nos descubren los valores
—la justicia, la piedad, el amor, la
benevolencia, la lealtad. Objetos éstos
que jamás pudiera descubrir la simple
inteligencia.
Por fin: Unamuno hace notar sutil y
maliciosamente que la teología pre-
romántica no admitió que Dios tuviera
sentimientos, sí mucho entendi-
miento, voluntad y poder, sustancia y
existencia. De ahí esa su inhumana
justicia,
su predestinación y condenación
arbitrarias y gratuitas, la teoría
tremebunda y sentimentalmente incomprensible
de la gracia. . . y otros puntos
que hace notar en el Sentimiento trágico
de la Vida (Cap. VII).
Sentir es sentirse real; y lo real de todas
las cosas no puede descubrírsenos
sino en un sentimiento, aunque sea el vulgar
sentimiento de dolor de un tro-
pezón o de de un pisotón.
Por tanto: el sentimiento, y cada
sentimiento a su manera y con su matiz,
nos descubre uno de los componentes del ser:
la realidad o existencia, luego
el sentimiento ejerce funciones ontológicas.
Sin sentir de alguna manera y con
algún sentimiento a Dios no podemos estar
seguros de que existe; sin sentirnos
a nosotros mismos no podemos cercioramos de
que existimos; y sin sentir
las cosas no podemos saber que existen o son
reales. Y será cuestión de un
cultivo
de los sentimientos, de una educación
cuyos primeros atisbos de-
bemos al romanticismo, para llegar a
aprovecharlos en estas sus funciones
metafísicas, desconocidas radicalmente por la
filosofía griega y medieval, por
el racionalismo de los siglos XVI, XVII,
XVIII; y que algunos rezagados de
la "filosofía perenne", más pobre
de corazón que de espíritu o inteligencia,
continúan aún sosteniendo.
Pues bien: una conciencia que sólo dé
constancia de la presencia de ideas,
aun la de la idea de hombre, jamás nos
proporcionará el dato metafísico bá-
sico de que existimos y de cómo existimos, de
la hondura con que estarnos
siendo reales, hondura que varía según los
momentos, pues nuestra existencia
no es uniformemente real, como supuso simplísticamente
la filosofía griega, la
escolástica, la racionalista. Una conciencia
puramente intelectual, una concien-
cia de tipo "yo pienso", "yo
estoy pensando'1 —tipo cartesiano y racionalista
de conciencia—, es una conciencia más de
esencia que de existencia, más de
ideas que de realidad. En rigor: no es
conciencia; no existe algo así como pura
conciencia intelectual.
La conciencia real de verdad es la
conciencia sentimental; y sería más
correcto decir que conciencia es sentimiento,
porque sentimiento es esencial-
mente un sentirse.
El instinto filosófico español, el del
pueblo —no el de los teólogos que no
hicieron sino continuar el tipo griego
clásico de filosofar— inventó esas mara-
villosas frases de la Celestina, que
son todo un programa de ciencia real:
de
criterio metafísico para saber cuándo somos y
cuánto somos. Porque, nóteselo
bien y termino este punto: el sentimiento,
cada sentimiento a su manera y
grado, no solamente nos hace notar que somos
reales, sino nos hace estar siendo
reales,
y siéndolo y notándolo en nosotros, para nosotros mismos.
La cuestión que, tras estos preliminares,
se nos viene encima, es la de
señalar qué sentimiento será precisamente el
que nos haga notarnos, sentirnos
más
reales, y que nos haga serlo; nos haga existir más reciamente, con más
hondura,
seguridad, firmeza, consistencia.
Y nuestra buena mujer del pueblo, la Celestina,
dirá, formulando en forma
de deseo lo que aquí hemos planteado en forma
de cuestión; "Así goce de mí";
es
decir: "gozar" es el sentimiento que nos hace ser más reales y que
nos hace
notarnos
más reales.
Unamuno, tan español como ella, sostendrá
que lo es precisamente el senti-
miento
de "agonía"; el sentimiento trágico de la vida: ese sentimiento que
nos
hace
sentirnos entre vida y muerte: ese sentimiento que produce en nosotros
la
lucha a muerte que en nosotros sostiene —o mejor, que somos—, vida en sí.
Agonía,
sentimiento agónico, que no tiene que ver nada con el tipo de con-
ciencia
agónica cristiana de que hablé anteriormente, puesto que el cristiano
primitivo y el medieval querían morir a la vida
natural para vivir la sobrenatu-
ral en Cristo y en Dios: morir a sí para vivir
en Dios; y, una vez muerto a sí, se
acababa la lucha, la
agonía, y sobrevenía la paz: la paz de los sepulcros, pues
el
yo natural y su vida habían desaparecido ya. El hombre Unamuno sostiene
que la esencia real del
hombre es esa misma lucha perpetua: la agonía eterna
y
eternamente prolongada entre vida natural y religiosa, vida individual y so-
cial,
sin paces, ni componendas, sin victorias definitivas que siempre se hacen
a
costa de uno: del vencido —en definitiva, del hombre que deja de ser hom-
bre,
de vivir su vida.
Es claro que, radicalmente, tan español es
Unamuno como Celestina, pues
para
ambos, sin gazmoñerías ni falsos recatos, conciencia es conciencia senti-
mental;
"hombre" es ser que se siente y existe sintiéndose, porque se
siente y en
la
medida que se siente. No existe, en rigor, conciencia intelectual; y los
intentos
históricos
que se han hecho ciertamente para darle la supremacía en el hombre
han
sido en detrimento de su realidad misma, que nunca el hombre se nota
menos
hombre que cuando discurre, intuye ideas, hace ciencia abstracta.
¿Qué sentimiento nos hace más reales: el
goce o la agonía? Es claro que no
cualquier goce, ni cualquier agonía. Pero
quédese este punto a la silenciosa
y privada meditación de los lectores; y si
alguno se avergüenza de la res-
puesta que su conciencia sentimental —la real
de verdad, la metafísica—,
le da por dentro, recuerde que nadie le
obliga a confesarlo, ni en escritos, ni
en el confesorio, pues se trata de pecados metafísicos,
no de morales, clasifi-
cados, siempre tan periféricos.
La Celestina suelta a continuación
otra frase de malicia metafísica infini-
tamente mayor que la primera: "'Así
goce yo de esta alma pecadora". ¿ Cuál es
el valor metafísico, en qué grado nos hacen
ser reales los goces pecaminosos
del alma (no los del cuerpo)?
No nos metamos en esta tentación; quiero
decir: dejemos para otra ocasión
este punto.
Y, para cerrarlo con deliciosa evasiva,
recordemos aquellos sutiles versos
que a la "Conciencia en el Mal"
dedica Baudelaire:
Un phare tronique infernal
Flambeau
des gracés sataníques,
Soulagement
et gloires uniques,
—La
conscience dans le Mal!
(Fleurs du Mal, U Irremediable)